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Clara Obligado: «Yo no tenía opción B, o me iba de Argentina o me mataban»

Clara Obligado: «Yo no tenía opción B, o me iba de Argentina o me mataban»

La escritora argentina Clara Obligado lleva más de cuarenta años en España y aún se siente extranjera, pero “una extranjera que quiere a dos países” y que ha intentado vivirlos como suyos, comprometerse con la política de uno y otro. Llegó a Madrid en 1976, huyendo de la dictadura argentina —“yo estoy viva por veinticuatro horas”, asegura­—, y se instaló en el barrio de las Letras, lleno de “viejos entrañables” que le contaban mil cosas y que le ayudaron a “mitigar la soledad”. Muchas de aquellas historias están en el origen de su nuevo libro, La biblioteca de agua, un conjunto de relatos que muestran, una vez más, cuánto le gusta a esta autora mezclar géneros y experimentar con los límites del cuento y la novela.

Publicado por Páginas de Espuma, uno de los sellos que más ha hecho por fortalecer el cuento en español, la nueva obra de Clara Obligado (Buenos Aires, 1950) cierra la trilogía formada también por El libro de los viajes equivocados (Premio Setenil) y La muerte juega a los dados. La historia de la ciudad de Madrid late al fondo de sus nuevos relatos, que comienzan en la época actual y retroceden hasta el Génesis. O quizá no, porque La biblioteca de agua es un palíndromo y puede leerse de principio a fin o al revés, pero, se lean como se lean, todos los cuentos están ambientados en el barrio de las Letras, esa zona donde la escritora vivió durante dieciséis años y que ahora está repleta de apartamentos turísticos, como sucede en el resto del centro de Madrid. Sin embargo, a finales de los setenta, cuando ella alquiló un piso en la calle de Lope de Vega, aquello era un barrio popular habitado por vecinos que a la joven argentina le parecían “rarísimos” y que decían cosas como “voy a buscar agua a la fuente”. Era gente, cuenta Clara Obligado en una entrevista con Zenda, que “había estado muda durante la guerra y la dictadura, y muchos de ellos habían vivido en el exilio. A mí, que venía de fuera, que era joven y estaba sola, me contaban todo. Aquellas historias las guardé durante años y sentí como un acto de justicia el contarlas”.

"He decidido querer este país, después de odiarlo y de enojarme con él"

“Llegué a una España que yo pensé que era moderna, porque Franco había muerto hacía un año, pero estaba todo igual. Ellos me mostraron a mí lo que era este país, con sus contradicciones, sus bondades, sus miserias, todo a la vez”, dice la escritora durante la entrevista, larga y muy grata, que tuvo lugar en un bar situado muy cerca de su antigua casa de Lope de Vega, llena de recuerdos para Obligado, entre ellos las conversaciones que mantenía, “de balcón a balcón”, con “la viejita” del edificio de enfrente.

“Yo me separé muy pronto y me quedé con mi hija, que era muy pequeña. La ponía a mirar la calle desde el balcón, y un día oí que esa viejita le decía: ‘La vida es muy dura. A mi madre la mató un perro’, y mi hija, que entonces tendría tres años, le dijo: ‘No te preocupes, así es la vida. Yo tenía una mariquita y se me murió’”, recuerda la autora de La biblioteca de agua, en el que hay relatos autobiográficos que dejan entrever la violencia y la muerte que la llevaron a huir de Argentina. “Yo no tenía opción B: o me iba o me mataban”.

Autora, entre otras obras, de la novela La hija de Marx (Premio femenino Lumen), y del libro de cuentos Las otras vidas, Clara Obligado dirigió los primeros talleres literarios que se organizaron en España, una labor que realizó para el Círculo de Bellas Artes y para otras instituciones y que, desde hace más de veinte años, desarrolla de forma independiente.

—Este libro es híbrido entre novela y cuento. ¿Qué tienen de novela estos relatos?

