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Con el agua un ciervo: trece notas sobre Algo que nadie hizo

Con el agua un ciervo: trece notas sobre Algo que nadie hizo

En un pueblo deshabitado, un hombre elige quedarse en las afueras: vive en una casa rodante, planta árboles y escucha los ecos del pasado. Desde allí reconstruye en fragmentos la geografía íntima de su duelo y la memoria de un espacio cuyos lazos persisten más allá del abandono.

En este Making Of, Matías Aldaz explica cómo escribió Algo que nadie hizo (Las Afueras).

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1. Nací en una ciudad que ya no existe más.

2. Me acuerdo exacto del día en que vi la imagen que me llevó a escribir Algo que nadie hizo. Fue una foto publicada en un portal de noticias de la nueva Federación. Nunca me pasó con el origen de ningún texto. Ni tampoco que lo que se me ocurriera fuera algo tan etéreo: un hombre que trasplanta árboles.

3. El ciervo está en una vereda del centro de la nueva Federación. Es de noche y yo acabo de llegar de Buenos Aires, la ciudad donde vivo hace veinte años. Los autos frenan, los ocupantes le sacan fotos. El ciervo no se mueve. Dos días después comenzará en Argentina el aislamiento por la pandemia.

"También pienso: no se escribe sobre la pérdida para recuperar o volver a aquello perdido, eso supondría un retorno, y sabemos que los retornos son siempre falsos, sino para circundarla, nada más que eso"

4. En el momento de la desaparición, Federación tenía alrededor de seis mil habitantes, calles llenas de árboles, playas con canto rodado y arena, un cine que era de mis padres, varias confiterías, la costanera, una plaza esplendorosa, un camping y sobre todo muchos colores. A la ciudad la hizo desaparecer la última dictadura cívico-militar argentina, en el año 1979, con Videla como jefe. Ahora está tapada por el agua, aunque bajo el agua solo hay escombros, cimientos carcomidos y burbujas. Yo tenía dos años cuando la inundaron. Primero fue el vaciamiento. A medida que sacaban a las familias de sus casas, venían las bolas de acero y las topadoras y las tiraban abajo. Al final, un día cerraron las compuertas de la represa de Salto Grande y el agua lo cubrió todo, menos el cementerio y un barrio al oeste.

5. En el centro de la foto que vi aquella tarde, Adhemar es el único que no tiene barbijo. Adhemar es mi tío abuelo y sostiene un plato que brilla tanto como él. Lo acaban de nombrar Ciudadano Ilustre por la tarea desarrollada en el cuidado de las especies arbóreas y en defensa del medioambiente. Es la primera vez que lo hacen en Federación. A la foto la veo el mismo día de la ceremonia: el trece de agosto de 2020.

6. Una vez un amigo me dijo que yo escribo siempre sobre lo mismo: la pérdida. Pero, ¿no será la pérdida uno de los temas más importantes de la literatura? ¿La pérdida no contiene a todos los demás temas? También pienso: no se escribe sobre la pérdida para recuperar o volver a aquello perdido, eso supondría un retorno, y sabemos que los retornos son siempre falsos, sino para circundarla, nada más que eso. Y creo que en Algo que nadie hizo la perdida está más en la superficie que en ninguna otra cosa que haya escrito.

"De repente, sin querer ni pensar, describí la aparición de un ciervo. Puse que cruzaba corriendo frente a los personajes. Era una sola frase. La terminé y me quedé mirándola varios segundos. Qué carajo hace un ciervo acá, me pregunté"

7. En 1980 Adhemar consiguió que la Municipalidad le cediera un terreno frente al río en la nueva Federación. La ciudad estaba a medio terminar, repleta de barro, casi una situación de catástrofe, postapocalíptica. En ese terreno hizo una plazoleta, y fue trasplantando los árboles que había en la vieja ciudad, para así tener, como lo dijo él alguna vez, los mismos árboles que había allá. Los traía, los plantaba, los caratulaba. A la plazoleta la llamó El Aromito.

8. Hacía ya varios meses que estábamos en pandemia. Varado en la nueva Federación, había escrito una novela que arrancaba con una escena trágica: dos compañeros de sexto grado en una habitación con un arma, y el peor final. Por aquel tiempo hablaba todos los días con una amiga a la que le iba pasando los capítulos. Ella los leía y me los comentaba. Fueron varios meses de escritura. Recuerdo que cuando la terminé, y ya había visto la foto de Adhemar, le dije: la próxima va a ser una novela amable. Ahora sospecho que fue un plan incumplido.

