Una vez tomada la decisión de poner gran parte de nuestros esfuerzos en el montaje y creación de dicho nuevo negocio, el cual inicialmente estaría al mando de M. Carmen como dueña y gerente, dejamos ir fluyendo como un avión con piloto automático nuestro taller de artes gráficas.
Ese escenario laboral tan siniestro hizo que pusiéramos todo nuestro empeño, empezando por buscar y encontrar un local comercial apropiado para llevar a cabo nuestra nueva actividad empresarial.
Hubo varios factores que nos empujaron a tal fin:
El primero de todos, el cual fue determinante, la constatación que tuvimos, en la inauguración de la tienda de la Plaza de las Arenas, de la falta de conocimientos que existía en el mercado español de todo lo referente al producto derivado y original de la obra gráfica de Hergé. Ese hecho ya suponía, de por sí, un largo recorrido a emprender de la mano de los clientes que se apasionaran con la temática y que nos hicieran confianza en todo lo aprendido durante tantos años de coleccionismo.
El segundo factor fue el asumir la evidencia de que, por muy buenos coleccionistas que fuéramos, “jamás”, y lo digo con énfasis, podríamos adquirir como cosecha propia todo el producto que se había desarrollado a lo largo de tantos años, y posteriormente los que iban surgiendo como novedades al entorno de Hergé y su magistral obra. Delante de esa evidencia que a cualquier coleccionista le puede provocar un cierto desasosiego, con la apertura de ese tipo de establecimiento tan singular conseguimos que, con el tiempo, toda esa ingente y variada cantidad de género pasara por nuestras manos, teniendo la obligación inicial de adquirirlo para posteriormente ponerlos a disposición de tintinófilos ávidos en el coleccionismo de Tintín.
Finalmente, el factor económico familiar hizo que diversificáramos nuestros esfuerzos empresariales para poder subsanar la pérdida crematística constante e incesante de nuestro negocio de artes gráficas, no viéndonos en condiciones de seguir apostando por él y buscar una alternativa fresca en la que nos pudiéramos desenvolver a un nivel elevado de profesionalidad con nuestros conocimientos de coleccionismo tintiniano. Así y todo, no dejamos de insistir en nuestro empeño de salvar las naves de nuestra imprenta, y estuvimos desempeñando la actividad de los dos negocios al unísono durante seis buenos años.
Dicho esto, empezó la etapa ilusionante de formalizar ese pequeño sueño, y nos dispusimos a encontrar el espacio-local apropiado para ejercer tal profesión tintinesca.
Para empezar, fuimos buscando zonas adecuadas de emplazamiento del nuevo negocio, buscando una equidistancia entre diversos factores a tener en cuenta.
En primer lugar, el acertar con la zona donde desempeñar dicha actividad era vital, ya que la fácil accesibilidad al establecimiento por parte de tintinófilos de todo el mundo era sumamente básica y necesaria, incluyendo la posibilidad de ofrecer una hora gratuita de parking a toda persona que nos quisiera visitar. Las zonas donde confluyen turistas de todo el mundo eran las más apetecibles, aunque económicamente muchas de ellas eran inviables e inasumibles de mantener dados sus elevados costes.
En segundo lugar necesitábamos un espacio que fuera diáfano, sin pasillos ni elementos estructurales que pudieran dificultar el hecho de poder pasear y deleitarse tranquilamente por el mismo. Tampoco era sumamente importante su medida; lo suficiente como para ser coqueto y dar calidez a los visitantes.
En tercer lugar, el precio del alquiler y sus condiciones contractuales. Elementos importantísimos para ofrecer viabilidad al negocio.
Tengo que recordar al lector que, como empresarios de artes gráficas, nuestro negocio ya había discurrido por cinco locales industriales distintos como inquilinos y finalmente como propietarios del que a la postre se convertiría en Cantonet Galerie. Hago este recordatorio para dar por hecho el bagaje y experiencia que teníamos a la hora de emprender y reemprender nuestro negocio en distintos espacios con la consecución y tramitación de permisos, mudanza de maquinaria, instalaciones eléctricas trifásicas, ignifugación de elementos estructurales, etc. Todo ello mucho más complicado de ejecutar y tramitar que la puesta en marcha e inauguración de una tienda de Tintín, lo cual nos pareció un juego de niños comparado con lo expuesto al entorno de cualquier actividad industrial que se mencionara.
