La cosa, imagino, sólo puede entenderse desde las sincronicidades de Jung: el sábado 25 de julio visité, en la víspera de su cierre, la librería Amapolas en Octubre, y, como hasta el rabo todo es toro, compré dos últimos libros: El Cantar de los Cantares, de Guido Ceronetti (Acantilado, 2001), y Un asombroso invierno, de Joan Margarit (Visor, 2017). Ya en casa, empiezo a leer el segundo, cuyo poema inicial arranca con el siguiente verso: “Pronto no habrá amapolas”. Me cago en la leche puta.
Riñón Sirera, que de niña quiso ser monja o payaso, escritora de vocación salvaje, chapa Amapolas sin duelo, más cerca del funeral irlandés que de La casa de Bernarda Alba, porque sí, porque “la vida son etapas”, y con la librería en plena forma, a la manera de Kroos, sin atisbo de decadencia, torciéndole el brazo a todas las marcas blancas del ocaso. Me lo cuenta el sábado aquel y la entiendo. Feliz y terriblemente. Contento por ella y, a la vez, ebrio de melancolía…, mas no excesivamente: la matriarca amapoler irradia serenidad, convencimiento, anhelo de regeneración. Y me acuerdo de aquello que cantaba san David Bowie en “Lazarus”: “Oh, I’ll be free, / just like that bluebird”.
La sincronicidad junguiana, decía. Continúa el poema de Margarit: “Eliminadas como malas hierbas, / (las amapolas) van desapareciendo de los campos. / Ya no se extenderán las rojas pinceladas / del viento en los trigales. / ¿Quién entenderá, entonces, / los cuadros de Van Gogh? / Todavía es un mundo familiar, / aunque cambios sutiles ya me alertan: / no volverá jamás a ser el mío. / No es ningún infierno: permite comprender. / Llega el olvido, tranquilizador. / Y vuelve, siempre vuelve, la alegría”. La comparación brota inevitable: Amapolas no ha sido arrancada, pero desaparece. Igual se convierte en un Taco Bell, igual en una delegación de Aliexpress —similar a la de Fuencarral—, igual es otra librería. Ojalá esto último, claro.
El cierre de Amapolas, la que sentía mi librería, donde Riñón Sirera me recetaba libros —como Open, de Andre Agassi (Duomo Ediciones, 2016), o como El colibrí, de Sandro Veronesi (Anagrama, 2019), etcétera—, me recuerda, como a Margarit, que este mundo familiar jamás volverá a ser el mío. Quedan un libro escondido, un recuerdo efervescente y, sobre todo, la dicha de seguir gozando de la amistad de su demiurga. “Hay que buscar entre los restos”, escribe el poeta catalán pocas páginas después, “lo que ha sobrevivido”. Pongámonos a ello.


Me hubiera encantado ir en vacaciones a Carlsbad, pero ya no es la ciudad donde se reune ese grupo social cosmopolita y ajeno al presente que es la aristocracia. Me hubiera gustado pasar semanas vagabundeando por las aldeas de la Guinea española o de la Macedonia otomana, o sentarme a desayunar cerca de Ava Gardner en sus estadías en España, o llamar a la puerta de Gerard Tichy (que vivía en España), pero creo que no sería un deseo tan encantador si no hubiera pertenecido a esa clase de cosas que ya no pueden ser.