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Cuentos completos, de Diego Angelino

Cuentos completos, de Diego Angelino

Esta compilación reúne por primera vez en un solo volumen todos los cuentos de Diego Angelino, con prólogo de Martín Kohan, textos de contratapa de Selva Almada, Jorge Consiglio y Alejandra Kamiya y un anexo que contiene cartas de Victoria Ocampo dirigidas a Angelino en versión facsimilar y fotos emblemáticas del autor.

En Zenda ofrecemos el arranque de uno de los relatos, “Bajo la luna, sobre la tierra, bajo la noche”, presentes en los Cuentos completos (Eterna Cadencia), de Diego Angelino.

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Bajo la luna, sobre la tierra, bajo la noche

Primero murió el Gringo, después fueron muriendo una a una las gallinas, las pavas y los corderos guachos que la Baronesa cuidaba desde los primeros tiempos de su viudez, después el hijo de los Frutos. Pero para armar esta historia quedan todavía la misma Baronesa, los viejos Frutos cada vez más viejos y, por supuesto, el árbol, el ñandubay campana alzándose desde los corrales, recortándose todavía, lustroso y seco, contra el cielo. Así lo ve la Baronesa desde la ventana de su pieza y así lo seguirá viendo hasta quién sabe cuándo, hasta el día en que se decida a morir.

El día o más bien la noche en que los Frutos le tendieron la cama a la Baronesa, ella cumplía tres años de viudez y llevaba más o menos el doble desde que el Barón o el Gringo comprara Campo Grande y lo eligiera no tanto para vivir sino más bien para el destierro de su vida. Compró Campo Grande y la novillada pampa y el rancho pretenciosamente largo que oficiaba de casco y el pequeño potrero del bajo, arrendado desde siempre a los Frutos, y después tuvo tiempo como para sentarse un par de veces junto a la Baronesa a contemplar la tarde y los corrales y el monte. Un par de veces, tres o cuatro a lo sumo, porque enseguida habían empezado los dolores que no lo dejaban estar sentado ni parado sino únicamente echado boca abajo sobre el catre, de manera que lo único que él conoció de Campo Grande fue ese pedazo de campo entrevisto desde la galería, y tal vez entonces sus ojos debieron detenerse en el viejo árbol que duraba solitario entre el monte y la casa. Debió verlo entonces y debió recordarlo muchas veces en los cuatro años que duró su agonía, debió buscarlo en la memoria hasta reconstruir rama a rama su figura fantasma recortándose contra el atardecer.

Fue durante el primero de esos cuatro años de indecisa agonía cuando la Baronesa conoció a los Frutos. Primero vino la vieja a ofrecer sus servicios, y apenas el enfermo se acostumbró a la tibieza calmante de las cataplasmas de canchalagua, aparecieron por la casa el padre y el hijo. La Baronesa apenas los veía, veía sobre todo a la vieja que entraba cada dos o tres horas a renovar las cataplasmas o a traer un par de tazones de caldo de gallina que la Baronesa probaba tanto como para que el enfermo la imitara, pero sin embargo podía sentir las voces indescifrables que al poco tiempo estaban ordenando a gritos a los peones ahí nomás al otro lado de la puerta. Sentía las voces de los Frutos y las risas despreocupadas e insolentes, mientras le decía a su marido que no se afligiera, que todo iba a pasar, que era una suerte que esta gente se ocupara de todo.

Y a su modo fue cierto. Fue precisamente el viejo Frutos quien ató el sulky cuando las cataplasmas de canchalagua dejaron de paliar los dolores de estómago, y fue el hijo de los Frutos quien viajó quince leguas bajo la lluvia para traer al médico que antes de entrar ya estaba moviendo la cabeza negativamente. Entró no obstante, y siguió negando con la cabeza y con el rictus de la boca, y sin hablar dejó unas pastillas en la mano de la Baronesa mientras con la otra mano palmeaba el hombro de esa mujer demasiado grande y madura y silenciosa como para andar diciéndole mentiras, y solamente habló cuando le quisieron pagar para decir que no le debían nada, que él hacía tiempo que quería conocer estos lugares.

