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Hermana

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XXXVIII: HERMANA

Apareció por el pueblo justo al final de la guerra. No la de aquí, sino la otra, la grande. Llegó desde Alemania con una raída maleta y un traje que había visto mejores días, aunque aún se le adivinaba el buen corte. Tenía un aspecto imponente, con sus casi dos metros de altura, su corpachón de forzudo de circo y aquella barba elegante y bien cuidada. Hablaba un español pausado y correcto. En La Castañar nadie había visto mucho mundo, ni sabían prácticamente nada de lo que ocurría más allá de la provincia. Le aceptaron sin reservas. Era médico, al fin y al cabo.

Si bien en un principio fueron muchos los que se hicieron la ilusión de contar con un reputado doctor extranjero (lo de “reputado” se lo sacó de la manga Mariana Figueras, que siempre presumía de saberlo todo), no tardaron en llevarse un chasco. El alemán no tenía la menor intención de ejercer en tan burda y humilde parroquia y, a decir de los pocos que lograron sacarle alguna escueta explicación, estaba ya retirado. Debía tener unas rentas de aúpa, como dedujo con buen tino Elisa, la de Tiro Alto. Ni dos semanas se quedó el galeno en la fonda. Pagó al contado y sin preguntas por la Casona de Seronda, que llevaba lo menos quince años abandonada. Todo se arregló con prisas, en una notaría de la capital, sin que el nuevo vecino quisiera dar detalle alguno. Tres meses más tarde, tras un cortejo fugaz y gélido como un invierno germano, Haines Schröder se casó con Cristina Alvarado, la nieta del alcalde, y se olvidó de ella en cuanto ambos cruzaron el umbral de la grotesca mansión.

Seronda solo podía describirse como un disparate arquitectónico. Una chifladura presuntuosa de un emigrante retornado que había hecho fortuna en Uruguay, y que se murió, aseguraban las malas lenguas, en pleno retoce con una pendanga de Los Molinos, sin haber tenido apenas tiempo para disfrutar de su particular Versalles. Los herederos, todos sobrinos y primos lejanos, llevaban desde el triste suceso deseando librarse de aquella monstruosidad que en modo alguno habrían podido mantener. A Cristina Alvarado, que desde niña soñaba con habitar entre aquellos muros principescos, el sueño infantil se le volvió pesadilla muy pronto. No hubo mueble de caoba, encimera de mármol, balaustrada de forja ni ventanal plomado que la consolara de la absoluta y terca indiferencia de su marido, que, aparte de obligarla a usar su impronunciable apellido teutón, de prohibirle expresamente contratar servicio alguno, y de no dejarla salir ni al quicio de la puerta, jamás le dedicó no ya una caricia, sino un solo pensamiento. Con todo, en algún momento debió acercársele, porque un año después de celebrarse la boda, Cristina dio a luz a la única hija del matrimonio, una ochomesina escuálida de ojos verdes y pulmones de acero. A nadie se le permitió estar presente en el parto, y fue el propio Haines el único que asistió a su mujer. Quiso la mala suerte que una terrible hemorragia se la llevara al otro mundo. El viudo, con gesto imperturbable, la hizo enterrar en la propia finca, despachó con cajas destempladas a la familia política y solo a regañadientes aceptó bajo su techo a una nodriza.

Frida creció libre y casi salvaje, bajo la única supervisión de una niñera joven y atolondrada, incapaz de mostrarse severa con ella. Nunca se le impusieron normas, salvo la de no entrar jamás en la parte oeste de la casa, siempre cerrada con llave y envuelta en el misterio. Ni siquiera era admitida en el comedor, y debía compartir mesa con la institutriz, en la cocina. Si por alguna casualidad se cruzaba con Haines en alguno de los infinitos pasillos, debía dirigirse a él con el título de “Señor”. El alemán vivía enclaustrado en sus dominios, y rara vez salía de lo que había dado en llamar “su estudio”. Pese a aquella inconcebible frialdad y falta de afecto, Frida resultó una chiquilla feliz, decidida y resuelta, conformándose sin aspavientos con el amor mercenario de su cuidadora, las aventuras por el jardín y la compañía de los centenares de libros que languidecían en la biblioteca. Aprendió a hablar francés con fluidez y a chapurrear el alemán; nociones básicas de Historia y Geografía; cocina, costura y economía doméstica; el cuidado de las plantas ornamentales y ciertos rudimentos de piano, que le permitían aporrear las teclas con más entusiasmo que talento. Disfrutaba leyendo a los clásicos y pintando estrambóticas acuarelas de gatos disfrazados de personas. Aunque jamás lo mencionaba, notaba un extraño vacío que, en ocasiones, le dolía físicamente. Tenía extrañas pesadillas sobre un ser sin rostro ni voz que la visitaba en su dormitorio. De vez en cuando, amanecía nostálgica y callada, dominada por una suerte de abulia que la forzaba a quedarse frente al espejo murmurando obsesivamente: “¿quién eres, quién soy?” Tales trances asustaban a la pobre Señorita Elena, pero siempre que esta intentó alertar al doctor se encontró con el mismo desinterés.