"Llegué a una España que yo pensé que era moderna, porque Franco había muerto hacía un año, pero estaba todo igual"

—Tienen algo de novela porque es una historia continua, desde el Génesis hasta nuestros días, o al revés, porque el libro es un palíndromo. Y eso me permite a mí contar cosas que el cuento no me lo permitiría, porque es un soporte muy corto. La psicología de los personajes la puedo desarrollar y también, tesis sobre la historia. Por otro lado, cuando quieres contar mucho, mejor que elijas un género breve, porque en una novela necesitaría varios tomos.

—A ti te gusta jugar con los géneros.

—A mí me parece que un género estanco, en cierta medida, es una manera de escribir como casi del siglo XIX, y vivimos en una época muy híbrida. La música lo ha entendido muy bien esto. A nadie se le ocurre hacer ahora un flamenco en estado puro. Creo que la literatura está un poco atrasada con respecto a esto, y, en mi opinión, la fusión es interesante, pero no le doy un aire tan experimental como para que el lector se pierda. Utilizo un tono popular. Mi ejemplo, aunque suene muy soberbio, es El Quijote, que es un libro que no es complicado y, sin embargo, está cambiando la novela. Ese aire de literatura popular al mismo tiempo que literatura de investigación es lo que yo busco.

—¿Qué fue lo más difícil de conseguir en estos relatos, donde todo encaja a la perfección?

—Lo más difícil de este libro fue la investigación previa, primero porque yo no soy española y he tenido que formarme sobre determinados períodos de la historia. Por otro lado, me interesaba mucho no ser española y poder ver la cultura con otros ojos. Eso está muy marcado en el libro, todo está visto desde otro lado. Y, una vez obtenida la investigación, lo que me costó mucho es que no pareciera un libro cañí, casposo, o una guía de Madrid. Tenía que conseguir que la información estuviera sutilmente metida, pero con un aire de modernidad. Yo quería hacer una lectura de la historia, pero no una representación de la historia, eso me parecía terrible. Por otro lado, lo de entrelazar elementos en unos cuentos y otros luce más que cuesta, porque es el tercer libro donde hago lo mismo y se me da naturalmente. Es como jugar con un puzle. Pero hacer que un cuento donde aparece una monja del siglo XVI no quede casposo, eso sí me costó.

—Tú viviste durante 16 años en el barrio de las Letras y has visto evolucionar esta zona, que ahora está llena de apartamentos turísticos. ¿Cómo era cuando llegaste a Madrid?

"Al escribir este libro, me interesaba mucho no ser española y poder ver la cultura con otros ojos"

—Yo llegué a este barrio de forma casual. Un día me perdí y caí por estas calles y me dije: “¡qué cosa tan bonita!” Aunque estaba viejo y hecho polvo, había casas de lenocinio y bares de alterne. Con el tiempo le alquilé un piso a un guardia civil en esta zona y, poco a poco, fui conociéndola. Era un barrio popular, lleno de viejos entrañables, una gente para mí rarísima. Yo venía de una ciudad de catorce millones de habitantes y muy moderna, como es Buenos Aires, y aquí, en Madrid, la vecina me decía: “voy a buscar agua a la fuente”, y yo pensaba que esa mujer estaba loca. Después me di cuenta de que había fuentes todavía en la zona. Llegué en ese contexto, rodeada de vecinos como los personajes que salen en el libro.

—Toda esa gente tan comunicativa te ayudaría a contrarrestar la soledad que debiste de sentir en tus primeros tiempos en España.

—Me ayudaron sobre todo a entender. Ellos eran más importantes para mí que yo para ellos, porque ellos tenían su vida, su mundo, y yo estaba sola. Me ayudó a entrar en una sociedad que yo veía como un pueblo, y sigo viendo Madrid así. Cuando me asomo y veo los tejados de Madrid (ahora vive muy cerca de la Puerta del Sol), yo veo un pueblo, no veo una gran ciudad. Nunca he visto Madrid como una gran ciudad. Todo es comparativo, y yo venía de una ciudad mucho mayor. Al mismo tiempo, otra cosa que me impactaba a mí, que había estudiado Literatura en la Universidad de Buenos Aires, era estar al lado de la tumba de Cervantes o cerca de donde había vivido Quevedo. Junto a mi casa, había un edificio construido en el siglo XVII, y eso para un argentino es increíble. O, por ejemplo, yo me iba todas las mañanas a leer a Lope de Vega al jardín de la casa de Lope, algo que entonces se podía hacer.

