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Detectives, triceratops y autocohetes: los cuentos reunidos de Laura Fernández

Detectives, triceratops y autocohetes: los cuentos reunidos de Laura Fernández

Eugenio d’Ors deseaba ser Goethe, Laura Fernández deseaba ser Stephen King. Pero no se disfraza de Stephen King como d’Ors se disfrazaba de Goethe, sino que se limita a reivindicar su literatura torrencial y la extensión de sus libros como una lucha moral, un combate por la construcción de una Comedia humana como la de Balzac, pero sin estar centrada en este mundo, porque Balzac hablaba del mundo, y su París era el centro del mundo, pero Laura Fernández se dedica a explorar su propio mundo, y así su Comedia humana está poblada de cafeteras dotadas de conciencia, detectives dinosaurios, comensales esnobs, fantasmas viajeros, maletines que hablan, zapatos como escalones (pero no pies) escritoras intergalácticas y todo tipo de personajes vivaces que a nosotros los lectores ya nos van sonando.

De algún modo, con Damas, caballeros y planetas, la autora vuelve a los rincones y coordenadas de Bienvenidos a Welcome (2008) y El show de Grossman (2013), y de hecho algunos de los protagonistas de ese texto también pululan por este ramillete de relatos, algunos redactados durante una década entera, en coordenadas que la autora detalla en el prólogo: “He aquí la forma en que los cuentos que siguen, un puñado de historias escritas entre 2009 y 2023, aparecieron, un buen día, y se convirtieron, cada vez, y durante un tiempo, en algo parecido a un hogar. Porque eso, diría, son para mí las historias. Cada una, una acogedora cabaña desde la que contemplar lo que ocurre fuera” (p.14). Lo único en lo que no estamos de acuerdo es en esto de que Damas, caballeros y planetas contenga un puñado de cabañas hogareñas. El volumen pasa de los cuatrocientos folios y reúne nada menos que dieciséis narraciones, de las cuales alguna podría ser considerada una novela corta: “El mundo se acaba pero Floyd Tibbs no pierde su trabajo” ronda los ochenta folios; “Maldita seas, Doris Dane”, unos treinta; pero la mayoría se suele quedar hacia los veinte. Relatos generosos, vaya. De todos ellos, diría que el más representativo o arquetípico podría ser “La señorita Slope ha muerto”, un cuento de detectives que son dinosaurios que viajan entre planetas en trenes voladores y que mezclan la sátira metaliteraria con la ciencia ficción de serie B. Este cuento es reformulado de algún modo o reescrito en forma fusionada con el último del libro. Y es que esta mezcla de cómic, noir adolescente, Los Goonies, la película Mi amigo Mac, la serie Dinosaurios y las flipadas de Philip K. Dick tan característica llega en este relato a un raro nivel de perfeccionamiento.

"De Laura Fernández acabaremos tomando el adjetivo lauriana, para designar esa otra realidad cercana que parece infantil o espontánea pero que oculta una tragedia secreta"

Sigue sin haber nadie en este país que escriba algo así: “Greming Tolby era un musculoso ejemplar del planeta PQ-245, lo que quería decir que era un musculoso ejemplar de pulpo mutante. Un pulpo mutante al que le habían salido un par de ojos azules entre los tentáculos frontales y algo así como un par de brazos y piernas, que se habían formado de entre sus otros muchos y muy viscosos pedazos de carne. Grem era el jefe de policía de Applequist, un pequeño planeta situado en la zona más elevada de la galaxia, y su visita sólo podía significar problemas” (p.204). O que tenga agallas para llamar a un personaje como un conocido castillo normando, o de empezar así un relato: “Las naves domésticas rugían por todas partes. Acodada en la mesa de su despacho, una de esas costosas mesas de piel de rinoceronte de Debney, Melissa Widdmen, detective intergaláctica, leía una novela protagonizada por un dinosaurio que trabajaba en la planta 187 de un edificio de un millón de plantas. Al dinosaurio no le gustaba su trabajo. Tampoco le gustaba su ciudad. El dinosaurio soñaba con vivir en una cabaña y montar un despacho de detectives” (p. 203). Ya sabíamos que Laura Fernández era inconfundible e inimitable. Damas, caballeros y planetas no hace más que confirmarlo.

