Tan solo diez relatos, de entre los más de 1.000 presentados al concurso, han conseguido llegar hasta aquí. Estos son los finalistas que compiten por los premios del concurso de relatos #cuentosdeNavidad, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el viernes 9 de enero. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.
A continuación ofrecemos los 10 relatos que optan a los premios. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.
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1
MANUAL PARA MONTAR UNA CENA DE NOCHEBUENA
Israel Box Hernández
Advertencia Previa:
Lea este documento completo antes de comenzar el montaje. Una vez iniciada la celebración, no se recomienda interrumpir el proceso ni hacer preguntas innecesarias.
- CONTENIDO
Al abrir la puerta de la casa encontrará los siguientes elementos indispensables:
Una mesa extensible con memoria (puede resistirse a cerrarse), cubierta con un mantel que no es el habitual. No se preocupe si queda demasiado largo o demasiado corto: esa discrepancia forma parte del conjunto.
Un kit de sillas plegables recién bajadas del trastero, con las patas aún frías y una ligera capa de polvo. No se moleste en limpiarlas.
En caso de carecer de estas, puede pedirlas prestadas a una vecina, lo que implicará una breve conversación en el rellano sobre lo rápido que pasa el año y lo mayores que están todos.
Al menos un ausente justificado (preferiblemente reciente, preferiblemente del que aún se espera algo).
Tres generaciones dispuestas en orden decreciente de paciencia.
Un tema prohibido, perfectamente identificado aunque nadie recuerde cuándo quedó prohibido.
Un silencio antiguo, reutilizable.
Compruebe que todos los elementos están presentes antes de continuar.
- PREPARACIÓN DEL ESPACIO
Coloque la mesa en el centro del salón. No la acerque demasiado a la pared: necesitará margen para retirarse mentalmente más tarde.
Distribuya las sillas de forma equitativa. No importa que una quede ligeramente coja: esa inestabilidad será útil para justificar movimientos innecesarios durante la velada.
Encienda el televisor, sintonice el especial navideño de TVE y suba el volumen al máximo. A continuación, apáguese usted por dentro.
- MONTAJE DE LOS PARTICIPANTES
Sitúe a la madre y a un cuñado en un extremo de la mesa. El cuñado debe tener acceso directo al jamón y a las bebidas espirituosas que reposan en la encimera de la cocina, así como una sonrisa funcional.
Coloque al padre presidiendo la mesa y compruebe que conserva la capacidad de asentir sin escuchar.
Distribuya a los hijos de mayor a menor edad, respetando antiguas jerarquías que ya nadie recuerda haber aceptado, pero que siguen plenamente operativas.
Reserve una silla vacía y recuerde:
No la mencione.
No pregunte por ella.
No la ocupe aunque falten asientos.
- PUESTA EN MARCHA DEL DIÁLOGO
Inicie la conversación con un recuerdo neutro: una anécdota escolar, un viaje sin consecuencias, una enfermedad superada.
Si alguien introduce el tema prohibido antes del primer plato, consulte el apartado 9 (Gestión de emergencias).
Permita pequeñas risas. No prolongue ninguna más de tres segundos. Las risas largas tienden a recordar cosas.
- AJUSTE FINO DE EMOCIONES
Durante el segundo plato, active el módulo de nostalgia leve.
Frases recomendadas:
—«Madre mía, cómo pasa el tiempo.»
—«Antes no éramos así.»
—«A la abuela no le habría gustado.»
Evite lágrimas visibles. Las emociones deben permanecer en estado latente (modo stand by). Una emoción plenamente activa podría derivar en una conversación real.
- INCIDENTES FRECUENTES
Silencio prolongado:
No intente llenarlo. El silencio forma parte del montaje. Obsérvelo. Deje que haga su trabajo. Suele señalar con precisión lo que no se va a decir esta noche ni ninguna otra.
En caso de risa o llanto inapropiados:
1/Compruebe que no se ha recordado algo verdadero por error.
2/ Salga de manera anticipada al baño:
No pregunte. El baño es una habitación auxiliar para reajustes personales, respiraciones profundas e ingestas moderadas de ansiolíticos sublinguales. Evite mirar el espejo más de lo estrictamente necesario.
- POSTRES Y BRINDIS
Sirva el postre cuando alguien diga:
—«Uf, yo ya estoy lleno.»
El brindis debe ser breve y abstracto.
Ejemplos:
—«Por los que estamos.»
—«Por los que faltan.»
—«Que no falte la salud.»
Importante: El brindis no debe especificar a quién se refiere. En Navidad, las precisiones sobran.
- DESMONTAJE PARCIAL
Tras el café, algunos participantes intentarán iniciar conversaciones reales. No lo permita.
Active el recuerdo difuso de la sintonía que sonaba de fondo durante la subasta del “Un, Dos, Tres”. Funciona como anestesia colectiva y devuelve a todos a una edad en la que aún no habían tomado ciertas decisiones.
Permita que los más jóvenes no hablen entre ellos y consulten el móvil durante toda la velada. Se recomienda pulgares en automático y miradas ausentes. No lo interprete como desinterés: simulará normalidad, continuidad generacional y una forma contemporánea de estar sin estar del todo.
- GESTIÓN DE EMERGENCIAS
Si el tema prohibido aparece (política, herencias, orientaciones sexuales, decisiones vitales, una frase mal dicha hace veinte años o aquella que nunca se pidió retirar), proceda de la siguiente manera:
Finja no haberlo oído.
Ofrezca más comida.
Mencione el tráfico o la meteorología.
Recuerde que ya es tarde, aunque no lo sea.
Si el conflicto persiste, pase directamente al apartado 11.
- CIERRE DE CELEBRACIÓN
Acompañe a los participantes hasta la puerta. Reparta abrazos breves y funcionales.
Frases de despedida recomendadas:
—«Nos llamamos.»
—«Llevad cuidado.»
—«A ver si no tardamos tanto.»
Manosee el picaporte con impaciencia pero no cierre la puerta inmediatamente. Permanezca unos segundos con la mano apoyada, escuchando los pasos que se alejan por la escalera y el ascensor que baja. En este punto, el silencio debería volver a ocupar su lugar habitual.
- ADVERTENCIA FINAL
Si ha llegado hasta aquí sin abandonar la lectura, revise su posición actual.
Probablemente esté sentado en una silla plegable, ante una mesa extensible cubierta con un mantel que no es el habitual, demasiado largo o demasiado corto.
Los presentadores de informativos habituales de TVE cantan y bailan en la pantalla del televisor.
Alguien está sirviendo café.
Hay una silla vacía que nadie nombra.
No intente levantarse todavía.
El desmontaje completo no está previsto esta noche.
La familia ya está montada.
NO SE ADMITEN DEVOLUCIONES.
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2
COSTUMBRES
María Sergia Martín González
Algunas costumbres llegan con la sangre, sin pedir permiso, como el color de ojos, la calvicie o la mala letra. En mi familia nunca hablamos abiertamente de ello, pero todos sabemos que algo raro, espeso y silencioso nos corre por dentro.
Mi abuelo coleccionaba dientes. Los guardaba en cajas de galletas danesas, bien ordenados por tamaño y estado. Decía que eran pequeñas pruebas de que la gente que pasa por tu vida siempre deja algo atrás.
Mi padre coleccionaba amantes. No las guardaba en cajas, claro, sino en agendas escondidas y mentiras mal contadas. Aseguraba que el amor se multiplica cuando se reparte. Mamá asentía y seguía cortando cebolla, como si no hubiera oído nada.
