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Diario de un mal nadador

La sombra espesa y húmeda de L’Aquila se derramaba por las costuras del pasado 15 de agosto. Ese día escuché sin oír el espanto del miedo de una ciudad fantasma envuelta en andamios que intenta recuperar un pulso imposible, volver a la vida. Vi el silencio triste y amargo de centenares de casas abandonadas, la maldición esculpida en el aire de sus callejuelas desiertas. Tenía frío en pleno verano. Murieron 308 personas a traición hace siete años. Algunas de ellas, invisibles y presentes, se asomaban hace unas semanas al paso lento y dudoso de los escasos turistas que habíamos acudido sin saber por qué a esa pequeña ciudad que simboliza lo incomprensible. Nueve días después volvía a temblar la región de los Abruzzo. Y de noche, que es cuando llegan las mayores tragedias. Amparado en la nocturnidad, cuando todos duermen, el vientre de la tierra se revolvió y saltó sobre sí mismo como una víbora. Hincó el diente venenoso en la yugular de los hombres y abandonó el espanto. Los temblores aún retumban en el alma quienes habitan el corazón de Italia.

"El vientre de la tierra se revolvió y saltó sobre sí mismo como una víbora. Hincó el diente venenoso en la yugular de los hombres y abandonó el espanto"

Hoy, 4 de septiembre, he vuelto a contemplar el silencio de la huida. Las ruinas de lo que iba a ser una hermosa colonia a orillas del Guadiana que dejó de construirse hace años, cuando la hecatombe de L’Aquila, más o menos. Los esqueletos de algunos edificios, como gigantes crucificados al viento, aparecieron sobre una colina que mira hacia Portugal. Chalets y colonias de casitas adosadas languidecían sin cristales, las puertas forzadas, las jambas arrancadas. Todo estaba desventrado. Apenas quedaba en pie el nombre de las calles con nombres de escritores (Francisco de Quevedo, Miguel de Unamuno, Rosalía de Castro).

También surgieron apariciones. De repente una boca de riego, en medio del secarral, mojaba un trozo de acera agrietada. Una nota en un buzón de Correos, de impecable amarillo, recordaba que se recogen cartas de lunes a viernes a la una de la tarde. ¿Seguro? ¿Quién se acercaría hasta allí? Quiero conocer a ese valiente que ha llegado en ese desierto a un buzón con la fe suficiente para entregar un mensaje de angustia, una felicitación de cumpleaños, una propuesta de cita o de viaje, tal vez una escueta postal. Es como un mensaje en una botella lanzado al mar.

"Y silencio. La desolación envuelta en un silencio festivo. Como si hubiera acudido tarde a la llegada de los bárbaros que escribió Kavafis"

Algunas casas sí que lograron terminarse. Las delata el coche en la acera, unas cortinas, flores, un triciclo, una ventana abierta por donde mariposea una voz pausada. Ese oasis te hace dudar de lo que has visto, del caos que todo lo asola. De la pintada sobre un generador abierto: “los putos amos”. Quien escribió eso se consideró el rey de un imperio: ningún enemigo a la vista, todo destruido, todo por edificar.

Me alejo en la bici hasta la casa donde habito en medio del silencio abrasador de la mañana del domingo y me lanzo a la piscina en el más escrupuloso silencio. Doce, trece brazadas (según) por cada largo. Se superponen los ecos de las dos ciudades fantasma. Paredes desconchadas, cristales rotos, sacos de cemento abiertos y ya petrificados, paradas de autobús sin nadie, farolas apedreadas, calles que desembocan en un terraplén, carretillas volcadas. Y silencio. La desolación envuelta en un silencio festivo. Como si hubiera acudido tarde a la llegada de los bárbaros que escribió Kavafis.

Dejo de nadar y me apoyo en el borde. Veo un tallo verde que surge del suelo que bordea la piscina. Y cerca, el trazo de una grieta. Ya de pie me fijo que hay dos, tres grietas más, que el suelo está como abombado. Es imposible que hasta aquí haya llegado ningún temblor desde Italia, lo hubiera sentido, se hubiera comentado en la radio, en la televisión. Puede que las grietas se deban al terreno, a cuando construyeron la autopista, a que no asentaron bien la piscina.

En el ecuador del primer domingo de septiembre, a pleno sol, un gato me contempla desde la rama de una acacia. Ahora soy yo el observado. Quizás las grietas y el silencio de esas ciudades abandonadas sean, también, una metáfora de algo que no logro discernir.

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