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Cómo escribir una novela

Tras la publicación de su monumental Del tiempo y el río en 1935, Thomas Wolfe escribió un opúsculo titulado Historia de una novela, que acaba de reeditar Periférica en excelente traducción de Juan Cárdenas. El relato autobiográfico que contiene narra el ínterin entre la publicación de El ángel que nos mira (1929), primera novela del autor de Asheville, y la susodicha Del tiempo y el río: un lapso de seis años en el cual, según escribe el autor, estuvo a punto de volverse loco.

A priori, las palabras de Wolfe no resultan muy sugestivas para quienes deseen convertirse en novelistas, pero si se adentran en las páginas del opúsculo descubrirán que no es un ejercicio de masoquismo literario, sino una reflexión profunda no exenta de errores y aprendizajes. Sin perjuicio de ello, debemos leer este libro como una advertencia del autor: si quieren ser novelistas de verdad, deben saber que no es fácil. Dicho lo cual, ¿hay algún logro en la vida que no requiera el debido esfuerzo, a veces titánico?

"Lo primero que hizo Wolfe para lograr escribir esa segunda novela fue abandonar su trabajo en la Universidad de Nueva York y aceptar una beca Guggenheim que le permitiera viajar a Europa"

En efecto, en 1929 un desconocido joven de Carolina del Norte llamado Thomas Wolfe había publicado su primer libro y obtuvo buenas críticas en los principales periódicos. Durante los años siguientes, el libro continuó vendiéndose a ritmo regular. «Me encontré con que, de un día para otro, había adquirido el estatus de escritor», afirma Wolfe. Pero también se encontró con la angustia de escribir su siguiente novela, por la cual los críticos comenzaron a preguntar al año de publicarse la primera. «Un joven escritor sin lectores no siente la necesidad, la presión del tiempo, como sí le ocurre a un escritor que ha publicado y que debe empezar a pensar en calendarios, temporadas de publicación, en acabar su segundo libro», reflexionaba el autor, para quien «todo trabajo creativo serio debe ser, en el fondo, autobiográfico (…). Un hombre debe utilizar el material y la experiencia de su propia vida si es que quiere crear algo que posea un valor sustancial».

Lo primero que hizo Wolfe para lograr escribir esa segunda novela fue abandonar su trabajo en la Universidad de Nueva York y aceptar una beca Guggenheim que le permitiera viajar a Europa: a París, a Inglaterra, a Suiza… ¿Por qué marcharse al extranjero justo cuando quería escribir un relato autobiográfico estadounidense?

Dejemos responder al autor: «Había comprendido que la mejor manera de describir nuestro país natal es estando lejos (…), hallarlo dentro de nuestro propio corazón, de nuestra memoria y nuestro espíritu; pero lejos, en una tierra extraña (…). Describir Estados Unidos desde la nostalgia (…) de la sensación de pérdida (…). Mi memoria se caracteriza (…) por su poder de evocar».

¿Y cuál era la sustancia, el motor que nutría esa evocación…? «Escribía sobre la noche y la oscuridad de Estados Unidos y sobre los rostros de la gente dormida en miles y miles de pequeños pueblos; y escribía sobre las corrientes del sueño y cómo los ríos fluían para siempre en las tinieblas. (…) Sobre el ululante exceso de las mareas a lo largo de diez mil millas de costa, sobre cómo la luz lunar plateaba los bosques (…). Escribía sobre la muerte y el sueño, y sobre aquella fabulosa roca plagada de vida que llamamos ciudad. Escribía sobre (…) interminables trenes que retumbaban durante la noche, sobre barcos y estaciones al amanecer, sobre hombres en muelles y el trasiego de barcos».