Yo heredé lo mío sin darme cuenta: colecciono cadáveres. En mi caso, mi afición empezó una Nochebuena en Velahuesos, nuestro pueblo.
La vecina del tercero fue la primera desde que nos mudamos a la capital. Todavía sonrío al recordarla, con su bata floreada y su costumbre de regar las plantas de noche. Nadie la echó de menos durante días; la Navidad se acercaba y todo el mundo estaba demasiado ocupado comprando turrones, lotería y envolviendo regalos. Cuando por fin alguien preguntó por ella, ya era tarde y, además, no estaba entera.
Pronto la familia entera se involucró. No hizo falta hablarlo; simplemente ocurrió, como montar el belén cada diciembre. Mi hermana, que siempre había querido ser esteticien, descubrió que tenía un talento especial para maquillar. Dejaba a los muertos con un aspecto sereno, casi agradecido.
—Para que ganen dignidad —decía.
Mamá empezó a experimentar en la cocina y descubrió un don innato para los estofados. Decía que el frío abría el apetito y que no había nada como un buen guiso para reunir a la gente.
—La carne tierna es un regalo —decía, mientras removía la olla con una devoción casi religiosa.
Papá se ocupaba de las invitaciones y de distraer a los curiosos con su sonrisa encantadora, como si por fin entendiera que cada generación aporta algo distinto al linaje.
Cada uno tenía su pequeña colección, su secreto. El abuelo, ya muerto, nos observaba desde una repisa, convertido en una discreta urna junto al espumillón. Nadie preguntaba demasiado. En casa, la normalidad siempre fue una cuestión de formas.
La comida de Navidad con los vecinos supuso el gran evento del año. La mesa larga, el mantel rojo, las luces parpadeando. Era una tradición en el edificio, una de esas costumbres que nadie disfruta realmente, pero que todos cumplen por miedo a parecer antisociales.
Decoramos el salón con velas rojas y un belén que mi madre insistió en colocar justo encima del aparador donde guardábamos, en ese momento, al vecino del segundo.
—Da ambiente —dijo.
Y tenía razón, porque la casa olía a canela, a pino… y a algo más profundo, más denso, que solo nosotros reconocíamos.
Mamá sirvió su estofado estrella, oscuro y espeso, con un aroma que hizo salivar hasta al más reticente. Alguien elogió el plato con la boca llena.
—Está exquisito.
—Cocina de aprovechamiento —respondió mamá, ruborizada—. Aquí no se tira nada.
Todos aplaudieron. Todos menos el viudo del tercero. Viudo, aún sin saberlo.
Se había mantenido callado durante toda la cena, con esa sonrisa educada que se les queda a los que han perdido algo importante y aún no saben cómo llenar el hueco. Cuando terminó su ración, inclinó el plato para rebañarlo. Se quedó quieto, el tenedor suspendido en el aire y dejó de sonreír. Entre la salsa brillaba algo blanco, demasiado perfecto para ser una patata: el puente dental de su esposa.
El silencio surgió de inmediato, como si alguien hubiera apagado la música de golpe. El viudo levantó la vista. Me miró. Le miré. Me sonrió, como quien entiende el último una broma, y yo le devolví la sonrisa por educación, por respeto a la Navidad, por mantener las formas. En mi familia no nos gustan los escándalos, y menos en estas fiestas.
Luego, dejó el tenedor sobre el mantel, se limpió los labios con la servilleta y dijo, con una calma que solo da la costumbre:
—Está deliciosa.
Hizo una pausa.
—¿Queda un poquito más?
***
3
EL MANTEL DE NAVIDAD
María Bueno Morales
La noche caía despacio sobre el pueblo cuando Rafaela terminó de fregar el último cacharro.
De nuevo, había presentado batalla a las cuevas secretas que escondían las malditas uñas negras de tanto trabajar la tierra; siempre tenía el presentimiento de que tocaban a corneta para presentar guerra a las viandas de una buena mesa.
Pensaba que no había mejor forma de preparar una fiesta que empezando por las manos, porque en ellas se quedaba todo: la tierra trabajada, el ajo machacado, el pan amasado con infinita paciencia…
El jabón le había invadido las manos durante horas, hasta borrar los pliegues de la piel y dejarlas blandas de tanto restregar las cazuelas. Cansada, se sentó unos minutos para tomar resuello antes de enfilar la escalera que la llevaría hasta su dormitorio.
La festividad sería al día siguiente, Navidad, y como cada año trataba de que nada faltara. Hacía pura magia hasta conseguir que los frutos que daba la tierra llenaran las tinajas, porque las cosechas no siempre eran buenas.
Había pasado la jornada entera entre cazuelas de barro, el horno de leña encendido desde el amanecer y el mortero aún tibio de tanto machacar ajos, pimentón y romero.
El aceite de los olivos centenarios había caído lento, como una bendición antigua, llenando la cocina de un aroma que se pegaba a las paredes y al recuerdo.
Mientras cocinaba, Rafaela pensaba en su nieta. En la niña que ahora correteaba sin saber aún que un día heredaría mucho más que recetas: heredaría gestos, abrazos, tiempos lentos, silencios compartidos y resistencia ante las amenazas de miserias.
Cocinaba para mañana, sí, pero también para ese futuro que se guarda sin siquiera darse cuenta.
La oscuridad se cerró del todo y aún seguía sentada. Había perdido el sentido del tiempo entre sus pensamientos, olvidando el cansancio.
Se desató el delantal con lentitud y enfiló la escalera como si el cuerpo le pesara un quintal. Echó la última mirada hacia atrás y comprobó que todo estaba en su lugar.
El viejo pilón aún estaba lleno de cacharros ya limpios, escurridos, esperando su sitio en las alacenas, junto a los platos buenos, los de las fiestas. Rafaela los miró con una mezcla de orgullo y agotamiento. Esas cosas sencillas —pensó— son las que luego se convierten en recuerdos cada Navidad.
Se acostó temprano, sobre el colchón de lana que crujía al moverse, y antes de cerrar los ojos imaginó la mesa llena, las risas, las panderetas sonando, los cantares viejos que siempre regresaban por Navidad. Sonrió. Mañana sería un buen día.
Al amanecer, el frío entraba por las rendijas de la casa. Rafaela se levantó despacio y fue directa al cajón grande del aparador. Lo abrió con cuidado, como quien despierta algo frágil. Allí estaba el mantel.
Los hilos gastados asomaban tímidos, cargados de historias. No era el mantel más bonito ni el más blanco, pero sí el único capaz de sostener todo lo que iba a ocurrir.
Lo extendió sobre la mesa con respeto, alisándolo con las palmas abiertas, como si acariciara el pasado.
—Ya vienen —susurró al oír pasos en la calle.
Uno a uno fueron llegando. Voces, abrigos, risas. La cocina se llenó de vida. En tropel, todos se sentaron ante la vieja mesa de madera que presidía la estancia.
La olla de cocido avanzó en procesión hasta el centro de la mesa, desprendiendo olores que despertaban el hambre y algo más profundo: la certeza de estar juntos.
—¡Nada como la comida de Navidad en familia y entre amigos! —dijo alguien, levantando la cuchara.
Rafaela observaba desde un lado, sin sentarse todavía. Le gustaba mirar antes de participar, comprobar que todo estaba en su sitio.
El mantel sostenía platos, manos, palabras. También sostenía ausencias, aunque nadie las nombrara por miedo a la tristeza que tenía el deber de remover conciencias.
