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De lecturas insólitas en días raros

Recorte de la portada de los ‘Cuentos fantásticos’,de Pardo Bazán (Eolas, 2020)

Entre las sucesivas y a veces contradictorias instrucciones sobre la pandemia, la complicada y dispersa opinión de los políticos y las confusas celebraciones pre-pascuales, he tenido ocasión de leer algunos libros que me atrevo a calificar de insólitos. Recientemente, dos libros de cuentos, una novela y un libro de ficciones breves de difícil encaje entre las clasificaciones habituales.

Empezaré hablando de Cuentos fantásticos, de Emilia Pardo Bazán (Eolas, 2020), editado y prologado por Ana Abello Verano y Raquel de la Varga Llamazares. Entre la muy interesante obra literaria de Pardo Bazán destaca el número de cuentos que escribió —casi seiscientos—, por lo general adscritos al naturalismo imperante en la época, como su obra novelística y teatral. Por eso las veinte piezas reunidas en este libro establecen un panorama desusado dentro de la rica creación literaria de la autora. Hay que decir que los cuentos son de diversas épocas de la vida de la autora, y que en los más tempranos —como El rizo del Nazareno— hay un contenido léxico tal vez demasiado cargado, que con los años se irá depurando. Mas en todos los cuentos se produce, en efecto, una impregnación fantástica, y en el conjunto predomina lo terrorífico, como en Un destripador de antaño, donde una atmósfera popular y supersticiosa muy bien construida envuelve a la niña Minia —personaje de la estirpe de Cenicienta y curioso reflejo de Santa Herminia— y al boticario don Custodio, al que la opinión popular atribuye la creación de sus ungüentos —el “unto de moza”— mediante los asesinatos de jóvenes mujeres. El terror brilla también en La santa de Karnar, donde se utilizan con maestría dos voces narrativas y se recrea un mundo rural y aislado en el que La Santa, una ciega escuálida que sobrevive sin comer ni beber, consigue la curación misteriosa de una niña. Y terroríficos son El ruido, en el que el poeta protagonista va huyendo en sucesivas mudanzas de la bulliciosa ciudad a la lejana montaña sin lograr deshacerse de los para él insoportables rumores que lo obsesionan, o La calavera que un personaje ha llevado a su casa como curiosa compañía y que se convierte en un insufrible testigo crítico, o una mandrágora que parece ir determinando la continua buena suerte de su propietario —El talismán—… como La turquesa advierte de su destino al portador, y en Las espinas la sombra de la corona de espinas de Cristo amenaza, para algún personaje, la cabeza de una muchacha.

Fechas especiales —el Carnaval, la noche de difuntos, el Fin de Año, el Año Nuevo, los Reyes Magos…— irán estableciendo los  momentos en que se desarrollan diversas tramas, en las que no faltan invocaciones cabalísticas —El conjuro—, fascinantes historias de vuelta a la vida —La resucitada— o curiosas alteraciones temporales, como la aparición en un baile de 1919 de un conjunto de enmascarados que parecen ser Isabel II, Narváez y otros miembros de su corte —La charca—. En fin, un conjunto de cuentos que muestra la variedad de facetas de la gran escritora que fue Emilia Pardo Bazán.

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Otro libro de cuentos peculiar que he leído en estos tiempos raros ha sido El taxista asesino, de Miguel Ángel de Rus (M.A.R. Editor, 2020).

Ya conocía del mismo autor de 36 maneras de quitarse el sombrero, un repertorio de cuentos que me llamó la atención, pues se trata de un sorprendente y divertido grupo de piezas literarias en las que se manifiesta la recuperación de la sátira social, un género que, familiar en España desde las Coplas de Mingo Revulgo, fue habitual en nuestras letras pasando por Quevedo, Cadalso, Moratín, Larra o el esperpento valleinclanesco, pero que desde hace años parecía haberse perdido o difuminado en nuestra literatura, para quedar refugiado solo en los chistes —pienso en El Roto—, en ciertos artículos periodísticos o en determinadas publicaciones humorísticas. De modo que 36 maneras de quitarse el sombrero supone, a mi juicio, una muestra de decidida recuperación de un género muy asentado en nuestra tradición literaria.

Muchos de los dieciocho cuentos de El taxista asesino están impregnados también de un muy personal y sutil sarcasmo. Es atractiva la diversidad de escenarios: de la Cuba de 1901 a la Gascuña, a Colonia, a Palermo, a París… de los barrios donde se trafica con la droga a galerías modernísimas de arte; de los libreros devenidos taxistas a los robots con ansias de maternidad…

La mirada sarcástica está en la mayoría de los cuentos: en La botella de Bukowski, el cigarro de Gainsbourg se habla de la progresiva censura de noticias, que el narrador busca durante el confinamiento pandémico, recurrente en el libro, pues en Es la economía se muestra la mortal satisfacción de un especulador ante las consecuencias de la expansión del virus en la bolsa. También está en la curiosa respuesta del sacerdote a una mujer que le ha confesado sus asesinatos en Puedes ir en paz; en la réplica material del presidente del gobierno construida para afrontar entrevistas y actuaciones en De cartón; en el progreso de un campesino que se hace constructor de generadores eólicos y conoce el mundo de la comunicación virtual en Ficticio; en el paso de una exposición modernísima al asalto callejero en Setenta balcones; en el éxito conseguido con el simbolismo de la venganza en Amada rata; en el contrato rechazado y la robot de Harmony 3.1…; en la muestra de un notable “emprendedor” en Arte, así como en la majestuosa entrada televisiva en un inexplorado escenario de La belleza interior…

Sin embargo, como señalé, hay varios cuentos en los que el sarcasmo se matiza o sustituye por otras miradas. Así, en el mundo de la droga de La barriada de las viudas un tiroteo puede originar un arrepentimiento; en Más duro que nunca, el juego más o menos onírico con el doble deriva en definitiva melancolía, una melancolía que se repite con otros tonos en Recuerdos del pelo largo; los problemas de un rescatador de inmigrantes ilegales y el odio religioso entre ellos en Júpiter muerto entre las olas son muy palpitantes; en Último beso se crea un “micro-homenaje” a La Eva futura de Villiers de l’Isle Adam; y el desfallecimiento del deseo está muy logrado en El arte de amar

En cualquier caso, como sucede con 36 maneras de quitarse el sombrero, se mantiene en este nuevo libro del autor un aire de “distopía ya imperante” que me parece novedoso. Un libro a resaltar en esta época en que el cuento español parece gozar de buena salud.

