Las carreteras se mueven. Las calles son cintas de correr que no se detienen y te arrastran hacia los confines del horizonte sin remisión. Poner un pie en el exterior no es lo más seguro hoy. Ni ayer. Y puede que tampoco lo sea mañana. Uno se convierte en un ser errático merced a los elementos, a todo aquello que no puede controlar. Las escaleras de todas las casas se mueven en sentido inverso, como las mecánicas del metro o los centros comerciales, llevándote allí donde no quieres ir, impidiéndote llegar allí donde deseas estar. Las noches no son lo que eran. La luna ha dejado de sonreír para deslumbrar con ese foco plateado y estirar sus hilos argénteos hasta las comisuras de las aceras rotas por el uso, desgastadas por los pies que ahora se tragan si se atreven a pisarlas. Los días, en cambio, palidecen con la mortecina luz de su astro venido a menos, ambarino y carente del calor de antaño. «Es temporal», dicen los noticiarios. Y nos muestran esa colección de batas blancas y ojos trémulos que aseguran que nada de esto durará lo suficiente para mermarnos como sociedad. Me recuerda a discursos anteriores, fallidos y vacíos, cargados de intención optimista, pero hueros de verdad y confianza. Las calles no dejarán de moverse hacia la línea que corta en dos tierra y cielo. Las aceras no dejarán de engullir a los osados. Y los peldaños seguirán sin permitir que vayamos hacia el descanso o siquiera podamos hablar con los vecinos, arriba o abajo. Tanto da.
Vuelan, pero no tienen alas. Incluso aquellos rasgos que los definen no son más que quimeras, un trampantojo que esconde abismos y cavidades terroríficas, accesos a lugares inabarcables que rozan la locura. No son lo peor de estos días. No, al menos, en la otra parte del mundo, donde aún siguen lanzando bombas y aniquilando almas inocentes como si la vida no fuera más que una invención y el dolor no existiera. Quizá los voladores provengan de allí. O de las espirales. Esas hélices que comenzaron a retorcer las nubes y los lagos, las superficies rocosas de las montañas y las dunas de los desiertos. Quizá ellas sean las verdaderas culpables de todo este movimiento. O la partida de todas esas almas de forma repentina. Del mismo modo que la Presa de las Tres Gargantas de China consiguió alterar la rotación de las aguas del mundo, ¿por qué no podría la supresión de todas esas miles de vidas agitar el planeta de igual manera? «La presa, situada en el río Yangtsé, alberga unos 42000 millones de toneladas de agua. Cuando está a plena capacidad, esta masiva concentración de masa provoca un cambio en el momento de inercia del planeta. […] Al desplazar tanta masa, la Tierra gira ligeramente más lento, lo que alarga los días en aproximadamente 0,06 microsegundos». Eso es lo que pone al googlear sobre la presa de China. El «efecto patinador». Y me pregunto, una vez más, si no estará ocurriendo lo mismo con respecto a las almas que nos abandonan. Que el mundo, de repente, se esté haciendo más pequeño y cruel, que esté perdiendo la sensibilidad y la cordura. Quiero creer que no. Porque, de ser así, nos convertiremos en carroña para esas criaturas que aguardan nuestro deceso. O para esas espirales que ansían más y más, que se regodean con la muerte, la sangre y el sufrimiento.
Conjeturo con la posibilidad de que esos seres no sean sino mascotas de todos aquellos que dirigen sus armas de destrucción masiva hacia la población indefensa. Mascotas que han de alimentar a base de angustia y desesperanza. De tristeza y desolación. ¿Quién sabe? Nosotros, no. Yo, más concretamente, no. No sé nada. Nunca lo supe. Menos aún ahora. Lo único que sé es lo evidente: lo que antes era ya no es, y viceversa. Las tornas han cambiado durante un tiempo que se hace largo y se antoja indefinido. Una sombra que ni la luz de la noche puede disipar, porque a la oscuridad del día lo engulle todo y nos arrastra con ella hacia la soledad y la decadencia, hacia la separación del colectivo. El suelo de casa ha empezado también a deslizarse. Aún muy despacio, casi de forma imperceptible; lo justo para desplazar los muebles y pegarlos a las paredes que dan a la calle. Como si un aspirador tan potente como sutil estuviera succionándonos. Nos quieren fuera. Como productos en una cinta transportadora que puedan etiquetar, facturar y, por supuesto, desechar. Solo espero que, si las baldosas aceleran su tracción, lo hagan durante la noche, porque en el día —ya los he visto— hay al menos tres voladores agazapados sobre la verja de la entrada de casa y sus sonrisas son cada vez más amplias y grotescas y sus dientes más afilados y amarillos. Al menos, si hemos de ser devorados por aquellos que nos dominan, que sea a través de las espirales que se están dibujando sobre los tejados, como remedos de la noche estrellada de Van Gogh. Sí. Si hemos de ser devorados por el mundo, que sea en silencio y sin armar alboroto. Tal y como mandan aquellos que se han aliado con la parca para que no tengamos ni voz ni, por descontado, voto.


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