Cuando por fin se sentó, notó algo extraño. Un pequeño temblor interior, como si una grieta se hubiera abierto sin avisar. Miró alrededor y, por un instante, no supo dónde estaba.
Las voces se volvieron lejanas. El mantel seguía ahí, blanco, extendido, pero los rostros parecían desdibujados. Sintió miedo. Un miedo frío.
Se levantó despacio y caminó hasta el salón. Sobre una mesa baja había un libro de tapas desgastadas. No recordaba haberlo dejado allí, pero algo en él la llamaba.
Se sentó en el borde del sillón y lo tomó entre las manos.
Al pasar los dedos por la cubierta, algo empezó a regresar. Primero una sensación. Luego una imagen. Después, un nombre. El suyo.
Abrió el libro. No leyó palabras; leyó vida. En sus páginas estaban guardados gestos, cocinas, manteles, canciones. Estaba su madre, sus abuelos, las Navidades de años pasados; estaba ella y la niña que ahora era su nieta.
Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la luz entraba tímida por la ventana, con tonos ocres y verdes, como si el día quisiera cuidarla, no molestarla.
Regresó a la mesa con el libro apretado contra el pecho. Nadie dijo nada. No hacía falta. Rafaela volvió a sentarse como si nada, pero percibió, con un escalofrío, que algo le pasaba.
Esa noche, cuando todos se marcharon, Rafaela miró el mantel y observó que había otro pequeño desgarro, dejando a la vista los hilos de algodón que, con osadía, salían de su encrucijada tejida.
No podía tirarlo. Nunca podría. Lo dobló con el mismo cuidado con el que se pliegan cada uno de los días de una vida entera.
Antes de acostarse, el olvido volvió a rozarla. Esta vez fue suave, casi una caricia.
—Volveré —murmuró, pensando en el libro, en el mantel, en la Navidad.
Y aunque el mal tenía nombre, no pudo encontrar palabras porque olvidó pronunciarlas.
Cada Navidad, el mantel devolvía los recuerdos de aquella querida anciana, abrigando las vidas y los seres que habitaban esa casa.
***
4
LOS REYES
Raúl Clavero Blázquez
Es sencillo. Decepcionantemente fácil. Sólo tenemos que bloquear la salida de su garaje con unos cuantos troncos y esperar.
Cerca ya de medianoche la puerta se abre, el Gordo ve los troncos, grita palabras en un idioma que no entiendo y baja de su carro. En cuanto sale al frío cortante del exterior se enfrenta a la figura imponente del Negro, entonces comienza a temblar. Sabe que algo malo está a punto de sucederle, pero no puede hacer nada por evitarlo. Me acerco por su espalda, le doy un codazo en la nuca y cae. Se desploma con el estrépito de un edificio en ruinas. Por un instante temo haberme excedido con el golpe y me inclino sobre su boca. Aún respira, es una enorme masa de carne que respira. Su pecho se hincha y se deshincha de modo desmesurado, similar al de las estúpidas risotadas con las que pasea habitualmente por los centros comerciales, se hincha, se deshincha, como si de su movimiento dependiera el oxígeno del mundo. Algunos gruñidos llegan del interior del garaje y se mezclan con los aullidos lejanos del bosque.
-¡Rápido! – dice el Negro.
Tenemos que cogerlo entre los tres para arrastrarlo de vuelta a su casa. Está vacía, todos sus ayudantes se han marchado ya, dejando en su ausencia el rastro de un olor dulzón a caramelo líquido que nos envuelve en cuanto entramos. He de reprimir una arcada y abro las ventanas.
-¿Qué haces? – me reprende el Colorado -. Nos vamos a congelar.
No me importa, necesito aire limpio. Busco unas cuerdas y atamos al Gordo a su chimenea. Con esto bastaría, con paladear tranquilamente el paso de los minutos hasta más allá del amanecer ya sabríamos que la victoria es nuestra, pero el Negro parece tener otros planes. No es de los que se conforma con un triunfo plácido. No. Le gusta regodearse, siempre ha sido así, un fanfarrón con cadenas de oro. Comienza a abofetear al Gordo hasta que lo despierta.
-¿De verdad pensaste que nunca descubriríamos dónde vives? – le dice.
-¿Qué… qué queréis? – farfulla el Gordo.
Su papada se agita en un balanceo hipnótico. Veo el terror en sus ojos, sus mejillas de borracho encendidas. Intenta incorporarse, aparentar que domina la situación, pero una mancha en la entrepierna lo delata. No me da pena. Nunca debió meterse en nuestro territorio.
Hasta que llegó él, nosotros éramos los reyes. Los únicos. Nos creíamos tan fuertes que pensamos que nada podría afectarnos, por eso, al principio, le dejamos que hiciera sus negocios, pero poco a poco, año tras año, nos fue arrebatando parte de nuestro mercado. Ahora tiene más poder que nosotros, y no nos queda más remedio que eliminarlo antes de que consiga borrar nuestros nombres para siempre.
-Podéis llevaros mi mercancía. Os diré dónde está, hay suficiente para todos – propone en tono suplicante.
El Negro sonríe.
-No es tu mercancía lo que hemos venido a buscar.
-¿Vais… vais a matarme?
-Sólo si nos obligas.
-Entonces qué queréis, ¿qué cojones queréis?
-Pero que sucia tienes la boca – bromea el Negro -. Está muy mal hablar así, ¿lo sabías? ¿Qué pensarían de ti tus clientes si supieran que dices esas palabras tan feas
-Queremos acabar con tu prestigio – le digo -. Eso es lo único que queremos. A eso hemos venido. Hoy no harás tu entrega, y a partir de mañana ya nadie volverá a confiar en ti.
Empieza a comprender. Hunde la cabeza en el pecho. Juraría que en cualquier momento puede romper a llorar. Los gruñidos del garaje son más fuertes y constantes. El Negro se gira hacia nosotros.
-Ocupaos de eso – nos dice -. No podemos llamar la atención.
Yo miro al Colorado. Él me mira a mí, suspira, se encoge de hombros y se marcha. Los gruñidos crecen antes de que escuchemos nueve disparos. Después el silencio.
-¡¿Qué habéis hecho?! ¡¿Qué habéis hecho, hijos de puta?!
El Gordo intenta desatarse, se convulsiona como un pistón enloquecido. Resulta perturbador ver a un hombre de su tamaño luchando por ponerse de rodillas. El Negro detiene su rebelión descargándole un simple puñetazo en los riñones. El Gordo calla, se repliega sobre sí mismo. Ya no es más que un bulto sollozante pero el Negro decide seguir y le hunde la rodilla en el estómago. El Colorado entra de nuevo en la casa y se suma a la fiesta. Con cada golpe el Gordo emite un gemido apagado, un ruidito minúsculo y agudo, irritante, similar al sonido de una fuga en un balón agujereado.
-Vamos – me dicen -, es divertido.
Me acerco. Zurrarle al Gordo es como zambullirse en un mar de gelatina. Un ejercicio desconcertante y adictivo. Pierdo la noción del tiempo, y sólo me detengo cuando noto una humedad viscosa y caliente en mis dedos. Me levanto. Veo como el charco de sangre del Gordo avanza lentamente por el suelo. Hace juego con el rojo de su traje. Diferentes tonalidades de un mismo color. Me recuerda a un cuadro de Rothko, pero me guardo el pensamiento en la punta de la lengua, si se me ocurriera compartirlo con mis compañeros estoy seguro de que se reirían de mí.