Seguimos viviendo en el Año Laura Fernández. De Ballard se dice que creó un adjetivo, “ballardiano”, que designa un tipo de realidad, tan cotidiana como inquietante, que nos transforma en seres dignos de observación perpleja. De Laura Fernández acabaremos tomando el adjetivo “lauriana”, para designar esa otra realidad cercana que parece infantil o espontánea pero que oculta una tragedia secreta. En realidad de lo que hablan muchos de estos pasajes alucinados, típicamente laurianos, es de frustración, de insoportable espera. Yo, que vivo rodeado de Micromachines, playmobils, dinosaurios y Másters del Universo, la comprendo tanto. No se puede acceder a una zona íntima de nuestra conciencia sin un trigger cultural instalado en la víscera. Se está reeditando en formato bolsillo su obra entera, y algunas de sus novelas (la mencionada El show de Grossman, pero también Wendolin Kramer y La chica zombie) realmente necesitaban volver a ser puestas en circulación. Por lo tanto, la fiesta continúa, especialmente por el material nuevo que aporta esta generosa recopilación de relatos. ¿Qué va a encontrar el lector en este nuevo libro? A la Laura Fernández de siempre, que además nos regala detalles sobre sus obsesiones, afinidades electivas y caminos creativos. En el prólogo nos encontramos con valiosas pistas a la hora de comprender ante qué tipo de escritora estamos. En su reciente presentación, en la librería Finestres, junto a Rodrigo Fresán y Miqui Otero, Laura Fernández nos explicó que estos prólogos autobiográficos procedían de los volúmenes de cuentos reunidos de Philip K. Dick.

"Miqui Otero opinó, y acertaba, que Laura Fernández es una escritora autobiográfica, pero a la manera borgiana, obviamente"

Por ejemplo, nos informan sobre cómo empezó: “Podría decirse que aquella niña que acarreaba su máquina de escribir de acá para allá se creó a sí misma como escritora de cuentos cuando sus ojos, los míos, se posaron por casualidad sobre la palabra (RETHRICK) en un relato de Philip K. Dick. El relato es un relato cualquiera. Ni siquiera figura entre mis favoritos. A ratos no recuerdo ni de qué trata exactamente. Sé que se titula “La paga”, y que en él hay una compañía de construcciones llamada Rethrick” (p.15). Si alguien algún día se animara a escribir una tesis doctoral sobre la obra de Laura Fernández, y esperamos que esto ocurra pronto, se encontrará aquí con una auténtica mina: “Robert Sheckley tuvo al menos un fan ilustre: Douglas Adams. Y otro: Kingsley Amis. Y, oh, vamos, por qué no, uno más: J. G. Ballard. También tuvo una infancia feliz, una adolescencia complicada, un fusil que empuñar durante la guerra de Corea, dos hijos, dos hijas —entre ellas, Alisa Kwitney, escritora de novelas de títulos tan sugerentes como En el sofá— y una casa en Ibiza. Y, por supuesto, tuvo una máquina de escribir. Y escribió un montón de historias. Historias sobre tipos aislados en planetas feos y aburridos que encargan novias por correo —y reciben el paquete de un sultán—, y sobre dinosaurios que acaban convertidos en oficinistas bonachones adictos al café. Eso es lo que ocurre en Dimensión de milagros, la novela que, al parecer, inspiró Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, aunque Douglas Adams afirmó no haber leído a Sheckley hasta después de haberla escrito. En cualquier caso, siempre es fascinante descubrir que los escritores que adoras se adoraron en algún momento” (p.221). En sus charlas, Laura Fernández opina que su patria son los libros, y se nota. Por eso Miqui Otero opinó, y acertaba, que Laura Fernández es una escritora “autobiográfica”, pero a la manera borgiana, obviamente, a la manera de alguien que ha vivido muy intensamente a través de sus lecturas, hasta el punto de que hayan llegado a definirla.

"Este libro es un gran delta de narrativa vivaz y sinfónica, hilarante, psicodélica y astronáutica; una gran fiesta de libertad creativa, sin límites, como el Universo mismo"

Fresán dijo también cosas muy interesantes: que Laura Fernández era un feliz fallo del sistema literario español. Y como excepciones señalaba a Ramón Gómez de la Serna, la misma Laura Fernández, Enrique Vila-Matas, Javier Calvo, Antonio Orejudo y, en la lontananza, a Miguel de Cervantes. También dijo que Laura Fernández es un fenómeno radicalmente original. Y es verdad. Y es que las raras, felizmente, cada vez van siendo más. En su presentación, la autora lamentó que la literatura española fuera demasiado “predecible”, con lo cual invitaba a que el mercado propio se desmelenara un poco y se atreviera a salir de los oportunismos y los convencionalismos aburridos. Y esto se hace a través de la reivindicación de las imaginaciones libres.

Este libro es un gran delta de narrativa vivaz y sinfónica, hilarante, psicodélica y astronáutica; una gran fiesta de libertad creativa, sin límites, como el Universo mismo. Insisto en el paralelismo con Balzac, un escritor también vital y extralimitado. Cuando, finalmente, Laura Fernández se nos largue a hacer compañía a los seres superiores de 2001: Una odisea en el espacio, ojalá nos envíe una postal. O, mucho mejor, una nueva novela, dictada a todos los satélites de esta cansada Tierra a través de balizas extrasolares y otros cacharros oportunos. Terminamos con una pregunta directamente dirigida a la autora: ahora que ha recogido sus mejores cuentos, ¿por qué no hace lo mismo con sus ensayos? Aprenderíamos todos un montón. Y aquí lo dejamos. Nos vemos en Rethrick.

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Autora: Laura Fernández. Título: Damas, caballeros y planetas. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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