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Curro es su nombre. Fuente: Pixabay

Al mar hay que cogerle la espalda cuando el sol se está poniendo las chanclas y todavía no sabe si alumbrará gaviotas o si las legañas le dejarán ver el suave oleaje que viene y va hasta una playa ancha como un lunes de verano.

Cuesta hacerse con la mañana entre la arena. Hay que encontrarla firme para no hundirse en ella, andar con vigor, levantar la mirada y abandonarse al paisaje limpio como si hubieras alcanzado una isla desconocida.

Antes de las ocho, según las campanas de la iglesia del Salvador, todo está por hacer. El agua está en calma y apenas hay un puñado de hombres encorvados en busca de coquinas. Los colores se están configurando, el silencio aún domina esa hora incierta y la jornada espera que esa enorme naranja que se va levantando al este sobre un velero lejano vaya nombrando lo que te rodea.

"Nada hay que decir, todo sobra ante el horizonte."

Hay que hacer camino, vereda, aunque sea una raya en el agua. Y en silencio. Nada hay que decir, todo sobra ante el horizonte. Y Curro no es un hombre que malgaste las palabras. Curro anda religiosamente por la playa, o por el corazón de Ayamonte, a la misma hora. Si damos por cierta la leyenda de que el paseo diario de Kant era más exacto que el reloj de Königsberg, la puntualidad del hombre al que acompaño no le anda a la zaga.

Este zagal de 75 años anda a diario para que no se le detenga el corazón. Panza adelante, la camisa desabrochada, pantalón corto, sandalias abiertas y con un parecido asombroso a Spencer Tracy avisa de cómo vendrá el día, si a la tarde se levantará un airecillo de poniente o se enfada porque aún no se haya construido un espigón que evite que la playa vaya menguando cada poco.

Media hora de ida, hasta que estamos frente al muelle de Vila Real de Santo António. Ni un paso más. De regreso, me deja que me adentre en el mar y chapotee cinco minutos con esa ilusión infantil de creer que estás inaugurando un océano. “¿Ya?”.

Curro es de los que desayuna (todos los días lo mismo, claro) pan tostado untado con ajo y un chorrito del aceite del molino de su primo Gómez Marín y zumo de naranja. Curro es de los que no va a misa pero lleva una medalla de un Cristo crucificado que se lo trajo una tía desde Venezuela y tiene en el salpicadero del coche (más limpio que una patena) una imagen de la Virgen (¿de las Angustias?) con la frase “Yo conduzco, ella me guía”.

Este hijo del teniente Marín, que tuvo que alistarse en la División Azul para no ser represaliado, fue hace unos años hasta Rusia para repatriar el cadáver de su padre acribillado en las primeras escaramuzas de aquella pantomima inútil que algunos lo pintan como una hazaña. Se hizo mecánico, se casó en Barcelona con Carmen y ahora le veo haciéndonos el zumo con el mismo celo que antaño reparaba motores de barco en África. Este hombre también habla de limoneros lunarios y de mareas. Cuando habla.

"Le imagino joven cuando se parecía al chico del anuncio de Martini con gafas negras que se pasaba insinuante el pulgar por la boca..."

Curro se ríe entre dientes cuando le digo que prefiero nadar en la piscina que en el mar, no entiende que use gafas y me pregunta si entiendo a los políticos.

Al final de la mañana, cuando me zambullo en la piscina de casa para dar sentido al día, mientras hago un largo tras otro (doce, trece brazadas, según), le imagino joven cuando se parecía al chico del anuncio de Martini con gafas negras que se pasaba insinuante el pulgar por la boca, cuando iba los domingos con Carmen de novios y se hacían fotos en la colina donde ahora se asienta el Parador, cuando sopesaba si se libraría de la mili por pies planos y hacían planes por si se casaban algún día. Una de aquellas fotos amarillentas con marco de plata descansa en un aparador de mármol, muy cerca de otra del teniente Marín, de un timón y del sofá donde dormita por las tardes viéndose un chaval en un barco aguas adentro, sin un futuro claro pero con todo un océano por delante.

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