Teniendo ya claros los condicionantes que tenía que poseer el establecimiento, salimos al mercado en busca inicialmente de la zona escogida. Esa no fue otra que el Barrio del Poblet en Barcelona, barriada donde tiene su enclave la Basílica de la Sagrada Familia, monumento arquitectónico que ya de por sí se convertía en un avispero diario de visitantes y turistas.
Después de recorrer las calles adyacentes a dicho monumento, frecuentando locales de todo tipo a disposición de quien quisiera emprender sus anhelos empresariales, dimos con un establecimiento que nos ofrecía muchas posibilidades y que contenía el compendio de exigencias mínimas que requeríamos.
Unos 85 metros cuadrados totales de habitáculo situados en la manzana subyacente de la Sagrada Familia (desde la puerta de dicho local se vislumbraban dos torres de la misma) y con un precio mensual y condiciones contractuales (10 años de duración) asumibles a nuestras pretensiones.
Quisiera hacer mención acompañada de nuestro agradecimiento, de la empresa que gestionaba dicho local, Fincas Santiago, al mando de mi amigo “boludo” el sr. Aníbal Santiago, quien, junto a su esposa la sra. Lucía, siendo los dos originarios de Mar del Plata (Argentina), fueron los que creyeron en nuestro proyecto y, convenciendo a los dueños del mismo, nos facilitaron la oportunidad de acceder a dicho local en calidad de inquilinos.
El local en sí se merecía una remodelación y reforma integral a nivel de interiorismo y servicios, con la que llegásemos a crear una atmósfera tintinesca antes de entrar en él mediante su luminosidad y su pequeño escaparate. En síntesis, crear un estado emocional apropiado para que invitara a cualquier curioso, tintinófilo o no, a sobrepasar la puerta de entrada al establecimiento.
Para ese cometido contratamos a una empresa de interiorismo con la que llevábamos años trabajando conjuntamente sirviéndoles todo tipo de material gráfico impreso llamada Estudi Metro, dirigida por Josep Maria Casaponsa, hermano de un gran amigo nuestro. Josep María, como buen amante de Tintín, captó rápidamente nuestra ilusionante percepción y pretensión, creándonos informáticamente un proyecto de luces, color y mobiliario plasmado sobre papel que nos enamoró de inmediato y que aprobamos sin ningún reparo ni corrección.
El proyecto repartía el espacio del local en distintas secciones, todas ellas necesarias para llevar a cabo nuestra función comercial y al mismo tiempo de divulgación, difusión y enseñanza del mundo tintinesco ciertamente aletargado por un pasado pretérito de lectura infantil y adolescente, invitando a una relectura más madura a todos los aficionados de Tintín que lo desearan, y a la obtención de un gran número de objetos míticos que endulzaran los espacios de ocio y asueto en sus respectivas moradas.
Como he explicado, el primer espacio con el que se encontraba el transeúnte que transitaba por la calle era un pequeño escaparate en el que se acoplaba un mueble con distintos escalones, en el que poder situar a ojos de cualquier persona toda una serie de objetos y libros adaptados a dicha estructura de madera cuya pretensión no era otra que la de abrir el apetito tintinesco embobando a toda persona que deambulara por la calle e incluso hacer cambiar de acera para curiosear lo que tan llamativamente se insinuaba.
Una vez que la curiosidad invadía a todos los curiosos que osaban abrir la puerta del establecimiento, se encontraban con una sala rectangular de unos 45 metros cuadrados por la que poder deambular ociosamente, contemplando toda una serie de estantes repletos de producto tintinesco en el que el colorido y la luminosidad impactaban visualmente y te conducían a los recuerdos de lectura infantil y juvenil. En dicho espacio, un mostrador en forma de L, pintado con un damero rojo y blanco al estilo del famoso cohete lunar convertía su habitáculo en un imaginario puesto de mando de la nave aeroespacial, donde poder tramitar las demandas de los clientes que lo precisaran.