Lo que más odiaba Frida en el mundo eran los cuestionarios de los viernes. Aquellas entrevistas, dirigidas por su padre en la salita azul, suponían un tormento indecible para ella. Ocurrían puntualmente desde que la joven tenía memoria y, aunque los encontraba aborrecibles, jamás se le ocurrió que tuvieran nada de extraño. Daba por supuesto que así funcionaban todas las familias. Al menos, aquellas en las que había un médico. Las preguntas le parecían absurdas, ridículas o incluso obscenas. Ninguna de sus objeciones conmovió jamás a Haines Schröder que, con semblante inexpresivo y tono neutro, iba repitiéndoselas una a una, mientras tomaba notas en su cuaderno de tapas negras.

—¿Te has sentido triste esta semana? ¿Has tenido dolores de cabeza? ¿Algún sarpullido? ¿Síntomas de indigestión o molestias estomacales? ¿Has notado calambres en las piernas? ¿Quemazón en las palmas de las manos? ¿Falta de aire? ¿Estás menstruando en este momento?

Respondía con monosílabos, impaciente por terminar cuanto antes, manteniendo la vista clavada en el suelo. El doctor no habría tolerado otra cosa. Solo una vez osó Frida desafiar sus instrucciones, y, con los puños apretados sobre la falda, le miró directamente a los ojos.

—¿A qué vienen todas estas preguntas? —espetó, irritada.

Su padre la observó, más curioso que enfadado.

—Responde, Frida, por favor.

—No. Quiero saber por qué me preguntas tantas cosas.

—Todo forma parte de una investigación —aclaró él, frotándose el mentón con ademán hastiado—. Un asunto importante que en modo alguno podrías entender. Responde, Frida. ¿Alguna fobia o temor que no hubieras experimentado antes?

—Agua —suspiró ella, resignada—. No sé por qué, pero esta semana me ha costado horrores meterme en la bañera.

Haines asintió, aparentemente complacido.

—¿Y las ratas? —sugirió con interés.

Frida negó con la cabeza y se encogió de hombros.

—Ya no. Ese miedo se me ha pasado.

Ocurrió la víspera de su diecisiete cumpleaños. Mediaba noviembre, y una tormenta de proporciones bíblicas sacudió el pueblo sin misericordia. Frida saltó de la cama, aturdida por el estruendo en plena madrugada. Corrió en camisón al cuarto de la Señorita Elena, sin recordar que la institutriz pasaba una semana de asueto con sus parientes. Los relámpagos iluminaban los rincones oscuros, dejándole fantasmas pálidos prendidos en las retinas. Desquiciada por el terror, atravesó sin rumbo los pasillos y galerías, dando tumbos y sollozando. Ni siquiera fue consciente de que se acercaba a toda prisa a la parte del caserón que le estaba vedada. Fue al doblar la esquina de la sala de música cuando chocó con algo inesperado, un bulto en mitad del corredor que gimió de dolor y la hizo caer al suelo. Sin aliento, paralizada de miedo, se cubrió el rostro, incapaz de mirar. Pese al retumbar de los truenos, oyó el angustioso lamento a su izquierda, y toda la piel del cuerpo se le erizó en un ansia secreta que reconoció de inmediato. Abrió los ojos. Salida del espejo de sus pesadillas, su otra mitad la contemplaba con idéntico estupor.

—¿Quién eres? —farfulló, helada.

—Gretchen —musitó el espectro—. Soy Gretchen…

Era ella misma, con su mismo pelo, su misma carne, su misma sangre. Más demacrada, menos viva, cubierta de marcas y cicatrices. Un patético y doliente ser, acobardado y confuso, que se hizo un ovillo, balanceándose sin consuelo.

—Quién eres… quién soy… quién eres… quién soy… soy Gretchen… Gretchen…

La rodeó con los brazos, notando el clamor de una ira sorda que le reventó en el pecho y se adueñó de su mente, privándola de toda piedad.

—Ven —dijo sin emoción, poniéndose en pie y tendiéndole la mano—. Vamos a ver a papá.

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