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¿Cómo puede ser este hombre mi padre?, un cuento de Natàlia Cerezo

¿Cómo puede ser este hombre mi padre?, un cuento de Natàlia Cerezo

En las ciudades escondidas (:Rata_) son quince cuentos que reducen la vida a su unidad de comprensión mínima, quince historias donde el detalle y la esencia se tocan. «Natàlia Cerezo elige la claridad para ir directamente al encuentro de unos personajes sorprendidos en un instante de la vida en el que, lo crean o no, todo va a cambiar para siempre», como escribe Marta Orriols. «La mayoría de estos relatos están escritos antes de cumplir los treinta, y al leerlos se reconoce una madurez que se me ocurre que solo puede haber conseguido a través de dos pilares básicos cuando uno escribe: la observación, y los referentes y las lecturas que ha ido depositando en la mochila literaria que lleva a sus jóvenes espaldas. El dominio del género, mostrado con una voz depurada y que limpia el cuento de todo aquello que no sea necesario, la mirada estética neutra, los silencios y el lenguaje indirecto, nos recuerdan a nombres potentes como Carver o Cheever. Como ellos, Cerezo nos muestra personajes que se definen por lo que callan, por sus actos y sus intenciones.

Zenda publica “¿Cómo puede ser este hombre mi padre?”, el último de los cuentos.

 

¿Cómo puede ser este hombre mi padre?

Era invierno, un día despejado. Transportábamos una carga de no recuerdo qué muy lejos, hacia el norte. Papá había guardado las cosas en la cabina y, antes de irse, comprobó que todo estuviese en orden. Desde el asiento del copiloto, lo vi hurgar en el motor y mancharse la camisa de grasa. Después, cogió una manguera y roció el camión. Le había puesto nombre, como si fuese un barco, unos adhesivos con letras azules muy gastadas en la parte interior de su puerta.

Papá condujo todo el día y solo nos detuvimos para comer un par de bocadillos en un área de descanso. El suelo estaba descuidado, había manchas de césped despeinado y marrón. Comimos deprisa, en una mesa de piedra fría, y tiramos el papel de plata y las cáscaras de naranja en una papelera vacía.

El camión vibraba y roncaba y papá no decía nada. Conducía con los ojos clavados en la autopista y apretaba el volante. El sol se ponía y los campos y las colinas se volvieron de color lila. Los faros del camión iluminaban la carretera y los coches que nos adelantaban. Uno llevaba la luz interior encendida. Una mujer miraba un mapa, lo tenía extendido y ocupaba casi todo el parabrisas. Recorría la ruta con el dedo y le señalaba algo al conductor. Solo los vi un momento, luego el coche apagó la luz y aceleró.

Nos detuvimos en un área de servicio para pasar la noche. Atravesamos el aparcamiento, los camiones y la gente que gritaba hacia las luces de colores del restaurante. Papá caminaba delante, con la cabeza gacha y pasos largos y apresurados.

Nos sentamos en la barra y papá le estrechó la mano al camarero, un hombre grande que nos preparó una cena buena y caliente y que nos invitó a un trozo de pastel. Charlaron un buen rato y yo rellené el crucigrama de un periódico que alguien se había olvidado.

A la vuelta, los otros camioneros nos vieron y saludaron a papá. Le daban golpecitos en la espalda. Me preguntaron si era su hija y les dije que sí y les estreché la mano. Papá me cogía por los hombros y me dolía un poco.

Preparamos el camión para dormir. Cubrimos los colchones de la litera con sábanas de flores y mantas de lana. Papá encendió la luz del techo y dejó las ventanas un poco abiertas y dijo que iba a tomar un café y que no tardaría en volver. Se marchó dando un portazo y oí cómo se alejaba.