-Vale ya – les digo -. Un poco de compasión, joder, que es Navidad.
El Negro y el Colorado se incorporan. Jadean. Son dos leones hambrientos que se felicitan por haber dado caza a la mayor de las presas.
El Gordo se vuelca hacia un costado, escupe varios dientes, tose.
-Los niños… los niños – musita una y otra vez.
Los niños, sí. En pocas horas despertarán. Cuántas lágrimas habrá cuando no encuentren bajo el árbol ninguno de los juguetes que han pedido. Qué más da, pienso, al fin y al cabo dentro de pocos días llegaremos nosotros para resolver todos sus problemas.
Me acerco a la ventana y la cierro. El Colorado tenía razón, hace demasiado frío, pero en el ambiente aún flota el pegajoso hedor a caramelo líquido. No lo soporto.
-¿Alguien se ha acordado de traer incienso? – digo.
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5
EXPECTATIVAS BOREALES SOBRE UNA SILUETA
Javier Íñigo Labairu
A Papá Noel el año se le hace largo; en Laponia no sucede gran cosa. Las auroras boreales son hermosas, sí, pero vista una, vistas todas. Por eso aguarda con impaciencia cada Nochebuena, cuando por fin se sube al trineo y recorre el mundo entero repartiendo regalos.
Este año el traje rojo le aprieta un poco. Es cierto que es calentito y que, al enfundárselo, da gustirrinín, pero tras una noche entera entrando y saliendo de chimeneas acaba sudando a borbotones. Lo más asfixiante es el borrego blanco del cuello, espeso, peludo y proclive a atrapar hollín, que pica y le irrita la piel por una insistente fricción lanuda. Cansada de sus quejas, Mamá Noel le recuerda que no es solo un abrigo, sino su uniforme, exactamente lo que la gente espera de él. Papá Noel entonces gruñe y responde que, de los elfos, en cambio, nadie espera nada. A veces se le hace cuesta arriba vivir bajo semejantes expectativas.
Cuando termina la campaña navideña comienza un aburrido letargo. Mamá Noel le propone nuevas aficiones, pero él solo disfruta leyendo, especialmente sobre musgo. En Laponia abunda, y con los años, se ha convertido en su tema predilecto. Ha ido reuniendo una pequeña biblioteca especializada: atlas de líquenes del norte de Europa, manuales de cultivo doméstico, estudios sobre sus usos en la mitología nórdica, tratados dedicados a plantas sin ambición. No hay obra que se le resista. Aprovecha sus viajes por el mundo para visitar librerías en busca de ejemplares raros. Entra, se dirige a la sección de botánica y busca con emoción la letra M: micología, muérdago y, demasiado pronto, narcisos. Nada. Esta vez no hay musgo. Habrá que seguir intentándolo, ante su preocupación por cómo la contaminación amenaza con el deterioro morfológico de ese vegetal criptógamo sin cutícula impermeable, que, como un niño curioso, absorbe todo lo que impregna el ambiente, incluido el plomo.
Papá Noel reconoce que no todo su tiempo libre lo ocupan los libros y que, a fuerza de horas muertas, ha sucumbido a un uso excesivo del teléfono móvil. Sabe que cada vez malgasta más tiempo así. Mantiene un perfil anónimo en Twitter desde el que hace campaña por conservar el horario de verano durante todo el año. Una hora más de oscuridad por la mañana le daría algo más de margen para entregar los regalos en Nochebuena, ahora que se hace mayor y le empieza a costar. También durante el Black Friday aprovecha para rastrear Amazon en busca de los sacos más baratos. Antes los cosían los elfos, pero ahora es más barato comprarlos desde China. El grupo de WhatsApp con los Reyes Magos y Olentzero, sin embargo, no es un problema, lo tiene en silencio desde que el rey Gaspar solo comparte vídeos con sus rutinas de musculación.
La soledad más allá del Círculo Polar Ártico puede ser dura, pero Mamá y Papá Noel se entienden bien y, de vez en cuando, reciben la visita de sus hijos, que se marcharon a Helsinki aburridos de que en Laponia no hubiera ni conciertos ni cafés de especialidad y fuera tan difícil hacer match en Tinder. A Papá Noel le gustaría que heredaran su trabajo y les dice que, al menos en Laponia, el alquiler está barato; pero ellos, de momento, no quieren saber nada; la más pequeña incluso se avergüenza ante sus amigos convencida de que su padre es un esbirro capitalista. Tampoco se puede contar con los elfos, que son unos descarados y ni siquiera respetan el musgo, arrancándolo para elaborar mascarillas faciales que exhiben en TikTok bajo el hashtag #skincare.
¡Qué se le va a hacer! Papá Noel también es esclavo de su tiempo. Sin embargo, hay algo con lo que sigue disfrutando tanto como siempre: ordenando su archivo de cartas infantiles. Conserva una en la que Rafa Nadal pide su primera raqueta, otra en la que Rosalía suspira por una guitarra flamenca y una más en la que Iñaki Urdangarin sueña con una caja registradora. Al releerlas, ya no se siente solo una figura estacional, sino parte de algo más grande y que merece la pena. Se acerca entonces a la ventana de su cabaña de madera; afuera, el musgo acolcha suavemente la tierra, indemne a la contaminación allá en Laponia; observa a los renos pacer tranquilos y sonríe al imaginar a los niños de todo el mundo emocionados al ver como su inconfundible silueta surge en los cielos, aproximándose a sus hogares un año más. ¡Qué diantres! No puede quejarse: se sabe un icono.
***
6
ACTA OFICIAL DEL APOCALIPSIS FESTIVO DE GRÖSSLANDISTÁN
Esperanza de Toro Mingo
Primero cayeron las comunicaciones, después los edificios y, finalmente, las ciudades, que se desplomaron con la dignidad justa para arrastrar a la mayoría de la población a las profundidades de la tierra o del océano. El mundo antiguo terminó, como terminan siempre las cosas importantes: sin previo aviso y con muy mala cobertura.
Allí acordaron dejarse dirigir por personas sabias que afirmaban haber aprendido de los errores de la humanidad, aunque nadie recordó exactamente cuáles habían sido esos errores ni cuándo se había tomado nota de ellos. Con una mezcla de esperanza, responsabilidad y una fe casi ofensiva en el consenso, asumieron el cometido que se les había asignado: repoblar el mundo en armonía y sin repetir los mismos fallos. Esta vez, a ser posible, con actas.
Los comienzos fueron duros. Hubo luchas de egos, trifulcas vecinales por el reparto de herramientas, y al menos tres escándalos que se enterraron con rapidez y una pala oxidada. Sin embargo, tras once meses de trabajo incansable, turnos mal apuntados y decisiones tomadas por mayoría simple, la región empezaba a parecerse vagamente a una nueva tierra prometida. O, como mínimo, a un sitio donde ya no se discutía a diario por el sitio bueno en el comedor.
Y entonces surgió el primer gran problema del año: la festividad.
La pregunta apareció en la asamblea semanal, justo después de debatir si las gallinas debían considerarse patrimonio común o propiedad individual.
—Se cumple un año —anunció el Responsable Temporal de No Ofender a Nadie, Igor Consensus, consultando un calendario que nadie había verificado—. Habrá que celebrarlo.
El silencio fue inmediato. Un silencio cargado de recuerdos, traumas y un ápice de esperanza.
Decidieron convocar al Cónclave, porque nada tranquiliza más a la humanidad que una reunión formal con un nombre solemne.
