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Con Dios al fondo

Hace poco me llegó por correo un libro que me  hizo mucha ilusión recibir. Se titula Entre la niebla. Cuatro poetas ante el silencio de Dios, y su autora es la catedrática Pilar Palomo (Editorial Renacimiento).

Los poetas analizados en el volumen son grandes poetas, maravillosos poetas: Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Dámaso Alonso y Blas de Otero. Sólo por leer sus versos, tan bien escogidos por Pilar Palomo, ya merece la pena el libro, pero además es que los acompañan lúcidos comentarios y análisis.

El título, Entre la niebla, remite a los famosos versos de Antonio Machado:

Así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.

Estos versos, magníficos, también los ofrece Pilar Palomo en su libro.

“Niebla” remite asimismo a la novela de Unamuno: incluso el propio nombre que Unamuno dio a sus novelas, nivolas, remite de alguna manera a la palabra “niebla”. Al menos para mí.

Unamuno quería decir algo importante con sus libros, o con sus novelas por lo menos, a lo que alcanzo. Un mensaje, algo así como una enseñanza. Quería dar, con sus libros, en el centro de su particular diana.

La palabra puede ser equivalente al espíritu. Se dice mucho que la lengua es el espíritu de los pueblos y esto, por cierto, debió saberlo muy bien Unamuno, que era filólogo, y más de una vez hizo gala de ello. Poesía, poiesis, es equivalente a creación. Los poetas son los creadores. No compiten con Dios, porque su creación tiene un matiz distinto, siendo también creación, de otro orden.

“El alma del poeta se orienta hacia el misterio”, como escribió Antonio Machado y también cita Pilar Palomo. ¿Qué mayor misterio puede haber que Dios? Dios siempre es un gran tema, a mi modo de ver, una presencia invisible, o lo invisible presente.

Machado lee y estudia Filosofía. Realiza una reflexión profunda sobre todo lo que le rodea, sobre sí mismo y sobre el paisaje que le sustenta. Machado es entrañable, profundo, cercano, sencillo, sí, filosófico. Al leerlo sentimos que es un gran poeta, pero no sólo eso; sentimos que es un gran hombre, una gran persona.

Yo no creo que en estos momentos el mundo, nuestro mundo, esté huérfano de Dios, sino que más bien Dios está huérfano del mundo, de nosotros, que parece que lo hemos abandonado. Observo que Dios, actualmente y desde hace algún tiempo, ha desaparecido en gran medida de las conversaciones de la gente, incluso de sus frases hechas, aunque alguna vez me llevo la sorpresa de que aparece: “Si Dios quiere”, por ejemplo, dicen algunos. Yo también lo digo.

Procuro hacer visible a Dios en mis palabras, en mis  actitudes, en mis acciones, aunque soy consciente de que no siempre lo consigo. Es posible que Dios no sea palpable en sí mismo, pero lo es en toda la creación, en todo lo que vemos y lo que tocamos. Mi relación con Dios ha sido una relación de hijo, pero yo diría que sobre todo de amigo. Siempre he tenido muy buena relación con Dios. Me he sentido muy próximo a Él. Casi se podría decir que tengo con Él una relación de complicidad. Sé que me escucha y que me atiende. Me llevo muy bien con Él.

La Biblia la he tenido siempre más o menos cerca, más bien cerca. En la Biblia hallamos todas las respuestas, tal vez porque seres humanos de muchas épocas las han encontrado allí antes que nosotros. Hay una tradición en las Escrituras, pero también la hay en las lecturas que se le han hecho.

Ahora no sé si la Biblia fue inspirada por Dios, pero en cualquier caso me parece que sus autores sí que estuvieron muy inspirados al escribirla. Es decir, muy inspirados por algo o por alguien, como lo puede estar —y espero no caer en una pequeña blasfemia—, un escritor ante su novela, o un poeta ante su poema. Yo mismo al escribir este pequeño texto. El propio Unamuno decía que la Biblia era una novela. Recuerdo que Juan Eslava Galán, en una entrevista que le hice tras publicar su La Biblia contada para escépticos, me dijo que la Biblia era más bien una biblioteca y que en esa biblioteca había libros de diversos géneros.

Por otra parte, ¿qué me llama la atención de los Evangelios? En los Evangelios late la emoción de Jesús, el latido de su gran humanidad antes que otras consideraciones. Creo que lo más importante de los Evangelios es eso, más allá de que sean perfectamente históricos.

Leyendo los Evangelios los creyentes vibramos, o este lector vibra, y los no creyentes supongo que mostrarán ante ellos una gran curiosidad, un interés al menos cultural o literario.

Siempre he pensado que me aportaba mucho leer tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento. Siempre he pensado que me daban mucho como creyente, como lector y como escritor. Y así ha sido. Hoy pienso que no me he equivocado en absoluto en esto.

