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«Deus vult». Dios lo quiere

«Deus vult». Dios lo quiere

En el siglo XII un hecho histórico conmocionó al mundo cristiano. El 2 de octubre de 1187 se produjo la caída de Jerusalén, después de casi 100 años en poder de los cristianos.

Judá Barber (Barcelona, 1981) narra cómo las huestes del sultán de Egipto y Siria, Al Nasir Salah ad Din Yusuf ibn Ayyub, más conocido por Saladino, después de haber derrotado, en mayo de 1187, al ejército cristiano, en la batalla de los Cuernos de Hattin, toma Jerusalén y expulsa a los cristianos de los Santos Lugares. Cuando llegó la noticia a Europa la convulsión fue enorme, produciéndose una reacción inmediata por parte de los poderes religiosos, políticos y militares, para poner en marcha toda la maquinaria bélica de los reinos cristianos con el fin de recuperar la Ciudad Santa, la reliquia de la Vera Cruz, perdida en la batalla, para volver a restablecer la peregrinación de fieles cristianos a Jerusalén, además de expulsar a los infieles musulmanes de la tierra en donde había nacido Jesús, el Hijo de Dios, lugar sagrado donde había dado su vida por la salvación de los hombres.

"El calatravo Vidal se va integrando poco a poco en la vida cotidiana del ejército, y con la misma facilidad que hace amistades poderosas se forja enemigos mortales"

En aquel entonces, los tres reyes más importantes de la cristiandad eran Federico I de Hohenstaufen, conocido por Barbarroja (emperador del Sacro Imperio Romano Germánico), Enrique II, rey de Inglaterra, y Felipe Augusto II, rey de Francia. Acudieron a la convocatoria de la tercera cruzada, proclamada por el papa Gregorio VIII.

Con esta introducción, Barber sitúa la acción en 1189 en Ratisbona, en donde se están congregando las huestes de Federico Barbarroja, para partir por tierra e iniciar la tercera cruzada, conocida por la “de los tres reyes”.

En la Península Ibérica continúa la lucha contra los infieles, motivo por el que los reyes de la península no pueden aportar tropas y sumarse a la cruzada. Solo la orden militar de Calatrava decide aportar un contingente testimonial. El maestre de la orden encomienda a uno de sus mejores paladines, Enric Vidal, que marche a reunirse con el emperador Federico al frente de una exigua fuerza formada por doce monjes guerreros, escuderos y medio centenar de tropas auxiliares. El calatravo Vidal se va integrando poco a poco en la vida cotidiana del ejército, y con la misma facilidad que hace amistades poderosas se forja enemigos mortales. A lo largo del viaje por toda la Europa central, Enric va aprendiendo el complicado juego de la diplomacia que se debe desplegar alrededor de un ejército de cien mil hombres para que pueda atravesar tantos reinos diferentes, abasteciéndose sin arrasar por donde pasa. Vidal, en su doble vertiente de monje y guerrero entrenado en las luchas contra los moros de la frontera del Guadiana, va demostrando su valía y se gana la confianza de Barbarroja. El emperador Federico decide que es el adecuado para encomendarle una misión importante gracias a la inteligencia, fiabilidad y seguridad que demuestra.

"Barber describe, con minuciosidad, cómo el emperador Federico es el rey en el inmenso tablero de ajedrez geopolítico y militar de la Santa Cruzada"

Judá Barber, a lo largo de la marcha del ejército cruzado, va desgranando todos los avatares y dificultades que se encuentran; describe cómo un líder de la talla del emperador Federico es capaz de ir solventando una a una todas las batallas. En una empresa de la envergadura que supone el movimiento de un ejército tan numeroso, por fuerza tienen que presentarse intereses contrapuestos, y más en esos tiempos en que la traición, la cobardía, la ambición y la mentira priman sobre el honor y la verdad. A veces todo vale con tal de conseguir los intereses particulares.

Barber describe, con minuciosidad, cómo el emperador Federico es el rey en el inmenso tablero de ajedrez geopolítico y militar de la Santa Cruzada, convirtiéndose en el principal objetivo a eliminar por parte de sus enemigos. Todos saben que en esos momentos, por su carisma, prestigio y veteranía, es el líder incuestionable; solamente él puede llevar la Cruzada a la victoria final.

Vidal, con cada uno de los hechos que realiza, va ganando protagonismo al lado del emperador. Convirtiéndose en centro de la historia, aprende a convivir con el éxito, el fracaso, la victoria, la felonía y la venganza. Con su actitud demuestra que no solo es un monje soldado, también es un hombre fiel que intentará resolver con eficacia casi todo aquello que le encomiendan. Al final del largo viaje los restos del desgastado ejército germano, al llegar a Palestina, descubren que deben esperar por el contingente inglés (retrasado por la muerte del rey Enrique); llegarán por mar con su nuevo rey, Ricardo Corazón de León, que ha sucedido a su padre. Y así mismo, llegará con retraso la armada que trae al contingente francés con su rey, Felipe Augusto, al frente.

Así termina el libro:

Magnus vio a un hombre agotado (Vidal), llevado al límite de sus fuerzas y resistencia. No podía imaginar lo que habían tenido que sufrir. Le golpeó cariñosamente el hombro.

—Vámonos de aquí, me tienes que explicar todos los detalles de tu aventura con una cerveza en la mano. Hay que recuperar fuerzas, ya que pronto cabalgaremos hacia el sur

—¿A Acre? —pregunto Vidal.

—Así es…y luego, ¡a Jerusalén!

Los caballeros sonrieron. La Guerra Santa continuaba…

Dios lo quiere.

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Autor: Judá Barber. TítuloEl caballero de CalatravaEditorial: La Esfera de los Libros. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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