La crítica literaria hace tiempo que está de capa caída. Ni los autores, entre los cuales me cuento, ni los lectores, grupo al que pertenezco igualmente, dan la impresión de poner demasiado interés en ellas, y esto se nota en el alarmante declive de su influencia pública. A pesar de ello ahí sigue, ocupando espacio en revistas y periódicos, quizá por rutina, como el crucigrama y la necrológica, o porque renunciar a las páginas de libros ahora que la prensa agoniza no es alternativa, pues los pocos lectores que le permanecen fieles son también lectores de libros que siguen necesitando orientación para decidir sus próximas lecturas.
Como no hay que convertir en universal lo singular, trasladé la pregunta anterior a varios amigos lectores. La respuesta ha sido la misma. A priori ninguno confía en las reseñas. ¿Qué ha ocurrido para que la crítica literaria haya caído en semejante desprestigio? Muchas cosas, me temo, algunas relacionadas con el lastimoso devenir del periodismo, otras con la manera en que ha evolucionado el mercado del libro, el único en el que el vino de garrafón y el gran vino cuestan lo mismo. No soy, sin embargo, el único que sospecha que la principal causa de la decadencia del género es que las reseñas se han convertido en publicidad encubierta, monopolizada obviamente por los pocos medios que todavía gozan de cierta influencia (muy poca). Excepciones: el premio Planeta, contra el que todos los años se arremete como si se acabara de descubrir que se trata de una operación de marketing disfrazada de concurso literario, o los libros firmados por políticos en activo, denostados o alabados a partes iguales por los tuyos o por los míos.
“Lo sabes bien —me ha dicho una de las personas consultadas—, los críticos ya sólo reseñan libros de amigos”. Lo sé, en efecto, y aunque no es cierto del todo, tampoco es mentira. Al precio que cotizan las reseñas, tiene que haber algún interés o compromiso previo para que alguien se tome la molestia de hacerlas. El amigo nos reseña o nosotros reseñamos al amigo no en nombre de la literatura, sino de la amistad, aunque esto no significa que las obras reseñadas no puedan ser también literariamente valiosas. Para todas, buenas o malas, el problema es el mismo: recabar la atención. Si vender un libro resulta difícil, no digamos dar con un crítico dispuesto a comentarlo. Téngase en cuenta que se publican miles y se reseña una mínima fracción de lo publicado. Fruto de esta situación, agravada por la creencia de que detrás de toda reseña palpita algún propósito extraliterario, es que libros excelentes, objeto de críticas “amistosas”, pasen desapercibidos, y que lo mismo le ocurra, para beneficio de sus autores, con las críticas negativas que ponen de relieve los defectos e imperfecciones de las obras poco logradas.
No digo nada nuevo. Una investigación sobre las reseñas de los grandes de la literatura probaría lo vieja que es la situación. Los hiperbólicos cumplidos de Marcel Proust a las novelas de Anna de Noailles no se los permitiría hoy ni el crítico más desenvuelto. Virgina Woolf dijo perrerías del Ulises de Joyce, a quien consideró sin más un autor mediocre. Truman Capote calificó la escritura automática de Kerouac de “simple mecanografía”. Ejemplos como estos hay montones. Ser buen escritor no garantiza ser buen lector, y ser buen lector tampoco garantiza la buena puntería crítica. Un caso excepcional, Borges, el crítico más agudo de los últimos tiempos y el más esmerado: reseñas breves, irónicas, hermosamente construidas, en las que no se ofrecen pormenores sobre el contenido o la técnica del libro, solo alguna esquinada y a menudo maliciosa alusión, porque el mérito para el laberíntico Borges radica siempre en lo mismo: si la obra logra o no por los medios que sean estimular su pensamiento o su imaginación.