—En el barrio “no hay placas, no hay memoria. Aquí no ha pasado nada”, dices en algún cuento. ¿A los españoles no nos gusta recordar el pasado?

—No hay placas. Es una característica de Madrid. Yo soy de Buenos Aires y allí sí hay placas. Vas a Francia o a Alemania y sí hay placas. En Madrid no las hay. Por no haberlas, no hay siquiera una que conmemore al fundador de Madrid. Esta ciudad no tiene memoria, aunque puede que la tenga individualmente, pero hay una voluntad de borrar la memoria. Por ejemplo, en el edificio de la Puerta del Sol, que no haya ni una placa que recuerde que aquello fue una cárcel franquista y que allí estuvo la Dirección General de Seguridad, eso es un escándalo. Eso es una deuda pendiente.

"La ciudad de Madrid no tiene memoria, aunque puede que la tenga individualmente, pero hay una voluntad de borrar la memoria"

En el Barrio de las Letras sí hay placas que recuerdan a los escritores, pero lo que está empezando a aparecer es el nombre de las escritoras. El de Elena Fortún es bastante nuevo, y casualmente las dos mujeres más importantes, Fortún y Luisa Carnés, son exiliadas políticas. Hay más reticencia para poner sus nombres en las calles. Yo creo que hay ideologías en los olvidos. Si se hiciera una recuperación con un criterio histórico de verdad, sería de otra manera. Por ejemplo, en este barrio uno de los objetivos militares durante la guerra fue Atocha, y esta zona fue bombardeada muy seriamente, como lo fue también el Museo del Prado: ¿lo has visto puesto en algún lugar? Ninguna placa.

—Me gusta esa frase que citas de Vázquez Montalbán, “el movimiento se demuestra huyendo”.

—Es muy buena. Eso pertenece al cuento de Lo que no se recuerda que, para mí, es muy crítico. En él intento representar lo que yo siento de la cultura española de la transición, y siento que hubo un grupo de intelectuales que tenía todo en las manos y que lo que hizo fue repartir prebendas de una manera bastante fuerte. No apoyaron a otros escritores, y lo que hicieron fue bloquear, bloquear. No hicieron un trabajo social en serio, que hacía falta en este país. En ese cuento, el protagonista se está corrompiendo y se está pasando de hacer algo serio a algo comercial, y eso es algo que hizo mucha gente también. Hay escritores que podían haber sido grandes escritores, pero se vendieron al mercado. Y hay otro cuento, Seguridad Social, en el que se confunde a los abuelos. En el fondo habla de lo mismo, de todo un grupo de gente a la que le da lo mismo que los abuelos hayan sido una cosa u otra. Es esa indiferencia sobre la que se establece la falta de la memoria. No es que sean malas personas, solamente optas por cierto olvido, y eso te aleja de ser solidario, te aleja de una democracia seria…

Yo di cursos de Escritura en el Círculo de Bellas Artes durante cuatro años, junto con otros argentinos exilados. Formamos a muchísima gente y armamos una profesión que no existía. Una vez que la armamos, vinieron los famosos, a muchos de los cuales yo les había enseñado en los talleres, y nos echaron. Yo era consciente de que eso iba a pasar, pero fue muy cruel, y a esos mismos tipos ahora los oyes criticar los talleres de escritura. Tú te quedaste con mi trabajo, con lo que yo investigué, y ahora te das el lujo de criticarlo con banalidad. Lo que yo quiero decir es que hubo un montón de gente con historias muy dolorosas, que vino a este país y colaboró en la creación del proceso democrático, y eso fue borrado también.  De la misma manera que fue borrado lo anterior a la transición española.

El relato Construcción en abismo es el más autobiográfico de todos. El 25 de enero de 1977, Cecilia Bradley, tu alter ego, escucha unos disparos que le recuerdan otros disparos de otro lugar del mundo. “Los abogados muertos a tiros esta noche, tan cerca de su casa, son los mismos muertos y los mismos tiros de los que ella viene escapando, una violencia es todas las violencias”, escribes.

