Hace unos meses que tuvimos nuestra primera quedada literaria. Me refiero a Paloma y a mí. Fue en el balneario de La Encarnación. Ya estaba entrado el otoño, sin embargo, el calor aún se resistía a marcharse, como siempre sucede en esta zona. Luego, como también pasa, el frío llega de forma inesperada y nos vemos obligados a pasar de la manga corta a tres mangas y, aún así, ya lo tenemos calado en los huesos, mordiéndonos el espinazo incluso en las noches más cálidas.
Yo llegué primero. Paseando por la playa. También la gente se resiste a irse de aquí. Incluso hay quienes se atreven a meterse en las aguas del Mar Menor. Ni las algas ni las medusas ni la bajada de temperaturas son suficiente motivo para persuadirles de darse un baño o, como mínimo, tumbarse al sol y mojarse los pies. Cada cuerpo está hecho a un lugar, creo. Para la gente de Inglaterra y Alemania esto es el paraíso. En verano, la cosa cambia; sufren el infierno con mucha mayor intensidad que nosotros, por eso desaparecen.
La esperé en el patio interior. Es uno de los lugares más encantadores que hay en esta zona. Por la mañana, los rayos del sol se cuelan a través de la hiedra y las plantas que rebosan en cada rincón; al atardecer, el canto de los pájaros transforma su murmullo en una algarabía que casi hace imposible conversar o escuchar (en el caso de que haya algún evento) a los ponentes, incluso si estos usan micrófono. Me puse en una de las mesas más cercanas a la puerta opuesta a la playa, la que da a la recepción del balneario junto al piano. Se entra allí desde el Paseo de la Feria, donde aún se respira ambiente y las cañas siguen tirándose sobre vasos helados para aplacar el calor de octubre casi al mismo ritmo que en junio.
Llega y se sienta frente a mí. Pide una tostada y un zumo. Yo aún no me he acabado el café. A Paloma la conozco desde hace tiempo, pero no ha sido hasta hace unos meses que de verdad hemos empezado a saber el uno del otro de esa forma en que los extraños comienzan a verse distinto, con más cercanía. Es curioso como cambia nuestra percepción del mundo y de las personas cuando nos familiarizamos con ellos. Las líneas del rostro, los perfiles del lugar, cambian sin que apenas nos demos cuenta. A medida que nos adentramos en la vida del otro, lo percibimos con matices que no habíamos contemplado y empezamos, por primera vez, a verlo.
La empecé a conocer de nuevo en un momento en el que su escritura necesitaba regresar a ella con ese particular efecto que tienen las palabras de sanar heridas y avivar horizontes. Hablamos de influencias, de libros, series y películas. De estilos, técnicas y escrituras varias. De viajes recientes y otros más antiguos. De la tostada no quedaban ya más que unas migas y del café un poso frío. Las anguilas se habían sentado en las mesas libres y pedían sus aperitivos. Nunca había visto tantas. Paloma hizo como si nada. Yo no pude obviarlas. El modo en que se retorcían sobre sus asientos y se enroscaban en los reposabrazos, bajo los pies de las mesas, en torno a las ramas de los árboles del interior y la hiedra que colgaba de los balcones. No podía evitar mirar esos ojos saltones ni esa piel viscosa y resbaladiza. Imposible hallar la hendidura de sus bocas, que imaginé llena de diminutos y afilados dientes. El camarero que nos había servido se acercaba presto a tomarles nota a pesar de que siempre pedían lo mismo. Llegó cargado de cubos de agua marina que depositó en el centro de las mesas. Escuché el chapoteo que indicaba que no solo llevaban agua. Paloma estaba tan abstraída en nuestra conversación que no se percató de nada. O eso creo; no dio muestras de haberlo hecho.
Alabé su buena pluma y el atractivo de sus viajes por Bretaña en su blog de «Escríbeme Paloma» de Substack, el mismo espacio en el que Andrea Nusán tiene «El rincón secreto de las palabras». Terminamos hablando de la magia de determinados lugares, de Inglaterra y, cómo no, de fantasmas. También de hadas. No sé si se lo conté, lo de que, cuando yo estuve en el Reino Unido, había visto hadas. El lugar en el que estábamos me recordaba mucho a mis paseos por los alrededores de Pakefield, en Suffolk. Había un sendero muy frondoso que se extendía cerca de los acantilados cercanos al hotel en el que trabajaba. Solía ir por allí en los días libres o en los intervalos entre comidas. A veces, incluso después de cenar. Pero a esas horas prefería bajar a la playa y ver como la marea devoraba la arena y sometía la inmovilidad de las rocas bajo su abrigo frío y negro. A veces era la propia inercia de las aguas la que te impelía a regresar antes de tiempo si no querías acabar empapado hasta la cintura o atrapado en alguna de las calas que se hundían contra la pared.
Esos caminos llenos de campánulas, de arcos preñados de flores y hiedra silvestre, se volvían a veces intransitables y te obligaban a desviarte por los campos de maíz o de aquel trigo tan alto que era imposible saber si el camino era el correcto, laberintos naturales que vivían bajo la promesa tácita de perderte para siempre en los vericuetos de otros mundos, imaginados o no, llenos de una realidad abstracta y soporífera. Las hadas. Estaban allí. Al acecho. Las sentí en la piel incluso antes de verlas. Se me aparecieron bajo un manto de flores blancas con forma de campanilla. Escuché el tintineo de los pistilos golpeando la pared interior de los pétalos, como si fueran badajos haciendo sonar diminutas campanas. Aún sobresalía sobre aquel soniquete el rumor de las risas. Divertidas. Risueñas. Las diminutas criaturas, luminiscentes, irradiando una luz que competía con la del ocaso, bailaron a mi alrededor con más curiosidad que miedo. Me tiraron del cabello y las ropas. Me dieron pellizcos en las orejas. Aquello parecía hacerles más gracia que cualquier otra cosa.
Había quedado con Pelayo más tarde para tomar unas pintas de Foster o Stella Artois, tal vez alguna Guinness Extra Cold. El sol se estaba poniendo en el horizonte. Como si supieran que no podía demorarme si no quería perderme de vuelta, las hadas se esfumaron –así, sin más– y yo emprendí mi regreso de espaldas al atardecer. Hice el último tramo bordeando la orilla, con el agua lamiendo la punta de mis zapatos. Ascendí el sinuoso paso que llevaba hasta el faro —donde habitaba el fantasma de Crazy Mary— y rodeé la primera hilera de habitaciones destinadas a los trabajadores. Llegué a mi habitación justo a tiempo para cambiarme y empezar la jornada laboral. Aún pude oír el ulular de un búho y el lamento del espectro del faro llamándome como solía hacer al caer la noche.
No sé si hablamos de esto Paloma y yo, pero sí que hablamos de viajes y de Londres. De lo mucho que me gustaría llevar a Zoe a Camden Town y que vea la ciudad. De lo bien que lo pasamos Evan y yo en nuestra luna de miel paseando por las calles del centro vestido de Navidad. Fue la primera de nuestras quedadas literarias, pero no la última. Habrá muchas más. Porque seguro que aún quedan también muchas historias que contar y mucha magia que atrapar entre sus líneas. Tantas como anguilas había en el balneario a mediodía. Cuando nos levantamos de nuestros asientos y nos despedimos, de ellas solamente quedaban los cubos de agua en el centro de sus mesas. Ya no se oían los chapoteos.


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