Hace unos días tropecé de nuevo con una de esas consignas que hoy circulan como si fueran sabiduría —“elige ser feliz”—. En clase leímos un poema de Cernuda. No ofrecía consuelo ni salida. Terminaba así: “Cuán bella fue la vida y cuán inútil”. Durante unos segundos, el aula quedó en silencio de otra manera. Fue entonces cuando les dije a los alumnos algo que no llevaba preparado: que no renunciaran a la voz de la tristeza; que la escucharan sin dramatizar, sin hacer de ella una casa, y que luego la dejaran marchar.
“Primavera vieja” muestra la belleza cuando ya ha sido alcanzada por la pérdida. Empieza entre magnolios, luna, golondrinas y una fuente. Parece que fuera a dejarnos en la plenitud de una tarde. Pero avanza hacia otra cosa: hacia la memoria que no consuela, hacia el fantasma que vuelve, hacia la sospecha de que lo vivido no sirvió para salvar nada. Al final queda ese verso: “Cuán bella fue la vida y cuán inútil”.
La sociedad ha ido convirtiendo la alegría en una especie de rendimiento emocional. No basta con estar bien: hay que parecerlo. Con la tristeza se intenta hacer algo parecido a lo que se ha hecho con la vejez y con la muerte: recluirla, no mostrarla, neutralizar lo que incomoda. Ese mandato circula en consejos bienintencionados, en consignas motivacionales y en una psicología cada vez más próxima a un producto del mercado del ánimo. Fiestas, espectáculos y redes han levantado un ecosistema donde la felicidad debe ser visible, fotografiable y continua. Acaba así convertida en escaparate. Pero esa alegría obligatoria no libera: anestesia. E impide hacerse la pregunta que aparece cuando la tristeza nos obliga a pensar.
No creo que a los alumnos haya que enseñarles a ponerse tristes. Para eso ya tienen de sobra con la vida. A veces incluso con el aula. Lo que sí me parece grave es la velocidad con que se les enseña a tapar cualquier sombra, a leerla como una avería íntima o a salir de ella cuanto antes para volver a resultar presentables.
Cernuda no hacía nada de eso en “Primavera vieja”. No corregía el daño ni lo volvía útil. Dejaba que la tarde siguiera siendo hermosa y, al mismo tiempo, ya perdida. Los magnolios, la luna, las golondrinas, la fuente: todo estaba ahí, pero ya no protegía de nada. El poema no trataba de salvar la belleza, sino de mostrar que también ella puede volverse insuficiente. Y eso los alumnos lo entendieron mejor de lo que a veces se les supone. No todo, claro, y yo seguramente tampoco. Pero el poema dejó algo ahí: que la belleza no siempre salva. Ni siquiera la primavera salva de nada. Porque ella misma nace amenazada de muerte.
Quizá por eso el poema siguió diciendo algo en clase. Porque no corrige, no tranquiliza, no vende equilibrio. No había en ese poema ninguna promesa de consuelo. Solo una tristeza desnuda que deja juntos la belleza y el daño, sin obligar a uno a rescatar al otro.
No me parece poco. En un tiempo que empuja a tapar cualquier sombra, que un poema deje en un aula una tristeza sin vergüenza y sin consigna ya es mucho.


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