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La novela se titula El tango y la marea (De Jaque libros, Ediciones Vitrubio, 2020) y su autor, Roberto López San José, se estrena con ella en la narrativa.

Para empezar, ya es peculiar en esta novela que su protagonista pertenezca al “servicio doméstico” y otros oficios similares, pues en la tradición narrativa española pocas veces la servidumbre ha salido del puro reparto, de su condición secundaria, aunque haya ejemplos que rompen la pauta, como la Benigna o la Tristana galdosianas, la Esclavitud de Morriña de Pardo Bazán, la Petra de La Regenta o la Desi de La hoja roja de Delibes… En el caso de la novela de Roberto López San José, por encima de los sólidos y convincentes personajes está esa protagonista, Plácida, “chica de servicio”. El texto, que los buenos lectores tenemos que agradecer por su perfil estructural y su complejidad, es la historia de la tal Plácida, una supuesta huérfana a quien de muy niña internaron en la inclusa, que en la guerra civil fue acogida por una familia francesa, que con la segunda guerra mundial fue devuelta a su lugar de origen, y que con los años regresará a Francia, como destino definitivo.

A lo largo de catorce capítulos que tienen como referencia unas cartas muy literarias —de las que a veces podemos leer fragmentos—, y de dos colofones que redondean la historia —“El viaje” y “La visita”—, conoceremos a la Plácida niña, adolescente, joven, madura y anciana, a sus curiosos hermanos, sus vicisitudes pasadas y presentes, sus trabajos de servidumbre, sus amores con un hombre del que está muy enamorada —y a quien ella ha llamado “el Guapo Gardel” por lo bien que canta ciertos tangos que irán impregnando el texto—, pero que está casado y tiene dos hijos, sus problemas laborales; así como su cariñosa relación fraternal con una compañera, Josefi. Y sabremos que las “cartas” se las envía, a lo largo de muchos años, un sobrino de Josefi que quiere ser escritor, y aunque la trama se centra en Plácida, sus sentimientos y sus conductas, todo lo que se refiere a la época —los estratos sociales, el trasfondo colectivo, los matices psicológicos de los años cuarenta a los ochenta del pasado siglo— está construido con mucho acierto mediante unos diálogos que de continuo van desarrollando con firmeza el discurso del libro, que se remata con una brillante “vuelta de tuerca” metaliteraria.

Una novela peculiar, ambiciosa, fruto sin duda de un trabajo meticuloso y muy bien discurrido.

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El libro difícilmente clasificable ha sido Bazar, de Emilio Gavilanes (Ediciones La discreta, 2020). El autor ya ha demostrado su capacidad creativa en varias novelas y libros de cuentos y de minicuentos, pero esta vez nos presenta un libro consolidado con múltiples facetas, cargado de sugestión, en verdad insólito.

El libro comprende más de ochocientos textos de diversa extensión —los más breves de una o dos líneas, los más largos sin superar las dos páginas y media—. Como los textos carecen de título y se van sucediendo vertiginosamente, acaban conformando una especie de misterioso monólogo convertido en lo que pudiera parecer un diario, mediante la voz narrativa, una primera persona que, multiplicando sin cesar las perspectivas de su relato, nos cuenta sus recorridos por innumerables lugares, físicos —urbanos o rurales—, mentales —doctrinas, teorías, rincones de la historia—, recuerdos de diversos tiempos supuestamente vividos —juguetes de la infancia, enfermedades, la madre, ficciones, situaciones, encuentros…— o se pregunta por el ser humano, Dios, la literatura, la realidad…

El recorrido, entre lo real, lo onírico, lo fantástico, lo enigmático… abarca también análisis de situaciones y conductas humanas, cita personajes como el capitán Burton y numerosos escritores —de Baroja, Carpentier, Fernández de Quirós, Cunqueiro, Galdós, O’Henry, Rimbaud, Salinger, Joyce, Dorothy Parker, Borges… a Virginia Woolf, Faulkner, Benet, Kafka, Pessoa, Sebald, Castelao, Chéjov, Mircea Eliade…—. También surgen a lo largo del itinerario referencias a diccionarios, obras clásicas como el Bhagavad-gītā o el Quijote, revisiones de antiguas correspondencias, películas del oeste y otras, cómics… entre juegos de palabras y continua mudanza de escenas y escenarios, y con la recurrente aparición del mundo natural —árboles, lugares agrestes, mariposas, urracas, golondrinas, perros, gatos…—.

Esa mirada marcada por el mismo estilo, que pasa de la metafísica a la literatura, de la especulación ensayística a la consideración de la naturaleza, de la reflexión histórica al haiku, acaba estableciendo una especie de caos aglutinante, pues el aparente desbarajuste fluye estableciendo su propia lógica, y la voz unitaria convive diestramente con las diferentes perspectivas en las que se manifiesta, hasta conseguir una atractiva estructura bien ajustada, muestra de las inagotables posibilidades expresivas de la ficción literaria.

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