—¿Pero cómo demonios vamos a renunciar al árbol? —exclamó Klaus, poniéndose en pie—. ¿Y los regalos? ¿Los tiramos al suelo sin más?
—A lo mejor hay que renunciar a los regalos —propuso Moshe— y hacer algo más austero, más espiritual.
—Esto consiste en colaborar, no en imponer —añadió Katrina, con la cara blanca decorada en tonos amarillos y rosas.
—Eso es cierto —dijo Gaspar—, pero necesitamos regalos para los niños. La magia, ya sabéis.
—¡Qué pesadito estás con la Navidad! —bufó Otto—. Como no cedamos todos, acabaremos celebrando cada uno lo suyo encerrado en casa y enfadado con el resto. Como antes.
Hubo asentimientos y murmullos incómodos.
—Bien, bien —intervino Igor Consensus—. Empecemos por algo sencillo. Colores. ¿Estamos de acuerdo en rojo y blanco?
—El blanco simboliza el luto en mi cultura —dijo Khaled—. Preferiría no asociarlo a una fiesta.
—Para nosotros también representa la muerte —añadió Kim.
—Bueno, la muerte se puede celebrar —replicó Katrina—. Depende del enfoque. Mirad lo alegre que voy yo.
—A mí me prometisteis mantener el verde —refunfuñó Patricio—. Lo tengo apuntado.
—Entonces: rojo y verde —resumió Igor Consensus, sudando—. ¿Algún otro color?
—Dorado —propuso Kim—. Es auspicioso y combina con todo.
—Sí —respondieron todos, aliviados de estar de acuerdo por primera vez en cuarenta minutos.
—Perfecto. Rojo, verde y dorado —dictaminó Igor Consensus, golpeando la mesa con el mazo—. Pasemos a la comida.
Fue entonces cuando todo se vino abajo.
—Cerveza del Oktoberfest —dijo Otto.
—Secundo —dijo Patricio.
—Eso no es comida —replicó Khaled—, y no me siento muy cómodo sirviendo alcohol.
—Podemos añadir alternativas, como zumo de uva o leche con galletas —propuso Klaus, relamiéndose.
—Las uvas dan mala suerte durante el Año Nuevo Chino —cortó Kim—. Mejor naranjas o mandarinas.
—¡Y limas! ¡Yo preparo un guacamole que te caes de espaldas! —gritó Katrina—. ¿Queréis que haga tacos también?
—Sin cerdo —dijo Khaled.
—Sin vaca —añadió Priya, que había estado tomando notas en silencio—. Mejor unas samosas vegetales, típicas del Diwali.
—¿Y si las hacemos de cordero? —insistió Khaled—. Me gustaría mantener algo de la Fiesta del Sacrificio.
—Podemos mirar —dijo Priya, resignada—. Curry de pollo, de berenjena… o de lo que encontremos.
—Un roscón —susurró Baltasar desde el fondo.
—Sin levadura —apuntó Moshe—. Me prometisteis respetar el Pesaj.
—Y arroz —añadió Kim—. Mucho arroz. De todos los tipos.
Igor Consensus respiró hondo.
—Muy bien. Tendremos comida halal, kosher, vegetariana, sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, sin sodio, sin frutos secos, sin huevo, sin sulfitos…
Todos asintieron.
Baltasar se preguntó si un roscón hecho de aire y buenas intenciones seguiría escondiendo una sorpresa.
Priya terminó de redactar el acta y, a continuación, todos se acercaron en silencio a firmarla. Al salir, alguien colgó un cartel en la plaza. Nadie supo quién fue, pero todos estuvieron de acuerdo en no retirarlo.
El cartel decía:
FIESTA OFICIAL DE GRÖSSLANDISTÁN
Cada persona celebrará lo que quiera.
Cuando quiera.
Con quien quiera.
Queda terminantemente prohibido explicar por qué.
Debajo, en letra más pequeña, alguien añadió:
El que intente convencer a otro, fregará los platos durante un mes.
La fiesta duró tres días.
No hubo actos centrales, ni discursos, ni encendidos solemnes. Hubo grupos pequeños, comidas mezcladas que se fusionaron sorprendentemente bien, canciones mal entonadas y brindis que empezaban por una tradición y terminaban por otra.
Nadie celebró lo suyo ni lo ajeno. Pero todos celebraron, al fin y al cabo.
Cuando terminó, el cartel seguía allí.
En la siguiente reunión, el Cónclave acordó por unanimidad firmar el acta de aprobación para mantener el cartel fijo y a perpetuidad.
***
7
EL ÁRBOL
Plácido Romero Sanjuán
El vendedor tenía las manos sucias. Tierra bajo las uñas. Ojos minúsculos. También él era diminuto. Me vendió el árbol por veinte euros en una esquina de la calle Millán de Priego.
No pregunté por qué. La gente nunca pregunta lo suficiente.
—Tírelo después de Navidad —insistió.
Asentí. Pagué. Me fui.
Mi hija Clara tiene dieciséis años. Quiere estudiar Ciencias Ambientales. Lleva camisetas con eslóganes sobre el cambio climático. Cuando vio el árbol en el salón, frunció el ceño.
—Es una barbaridad matar un árbol por menos de un mes, papá.
Mi mujer, Elena, asintió desde la cocina. Siempre asienten juntas.
—Deberías plantarlo —dijo Clara—. En una maceta grande. En la terraza.
—El vendedor dijo que no.
—¿Y qué sabe él?
No supe qué responder. Compré una maceta enorme. Costó cuarenta euros. La subí por las escaleras porque no cabía en el ascensor. Clara me ayudó. Su hermano pequeño, Marcos, de nueve años, nos miraba desde el sofá.
Elena lo decoró esa misma tarde. Bolas rojas y azules, espumillón dorado, una estrella en la punta. Quedó bonito. Cenamos mirándolo a través de la puerta corredera de la terraza.
A la mañana siguiente, tres bolas estaban en el suelo.
—Habrá sido el viento —dijo Elena.
No había viento. Colgamos las bolas de nuevo.
Al día siguiente, cinco más estaban caídas. Una guirnalda colgaba rota.
—Marcos —llamé.
—No he sido yo —respondió sin que le preguntara.
Decidí comprar adornos nuevos. Llevé a Marcos conmigo. Fuimos al Jaén Plaza. Eligió unos de madera, con animales tallados. Un reno, un búho, un elfo de aspecto extraño que me recordó al vendedor.
—¿Crees que el árbol está vivo? —me preguntó Marcos en el coche.
—Todos los árboles están vivos.
—No. Me refiero a vivo de otra forma.
No respondí.
Nochebuena. Mi cuñada Teresa y Javier, su novio, llegaron a las siete. Elena dice que Javier es malo para su hermana. Controlador, lo llama. Quizá lo dijo delante del árbol. No lo recuerdo.
Cenamos. Brindamos. Javier contó un chiste sobre ecologistas. Clara no se rio. Teresa miraba su plato en silencio.
Javier salió a la terraza para fumar. Se acercó al árbol. Lo observó con esa expresión de superioridad que tiene siempre.
Una rama se movió. Golpeó su hombro. Él retrocedió, riendo nervioso.
—Casi me cae encima.
Todos reímos. Habíamos bebido vino. Mucho vino.
A la mañana siguiente, Navidad, salí a la terraza. Los regalos que habíamos dejado bajo el árbol estaban… cambiados de lugar. No exactamente movidos. Redistribuidos. El paquete para Javier estaba enterrado en la tierra de la maceta. La caja de Marcos, intacta en una rama baja, como si alguien la hubiera colgado.