Me puse el pijama detrás de la cortina que dividía la cabina en dos y apagué la luz. Subí a la litera de arriba y me tapé con la manta. Oía voces roncas, rugidos, chirridos, bocinas. Un olor intenso a gasolina. No podía parar de moverme. Daba vueltas, me ponía bocarriba, me agarraba las rodillas. La manta picaba. La saqué de la cama de una patada. Pensaba en aquel verano en que papá me llevó de viaje con el camión. Hacía mucho calor. Fui todo el día con el brazo sacado por la ventanilla, haciendo olas con el viento caliente y furioso de la autopista y me quemé. Papá sacó un bote de crema de debajo de su asiento y me lo untó con delicadeza. Me dijo que con el brazo quemado ya era una camionera de verdad y nos echamos a reír. Pasamos la noche en un área de servicio sin farolas, perdida en la oscuridad. Papá apagó las luces del camión y sacó dos sillas plegables de la cabina. Cenamos ligero, bocadillos y fruta, y miramos las estrellas y papá me contó cuentos y aventuras, como cuando encontró un zorro en el norte de Francia o cuando llovió tanto que la carretera se convirtió en un río y se puso a navegar sin gastar ni un céntimo en gasolina.

Hacía un poco de frío. Cogí la manta del suelo y vi que había un insecto en el techo. Colgaba cabeza abajo y movía las alas. Se puso a volar y a zumbar durante mucho rato. Pensé que a lo mejor se había escondido en el camión en verano y que, si salía, con el frío que hacía, se moriría. Cerré las ventanas. Cada vez que estaba a punto de dormirme, chocaba con los cristales o me pasaba junto a la oreja y me desvelaba, hasta que no lo oí más.

Papá volvió cuando se hizo de día. Me despertó el olor a café caliente y el motor encendiéndose. Abrí un ojo y lo vi por la abertura de la cortina, bebía de un termo que humeaba y que empañó el parabrisas, como un aliento.

Me incorporé y descorrí la cortina. Estábamos en la autopista, gris por la luz del amanecer. Me senté en el asiento del copiloto en pijama y papá me alargó un cruasán en una bolsa de papel y un vaso de leche caliente con cacao.

 

Atravesamos los campos inmensos y, después, llegamos a los fríos bosques del norte. Dejamos la autopista y cogimos una carretera estrecha y ondulante. El asfalto estaba húmedo y los árboles eran altos y frondosos. Todo el día nos acompañó una luz opaca, como si siempre fuera por la tarde, hasta que el cielo oscureció de golpe.

Llovía cuando atravesamos la frontera. Había una cola muy larga y miles de luces rojas de coches detenidos como nosotros y papá me dijo que me fuera a dormir. La lluvia tamborileaba en el techo y un viento helado entraba por la ventana abierta y movía la cortina. Me tapé bien con la manta y, cuando me desperté, ya volvíamos a estar otra vez en movimiento.

Paramos en una gasolinera y desayunamos. Papá había estado toda la noche conduciendo, como había hecho muchas otras veces, pero ese día dijo que necesitaba echar una cabezada, bostezó, se tumbó en la litera de abajo y se durmió.

Terminé de desayunar y me quedé sentada, sin saber qué hacer. Fuera aún llovía. Papá roncaba y se revolvía en sueños. Bajo el asiento del conductor no encontré ningún paraguas, pero había un impermeable que me iba grande.

Salté del camión y me mojé los zapatos y los bajos del pantalón en un charco. El agua estaba fría y sucia, embarrada, y la lluvia se deslizaba por la capucha y me mojaba la nariz y el flequillo. Debíamos estar cerca de la frontera, porque había muchos camiones de países diferentes. Me parecieron bestias dormidas y me paseé entre ellos de puntillas. Miré las matrículas y las cabinas. La mayoría estaban vacías, pero en algunas el conductor dormía o leía papeles o fumaba.

Más allá, había una caseta blanca con unos cuantos surtidores de gasolina y una tienda. Pasé por detrás y encontré un prado con césped que llevaba a un acantilado desde donde se podía ver todo el valle cubierto por la niebla. Me paseé un buen rato, me tumbé bocabajo en el césped y saqué la cabeza por el borde. La blancura de la niebla cegaba. Era tan espesa que podría haberla arrancado como un trozo de algodón. Subía poco a poco y cubría los árboles retorcidos del acantilado. Me tocó la cara y cerré los ojos un rato. Me acariciaba como una mano fresca en la frente una noche de fiebre.

Cuando abrí los ojos, todo era de color blanco y aún llovía y volví guiada por el ruido de los camiones del parking. Pasé cerca de la caseta, donde había un corrillo de camioneros que se protegían de la lluvia bajo el techo de chapa.

–¡Eh, oye! –gritó uno de ellos, un hombre grande y peludo como un león que surgía de la niebla–. ¿Tú no eres la hija de Marc?