Nunca se acaba de leer la Biblia, nunca en toda la vida, como también creo que nunca se acaba de leer a Unamuno o a Machado, por ejemplo. O a Dámaso Alonso, o a Blas de Otero. Siempre aprendemos, con todos estos textos, siempre nos dicen algo de nosotros… porque son en el fondo y en su esencia profundamente humanos, un auténtico tesoro. Siempre son, además, estos textos un recreo para nuestra inteligencia, para nuestra imaginación, para nuestra sed de Dios, como diría el sacerdote y misionero redentorista José Miguel de Haro desde el título de su libro, el precioso y muy profundo En el deseo y la sed de Dios. Desde las cartas del hermano Roger de Taizé (PPC).

Siempre he sentido muy personal el tema de Dios para escribir; siempre ha sido para mí “muy buen tema”, si se puede decir, en términos de escritor, y esto es porque lo siento muy íntimo como creyente, como persona en general. Es posible que la fe hable por mí, escriba  por mí. No sería mala oradora, escritora.

Para Unamuno fue también un gran tema, y lo sintió muy adentro.

Unamuno se cruzó en mi camino sobre todo en COU, y ya no lo ha abandonado. Gracias  a él y a  su poema “Alma-libro” yo elaboré un cuento con el que gané el certamen literario de mi colegio.

Me gusta cómo escribe, muy literario, profundo, con mucha personalidad. Unamuno escribe con los pies hundidos en la tradición literaria, pero sabe volar alto, siempre, gracias a su talento, a su carácter y a sus permanentes inquietudes y obsesiones.

Unamuno nos lleva  a su terreno y logra que su mundo, su inquietud, su problema, sean los nuestros, y por si fuera poco que nos recreemos en ello. Nos enriquece con su angustia. Nos hace más inteligentes, más sabios, o eso creo que fue lo que yo sentí cuando tenía 17 años y lo leí por primera vez, más o menos cuando escribí mi cuento sobre él.

Ahora he comprado y leo El Cristo de Velázquez. Reviso San Manuel Bueno, mártir, que me entusiasmó cuando lo leí por primera vez, precisamente en COU. Cualquier época del pasado es muy susceptible  de convertirse en dorada, y así siento yo ese tiempo de mi COU, con Unamuno al fondo, pero también otros autores, otros libros que me iban poblando, habitando por dentro, y quizá por fuera, hasta hoy.

Yo había leído la primera parte de Entre la niebla, de Pilar Palomo, la dedicada a Unamuno, porque ya había sido publicada (Fundación Gerardo Diego). Aquí vuelve a aparecer con cambios y variaciones.

La escritura de este libro refleja la valía, el conocimiento y el tesón de su autora, que ya ha cumplido 90 años, pues está realizado en condiciones vitales en absoluto sencillas. Sin embargo mucho sabemos que la literatura, la escritura, con su esfuerzo, puede ser la mejor solución ante las condiciones adversas. El libro está dedicado a la memoria de Antonio Prieto, marido de Pilar Palomo durante 72 años, recientemente fallecido, a cuyo recuerdo y homenaje me adhiero desde aquí, mi querido profesor y admirado escritor.

Este libro de Pilar Palomo forma parte de una obra más amplia que se hará en el futuro, según lo previsto, como cuenta el catedrático Álvaro Alonso en el principio de su prólogo:

El libro que ahora presenta la profesora Pilar Palomo forma parte, como ella misma señala en su “Nota preliminar”, de un proyecto más amplio que pretende abarcar la poesía religiosa española del siglo pasado y que llevará por título Entre la niebla. Fe, duda, misterio y sacralidad en la poesía española del siglo XX. El volumen, o los volúmenes, que esperan su publicación corresponden al primero de los términos del subtítulo; el que ahora se edita se relaciona con el segundo término, la duda, que caracteriza la obra de los cuatro poetas elegidos. 

En verdad la fe es un regalo, un don. Lo recibimos, quizá, sin merecerlo, pero cambia nuestra vida. Dios no tiene brazos ni piernas, pero se le ve, se le siente, y se le presiente, en toda la creación, en las montañas, en el mar, en nuestros semejantes, en el amor y en la bondad, y me temo que, aunque resulte difícil de explicar, también está en lo peor de nosotros mismos y del mundo. No creo que el ser humano haya inventado a Dios, pero sí que tiene, o al menos ciertos seres humanos tienen, una gran capacidad  para captarlo, para verlo sin verlo, para sentirlo y presentirlo, como decía antes.

Dios es el compositor y la sinfonía. Incluso nosotros somos Dios, formamos parte de él en cuanto somos parte de la sinfonía, música y partitura. Dios está dentro y fuera del escenario. También es el escenario. Dios es todo, incluso nuestra duda e incertidumbre, nuestras tribulaciones, nuestra pena y nuestro amor, el gran amor que sentimos por las personas, por los seres y las cosas, por la vida, tantas veces.

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