Elena me miró desde la cocina.
—¿Tú hiciste eso?
—No.
Volví a colocar los regalos en su sitio antes de que todos se despertaran. No hablamos más del tema.
Los días siguientes, los adornos comenzaron a desaparecer. Uno por uno.
—Es Marcos —dijo Elena—. Está jugando.
Marcos negó con la cabeza cada vez que le preguntamos. Sus ojos decían la verdad.
Dos de enero. El vecino de abajo tocó el timbre a las ocho de la mañana. Se llama Ramón. Tiene setenta años. Antiguo catedrático de instituto. Nunca sonríe.
—Hay una raíz saliendo de mi techo —dijo—. En la cocina.
Bajé con él. La raíz atravesaba el yeso. Gruesa. Oscura.
—¿Qué clase de árbol plantó? —preguntó Ramón.
—Un abeto.
—Los abetos no hacen eso.
Subí corriendo. Elena estaba en la terraza, mirando el árbol. Clara también. Marcos lloraba.
El árbol había crecido tres metros en una semana. Sus ramas se extendían sobre la barandilla hacia el vacío. Las raíces habían reventado la maceta y se hundían en el suelo de la terraza, levantando las baldosas.
—Tenemos que cortarlo —dije.
—No —respondió Clara.
—Clara, está destruyendo el piso.
—Está vivo, papá. No es su culpa.
Esa noche me senté en la terraza con una manta sobre los hombros. No sé por qué, empecé a hablarle al árbol. Le dije que no podíamos permitir que siguiera creciendo. Una rama se inclinó. Rozó mi hombro. Suave.
Elena salió a la terraza. Se sentó a mi lado.
—¿Qué hacemos? —preguntó Elena.
—No lo sé.
Cuatro de enero. El árbol mide seis metros. Sus raíces han atravesado el suelo de la terraza y crecen hacia abajo, invadiendo el piso de Ramón. Una rama atraviesa la puerta corredera del salón.
Ramón llamó a la policía. Vinieron dos agentes. Miraron el árbol. Miraron a Elena. Me miraron a mí.
—¿Cuándo lo plantó? —preguntó uno.
—Hace dos semanas.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
Se fueron. Dijeron que enviarían a alguien de medio ambiente.
Nadie ha venido.
Pasado mañana es Reyes. Deberíamos quitarlo. Contratar a alguien. Una empresa especializada. Sierras industriales.
Pero el árbol es parte de la familia ahora. Yo le cuento cosas que nunca dije a nadie. Que odié a mi padre hasta el día que murió. Marcos duerme junto a él en la terraza, envuelto en mantas. Clara le lee libros en voz alta. Elena le cuelga fotos viejas en las ramas y también le cuenta secretos. Le oí decirle que a veces deseaba no haberse casado tan joven. El árbol parece escuchar.
No sabemos qué ocurrirá cuando pasen los Reyes. Si crecerá más. Si nos obligará a irnos.
Anoche, Elena me abrazó en la cama.
—Quizá debamos irnos nosotros —dijo.
—¿Y dejar el árbol?
—Es su casa ahora.
No respondí. En la terraza, el árbol respira. Sus raíces abrazan la estructura del edificio. Sus ramas sostienen nuestros secretos.
Mañana le contaré otro secreto. Uno que nunca dije.
Quizá así deje de crecer. O quizá crezca más.
Ya veremos.
***
8
EL DUENDE
Cristina Ros
Busco un duende. Tuve uno, pero se fue. Mejor dicho: cumplió con su función y se esfumó como las golosinas que nos dan los viejos después de cantarles villancicos. El duende era mágico, como los duendes de verdad. Me lo dio mamá para que no tuviera miedo cuando me quedara solo en casa. Yo soy valiente, me lo dice mamá, pero a veces, cuando ella cierra la puerta y me quedo solo, jugando en el comedor, es como si la sala se hiciera más grande y el ruido se apagara. Solo oigo el tictac del reloj, que nunca se oye cuando ella está en casa. Tictac, tictac: me pone nervioso. Entonces tengo miedo, sí. Aunque soy valiente, a veces, solo a veces, tengo miedo.
A mamá no se lo cuento, que la vecina habla de ella. No quiero que se ponga triste. Bastante llora ya cuando viene Él. Llora, grita y cierra la puerta para que yo no la vea así, mustia como las plantas del colegio cuando se nos olvida regalarlas; pero yo sé que lo está, que está triste. Porque, además de valiente, soy listo. Eso no solo me lo dice mamá; también me lo dice la maestra, aunque quizá no cuenta, porque la maestra nos lo dice a todos. Da igual, me basta con que lo piense mamá. Ella siempre dice la verdad, al menos a mí. Mamá es la mejor, por eso prefiero ahorrarle disgustos. Por eso no le hablo de la vecina, bueno, por eso y porque a veces me da caramelos, caramelos blandos de esos de vieja, pero caramelos al fin y al cabo; y mamá me enseñó a ser agradecido con quien se porta bien conmigo. Para que la vecina diga que no es una buena mamá.
Mamá es una buena mamá, por eso me trajo al duende. Era un duende pequeño, tan pequeño que solo lo veíamos ella y yo. Me lo metía en el bolsillo, y así nunca estaba solo. Yo le hablaba de la escuela, de mamá y de Él, y él me contaba cosas de su escuela mágica, de su mamá duende y del Ogro. El duende, además, tenía el don de conceder un deseo. Solo uno, por eso procuré no malgastarlo, por mucha falta que me haga otra caja de lápices de colores, que los tengo gastados y encima el Pecas me los sisa. Él dice que somos amigos, y que los amigos lo comparten todo, pero el muy jeta se los agencia cuando cree que no miro. Solo se lo consiento porque me da galletas de esas tan ricas que prepara su madre. Yo aprovecho porque siempre tengo hambre, pero tampoco quise desperdiciar el deseo en comida. No, al duende le pedí otra cosa. Lo único importante.
Y se lo pedí, y me lo concedió, pero, ay, tonto de mí, olvidé que todo deseo tiene su precio. Eso no me lo contó mamá, aunque yo debería recordarlo de los cuentos. Y mi contrapartida fue enorme. Claro, le había pedido el Gran Deseo. Por eso ahora busco un duende, otro duende, para arreglar este desaguisado. No sé dónde lo encontró mamá, así que vago por las calles, buscando en las esquinas donde nadie se asoma. Esta vez ella no me lo traerá, porque está dormida. Despertarla es lo que le pediré al duende, despertarla como a una princesa para que a partir de ahora deje de llorar y sea feliz y coma, bueno, no hacen falta pedrices, que a nosotros con un bocadillo ya nos basta. Le di un beso a mamá, como en los cuentos, de eso sí me acordaba, pero no despertó. Claro, no soy un príncipe. Mamá ya me lo dice, que yo no soy un príncipe, que soy un rey, su rey.
