Madrid, 1966. Víctor Cano, excombatiente de la División Azul, antiguo investigador privado y morfinómano, vive como un recluso en un apartamento del Edificio España, en cuyo interior se enfrentará a un secreto perturbador que pondrá en cuestión todo lo que hasta entonces había creído saber sobre sí mismo.
En este making of Salvador Perpiñá explica cómo escribió El prisionero de la planta 15 (HarperCollins).
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Esta novela es el fruto del afortunado encuentro entre un fantasma y un monstruoso edificio deshabitado. La vida de un guionista abunda en proyectos que no llegan a la fase de producción; en sus carpetas y archivos languidecen vidas de seres no nacidos. Víctor Cano habitaba ese limbo. Era solo un personaje secundario, pero durante años no me pude quitar de la cabeza a aquel veterano de la División Azul, desencantado, melancólico y morfinómano. Hubo un tiempo en que viví en Madrid, y a veces, al regresar casa a horas inconvenientes, me estremecía la visión nocturna del Edificio España, virtualmente abandonado entonces. Era fácil dejar volar la imaginación por el interior de aquel vasto espacio liminal.
El término making of me hace sentir un poco incómodo, con su regusto a industria y a show business, cuando en realidad la alquimia de una novela es un proceso secreto e íntimo. Uno parte de apenas una idea esbozada y a partir de ahí debe construir un mundo, poblarlo con hombres y mujeres vivos y palpitantes, debe jugar con sus destinos y entrecruzarlos. Todos los escritores conocemos esa sensación de miedo, embriaguez y omnipotencia.
Sí, claro, documentarse. Leer todo lo que cayera en mis manos para ayudarme con ese imaginario que debía construir: desde los diarios de Rusia de Dionisio Ridruejo hasta el impagable Todo el odio que tenía dentro, de Servando Rocha, sobre el fenómeno de las bandas callejeras, pasando por los documentadísimos libros sobre las drogas y el ocio nocturno en nuestro país, de Juan Carlos Usó. Devorar información sobre el Edificio España y dormir un par de noches en él. Ayuda que uno se haya criado viendo películas españolas de esa época, que uno se conozca el cancionero pop de los sesenta, que haya leído a Marsé, a Aldecoa y a Ferlosio y que un mundo muy próximo al que aparece en la novela forme parte de los recuerdos más remotos de mi primera infancia. En realidad, llevo toda mi vida documentándome para escribir esta novela.
Ahora tengo que convenceros de que el proceso de escribirla fue fascinante, pero es algo que nadie diría, porque desde fuera solo se ve a un tipo ceñudo y despeinado, sentado ante el ordenador, bebiendo litros de café o paseando por la calle perdido en sus pensamientos, en nada diferente a cuantos caminan a su alrededor. Pero dentro de la cabeza… qué de aventuras mentales, qué de tormentas. Asistir al nacimiento de nuevos personajes, verlos surgir de la nada, como nacen las estrellas, e ir dándoles forma durante meses. Y las perplejidades, la indecisión ante qué caminos tomar —tras toda novela hay tantas que podrían haber sido, paralelas a la que finalmente prevalece, porque necesariamente debía ser así—, o ese reprimir un grito de entusiasmo en el silencio de la noche ante un inesperado hallazgo, para no despertar a tus seres queridos. Los fervores y los desfallecimientos. Y lograr que todas las capas de la novela coexistan felizmente: la ortodoxa novela de género, el retrato de una época y la odisea existencial un poco alucinada que ha ido surgiendo porque uno no puede renunciar a ser quien es.
Pero ya todo acabó. A veces recorro sus páginas y es como si otra persona las hubiera escrito, pero fui yo. He acompañado en su extraño destino a Víctor Cano, he velado sus insomnios y sus pasos por las calles de un Madrid que ya no existe, he visto tambalearse a Estela al regresar a la soledad de su apartamento y conozco el tierno desorden de su dormitorio. He recorrido los pasillos de ese laberinto que fue el Edificio España y conozco cada uno de los sonidos que resonaban en el silencio de sus noches. He escrito de un tirón y con los ojos humedecidos las páginas finales. He comprendido y finalmente amado a cada uno de esos personajes, hasta los más viles. Ahora que me toca ocuparme de otros asuntos, todos ellos, ricos y pobres, buenos y malos, están en tus manos.
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Autor: Salvador Perpiná. Título: El prisionero de la planta 15. Editorial: HarperCollins. Venta: Todostuslibros.


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