9. Una mañana estaba escribiendo la escena donde el hijo del narrador le muestra al padre la casa que construye para su familia. De repente, sin querer ni pensar, describí la aparición de un ciervo. Puse que cruzaba corriendo frente a los personajes. Era una sola frase. La terminé y me quedé mirándola varios segundos. Qué carajo hace un ciervo acá, me pregunté, y empecé a borrarla, pero no llegué ni a la mitad que me frené y la restituí entera. La voy a dejar, mañana veo, me dije. Pero al rato busqué en internet: ciervos en Entre Ríos, y ahí la revelación. Hay un ciervo que pobló el litoral entero, se llama el ciervo de los pantanos, tiene las patas finitas como para poder caminar en terrenales de agua estancada, barro y arbustos, pero que debido a la caza, la destrucción de su hábitat, las enfermedades del ganado y los ataques de los perros, desapareció por completo de la provincia. Fue ahí que comprendí cómo funcionaba el tiempo en una de las partes de la novela: cada vez que Cesário volvía al pueblo vaciado, en una especie de pesquisa alucinada de su propia experiencia, el tiempo era una masa entera, todas las capas juntas, el pasado, el presente, todo ocurriendo a la vez.

"Unos metros más adelante señaló una columna que salía del agua, en el extremo había una foto grande de la iglesia que teníamos en aquella ciudad"

10. Como mucho de lo que escribo, Algo que nadie hizo tiene ramalazos de mi vida, pero que transmutados toman la distancia necesaria para que adquieran un espesor diferente. La ciudad de la novela no es la vieja Federación, pero se le parece. Recuerdo que un tiempo después de comenzar a escribirla, pensé en el contrafáctico: ¿qué hubiese pasado si no la demolían? A su vez, en aquel momento justo estaba leyendo El lugar, de Mario Levrero. Ahí el protagonista, después de deambular por muchísimas habitaciones, sale al exterior y se topa con una pared inmensa. Enseguida coloqué una muralla alrededor del pueblo de la novela.

11. Cesário trasplanta árboles como lo hacía Adhemar, pero ellos parecieran no tener la misma motivación. Cesário vive solo en una casa rodante cercana al pueblo del que lo echaron, inmerso en un silencio que quizás es el que le permite no sólo escucharse a sí mismo, sino también, y sobre todo, a los que tiene alrededor.

12. El verano que pasó no, el anterior, cuando hacíamos con mi hijo Lorenzo una excursión en lancha por el lago y el río, pasamos por arriba de la Federación desaparecida. Íbamos lento, un poco zamarreados por la corriente, cuando el guía dijo: ahora mismo estamos arriba de la vieja Federación. Unos metros más adelante señaló una columna que salía del agua, en el extremo había una foto grande de la iglesia que teníamos en aquella ciudad. La función de esa foto sobre la corriente era mostrar el lugar donde estaba emplazada. Unos minutos antes de pasar por ahí, Lorenzo, en ese momento de tres años, se había dormido en mi pecho. Estuve a punto de despertarlo para contarle dónde estábamos, pero preferí no hacerlo. De todos modos, se lo dije en voz baja: Lore, acá abajo nació papá. Y se lo dije con esa tercera persona ridícula con la que a veces le hablo, pero que aquella vez funcionó a la perfección, porque sentí que en verdad yo no era el que hablaba. Seguro estaba en otro lado, no sé dónde.

13. Al escribir la nota anterior sentí que no sabía bien por qué lo hacía, si en verdad no se vinculaba en nada con la novela y su hechura. Pero la seguí y la terminé. Ahora pienso que bien podría valer como ejemplo de cómo funciona mi escritura: escribo algo que no tiene mucha relación con nada, pero lo trabajo y lo trabajo para recién más adelante encontrarle, o que se me revele, el sentido. También pienso que quizás ese paseo con Lorenzo podría ser la explicación cabal de cómo abordé el tema principal de la novela: navegué por encima, lo rodeé, y lo que pude decir, como se lo dije a Lorenzo esa tarde arriba de la lancha, lo dije en voz muy baja.

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Autor: Matías Aldaz. Título: Algo que nadie hizo. Editorial: Las afueras. Venta: Todos tus libros.

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