Esto justamente es lo que en mi opinión hace El muro y la hiedra, un epistolario compuesto por catorce cartas escritas por Juan Malpartida a otros tantos destinatarios, todos fallecidos mucho antes de que dichas cartas fueran escritas. Como dice el subtítulo, son “cartas al pasado”. Yo las he leído de corrido, con creciente interés, en muchos momentos con entusiasmo. Quizá el lector receloso de reseñas sospeche que este entusiasmo que confieso es una impostura, que nada tiene que ver con la calidad del texto, y sí, acaso, con la curiosidad que como amigo del autor han despertado en mi sus peripecias y reflexiones, pero aunque reconozco que puede ser así, creo que no está de más recordar que la verdadera amistad no es la de quienes comparten los mismos intereses, sino la misma aspiración a la verdad (Aristóteles dixit), una búsqueda que, de un modo u otro, subyace a todos los libros que merecen la pena. ¿Acaso los buenos lectores no acaban sintiéndose amigos de los autores que les han conmocionado?
“No evoco el pasado en un acto de nostalgia o fetichismo: mi forma de ir hacia esas personas que vivieron y murieron —aclara Malpartida en el prefacio— sólo pretende restaurarlas (críticamente a veces) en el presente (…), avivar su memoria en lo que tuvieron de conformación de mi vida…”. El lector no necesita que le diga que esta es una tarea que tarde o temprano se impone a todo aquel que ha comprendido que no hay nada mejor que ocuparse de la propia vida y que sabe, por tanto, que la lucidez que esta busca para sentirse plena no puede aplazarse ad aeternum. ¿No es esa la razón por la que leemos? Asistir como testigos al modo como lo hace alguien que posee el don de la literatura y es capaz de prescindir de un punto fijo para recrear precisamente su propia evolución, el palimpsesto vital que todos somos, constituye una experiencia apasionante y enriquecedora.
El muro y la hiedra es una autobiografía, pero una autobiografía en conversación con aquellos que fueron sus próximos, a los que cuenta de qué forma esa relación mutua determinó algún aspecto de su ser. En sus páginas se habla del descubrimiento de la poesía, de sus primeras lecturas, de las encrucijadas ante las que estuvo un joven que quería ser otro, del nacimiento de su vocación literaria, del amor y el deseo, del “otro” como misterio y como prójimo, de nuestra sujeción a las leyes de la vida y de la muerte, de los autores cuyas obras lo marcaron proporcionándole una experiencia compleja de la realidad y de sus propios sentimientos, de la amistad, etc. Malpartida reconstruye su pasado mirándose en muchos espejos y lo hace de tal manera que uno se siente no solo iluminado por el ejemplo, sino impelido a emularlo, a preguntar cómo he llegado a ser lo que soy.
Lo más sorprendente del libro es que, debido a la frescura de la narración, ese pasado invocado parece no haberse perdido nunca. El autor ha envejecido, no así las personas a las que dirige sus cartas, pues todas ellas quedaron detenidas para él en algún momento de su existencia. Esto le permite describir lo que significaron y lo que significan ahora, en la madurez de una vida que se repliega lúcidamente sobre sí misma. Malpartida no juzga y mucho menos condena. Ve desde la lejanía el camino recorrido y, aunque es consciente ahora de que no siempre optó por la ruta más corta, comprende que ha ido por donde tenía que ir para llegar a ser lo que es. Lo que surge ante nuestros ojos es la figura de un ser humano que alcanza en el curso de la vida plena conciencia de sí mismo a través no sólo de la vida, con todas sus expectantes complejidades, sino también de la lectura y la escritura. Esto es importante para un lector de verdad, un lector que no juegue a los dados con los libros. Es a ese lector a quien recomiendo El muro y la hiedra. Estoy seguro de que después de leerlo comprenderá porque no he ocultado, sino que me he enorgullecido en esta reseña, de ser amigo del autor.
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Autor: Juan Malpartida. Título: El muro y la hiedra: Cartas al pasado. Editorial: Confluencias. Venta: Todos tus libros.


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