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Del compromiso simbólico

Del compromiso simbólico

En mis años de joven lector y de incipiente escritor, en pleno auge del franquismo, había en el mundo cultural quien defendía la literatura socialmente “comprometida” realizada desde una perspectiva de implacable realismo, lo que, considerando que toda la escritura española de entonces estaba cribada por una incansable y radical censura, no dejaba de ser muestra de una mirada sorprendentemente ingenua.

Todavía prevalece, a mi juicio, esa idea de que el compromiso literario solo puede ejercerse desde el realismo. Sin embargo, también por aquellos años jóvenes y de búsqueda de lecturas “diferentes”, descubrí Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell o Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, donde se manifestaba la crítica social y cultural de una forma distinta, que entonces lindaba con lo fantástico o con la llamada “ciencia ficción”. Tardaría bastante en conocer a la precursora inmediata de todas ellas, Nosotros, de Eugeni Zamiatin.

Ese tipo de novelas fue estableciendo un espacio que al fin encontró el término adecuado para definirlo: la distopía, “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, según el Diccionario de la Lengua Española.

En cierto modo, la novela Enjambres, del escritor venezolano residente en España Edgar Borges, con sus peculiaridades, podría relacionarse con la mirada distópica a la que he aludido, aunque centrarla en ello sería simplificar en exceso sus variadas facetas.

"Los cinco jóvenes protagonistas se conocen al parecer desde su infancia, pero entre ellos no hay ninguna comunicación especial, sino más bien una distancia psicológica que no consigue fortalecer la intimidad"

Dividida en 23 capítulos, la novela nos presenta un terrible panorama social, agitado continuamente por enfrentamientos colectivos sangrientos, lo que motiva la decisión, por parte de cinco familias, de recluir a sus respectivos hijos en una casa solitaria en medio de un bosque, a modo de salvación, para alejarlos de las llamadas “guerras urbanas” que, de forma tan brutal, amenazan continuamente a los ciudadanos.

Conoceremos la vida retirada de esos cinco jóvenes a quienes sus familias han querido alejar del dominante “caos global” —dos hembras y tres varones— mediante una narración centrada principalmente en uno de los jóvenes protagonistas femeninos, María José. A la narración objetiva, desarrollada en tercera persona, se irán incorporando ocasionalmente ciertos textos que, según conoceremos, corresponden a un “cuaderno” que la citada María José está escribiendo, y que no excluyen alguna breve ficción.

El mundo de los personajes nos irá facilitando la aproximación a las relaciones amistosas y a las familiares. Los cinco jóvenes protagonistas —la citada María José, Verónica, Adolfo, Diego y Eduardo— se conocen al parecer desde su infancia, pero entre ellos no hay ninguna comunicación especial, sino más bien una distancia psicológica que no consigue fortalecer la intimidad, a pesar de la invención de algunos juegos, algunos muy sugestivos, como el “juego del presente”. Sobre todos estos personajes —como sobre sus progenitores— flotará cierta idea del suicidio que, al parecer, impregna al colectivo humano, e incluso alguno de ellos mostrará el desinterés y hasta  la repulsa de esa “salvación” que los progenitores han perpetrado.

"El aire onírico introduce una dimensión que acaba impregnando todo el texto, un onirismo muy bien ajustado a esa realidad distorsionada que nos presenta un terrible mundo ciudadano y que se redondea en el mundo rural"

Por otra parte, los jóvenes muestran hacia sus padres y madres un rechazo que los lleva a esconderse, para no verlos ni saludarlos, el día de la semana en que a estos les corresponde acercarse a la casa del bosque para aportar el indispensable suministro. Un repudio en el que a veces se insinúa la posibilidad de la eliminación mortífera… La llegada de los padres, o madres —lunes, una madre pseudoempresaria; martes, un padre rezandero; miércoles, un padre caminante; jueves, un padre insomne; viernes, una madre fracasada— y ese reiterado rechazo, irán determinando una atmósfera de progreso dramático ominoso.

La actitud de esos personajes, digamos “centrales” de la novela, se verá matizada psicológicamente con los que viven en la ciudad, y en especial en la Calle II, que es el espacio urbano novelesco de referencia y del que proceden los jóvenes y sus familiares. En tal escenario conoceremos los grupos rabiosos de ciudadanos de ambos sexos, armados con palos o instrumentos para enfrentarse y golpear salvajemente a otros grupos —de distinto edificio, raza, sexo u opinión— como conoceremos a los miembros de un cuerpo policial  inquisitivo y despótico.

"En el caso de Enjambres se muestra cómo muchos aspectos de la vida colectiva ordinaria que cada día nos preocupan más pueden adquirir, desde una mirada narrativa ligada a lo simbólico, nuevas dimensiones expresivas"

María José, el personaje central del relato, nos permitirá acceder a los escenarios del bosque y del “lago del universo” —que flanquean siete árboles gigantes— pues es muy aficionada a los paseos solitarios, aunque en esos paseos se produce normalmente alguna ensoñación que la devuelve a la Calle II y a algún episodio sobrecogedor. Precisamente esas ensoñaciones de María José —que se alternan con verdaderos sueños—, le dan a la trama de la novela su especial identidad, que no se centra exclusivamente en lo distópico, pues el aire onírico introduce una dimensión que acaba impregnando todo el texto, un onirismo muy bien ajustado a esa realidad distorsionada que nos presenta un terrible mundo ciudadano y que se redondea en el mundo rural, en que ciertas luchas entre insectos ocupan también unas referencias narrativas sutiles, que acentúan la extrañeza general del texto.

En esa dimensión de las sensaciones de María José ante el lugar apartado en el que vive, el papel de la naturaleza, los sonidos de la noche —¿ranas, pájaros, grillos, búhos, ejército de zancudos?–, el descubrimiento de que el bosque ha sido invadido por nuevos insectos, van enriqueciendo la atmósfera de la novela de un modo que, sin dejar de ligarla con lo distópico, la baña con una sustancia narrativa que tiene que ver también con una extrañeza rotunda, desasosegante, muy eficazmente construida.

Comencé remitiéndome al “compromiso social” que desde ciertas miradas estudiosas y críticas de tendencia realista se ha exigido a la narrativa desde hace mucho tiempo, y cómo la aparición de nuevas perspectivas que parecían nutrirse más de lo fantástico demostraron que el “compromiso social” ya no puede acotarse solamente dentro del realismo.

En el caso de Enjambres —y con un texto certeramente desarrollado— se muestra cómo muchos aspectos de la vida colectiva ordinaria que cada día nos preocupan más —los radicalismos políticos y sociales, los paroxismos colectivos callejeros, la educación de los jóvenes, la configuración de la vida familiar, la “naturalidad” de la violencia…— pueden adquirir, desde una mirada narrativa ligada a lo simbólico, nuevas dimensiones expresivas.  Pues todas esas facetas diversas —lo distópico, lo onírico, lo expresionista, lo fantástico…— construyen en Enjambres la imagen de una realidad siniestra y reconocible, porque es aciago reflejo de muchos aspectos de la propia realidad que vivimos.

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Autor: Edgar Borges. Título: Enjambres. Editorial: Altamarea. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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