Estaba fría, mamá, cuando le di el beso. Muy fría. La tapé con mi manta y me fui a buscar al duende. Dicen que en estas fechas abundan, y que conceden más deseos que nunca, al menos a los niños que han sido buenos. Yo sé que he sido bueno, porque el duende me concedió el Gran Deseo, pero de momento no veo a ningún duende más. Un tendero intentó colarme un muñeco, pero yo sé que era falso, que los duendes de verdad apenas se ven, caben en el bolsillo y hablan bajito de su país lejano. No, yo los busco en los callejones, donde se movía mamá, en las zonas oscuras donde no ponen lucecitas ni suenan villancicos. Ahí iba mamá y ahí encontraré a otro duende. Despertará a mamá y yo ya me encargaré de que no tenga frío y no vuelva a estar triste. Como Él ya se fue, mamá no llorará ni gritará nunca más. Estará conmigo, y entonces ya no tendré miedo. Para lo demás no me hace falta un duende. Porque Él se marchó. Ese fue mi deseo. Lo malo es que, cuando Él se fue, ella se durmió. Con eso no contaba, qué tonto, olvidé la prenda. No importa, otro duende me ayudará. En los cuentos hay segundas oportunidades, ¿verdad? Y en estas fechas, más, o eso dicen. Voy a creer que es verdad.
***
9
SIN TÍTULO
Ana María Maciá
La luz del salón es baja y amarillenta. Se pega a las botellas alineadas sobre la mesa como un barniz gastado. Hay tantos cuerpos que el calor te impide darte cuenta de que fuera hace mucho, mucho frío. Todo tiene un aire de viejo, de bar desfondado. Tú estás a la izquierda. Te recuestas sobre la superficie fría de la mesa y notas que la madera está empapada de una cerveza que ha calado el mantel.
Sientes una arcada. Te levantas y golpeas con los tacones las losas del suelo que conducen hasta el baño. Nadie parece haberte visto. Entras y levantas la tapa del váter. Hincas las rodillas en el suelo y clavas los codos en la porcelana dura, pero nada. Falsa alarma. La vuelves a cerrar y te sientas encima. Te duele la cabeza y te sobrecoge de nuevo la idea de estar llena de pequeñas, ínfimas, indefensas, diminutas tú. Decides, en un acto de magia etílica, convidarlas. Te imaginas extendiendo un mantel de hule sobre la tarima del baño, introduciéndote los dedos hasta el fondo de la garganta hasta sacarlas una a una. Imaginas que vienen húmedas, temblorosas, tosiendo, con el pelo pegado a la frente. Da la impresión de que algunas tienen fiebre. Las colocas, en círculo, como si fueran muñecas. Les ofreces lo único que encuentras: el tapón de la bañera lleno de agua del grifo. Este pasa de mano en mano como si se tratara de un cáliz.
Ahí están. Desnudas de tiempo. Despojadas de todo su contexto. Tu yo de seis, de siete, de diez, de catorce, de dieciocho. Comienzan a mirarse entre ellas, a tocarse las caras, a jugar. Tú apoyas la frente sobre las manos. Te sientes una madre torpe. Te sobrecoge una profunda vergüenza porque te das cuenta de que no te conocen y de que no sabes cómo decirles que son huérfanas, que mamá se ha muerto y papá se ha ido, que ahora fumas, que has dejado de escribir.
Se acercan a tus pies. Comienzan a trepar por tus muslos. Entras en pánico y zarandeas las piernas hasta que consigues que todas se desprendan. Sientes unas ganas feroces de protegerlas y no se te ocurre mejor forma que engullirlas, devolverlas a tu centro. Lo haces. Abres la boca como un pozo y las tragas.
Te echas a llorar. Vuelven las ganas de vomitar. Te das cuenta, entonces, de que lo único que te pasa es que quieres volver a tener siete años y poder mirar la miga de polvorón en la alfombra nueva, escuchar el zumbido de la sobremesa, salir corriendo, escapar al descansillo, sentarte en el escalón de piedra y que el frío se te meta a través del pantalón fino y que te llamen, que te llamen, que te digan ven, ven, corre, corre, que vienen los reyes, que este salón está lleno de gente que te quiere y no tienes por qué aguantar este silencio nunca más. Solo quieres ser ellas, dejar que los mayores griten desternillados de risa, quedarte un momento más en el rellano, mirar la puerta cerrada y saber que dentro hay una fiesta y que todos te esperan, que eres el hueso fuera del cuerpo, que mamá está viva, que papá nunca te ha insultado, que el milagro no está en entrar, sino en saber que tras la madera hay un mundo completo y rugiente, una muchedumbre de gente que arde en deseos de cuidarte, un espacio del que tú, en tu exilio voluntario de cinco minutos, eres el centro ausente.
Tres golpes rítmicos en la puerta te sacan de tu asombro. Es la abuela. Dice que salgas, pregunta si estás bien. Te limpias la cara con el dorso de la mano y te restriegas los mocos con la manga de la camisa. Te da igual. Tiras de la cadena, aunque no haya nada que arrastrar, y abres la puerta. Atraviesas el pasillo, esta vez sin correr, y no puedes dejar de mirar los marcos de las fotos. Mamá de frente. Mamá de perfil. Mamá de blanco, el día de su boda. Mamá contigo, con una de las tú pequeñitas que acabas de deglutir que tenía, en ese momento, los muslos al sol. Mamá con pelo. Luego sin él.
Al cruzar la puerta del salón te encuentras con que las cuatro manos que quedan en la mesa, las de tu hermana y las de tu tío, van del plato a la boca y de la boca al plato como si siguieran una misma trayectoria aprendida de memoria. Piensas en sus labios, en que seguro que los ocupan para no hablar. Piensas en tu padre en otra casa, piensas en el asco, en la culpa que te han legado como herencia. Entonces, la abuela, que te ha seguido de cerca, agarra la copa con una solemnidad casi ritual. Propone un brindis. No para de mirarte. “Por quienes fuimos”, dice.
El resto parece ignorarla. En cambio, tú sonríes.
***
10
VILLANCICO PARA DOS SILENCIOS
Chus Comellas Rodriguez
En la copistería, diciembre huele a tóner caliente y a lana mojada. El jefe ha puesto un altavoz diminuto detrás de la guillotina y lo deja escupiendo villancicos todo el día, como si la alegría fuera un trámite.
Cuando el estribillo sube, la mesa vibra un punto. Cuando el altavoz rasca, el cristal del mostrador tiembla, leve. El mundo insiste en hacer ruido aunque una no pueda escucharlo.
Esa tarde imprimió tarjetas de “Feliz Navidad” para gente que sonreía con la boca y miraba a través de ella. Le pagaron con prisa. Le dejaron monedas tibias y una huella de humedad.
Cerró. Se colgó la mochila. Dentro llevaba lo de siempre: cuaderno, lápiz, un frasquito de pegamento, cinta dorada de encuadernar, y una galleta aplastada que había sobrevivido quién sabe a qué.
Al salir, la nieve era fina. No cubría nada: maquillaba.
En el portal de enfrente vio un gato negro. Negro sucio. Con una oreja partida y una calva en el lomo, como si alguien le hubiera arrancado un trozo de noche. La cola hecha interrogación, el morro manchado de algo que no era nieve.
Estaba sentado junto a una caja de zapatos.
Nora se agachó. El gato no huyó. Parpadeó despacio y miró la caja como si guardara una reliquia de cartón.
Nora levantó la tapa.
Dentro había una bola de Navidad rota. De plástico barato, sí, pero rota igual: una grieta irregular, un relámpago detenido. En el fondo, una nota escrita a bolígrafo, apretada, con rabia contenida:
Si la encuentras, devuélvela. Es lo único que me queda.
Nora levantó la vista. No había nombre. No había dirección. Solo esa frase con dientes.
El gato se incorporó y echó a andar hacia la parada del autobús. No corría. Caminaba como quien ya ha decidido.
