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Cómo convertí a Umberto Eco en un fenómeno viral

Cómo convertí a Umberto Eco en un fenómeno viral

El pasado 18 de enero de este 2021, exactamente a las 16:03, compartí en mi cuenta de Twitter un vídeo de aproximadamente un minuto que me había descargado instantes antes de una web de contenidos en abierto. El vídeo no tenía sonido ni color, salvo unos tonos rojizos en los segundos finales (quizá el color no se aprecia antes por la baja calidad con que fue grabado muchos años atrás; o porque el vídeo perdió calidad a fuerza de ser compartido de una plataforma a otra; o a causa de un caprichoso juego de luces y sombras). Sobra decir que lo compartí porque me resultó curioso y emocionante, sin ningún ánimo de lucro o notoriedad, con la única intención de que lo vieran algunos de mis dos mil y pico seguidores en la red social del pájaro azul.

En cuestión de unos minutos, sin embargo, todo se salió de madre. No sabría decir si fue por el retuit o comentario de alguna celebridad tuitera, o si fue un simple efecto en cadena, ya que enseguida me resultó imposible seguir el ritmo de retuits y comentarios. Esa misma noche, si no recuerdo mal, el vídeo iba por los 10.000 likes; veinticuatro horas después había superado los 50.000. En el momento en que escribo esto (exactamente dos días después) roza los 70.000, sobrepasando los 15.000 retuits y habiendo alcanzado los siete millones de impresiones, esto es, personas que han visto la publicación.

Estos son unos números seguramente habituales para algunos usuarios de esta red social, tales como futbolistas, actores, cantantes o políticos. Pero para alguien como yo, un escritor joven que aún no vive de lo que escribe y que está lejos de codearse con los grandes nombres de su oficio, son unos totalmente inauditos, impensables.

"El rostro del anciano, que camina de espaldas a la cámara, en una escena que guarda un inquietante parecido con cierta escena de El resplandor de Kubrick"

Y más inaudito e impensable resulta el asunto si se tiene en cuenta el contenido del vídeo. Se trata, como he dicho, de un vídeo mudo y en blanco y negro, en el que solo aparece un personaje: un anciano de coronilla despejada vestido con chaleco oscuro y camisa blanca que recorre rápidamente (quizá la velocidad de reproducción esté acelerada) varios pasillos y salas repletos de estanterías con libros, donde hay también algunos escritorios y otros objetos, tales como estatuas o cuadros abstractos, en lo que se intuye que es un amplio apartamento moderno y luminoso de distribución laberíntica.

El rostro del anciano, que camina de espaldas a la cámara, en una escena que guarda un inquietante parecido con cierta escena de El resplandor de Kubrick, no se vislumbra más que al final, cuando, tras el minuto aproximado que dura su recorrido, toma un volumen impreciso de un anaquel ubicado junto a una puerta blanca, lo abre y hojea brevemente antes de llevárselo consigo. Más que observar, adivinamos entonces unas gafas gruesas, posiblemente de montura metálica, una sombra de barba blanca, y lo que podría ser un cigarrillo o tal vez una pequeña pipa. Es justo en ese momento cuando aparece el color, y descubrimos que el chaleco del anciano es de tono granate. A continuación, la cámara queda fija en el sitio y vemos cómo el anciano regresa con el libro en las manos hacia el punto de partida por un itinerario distinto al que acaba de realizar.

Eso es todo. No hay bailes, caídas o explosiones, como en tantos otros vídeos virales. De hecho, el vídeo tiene (sobre todo al comienzo) un punto claustrofóbico, incluso soporífero.

A partir únicamente del rostro que, como digo, se perfila solo en los segundos finales, no serían muchos los que podrían identificar al anciano. Yo mismo, pese a ser uno de sus lectores reincidentes, no creo que hubiera caído por mí mismo en la cuenta de que se trataba de il professore Umberto Eco.

El vídeo está colgado en YouTube desde hace años, y hace años también que circula libremente por internet. Pero no fue hasta que yo tuve la ocurrencia de compartirlo en mi cuenta de Twitter cuando este se volvió viral, siendo compartido por personalidades de todo el mundo (marcadas con su correspondiente tick azul), entre ellas, por ejemplo, el actor John Cusack o Jonny Geller, el agente literario del difunto John le Carré. Aquí, en España, lo compartieron desde Dani Mateo a Cayetana Álvarez de Toledo, lo que demuestra que abarcó de manera transversal todo el espectro socio-político presente en la red social.

