Esa mujer tamil, la casta de los parias, que le limpiaba el retrete, “tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado”, escribe Pablo Neruda en Confieso que he vivido (1974), sus memorias, en el capítulo dedicado a sus recuerdos de los años 20. Aquellos que pasaron con él desempeñándose como cónsul de Chile en Colombo —entonces Ceilán, hoy Sri Lanka—. “Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la ceremonia obligatoria de una reina indiferente”, continúa… Pero el poeta del amor estaba tan preocupado ante aquella mujer que se le antojaba una de esas estatuas de las diosas de la India que la violó. Entonces los comunistas aún no eran feministas. Neruda, siempre según confesión propia en esas mismas páginas, en Colombo, el poeta y diplomático, tenía “amigas” de todos los colores —Patsy y sus compañeras morenas y doradas—, reconocidas por él mismo como “un producto colonial, una fruta cándida y generosa”.
Hace ciento once veranos, Lili —Lilia para el autor del Poema 20— Brik no imaginaba que fuera a ser ungida por la gloria cuando su hermana Elsa Triolet —futura esposa del surrealista Louis Aragon— le presentó a un joven diletante, antiguo novio de ella, un poeta en ciernes que respondía al nombre de Vladímir Mayakovski. Corría julio de 1915, fue en el estío del año en que San Petersburgo pasó a llamarse Petrogrado. Neruda, en Confieso que he vivido, recuerda a Lilia a través de una carta, la que ésta dirigió a Stalin, cuando ya se había suicidado en su apartamento de Moscú el futurista —el futurismo y su evolución, el constructivismo, fueron las vanguardias soviéticas— al que tanto inspiró:
“Ya había muerto Maiakovski (sic). Pero sus recalcitrantes y reaccionarios enemigos atacaban con dientes y cuchillos la memoria del poeta, empecinados en borrarlo del mapa de la literatura soviética”, apunta Neruda. “Entonces ocurrió un hecho que transformó aquellos propósitos. Su amada, Lilia Brik, escribió una carta a Stalin señalándole lo desvergonzado de esos ataques y alegando apasionadamente en defensa de la poesía de Maiakovski”. Y la encendida defensa de aquella musa de la vanguardia soviética, que la llamó Neruda, del poeta que tanto la quiso en quince años de sí pero no —ella tuvo otros amantes, amén de su aquiescente marido—, hizo que el Zar Rojo, quien ya apuntaba maneras de esa futura actividad criminal que le convertiría en uno de los grandes genocidas de la Historia, rectificase el juicio que seguramente ya se había formado a consecuencia de la murga de la literatura oficial. Mayakovski, el Mayakovski enamorado de Lillia, lo tenía todo para ser considerado un individualista, un reaccionario y un pequeñoburgués. Pero su musa también tenía algo que consiguió que el Zar Rojo escribiese en una nota al margen de la carta de Lilia: “Mayakovski es el mejor poeta de la era soviética”. Hasta el mismo Neruda —en contra del consabido fuenteovejunismo comunista— escribe: “Los agresores se creían impunes, protegidos por su mediocridad asociativa”. Todo fueron sorpresas en aquel momento estelar de la humanidad,
Pese a ser dos de las mujeres más libres de su tiempo —volviendo al verano de 1915— las hermanas Kagán usaban los apellidos de sus primeros maridos para moverse entre las vanguardias. Elsa entre las de París, Lili entre las de Petrogrado. Ósip Brik, su marido, era crítico literario cuando él y Lilia recibieron en su piso de Petrogrado, en la calle Zhukovskogo, al joven Mayakovski. El aprendiz de futurista les leyó un inédito, La nube en pantalones, y así, sobre la marcha, se lo dedica a la anfitriona, que le había dejado fascinadito con su cultura y su cosmopolitismo, unidos a una belleza fuera de lo común. “A ti, Lilia”, le dice, y así figurará en la dedicatoria de La nube en pantalones, cuando Ósip Brik lleva el poema a la imprenta —a sus expensas—. Y decide debutar como editor. El poeta recordará el día en que conoció a Lilia y a su marido, como “la fecha más feliz de mi vida”.
El triángulo Brik-Mayakovski funcionó como una máquina editorial y estética: Ósip Brik fue editor, crítico formalista y cofundador con Mayakovski de la revista LEF —”la revista más dinámica de la vanguardia soviética”—; Lilia actuó como musa, actriz e incluso cineasta ocasional. Los primeros años la cosa parecía funcionar. Implicados en la revolución bolchevique, incluso se les permitía salir. A todo (1916); ¡Lilechka! En vez de carta (1916); y El hombre (1916) fueron algunos de los poemas de entonces. De Petrogrado a Moscú, y viceversa, el poeta, su musa y su editor —a quienes se les permitirá salir del país empero los rigores del Comunismo de Guerra— son la estampa ideal del futurismo, el constructivismo y todo vanguardismo que sea menester.
Pero Lilia no era mujer de un solo hombre. ¡Ni de dos! Y él también, su eterno enamorado, encontró una nueva musa, aunque siempre dedicó toda su obra a su futura valedora ante Stalin. En 1927 escribe por última vez del amor que le inspira. A ella, convertida en 1928 en una de las primeras mujeres conductoras que se vieron por las calles de Moscú —todo un acto de afirmación futurista—, no parece importarle mucho. Aunque cuando murió su poeta le defendió con tanta vehemencia de la grey de mediocres al dictados del Kremlin que probable fue la única mujer que convenció al zar rojo de cambiar una decisión.


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