Me detuve donde estaba y le dije que sí.

–Me lo imaginaba. Soy Aitor. Coincido mucho con tu padre en las rutas. Tú no te debes de acordar, pero nos conocimos hace unos cuantos veranos. Eras una niña muy espabilada. ¿Cuántos años tienes ya?

–Catorce.

–Cómo pasa el tiempo. Los míos tienen más o menos la misma edad. –El hombre encendió un puro y le dio vueltas con el pulgar y el índice. Me miraba allí, bajo la lluvia, como nos había mirado todo el mundo a finales de verano, cuando mamá se marchó–. He oído que vas a hacerle compañía unos días. ¿Qué, te gusta viajar con él?

Asentí y me até más fuerte el nudo de la capucha. Oía truenos en la lejanía.

–Tengo que irme, papá me espera.

–Si hacemos la misma ruta puede que nos veamos más adelante. ¡Dale recuerdos!

Eché a correr. Me costó mucho encontrar el camión entre la niebla. Por fin vi su morro blanco y brillante. Papá me abrió la puerta del copiloto y subí a la cabina con los zapatos y los calcetines en la mano para no ensuciar el suelo. Papá me preguntó dónde había estado y le dije que había ido a explorar y que Aitor le mandaba recuerdos. Asintió y encendió la calefacción. Me quité el impermeable y nos volvimos a poner en marcha cuando me hube cambiado de ropa. Por el retrovisor, vi que el camionero-león nos adelantaba. Tocó la bocina dos veces y papá le contestó sacando el brazo por la ventanilla.

 

Parecía que el bosque no se acababa nunca. Los árboles eran estrechos y estaban muy juntos y la carretera enfilaba arriba y abajo en un vaivén constante. Avanzábamos poco a poco, con un ronquido suave de oso dormido. De vez en cuando, se nos cruzaba alguna ardilla. Dejaba huellas en la nieve del margen y trepaba a los árboles, que goteaban aguanieve.

Nos detuvimos en la gasolinera de un pueblo pequeño. Nos encontramos a Aitor, que fumaba apoyado en su camión. Seguía la misma carretera que nosotros, hacia el norte, con un encargo urgente de flores de plástico.

Cenamos en el bar que había junto a la gasolinera. Empezó a nevar cuando nos trajeron la sopa y en el segundo plato la nieve se amontonaba en la ventana. El camarero nos advirtió de que posiblemente por la noche helaría. Aitor se comió las dos últimas cucharadas de estofado y nos dijo que no se arriesgaría a quedarse atrapado y que saldría ya. Cruzaría el bosque aquella misma noche y al día siguiente dormiría en una fonda que había al otro lado, donde lo conocían.

Se fue sin tomar el postre. Papá miró cómo desaparecía detrás de la cortina de nieve y me preguntó si me veía capaz de hacer lo mismo.

Le dije que sí. Papá pidió que le llenaran el termo de café y salimos.

Los faros del camión iluminaban la carretera y los copos de nieve, que volaban empujados por el viento como si fuesen ceniza. Costaba ver el camino. Las ramas resecas de los árboles rascaban el techo. Los limpiaparabrisas iban arriba y abajo con un tictac de reloj y papá agarraba el volante. De vez en cuando, le daba un trago al termo, el café extendía su calor por toda la cabina.

Me pregunté si acostumbraba a recorrer este camino, iluminado solo por los faros a medianoche, desvelado por el café y con los ojos enrojecidos por el cansancio. Puede que alguna noche, pensé mientras agarraba el cinturón y oía al camión que rugía como una motora en un lago oscuro, se detuviera para dormir, creyendo que no nevaría, y se despertara cubierto de nieve, el camión sepultado y la carga congelada. La otra vez solo nos habíamos ido tres días, soleados y calurosos, para hacer un encargo no muy lejos de casa. El camión era un poco más nuevo que ahora y las letras del lado de la puerta no estaban tan gastadas, y cuando volvimos mamá nos esperaba.

Papá detuvo el camión en un arcén amplio y me pidió que lo ayudase a poner las cadenas. Lo iluminé con la linterna mientras las extendía en el suelo y le hice señales cuando tiró el camión marcha atrás, antes de cubrir las ruedas y sujetarlas.

