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Una de polvo y otra de agua

Una de polvo y otra de agua

La casa de la madre rompiéndose como si fuera una nuez. Así empieza esta novela, y entonces me acuerdo de Iluminada, de Mary Karr, cuando la narradora coge un avión para ir a la casa de la madre, que está en ruinas, y deciden que la tienen que vender, quitarse de encima el derrumbe. Aquí Ida, la narradora, no coge un avión pero sí un tren y viaja a Mesina, Sicilia, para reencontrarse con la casa y con la madre.

La ruina de esta casa siciliana se debe al agua. Es bien sabido que el agua es una de las mejores aliadas para construir una casa pero una de las mayores enemigas cuando la casa ya está construida. Una diferencia de altura de tres centímetros por debajo del techo del vecino es la causante de que el agua se escurra hacia el techo de la casa de la madre y lo agujeree. Un techo de tejas como hecho de quejas. La noche que Ida decide en su casa de Roma que viajará para reencontrarse con la casa rota y con la madre líquida para ayudar a la última a poner en venta la primera sueña que se ahoga: una de polvo y otra de agua.

"Ida imagina miles de razones por las cuales el padre ese día nunca regresó, y una de ellas es fantasear que se lo tragó el mar"

Pero el agua no es solo lo que rompe la casa en esta novela: es también una de las hipótesis para la desaparición de un cuerpo. El padre de Ida las abandona cuando ella tiene 13 años y nunca más saben de él. Ni si está vivo o muerto. Ida imagina miles de razones por las cuales el padre ese día nunca regresó, y una de ellas es fantasear que se lo tragó el mar. Los cuerpos necesitan cuerpo, la desaparición los hace abstractos y no se puede elaborar la pérdida desde ahí.

La segunda parte de esta novela que tiene un total de tres se titula precisamente “El cuerpo”. Ida tiene la idea de que lo que le pasa al cuerpo en verdad no pasa. Seguramente la hereda del trauma que parece ronronear permanentemente que sin cuerpo no hay muerte, y es cierto: se necesita un cuerpo por muerte, y la vida es cuando lo contrario (una muerte por cuerpo) no sucede aún. Pero además, Sara, su amiga de la adolescencia, aprovecha el reencuentro para recordarle aquel aborto que se hizo, con el que ella la ayudó, y para confesarle que después de eso vino una enfermedad. Un cuerpo siempre alojando lo no deseado. Ida hace agua frente a estas confesiones.

"En Adiós fantasmas la casa está en la isla italiana de las sequías y, sin embargo, a ellas, madre e hija, las ahoga con sus grietas chorreantes"

Dos albañiles comienzan las obras en el tejado. Ida se interesa especialmente por uno de ellos, y una tarde, que nadie sabe que será la última tarde, salen a pasear. El paseo es beber en la calle y visitar una casa curiosa del pueblo, la casa del Puparo, que es una especie de casa-museo construida con múltiple material de desecho reciclado: van de vino y cosas. Mientras los obreros trabajan, el trabajo de Ida es revisar los objetos: decidir qué quiere tirar, qué se quiere llevar a Roma, qué va a descartar, qué va a conservar. Mirar a los objetos a la cara. Dice Peter Gabriel en 1000 Extraordinary Objects: “Fijaos en el proceso por el que decidimos con qué quedarnos y de qué deshacernos. ¿Valoramos las cosas que no han sido nunca tocadas o las que tocamos continuamente, las más útiles o las más inútiles?”. Quizá porque las cosas son cuerpo, las que valora Ida y las únicas que, por lo tanto, decide conservar son dos, que se relacionan con la voz y con el olor. Las guarda dentro de una caja roja.

En Iluminada, de Mary Karr, la casa de la madre es amarilla con tejas rojas y césped verde. Está en un pantano: es agua. En Adiós fantasmas la casa está en la isla italiana de las sequías y, sin embargo, a ellas, madre e hija, las ahoga con sus grietas chorreantes. Una paradoja: a buen tiempo mala casa.

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Autora: Nadia Terranova. Título: Adiós fantasmas. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todostuslibros

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