Se cumplen novecientos años de la muerte de Urraca de León, la primera mujer que reinó por derecho propio en la Europa medieval. Este libro sirve tanto de homenaje a una soberana cuyo legado merece pleno reconocimiento, como de reevaluación del papel de las mujeres de poder en la Edad Media.
En este Making Of, Susana Vital Fernández cuenta cómo escribió Urraca. Una reina en el trono de un rey (Desperta Ferro).
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Fue una llamada de la editorial Desperta Ferro la que motivó que pusiera mi foco en la reina Urraca. Ciertamente, la reina no era una desconocida para mí. Ya le había dedicado un capítulo, junto con Ángel G. Gordo, en un volumen especial de esa misma editorial dedicado a los Comandantes medievales hispánicos de los siglos XII y XIII. En ese volumen, Urraca destacaba por ser la única mujer entre las figuras estudiadas y en él subrayamos su participación en la guerra liderando a sus huestes. Pero, además, conocía bien su período, porque hasta entonces mis investigaciones se habían centrado sobre todo en el reinado de su hijo, Alfonso VII el Emperador, por lo que dirigir ahora mi mirada hacia ella me permitía seguir moviéndome en un espacio y un tiempo en el que me sentía cómoda.
Es obvio que la mujeres siempre estuvieron presentes en el tablero político, aunque sus funciones quedaran a menudo circunscritas a ámbitos muy concretos, actuaran supeditadas a la tutela masculina o intervinieran en situaciones de excepción, como viudas o regentes.
Al asumir, sin embargo, la preparación de un libro sobre la reina Urraca, tuve que cambiar de perspectiva. No era tarea fácil: implicaba replantear la manera misma de aproximarse a su figura y reflexionar sobre lo que suponía, en términos de enfoque y de metodología, abordar ahora el estudio de una reina. Por supuesto que existían ya buenos estudios sobre ella, pero el más reciente y totalizador, firmado por María del Carmen Pallares y Ermelindo Portela, cuenta precisamente ahora veinte años. Era necesario, por tanto, volver sobre los pasos de la reina para estudiarla desde los nuevos enfoques desarrollados por la historia de las mujeres y la historia de las reinas, que en los últimos años han permitido avanzar de forma considerable en el conocimiento histórico del poder femenino y recuperar la actuación de muchas mujeres hasta entonces relegadas al olvido. Y es que, a pesar de que cada vez conocemos mejor la figura de Urraca y su reinado, la reina, por lo general, seguía siendo desconocida para el gran público y permanecía alejada del discurso histórico. Probablemente ello se deba al peso que tuvo sobre su imagen la mala fama difundida por las crónicas ya desde su tiempo, y con mayor fuerza en el siglo XIII, las cuales condicionaron el legado que hemos recibido de ella hasta finales del siglo XX. No obstante, ese juicio negativo sigue pensando sobremanera en la actualidad. Lo cierto es que su reinado sigue ocupando pocas páginas en manuales o libros que se han ocupado de ella, pues su agencia política continúa interpretándose, por lo general, como un mero eslabón dinástico entre dos grandes reyes, Alfonso VI y Alfonso VII, y su reinado como un período reducido a una etapa turbulenta y marcada por la guerra.
En este contexto, la conmemoración del IX centenario de su muerte ofrecía una gran oportunidad, era una fecha redonda que permitía volver la mirada hacia su figura y reflexionar sobre su legado. Así se gestó Urraca. Una reina en el trono de un rey.
Convenía volver sobre las fuentes. Y aquí me han interesado especialmente las coetáneas a la reina, aunque no solo. Estas son las que aportan más detalles sobre su vida y actuación y, aunque las crónicas coetáneas transmiten una imagen tergiversada —porque quienes las redactan están profundamente implicados en los acontecimientos políticos del momento e interesados en presentar a una reina débil, necesitada de la tutela masculina e incapaz de gobernar sola—, su contemporaneidad hace que resulten menos susceptibles de ser manipuladas. Con todo, ofrecen una información claramente interesada y omiten detalles cuya identificación, al contrastarlos con otras fuentes, resulta reveladora. Se trata realmente de un proceso apasionante que permite al historiador penetrar en la historia para interpretarla, comprenderla, reconstruirla. Entender por qué se silenciaron ciertos aspectos es, en efecto, sumamente significativo. De esta manera, pese a su relato interesado, no hay duda de que su valor historiográfico es incuestionable como testimonios fundamentales para conocer el reinado de Urraca I.
Lo que en el libro denomino un estigma para la reina, al referirme al relato cronístico desvirtuado, me llevó también a analizar cómo, a lo largo de los siglos, la memoria transmitida por las crónicas impuso una imagen tergiversada de la soberana y la idea de un reinado despojado de contenido político, una percepción que se ha prolongado prácticamente hasta las puertas del siglo XXI. A todo ese análisis de las fuentes cronísticas decidí dedicar un capítulo entero, el segundo, en el que examino tanto el valor como los límites de los testimonios disponibles y trato de comprender cómo se construyó su imagen y de qué manera esta ha condicionado la visión de Urraca hasta nuestros días.
Por otro lado, la documentación regia, aunque tampoco está exenta de intencionalidad ni de manipulación, ofrece un testimonio distinto, pues muestra que las acciones de la reina no difieren de las de sus homólogos masculinos. Los documentos son un sólido testimonio de su ejercicio del poder soberano. Al mismo tiempo, son un reflejo de las dificultades a las que hubo de enfrentarse la reina ante una sucesión femenina inédita como era la suya. Me han interesado aquí especialmente las intitulaciones y las dataciones de los documentos, en las que es posible observar el recurso constante de la reina a la legitimidad, al definirse como hija del rey Alfonso y nacida de la estirpe real, es decir, como descendiente legítima del monarca.
El análisis documental me ha permitido acercarme al poder que recibe Urraca como heredera regia y al que ejerce sucesivamente como condesa consorte, como condesa viuda y, finalmente, como reina: primero en solitario, después junto al rey Alfonso I de Aragón y Pamplona y, tras su decisión de separarse de él, de nuevo como reina reinante en solitario. Se trata de un recorrido que permite analizar cómo se entendía el ejercicio del poder femenino, cómo Urraca luchó por defender sus derechos de heredera regia y por ejercer el poder que ella consideraba que le correspondía y que, según los esquemas de la época, profundamente masculinizados, se concebía propio de un rey varón. Se descubre entonces una lucha por afirmarse en el poder y mantenerse en el trono. Este enfoque, centrado en el ejercicio del poder femenino, me ha permitido llegar a conclusiones nuevas.
En la misma línea, ha resultado también revelador el análisis de las acuñaciones figurativas de las monedas de la reina, un soporte en el que se mostraba a sí misma como soberana y que constituyó una valiosa herramienta de propaganda y de difusión de la imagen que ella quiso proyectar como reina soberana.
Ciertamente, nuestro conocimiento de Urraca depende tanto de las fuentes conservadas como de nuestra capacidad crítica para interpretarlas. Analizarlas a la luz de los enfoques historiográficos más recientes permite reconstruir la trayectoria vital y política de la reina desde una perspectiva renovada, ofreciendo una visión más completa y matizada de su reinado y de su ejercicio del poder.
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Autora: Sonia Vital Fernández. Título: Urraca. Una reina en el trono de un rey. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.


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