"Umberto Eco, fallecido en 2016, se puede considerar el gran ogro de las redes sociales"

He dicho que el vídeo se volvió «viral»: millones de usuarios de Twitter y otras plataformas lo vieron, lo compartieron y lo comentaron en el intervalo de unas pocas horas. Muchos de esos usuarios aseguraban sentir envidia por la biblioteca de Umberto Eco, mientras que otros aprovechaban para hacer chanzas sobre su extensión y vastedad. La situación, y aquí está lo interesante, resulta tremendamente irónica, puesto que Eco, el gran maestro de la semiología, no se refirió a las redes sociales precisamente en términos elogiosos. En algunas de sus últimas entrevistas hizo declaraciones (también, en su día, irónicamente «virales») en las que hablaba de una invasión de «necios» a los que las redes proporcionaba un altavoz con el que equiparar sus discursos al de cualquier premio Nobel.

Umberto Eco, fallecido en 2016, se puede considerar el gran «ogro» de las redes sociales. El autor anti-Twitter por excelencia. Un sabio de otro siglo que, tal vez por fortuna para él, no tuvo que coexistir durante mucho tiempo con esta nueva manera de comunicación instantánea compuesta por memes, emojis, gifs y vídeos de corta duración como el protagonizado por él mismo. Hubieran sido impagables sus análisis sobre este nuevo mundo semiológico, pero su verdadero reino era de otro mundo. El analógico. El de la imagen y la palabra sobre el papel. El de los libros.

La biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, uno de sus relatos filosófico-literario-matemáticos más conocidos, comienza de este modo: «El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales…». Este relato fue una de las fuentes de la primera novela de Eco, El nombre de la rosa, de 1980, donde se hace homenaje a los elementos típicamente borgianos, como el espejo, la biblioteca o el laberinto. El «malo» de la novela, no por casualidad, se llama Jorge de Burgos y, como el Borges original (o sea, su doble), es un anciano ciego que a pesar de su ceguera no tiene dificultad para orientarse entre las infinitas galerías que componen la biblioteca de la abadía de los crímenes.

"¿Acaso es esa la obra que busca y encuentra Eco en el vídeo? No podemos saberlo, porque no alcanzamos a ver el título"

En el vídeo viral podemos ver al anciano Eco caminando por un laberinto de libros típicamente borgiano, que a su vez es un laberinto típico de su propia obra, una biblioteca inabarcable y tortuosa como en la que se adentran Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en busca de un desaparecido tratado de Aristóteles.

¿Acaso es esa la obra que busca y encuentra Eco en el vídeo? No podemos saberlo, porque no alcanzamos a ver el título. Otra opción es que sea un ejemplar de Los protocolos de los sabios de Sión, el compendio de teorías conspirativas antisemitas que se publicó (y se «viralizó») a inicios del siglo XX, inspirando muchas de las concepciones del nazismo con respecto a los judíos, y cuyos heterogéneos orígenes rastreó Eco en El cementerio de Praga. O puede que sea algún manual de esoterismo o de iconografía cátara o templaria, cuestiones en las que ahondó (de manera paródica) en El péndulo de Foucault (en uno de cuyos capítulos, por cierto, anticipó y reventó la trama de El código Da Vinci, publicado quince años después y que con toda probabilidad no es el libro que retira del estante).

"Los 50.000 libros de Eco serían la antibiblioteca por excelencia. Ni leyendo uno al día durante los ochenta y cuatro años que vivió hubiera podido leerlos todos"

Afirman que la biblioteca de Umberto Eco (la que se ve en el vídeo) estaba compuesta por unos 30.000 volúmenes, más otros 20.000 que guardaba en su residencia de vacaciones. Al respecto precisamente de la biblioteca de Eco (como han señalado varios tuiteros), el escritor libanés Nassim Taleb acuñó en su ensayo El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable, del año 2007, el concepto de «antibiblioteca», según el cual los libros no leídos son más importantes incluso que los leídos. El auténtico valor de una biblioteca estaría no en aquello que ya se leyó, lo ya conocido, sino en el resto, en lo que uno aún no ha podido leer, en el conocimiento que uno ha acumulado en sus estantes y del que puede disponer en cualquier momento, aunque aún no lo haya hecho, de tal modo que según se va ganando en edad, en dinero y en espacio (y por supuesto en sabiduría), la biblioteca personal crecerá de manera acorde, siempre por encima de las posibilidades lectoras del propietario.

Los 50.000 libros de Eco serían la «antibiblioteca» por excelencia. Ni leyendo uno al día durante los ochenta y cuatro años que vivió hubiera podido leerlos todos. 50.000 libros, se dice pronto. Y sin embargo todavía le quedarían 20.000 para alcanzar el número de likes que a estas alturas ha obtenido su vídeo.

Prefiero no saber qué habría pensado Eco de mí por convertirlo en un fenómeno viral. Mi scusi, professore.

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