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Decálogo sobre literatura y cine

Decálogo sobre literatura y cine

Diego Moldes nos presenta este Decálogo sobre literatura y cine. Y lo acompaña de una bibliografía recomendada y consultada para la elaboración del mismo.

Decálogo sobre literatura y cine

Primero. Literatura y cine son artes distintas, ergo, no deben ser comparadas artísticamente. Ni siquiera sus adaptaciones.

Segundo. Kubrick dijo “si puede ser pensado, puede ser filmado”, es cierto, pero no todo lo que puede ser pensado es susceptible de ser literatura. Ni todo lo que se escribe es literatura, ni todo lo que se filma es cine.

Tercero. Toda literatura, antropológicamente, es en su origen mitología. Por tanto, es construcción escrita y adaptación de tradiciones orales previas. Su legitimidad es la misma que la del cine respecto de la literatura cuando recurre a su adaptación.

Cuarto. La recepción lectora y audiovisual son completamente distintas: la lectura es fragmentaria, de duración libre a elección del lector, en acto privado, solitario e individual, y con capacidad de imaginación del texto libre e ilimitada; el visionado de un film, con recepción individual o colectiva, es siempre de la misma duración (si bien, puede ser un visionado continuo o puede ser interrumpido y por tanto fragmentario sólo si es en vídeo y no en salas), independientemente del tipo de espectador o del modo de proyección, exhibición o visionado, siempre más mediatizado y, por ser concreto, limita más la imaginación, aunque su evocación poética, artística o estética, pueda ser igual o incluso superior a la lectura.

"El cine muestra, la literatura sugiere. La literatura construye una realidad (ficticia), el cine reconstruye otra realidad (también de ficción)"

Quinto. En la adaptación de una obra literaria al cine (novela, relato, obra teatral, ensayo, biografía o poesía) para poder traicionar la obra original y alejarse de la supuesta fidelidad es conveniente conocer bien la obra literaria, su autor y su contexto cultural. Cuanto mejor lo conozca el cineasta, mejor podrá adaptar sus valores cinematográficos y desdeñar los literarios, para crear una obra propia que sea autónoma y se valore en sí misma, independientemente de la calidad literaria del original (que es un medio más, no un fin).

Sexto. El cine muestra, la literatura sugiere. La literatura construye una realidad (ficticia), el cine reconstruye otra realidad (también de ficción). Ambas artes, literatura y cine, requieren del mismo sentido de la percepción humana: la vista. La lectura y el visionado participan de un mismo proceso intelectual de decodificación de sus lenguajes de signos y símbolos, pero este proceso de lo visual a lo mental es directo en el caso del cine e indirecto en el caso de la literatura. Debido a ello, por regla general, —hay excepciones—, el esfuerzo intelectual, imaginativo y psíquico de la lectura será siempre mucho más intenso que el del visionado cinematográfico. Ontológicamente lo literario nos es referido, lo cinematográfico nos es mostrado.

Séptimo. Desde una perspectiva jerárquica en el arte no existe el concepto de progreso —como apuntaba Pere Gimferrer en Cine y literatura—, ni Picasso es superior ni inferior a quienes pintaron las cuevas de Altamira, ni Dante es superior ni inferior a Homero. El contexto lo es todo. Por tanto, ni el cine es superior ni inferior a la literatura ni viceversa, pues tampoco la literatura no es superior ni inferior a la pintura (ni viceversa) o a cualquier otro arte. Comparar jerárquicamente —mejor, peor, igual…— un film respecto a su origen literario (o viceversa, véanse libros que surgen de películas, caso de El tercer hombre o 2001: Una odisea del espacio, entre otros) es, además de inane, un signo de incultura.

Octavo. Si se adapta una obra literaria al cine o a la televisión, una fidelidad escrupulosa al texto original —como señaló Francisco Ayala en El escritor y el cine— aunque pudiera parecer un mérito lo normal es que conspire contra el éxito artístico de la obra fílmica. Dicho de otro modo, cuanto más fiel sea la adaptación, peor será el resultado. Además, cuanto mayor sea la calidad de la obra literaria —Shakespeare, Cervantes, Poe, Dostoievski, Dickens, Kafka— esa supuesta e innecesaria fidelidad del film a la misma se traducirá en unos resultados artísticos aún más pobres. Esto es así con novelas, poesía e incluso con el teatro. Ergo, la fidelidad absoluta de una adaptación es un imposible.

"Una secuencia de un film de Dreyer, Hitchcock o Tarkovsky, de Cocteau, Murnau o Ford, puede generar en el público una capacidad de imaginación superior a una novela, una obra de teatro o un poema"

Noveno. Admitiendo que el cine es una mirada por medio de los ojos y la literatura una mirada por medio de la mente, dado que el cine expone una mirada visual y la literatura obliga a imaginar dicha historia, se puede y se suele caer en un error prototípico y recurrente: concebir al lector como un sujeto activo y al espectador como un objeto pasivo. Se cae así en un juicio típico, inexacto e inculto al comparar imagen mental (=imaginación) con imagen visual. Implica un desconocimiento profundo de la sintaxis cinematográfica y de la extrema variedad de representaciones, estilos y lenguajes del cine como lenguaje. Desde criterios semánticos, simbólicos y sintácticos, una secuencia de un film de Dreyer, Hitchcock o Tarkovsky, de Cocteau, Murnau o Ford, puede generar en el público una capacidad de imaginación superior a una novela, una obra de teatro o un poema (generalmente si son malos).

Décimo. En el marco del comparatismo y la interdisciplinariedad de literatura y cine debe evitarse la comparación de autores —escritores con cineastas y viceversa—, porque el autor de un texto literario suele ser casi siempre una sola persona (salvo excepciones de coautorías de varios escritores en una única obra), mientras que la autoría de un film casi siempre es colectiva; incluso cuando el director-auteur es omnipresente el resultado final es colectivo, fruto de un trabajo en equipo. Por ello, si dicha comparación es inútil y baladí, en el caso de un film que adapta un texto literario aún lo es más, puesto que cabe añadir que incluso son innumerables los casos en los que el director no ha leído la obra literaria original y exclusivamente se ha limitado a dirigir el guion adaptado escrito o coescrito por un tercero o terceros. En este caso, las inclusiones o exclusiones de párrafos que pasan del libro al film pueden no ser mérito o demérito del director (serían los guionistas) y eso ni quita ni añade ningún valor artístico al resultado final de la adaptación cinematográfica, que debe analizarse y juzgarse en base a sus propios valores fílmicos.

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