Todas estas impresiones y recuerdos las escribió en libros de contabilidad, donde acumuló listas gigantescas de pueblos, urbes, condados; carrocerías, muelles, ruedas, ejes, vagones; dormitorios, casas, papeles de pared, toalleros, sillas, humedades; todas las personas que había conocido… El resultado fue que, en tres años de trabajo, había acumulado millón y medio de palabras. ¿Y por qué no hacerlo…? Así había procedido también en El ángel que nos mira. Y ante la objeción de algunos críticos de que su literatura resultaba prolija, Wolfe se disculpaba alegando que, para reflejar la intensidad y la profundidad de la experiencia humana, la naturaleza, la finalidad y el impacto de todas esas vivencias, la longitud no es inútil ni excesiva.

Según el autor, «la novela se desarrollaba en tres tiempos: el presente, el pasado y un tercer tiempo» que él define como «un tiempo inmutable, el tiempo de los ríos, las montañas, los océanos y la tierra: una especie de universo eterno y perenne sobre el cual se proyecta la transitoriedad de la vida humana, la amarga brevedad de sus días».

"Su segunda obra es doce veces más larga que una novela convencional y el doble de larga que Guerra y paz"

Afortunadamente, cuando al fin Wolfe vuelve a casa tras su periplo europeo, la futura Del tiempo y el río cuenta con un millón de palabras. Al parecer, el novelista se ha desembarazado de medio millón. Aún así, su segunda obra es doce veces más larga que una novela convencional y el doble de larga que Guerra y paz.

¿Quién fue el artífice de la obra final, que terminó publicándose en 1935? Según desvela Wolfe, «creo que si en aquel momento no me destruyó la sensación de desesperanza que había despertado en mí la tarea titánica de acabar el libro fue en gran medida por el coraje y la paciencia de ese hombre. No sucumbí porque él no dejó que lo hiciera».

Ese hombre fue, en efecto, el editor Maxwell Perkins, quien convirtió en realidad editorial lo que era un magma infinito de palabras, un proyecto que tenía visos de no terminar nunca, a juzgar por la vocación de totalidad perseguida por el escritor. Fue aquél quien, con gran esfuerzo y durante dos años, consiguió que este recortara el manuscrito enviado las navidades de 1933 con el título de La feria de octubre: «Tuve que aceptar la amarga lección que todo escritor debe aprender: algo que en sí mismo está bien escrito no tiene por qué encontrar un lugar en el manuscrito final (…). Otro error que siempre me ha perturbado al escribir es que a menudo intento reproducir el flujo y la textura de una escena de la vida.

"Cuando el editor comunicó al novelista que había enviado la novela a imprenta, este cogió un enfado considerable."

Esta última reflexión, comparada con los párrafos anteriores, desvela el alcance de la influencia de Perkins. Aun así, cuando el editor comunicó al novelista que había enviado la novela a imprenta, este cogió un enfado considerable, alegando que necesitaba seis meses más. Gracias a la negativa de aquel, hoy podemos leer Del tiempo y el río.

Sigue contando Wolfe que, a los pocos días de publicarse su segunda novela, partió de nuevo a Europa. Temía que se reprodujeran las críticas, insultos y amenazas que recibió El ángel que nos mira por parte de los lugareños de Asheville. Y quizá también, al igual que le sucedió cuando comenzó a escribir, necesitaba distanciarse de la propia obra.

Historia de una novela termina en las calles de París en marzo de 1935, con Thomas Wolfe caminando por sus avenidas como un poseso, de la mañana a la noche, del alba al atardecer, asistiendo a misa en el Sacré-Coeur de Montmartre. Hasta que una tarde se atreve a entrar en la oficina de su agencia de viajes y recibe el telegrama de Maxwell Perkins que dice: «Magníficas reseñas (…), todas llenas de grandes elogios».

Después de aquella tarde pasaron tres días más recorriendo las calles de París, en las que el autor no recuerda ni lo que hizo ni lo que ocurrió. Tras ellas, entró de nuevo en la agencia de viajes y escribió un telegrama a su editor rogándole: «¡Dime la cruda verdad, por amarga que sea…!».

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