En el tercer espacio (9 metros cuadrados),separado del anterior por unas puertas correderas pintadas con las manchas de la emblemática seta de La Estrella Misteriosa, se situaba la trastienda con las paredes decoradas de temas tintinescos mediante vinilos y con una mesa central en la que poder preparar paquetes, celebrar diversidad de acontecimientos (presentaciones de libros, conferencias, onomásticas, etc.) e incluso llevar a cabo reuniones de junta directiva de “1001, associació catalana de tintinaires”.
En el cuarto espacio (6 metros cuadrados) se ubicaba un pequeño despacho en el que poder llevar la múltiple gestión administrativa y fiscal del negocio.
Finalmente, un aseo al lado de un espacio con funciones de almacén que ocupaban los 25 metros cuadrados restantes.
Recuerdo que el mismo día en el que le cedimos las llaves a Josep Maria para que emprendieran la tranformación del local, empapelaron los cristales que ofrecían visibilidad al interior del local y no nos dejaron tener acceso a él hasta haber finalizado su trabajo.
Pasado un mes desde la entrega de las llaves, fuimos convocados por Josep Maria para enseñarnos el resultado de su trabajo, y antes de darnos acceso a él me dijo: “El trabajo está finalizado según lo acordado, siguiendo las directrices pautadas y pactadas, pero recuerda que ahora lo verás desnudo y quien realmente lo va a decorar va a ser el producto con el que lo vas a llenar.”
Aquel día, la expectación e ilusión eran enormes, y me emociona el recordar cómo, abriendo despacio la puerta de la tienda, nos encontramos inmersos en otra dimensión, un mundo bonito repleto de guiños tintinescos. Un escenario en el que la siguiente fase era disfrutar llenándolo de esos objetos tan preciados por los coleccionistas y que a nosotros, de jóvenes, nos habían provocado grandes fustraciones al no poderlos adquirir.
Lo descrito no superaba finales de enero de aquel nuevo año y, al mismo tiempo que iban avanzando las obras y la transformación del local, fuimos informando a todos nuestros conocidos del nuevo proyecto que ya se estaba gestando en la calle Valencia, 412 de Barcelona, en el que poder saciar sus ilusiones tintinescas.
Pasada la fase de rehabilitación, nos dispusimos a llenar los estantes y vitrinas del local con el producto que, como bien auguró Josep María, decoraría y daría persuasión a los visitantes que quisieran disfrutar del ensueño que les ofrecían los 45 metros cuadrados de tienda.
Fue un sábado, con fecha 14 de febrero del 2012, el día en que abrimos las puertas del establecimiento como espacio comercial de venta y de contraste e intercambio de informaciones acerca del mundo recreado en tiras cómicas por Hergé y sus colaboradores.
Como no podía ser de otra manera, hicimos lo indecible para que dicha jornada de puertas abiertas fuera exitosa, y así me consta que los invitados la recuerdan.
Inauguración que tuvimos que hacer en dos partes. Por la mañana con la invitación y presencia de conocidos y amigos con los que tuvimos el honor de disfrutar de su compañía. Por la tarde con la puesta de largo en compañía de los tintinólogos más considerados del momento con los que desde ya hacia bastante tiempo compartíamos nuestra pasión al entorno de los cómics editados por Juventud y todo su producto derivado. Recuerdo que esa tarde quedamos desbordados, con un aforo en la tienda que se me antoja municipalmente sobrepasado en número de personas. Estoy seguro que cualquier demanda vecinal por invasión de calzada nos hubiera puesto en aprietos mediante la presencia de la policía local, ya que en el exterior del recinto de la tienda, ocupando la acera de paso, había invitados degustando la copa que cava de bienvenida que se les había ofrecido, y otros cuantos a la espera de turno para poder entrar ni tan siquiera para podernos saludar.
En general y en gran medida la expectación generada fue ilusionante. También es verdad que hubo ausencias destacadas que dispensaron su presencia alegando la incomodidad que les provocaba el hecho de estar con tantas personas. Esas personas ausentes en la inauguración fueron las que con el tiempo nos enteramos que hicieron pronósticos y vaticinios negativos, augurando que nuestra existencia como tienda tintinesca no sobrepasaría los 12 meses de vida. Lo más triste del caso es que hicieron lo imposible para conseguir que sus videncias nefastas se hicieran realidad. En nuestros más de diez años de tienda de Tintín en Barcelona, algunos gurús pusieron los pies en nuestro establecimiento como mucho en cinco o seis ocasiones. El boicot estaba servido y la envidia se los comía.
