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Cien años de Boris Vian

“No quiero ganarme la vida, ya la tengo.”

—Boris Vian, La espuma de los días.

Hay personalidades inspiradoras, cuya trayectoria demuestra que basta con salir del camino establecido para comprobar que todo es posible. Su ejemplo nos motiva a osar, porque solo se vive una vez y sería una pena desperdiciar nuestro escaso tiempo haciendo lo que otros ya han hecho. El de Boris Vian es uno de esos trayectos vitales que, impulsados por una creatividad arrolladora, no conocieron traba alguna.

Aunque solo vivió treinta y nueve años, dotó a su corta existencia de una densidad de la que adolecen muchas biografías. Escribió novelas, poemas, crónicas, obras de teatro, guiones de cine y canciones, e incluso se atrevió con la pintura y la música. Y como se han cumplido cien años de su nacimiento, no quería dejar pasar la ocasión de recordar a este singular escritor francés.

"Sus obras literarias, incomprendidas, tuvieron escaso éxito durante su vida. Por suerte, eso no le impidió seguir escribiendo de forma frenética, mientras encadenaba empleos que le permitían subsistir"

Su infancia y adolescencia quedaron marcadas por sucesivas enfermedades, como la fiebre reumática que, a los doce años, le provocó una insuficiencia aórtica que condicionó el resto de su existencia. Su acomodada familia le sobreprotegió, pero también le dio las herramientas que definieron su futuro. Los juegos de palabras, como el retruécano y el calambur, se practicaban cotidianamente en su casa. Durante las tardes de domingo, en que jugaban a sortear palabras y componer poemas con ellas, Boris mostraba su talento y se dejaba llevar por la sonoridad del lenguaje. Ese innato sentido musical fue su otra gran pasión. Se refugió en el jazz y en las fiestas para combatir el aburrimiento que le procuraron sus estudios de ingeniería. Empezó tocando la trompeta en una banda y acabó escribiendo canciones, componiendo su música y hasta cantándolas. En el recuerdo queda la célebre «El desertor» («Le déserteur»), todo un himno pacifista que compuso en tiempos de la guerra de Indochina y que interpretó Joan Baez, décadas más tarde, durante las guerras americanas.

Sus obras literarias, incomprendidas, tuvieron escaso éxito durante su vida. Por suerte eso no le impidió seguir escribiendo de forma frenética, mientras encadenaba empleos que le permitían subsistir. Y su círculo de amigos, entre los que destacaron Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, alimentaban sus ambiciones literarias. Sin embargo, le decepcionó profundamente el fracaso de su primera novela, La espuma de los días (L’écume des jours, 1947), a la que ya dediqué un artículo (Amores inimaginables). Este surrealista relato solo fue apreciado tras la muerte de su autor, cuando se reconocieron su habilidad como transgresor del lenguaje y sus ingeniosos juegos de palabras. Despliega un universo literario que quería desmitificar la literatura y convertirla en un juego en el que todo es posible. Incluso llegó a crear términos que fueron asimilados por el habla popular y hasta por el diccionario francés, como es el caso de “tube”, que designa a una canción de éxito, como ésas que se nos quedan en la cabeza cuando la escuchamos sin parar en todos los medios.

Fracaso literario tras otro, Boris Vian encuentra consuelo en su amada música. En su libro En avant la zizique (que podríamos traducir como “adelante la música”, pues la palabra zizique es un apelativo familiar de “musique”) nos ofrece un ensayo sobre el mundo de la canción, que tan bien conoce. Todo un tratado en el que no deja títere con cabeza: compositores, intérpretes, productores, discográficas… Nadie escapa a su crítico ojo, que a la vez elogia la radio, abrumado por las posibilidades que tan pequeño aparato ofrece a la música en general, y a la canción en particular, recluida hasta entonces en las salas de conciertos, en los cabarets o en la calle. A pesar de ser un texto de 1958, sorprende la actualidad del mismo y el lector no puede evitar imaginar cómo habría reaccionado Boris Vian si hubiera visto que una simple aplicación en un teléfono móvil permite acceder a cualquier música del mundo y un algoritmo facilita descubrir nuevos ritmos.

"Murió sin saber que La espuma de los días se convertiría en un clásico de la literatura francesa"

Tal vez él mismo ya había pensado en algo parecido, pues su desbordante imaginación y su formación de ingeniero le llevaron a inventar todo tipo de máquinas, como nos muestra en La espuma de los días, con el mítico “pianocktail”. Todo empezó cuando, en el instituto, creó el “peignophone”, pasando un papel de fumar por un peine y soplando como si fuera una especie de harmónica. Si bien llegó a patentar la invención de una “rueda elástica”, no pudo concretar su proyecto de “máquina musical”: quería transformar una máquina de escribir de IBM en un aparato capaz de escribir todas las combinaciones de música posibles.

Pero la frenética actividad creadora de Boris Vian no le sentó nada bien a su enfermo corazón, que se paró de una forma digna de su universo surrealista: en el estreno de una película basada en su libro Escupiré sobre vuestra tumba (J’irais cracher sur vos tombes). Acudió obligado por su editor, ya que él estaba convencido de la mediocridad del filme y quería quitar su nombre de los créditos. Murió sin saber que La espuma de los días se convertiría en un clásico de la literatura francesa, sin saber que su atípica forma de escribir inspiraría a incontables lectores y mostraría la abrumadora fuerza que tiene el lenguaje cuando se usa como nadie se atreve a hacerlo.

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