"Hay escritores que podían haber sido grandes escritores, pero se vendieron al mercado"

—Cuando el atentado de los abogados de Atocha me di un susto espantoso, porque yo venía huyendo de la violencia, incluso creía que no iba a poder quedarme en España, que me iba a tener que ir, cosa que me volvió a pasar el 23-F de nuevo. La idea de ese cuento es como que toda violencia es la violencia, no importa a quién le pase ni dónde pase. Lo importante es que están matando a gente de manera injusta. Yo insisto mucho en eso en todos mis libros.

—¿Te costó mucho escribir ese cuento?

—Muchísimo. Tardé cuatro años en poderlo terminar. Ese relato lo escribí en varias versiones y no lo conseguía contar, hasta que encontré esto de la construcción en abismo, de un cuento que encierra otro cuento y encierra otro cuento. A mí es el que más me gusta del libro. Empieza siendo muy abstracto, ni yo misma sabía dónde iba, y se va convirtiendo en un cuento casi realista, que es un poco lo que le pasa a ella, que sale de un estado casi de locura y entra en la vida española. Me costó y me dolió ese cuento.

En ese relato recuerdas una etapa muy difícil de tu vida: ¿por qué huiste de Argentina? 

"Hubo un montón de gente con historias muy dolorosas, que vino a este país y colaboró en la creación del proceso democrático, y eso fue borrado también"

—Yo me vine porque mataron al que era mi pareja. Yo estaba metida en militancia política, cosa muy normal. Entonces, en una noche prácticamente, decidí venirme. Estuve una semana escondida en Buenos Aires y salí por Uruguay. El día que salí me fueron a buscar a casa de mi hermana. Yo estoy viva por 24 horas. Entonces, esa sensación te da la impresión de que inauguras una nueva vida también. Es un poco adánica mi visión de Madrid. Empiezas a vivir una vida que es como en un tiempo de descuento. Yo pensé que nunca iba a llegar a los treinta años, lo tenía clarísimo, pero fueron pasando los años y ves que la vida sigue y que tú eres una persona con un corte, pero también eres capaz de unir las historias. Yo creo que es una experiencia que no la haría por deporte, pero es muy interesante. Una experiencia de corte y reconstrucción. Y llegué a una sociedad a la que le había pasado lo mismo en el fondo, que tenía un corte y no hubo reconstrucción, hubo silencio. En Argentina sí hubo reconstrucción, aunque hay cosas que no se consiguieron, pero se intentaron. Tú piensa que ahora apareció el nieto 103, me parece, después de buscar, buscar, buscar. Hay una especie de empecinamiento, que yo creo que aquí lo tiene alguna gente, pero la sociedad no lo tiene. Y los políticos, tampoco: Franco está donde está. Y es inhumano que todavía haya gente que no sepa dónde están enterrados los familiares que perdieron en la Guerra Civil.

—¿Murieron amigos tuyos?

—Muchísimos. Yo calculo que unos 50 amigos alrededor mío. Yo viví el exterminio de mi medio, sí. Por eso yo soy una persona sin generación literaria. Y, después, la gente que sobrevivió lo hizo en malas condiciones. No todo el mundo tuvo la suerte que tuve yo de seguir haciendo cosas. Hubo un momento en que pensé que, si no luchaba por ser feliz, me habían ganado. Luché por la felicidad como una forma de venganza frente a la muerte, que era lo que tenía detrás. Y aquí estamos.

¿Te quedó sentimiento de culpa?

—Por supuesto que sí. Yo ahora no lo tengo. Eso es algo que se trabaja, porque tú tienes culpa por algo que está gestionando otra gente, tú no estás torturando a nadie ni estás matando a nadie. Es una culpa injusta, que te han metido en el cuerpo. Pero sí tuve sentimiento de culpa. Yo estaba viva mientras otros seguían muriendo, porque cuando llegué a España la gente seguía muriendo en la tortura. Es muy duro eso. Yo no tenía opción B: o me iba de Argentina o me mataban.

—“Escribir es enmarcar el caos. ¿Cómo se cuenta esto? ¿Cómo se narra?”, te preguntas en ese relato de Construcción en abismo.