En la marquesina, un hombre esperaba sentado. Gorro hasta las cejas, manos hundidas en los bolsillos. A su lado, una maleta pequeña con una etiqueta de hospital medio despegada; el plástico levantado dejaba ver letras borradas. En el banco, un sobre arrugado y una pulsera de ingreso asomando como un recuerdo que no se quita.
Sus dedos se movían sobre la rodilla. No era un tic: era un intento de control.
El gato se plantó frente a él.
El hombre alzó la mirada. Al verlo, se le aflojó algo en la cara. No sonrió: respiró.
Nora sacó la nota y la bola. Se las mostró.
El hombre parpadeó, tragó saliva, negó despacio. Se tocó el oído con el índice: tampoco oía. Luego señaló su pecho y articuló, exagerando los labios:
—Iker.
Nora se señaló a sí misma.
—Nora.
Se miraron con esa atención rara.
Nora le enseñó el cuaderno y dibujó la bola con una flecha hacia él: ¿tuya?
Iker asintió. Abrió la maleta un palmo y sacó, envuelta en una camiseta, una figura del belén: un pastorcito sin un brazo. La sostuvo un segundo y la guardó como si pesara demasiado. Luego se tocó el pecho: lo único.
Nora miró la grieta. No vio un adorno roto: vio un accidente convertido en culpa.
Iker escribió en el cristal empañado con el dedo, letra torpe, urgente:
Mamá.
Hoy.
Última.
Debajo añadió:
Se cayó. Se rompió. No puedo volver así.
Nora pensó: no es la bola, es el “he fallado”.
Sacó el pegamento y la cinta dorada. Se los mostró como quien ofrece una herramienta, no un milagro.
Iker la miró con incredulidad. Después asintió, muy despacio.
Nora encajó las mitades. El plástico cedió con un chasquido que ella no oyó pero sintió en la yema de los dedos. Pegó. Esperó. Sus manos trabajaban con la calma de quien ha cosido otras cosas invisibles.
Cuando la bola volvió a ser bola, la grieta seguía ahí, insolente.
Nora no la escondió. La rodeó con la cinta dorada, siguiendo el rayo torcido, sin enderezarlo. Quedó una cicatriz: no elegante, no perfecta. Humana. Un oro arrugado que decía: esto pasó.
Se la entregó.
Iker la sostuvo como se sostiene un pájaro: con miedo a apretar demasiado. Se le humedecieron los ojos. Nora no necesitó sonido para entenderlo.
Iker escribió en el cuaderno:
—¿Villancico?
Nora arqueó una ceja, medio divertida, medio rota.
Iker señaló el cristal. Señaló el cuaderno. Extendió las manos: aquí.
Y lo hicieron.
En el cristal empañado, Nora dibujó tres estrellas torcidas. Iker dibujó una casa mínima. Nora dibujó una mano abierta. Iker dibujó una chimenea. Nora dibujó la bola con su cicatriz dorada. Iker escribió debajo, despacio:
Gracias.
La gente pasaba con bolsas, con prisa, con auriculares. Nadie vio aquel canto. Pero en esa marquesina, dos silencios estaban escribiendo una canción sin música.
El autobús llegó. Nora lo sintió primero en el asfalto: la vibración subiendo por las suelas.
Iker guardó la bola en la maleta con cuidado de rito. El gato, sin ceremonia, saltó dentro.
Antes de subir, Iker abrió el cuaderno por la última página y escribió una frase corta, limpia:
No vuelvo. Llego.
Iker subió. Se sentó junto a la ventana. El gato se acomodó a sus pies. La puerta se cerró. El autobús arrancó.
En el cristal de la marquesina, el vaho empezó a borrarlo todo: estrellas, casa, mano, bola. Como si el mundo no soportara ver algo tan íntimo.
Nora levantó la mano y, sin pensarlo, dibujó con el dedo una línea dorada imaginaria donde había estado la grieta.
El autobús se alejó. En el balanceo, la maleta se movió y, por un instante, dentro de la ventanilla, la cinta dorada lanzó un destello torpe, arrugado, real.
Nora se ajustó la mochila. Miró la nieve caer sobre los pasos de la gente y pensó que quizá eso era lo más navideño que existe: no las canciones, no los discursos, no la perfección… sino ese oro pobre, pegado a pulso, diciendo que lo roto no se borra.
Se acompaña.


Es una lastima no haber quedado entre los 10 mejores! Felicidades a los finalistas A pesar de que realmente me interesaba el premio económico, me gustaría dejarles mis relato, que más que palabras es mi historia, muchas gracias:
Nuestro árbol de navidad
Se utilizaba todos los años, casi como un recordatorio de que la economía familiar no había mejorado. Amado por los niños y por mi madre, odiado por él. Aquel árbol desgastado y sin fuerzas para sostener adornos pesados, pero aun así luciendo, de
manera casi tímida, el entusiasmo que traía consigo.
Ese árbol era objeto de dulces
miradas; en cambio, a él le molestaba y lo observaba con desprecio. Él no sabía entender que era importante, o más bien, odiaba ver que aquel árbol, estando tan deteriorado, daba tanta alegría. Odiaba los ojos brillantes, no las luces; odiaba las risas, no los colores; odiaba la unión, no la mesa que lo sostenía.
Y me preguntaba por qué, a pesar de saberlo, siempre volvíamos a armarlo. A pesar de saberlo… tal vez lo que esperábamos era que, por una sola vez, pudiera verlo con amor.
Recuerdo a aquel árbol ser partícipe de tristes momentos, representar algo que no podía sostener, mostrar algo que no era verdadero ni agradable. Recuerdo que no lograba entender la raíz del odio ni por qué los momentos felices le disgustaban.
El árbol, que estaba sobre la mesa al lado del televisor, iluminaba cuando recibía el permiso y se marchaba cuando era ordenado. Nunca hubo regalos a su lado ni tampoco grandes decoraciones, no importaba mucho realmente.
Una vez, a su lado, fueron dejados un par de zapatos pequeños con la dulce intención de recibir algunas, o una sola moneda siquiera, aunque como dije, no era lo que importaba realmente. Dichos zapatos llegaron allí con la ilusión de formar parte de algo más grande; mi madre había dicho que ahí se verían bonitos. Pero fueron lanzados con odio una vez vistos, cayendo frente a unos ojos que se llenaron de lágrimas, pero se contuvieron. Me contuve.
El árbol no importaba mucho realmente; más bien, su presencia solo era algo más. Así como era algo más la mesa, la comida, los cubiertos, las sillas, las habitaciones, la cama,
el sillón, la cocina, las ventanas, las puertas, el patio, la casa, los días festivos, los lunes, los martes, los miércoles, los jueves, los viernes, los sábados y los domingos.
Pobre de aquel árbol; ahora yo también lo miro con odio.
Qué raro es el mundo. Una persona que, sabiendo ya que su relato no ha sido seleccionado y ya fuera de concurso, cuelga su relato para compartirlo, y recibe tres votos negativos. Pues yo, por mi parte, agradezco que lo hayas compartido. Y leerlo. Leer siempre es lo mejor.
Muchas gracias, yo solo lo compartí porque por ahí alguien pasó también por lo mismo, es lindo no sentirse solo. Entiendo que no a todos les puede gustar, incluso puede no gustarle a nadie, es lógico. Gracias de nuevo por tu comentario!
Cierto, el Árbol mayúsculo se nos ha metido entre los suelos y parece haber destrozado al belén minúsculo del bajo. Muy bueno…
Naturalmente, me refiero al relato 7 -El árbol- de entre los finalistas.