Avanzábamos muy despacio. Papá tenía los ojos clavados en la carretera y se le enfrió el café. El bosque resplandecía con la luz de los faros y la nieve caía silenciosa como nosotros, como el resto del mundo. Solo vi la rosa un momento, roja como una brasa en medio de la carretera. Pasamos por encima y se hundió en la nieve.

–¿Has visto? Parecía una flor…

Papá se encogió de hombros.

–No sería nada.

Pero aparecieron más y más flores, rosas, magnolias, lilas y orquídeas, brillantes, rígidas y medio cubiertas de nieve, como en una boda.

Maravillada, no me di cuenta de que papá frenaba y que el camión derrapaba. Me cubrí la cabeza con las manos y el cinturón me dio un tirón en el pecho que me dejó sin aliento.

Cuando nos detuvimos del todo, papá echó a correr por la nieve y entonces vi que el camión de Aitor había volcado. La carga se extendía por la carretera, las flores de plástico, la primavera que no era.

No sé cuánto rato estuve dentro del camión. Vi que papá llegaba a la cabina volcada. Oía el motor, el viento y una voz asustada, aguda y rota. Puede que fuera papá quien gritaba, o Aitor pidiendo ayuda.

La voz me empujó a salir. El viento me entumeció la cara y me hizo entornar los ojos. Crucé la carretera hacia la oscuridad de la cabina. Tenía el parabrisas reventado y la carrocería abollada. Los cristales cubrían la nieve y había un rastro rojo y dos cuerpos un poco más allá. Cuando los vi, me volví hacia nuestro camión llevándome las manos a la boca para ahogar un grito; los faros me cegaron y cerré los ojos.

Oí otra voz. Una voz grave y tranquila y, me di cuenta, conocida. Papá. Papá me hablaba.

–Nora. Tranquila. Ve a buscar las mantas y el botiquín.

Llevé el botiquín y todas las mantas, pañuelos, bufandas y jerséis que encontré con el corazón en un puño. Al volver, pisé un charco negro que fundía la nieve y que se extendía por el asfalto hasta las manos de papá, manchadas de rojo, que presionaban la pierna de Aitor. Se había quitado el jersey y le estaba haciendo un torniquete con la camisa y un palo. Cogió las mantas y la ropa, lo tapó bien y le envolvió la cabeza con mi bufanda.

–Ahora vengo –dijo después de volver a ponerse el jersey–. Quédate a su lado y háblale.

Corrió hacia el camión y oí la tos de la radio. Luego puso las luces de emergencia y vi cómo sacaba los triángulos de señalización, se ponía el chaleco reflectante y desaparecía en la oscuridad.

–Pronto vendrá alguien –dije.

Me arrodillé al lado de Aitor. Tenía los ojos abiertos, pero no se movía ni hablaba. Papá lo había tapado tan bien que solo sabía que respiraba por una nube de vapor que exhalaba. Lo veía borroso y amarillo por la luz de los intermitentes. Tenía la cara cortada e inflamada. Los copos de nieve le caían en la frente y en las pestañas. Cogí un trozo de algodón del botiquín y se las limpié, poco a poco, casi sin tocarlo, hasta que la nieve fundida le resbaló por las mejillas.

Temblaba. Se le aflojó la bufanda y sacó una mano rígida de debajo de las mantas. Tuve miedo, mucho miedo. Volví a taparlo bien, me quité la chaqueta y lo arropé. Me tumbé a su lado y lo abracé hasta que dejó de temblar. El asfalto estaba helado, pero la nieve era casi cálida. Nos cubría como una madre. Sentía el palpitar lejano del corazón de Aitor, que de vez en cuando se estremecía, y lo abracé más fuerte y se lo conté todo, aquellos días con papá, los kilómetros que habíamos hecho, las cosas que habíamos visto.

Lo abrazaba y hablaba y veía a papá, a lo lejos, que volvía cargado con cajas. Nos miramos y fue como si nos viéramos después de mucho tiempo. Abrió las cajas y nos cubrió con las flores. Se movían con la respiración débil de Aitor, como si estuvieran vivas, y nos hacían cosquillas en la nariz. Olían al armario de casa. Papá vació todas las cajas, se sentó a nuestro lado y me apretó la mano con fuerza.

–Todo saldrá bien.

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Autor: Natàlia Cerezo. Título: En las ciudades escondidas. Editorial: :Rata_. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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