"Yo calculo que murieron unos 50 amigos alrededor mío. Yo viví el exterminio de mi medio. Por eso soy una persona sin generación literaria"

—Yo tardé mucho tiempo en poder escribir sobre todo esto y he contado poquísimo. Empecé a hablar del tema como treinta años después. Hay dos cosas, una es que, en España en general, no les interesa, o sea, que te ven, pero no te preguntan nada. Y tampoco te preguntan en tu país cuando vuelves. Yo voy a Argentina y es muy difícil que me pregunten cómo estoy, qué me pasa en España. Dan por hecho que mi vida es buena, porque vivo en Europa. Sobre el extranjero siempre hay silencio, por un lado y por el otro.

—Pero a ti todo esto te ha hecho más fuerte.

—Sí. Yo creo que a mí me dejan sola en un iglú y organizo algo. Yo no siento haber tenido la vida que tuve para nada. Pienso que hay vidas mejores y vidas peores, pero creo que he tenido la oportunidad de optar muy libremente, y sigo teniéndola. Estar fuera de los márgenes es una carga y es una virtud. He tenido un nivel de libertad que lo ha disfrutado poca gente, y un nivel de dolor que lo ha tenido poca gente. Hoy en día no estoy arrepentida de mi vida, para nada.

—¿Te sientes más argentina que española? Supongo que el pertenecer a dos países, a dos culturas enriquece, pero también produce desarraigo.

—Yo me siento extranjera. Soy una extranjera que quiere a dos países. Me siento muy comprometida con la política española, por ejemplo. Me gusta saber lo que pasa, me movilizo, soy activa, e igual en Argentina. Cuando voy allí, si hay manifestaciones, voy; me interesa lo que pasa. He intentado vivir los dos lugares como míos, pero es cierto que un poco me siento excluida en ambos, también. Es el sentimiento de extranjería que, bueno, ahí está. Y eso te convierte en parte de una población nómada que es muy amplia, y me gusta ese punto. No me molesta tampoco.

—Y para escribir seguro que es bueno sentirte extranjera.

"El día que salí de Argentina me fueron a buscar a casa de mi hermana. Yo estoy viva por 24 horas"

—Es muy bueno. Yo siento que miré el barrio de las Letras con una mirada adánica, como quien descubre el mundo, y eso a un madrileño no le puede pasar, porque nació en Madrid. A mí no me pasa con Buenos Aires. Y, por otro lado, puedo decir cosas que a los españoles les cuesta decir. Yo puedo decir lo que me dé la gana porque no estoy tan afectivamente comprometida. Aunque yo siento muchísimo afecto por España, muchísimo, porque creo que me lo he ganado. Es un afecto voluntarioso. Yo he decidido querer este país, después de odiarlo, después de enojarme con él.

En el relato La biblioteca de agua (El fuego), que da nombre al libro y que está ambientado en la época de la Inquisición, hablas de los poemas de tipo amatorio que escribió Sor Marcela, la hija de Lope de Vega.

—Sor Marcela, hija natural de Lope de Vega, escribió cuatro cuadernos y tres los quemó el confesor. Yo leí sus villancicos y la carga erótica es alta, si uno los lee con cierto criterio. Sor Marcela era una mujer muy inteligente. Se metió a monja a los 16 años, probablemente porque Lope la hacía mediar entre sus amores, y ella no lo toleró. Murió con más de 80 años y tuvo bastante poder, porque fue abadesa.

—El cuento de la hija natural de Cervantes también es muy bueno.

—La única hija de Cervantes, que pudo coincidir con Sor Marcela en el convento de las Trinitarias. Es posible que así fuera: sus dos padres escribiendo en la calle y ellas, en el convento. Un tipo curioso Cervantes, porque es cierto que nunca la abandonó. Él tenía una relación muy ambigua con las mujeres, pero, de hecho, siempre estuvo cerca de su hija. Y todo lo que cuento es verdad, que la hija nació con un nombre y que se la regaló a la hermana. Pero también Cervantes tenía una actitud curiosa con las mujeres, mucho menos machista y misógina que la mayoría de los hombres de su época.

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