Las pastillas duraron varios días, pero antes de terminarse ya habían vuelto los dolores y los vómitos porque ahora el estómago del enfermo no aguantaba ni los caldos por dentro ni las cataplasmas por fuera ni la mano enflaquecida de la Baronesa acariciando la piel descolorida y moribunda. Esa noche que se terminaron las pastillas los dolores eran tan fuertes que los quejidos hicieron venir a la vieja Frutos que dormía unas piezas más lejos, y la Baronesa le estaba rogando en su media lengua que fueran a buscar al doctor, cuando el enfermo le dijo en alemán que ya pasaban los dolores y que esperaran hasta mañana. La Baronesa despidió a la vieja después de hacerle prometer que atarían el sulky bien temprano, y se quedó sentada en la silla mirando el rostro cadavérico que a la luz de la luna parecía de ultratumba, y por primera vez flaqueó y tuvo que cerrar los ojos para no verlo, y entonces debió quedarse dormida porque cuando abrió los ojos nuevamente el cuerpo no estaba sobre la cama ni en la pieza sino que desde la ventana se lo veía pender casi contra la luna como una rama más del árbol, un poco más grueso acaso que las ramas del ñandubay pero igualmente calmo, igual y definitivamente seco y detenido.

Eso fue el cuarto año a contar desde el día en que los gringos vinieron a vivir a Campo Grande. El quinto año estaba la Baronesa y los Frutos que se habían instalado definitivamente y las gallinas que se habían salvado de la matanza sistemática de la vieja y que ahora la Baronesa se dedicaba a cuidar y aumentar, repartiendo su tiempo entre prepararles comida y visitar por las mañanas y las tardes la tumba cercada con alambres de púa que se levantaba apenas a ras del suelo, justo debajo de la rama que tuvo colgado por unas horas el cadáver. Al atardecer la Baronesa se sentaba en la silla colocada para siempre junto a la ventana, y con una mano que nunca volvió a redondearse y que ahora comenzaba a temblar, llenaba el vaso con la ginebra que los Frutos traían por cajones, y enfilaba el rostro ojeroso y abotargado hacia los corrales, hasta que por fin la noche y el sueño le cerraban los ojos.

Eso fue el quinto año, y el sexto y el séptimo. Los Frutos prácticamente se habían hecho cargo de todo, y mientras la vieja atendía la casa y ordenaba las compras, el viejo y el hijo recorrían la hacienda, vacunaban, marcaban. Y traían en sulky la ginebra que nunca faltó y que ese día que se cumplía el tercer aniversario de la muerte abundó más que nunca. La vieja se metió temprano en la pieza de la Baronesa y le dejó un refresco que seguía oliendo a ginebra pese al huevo y a las cáscaras de naranja, y antes del mediodía le había preparado otro y se lo había alcanzado con una sonrisa cómplice y solícita, y a la tarde se había preparado nuevamente para sonreír cuando la Baronesa la cortó, diciéndole que estaba bien, que le trajera directamente un vaso y la botella. Al atardecer había perdido la fuerza necesaria como para llegar hasta la silla, de modo que permitió que la vieja la arrastrara hasta la cama y la desnudara y la acostara, y tampoco tuvo fuerzas para moverse cuando el hijo de los Frutos se le ganó al lado entre las sábanas renovadas y limpias. A la mañana siguiente la Baronesa no se levantó, se levantó por la tarde, pero tampoco fue a visitar la tumba, sino que caminó desde la cama hasta la ventana y sin sentarse se demoró apoyada sobre el marco. Cuando llegaron la noche y el hijo de los Frutos, estaba más borracha que nunca y nuevamente se dejó llevar hasta la cama, y supo a la mañana siguiente que ya no volvería, ni de tarde ni de mañana, hasta el árbol que seguía recortándose entre el cielo y la ventana de la pieza.

[…]

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Autor: Diego Angelino. Título: Cuentos completos. Editorial: Eterna Cadencia. Venta: Todos tus libros.

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