Recuerdo la ausencia de uno de ellos, con el que habíamos departido tintinescamente muchos momentos de felicidad. Pasados unos cuantos días de la inauguración, recibimos su llamada telefónica felicitándonos y felicitándose por tan exitosa iniciativa al entorno del abrir puertas de un establecimiento tan particular. He apostillado “felicitándose” porque en dicha conversación telefónica me soltó:
“Estoy muy feliz de vuestro éxito, ya que el mismo ha sido gracias a la iniciativa personal que tuve al fundar Tinticat, associació catalana de Tintinaires.”
Me quedé de piedra, helado. No supe qué contestarle. No daba crédito a sus palabras. Menudo patán. Reflexionando acerca de su soberbia y arrogancia, la respuesta adecuada por mi parte hubiera tenido que ser: “Pon encima de la mesa los 35.000 € desembolsados para crear dicho proyecto y tu satisfacción será con un FINAL FELIZ”. Su comentario llevaba tal dosis de descaro y fue tan desairado que ya me dió a presagiar que su presencia y la de sus acólitos sería escasa y testimonial. Vamos, con cuentagotas.
Pasada la inauguración tuvimos unos primeros meses esperanzadores, ya que fueron apareciendo diferentes aficionados a Tintín que se iban posicionando y nos ofrecían su confianza a la hora de adquirir sus productos de colección. Al mismo tiempo, nosotros íbamos sembrando todos nuestros conocimientos de artículos antiguos y nuevos, abriendo un abanico de ilusión al gran número de aficionados que nos contentaban con su presencia en la tienda.
Hay que reconocer que la crisis económica en la que todo el planeta estaba inmersa hacía que el turismo y su nivel adquisitivo no fuera precisamente el más adecuado para el tipo de negocio que emprendíamos, y durante más de un año el trabajo para poder cubrir los costes mensuales fue considerable. Tuvimos que “picar mucha piedra”, ya que había días en los que entraba más gente ofreciéndonos la venta de sus productos artesanos que los dispuestos a gastarse una cantidad significante en cualquier objeto de nuestra tienda.
Y no éramos los únicos que sufríamos esa etapa de escasez. La prueba la tuvimos con que, pasado algo más de un año de la inauguración del Tintinshop de Plaça de les Arenes, finalmente tuvo que cerrar sus puertas por inviabilidad económica.
Tal como digo, la situación durante ese primer año fue bastante incómoda, ya que para poder mantener los gastos que se generaban en el local, aparte los sueldos, se necesitaban bien buenos 5.000 € de facturación mes tras mes; y esa cifra se me antoja que en aquel tiempo era sumamente considerable, todo entendiendo que solo vendíamos Tintín. Como bien me dijo un miembro de la antigua junta directiva de Tintincat, “esto de vender solo productos de Tintín es como tener una tienda de condones. Los tenemos de todos los colores, de todos los tamaño, de todos los gustos, de todo tipo de estructuras; pero solo condones, oiga. Sólo condones”.
Tuvimos la suerte de ir compaginando nuestra actividad tintinesca con la producción gráfica que salía de nuestro taller, el cual siguió dando sus frutos durante unos seis años bien buenos. Pero como también sabíamos que dicha actividad tendría su caducidad, empezamos a prepararnos sacando nuestra tienda y su nombre a la calle procurando darnos a conocer por todos los medios.
Stands en ferias, concursos de dibujo, publicidades diversas, “los jueves tintinaires”, presentaciones de libros, conferencias, Diadas de Sant Jordi, presencias en medios de comunicación visuales, radiofónicos y escritos, página web de venta online, subastas ya mencionadas. Todo lo que se nos ocurría lo probábamos y esa actitud nos llevó a poder vivir gran cantidad de situaciones y anécdotas que iré contando.
Quedaba un gran recorrido por andar de grandes alegrías y algunos desengaños, pero con la satisfacción y a veces el consuelo de saber que por suerte… siempre nos quedará Tintín.





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