Inicio > Firmas > Barbitúricos Ciudadanos > Diario barbitúrico: Volverás a Paraty
Diario barbitúrico: Volverás a Paraty

La hija de la española se ha independizado. Después de publicarse en España, Colombia, Chile, Panamá, República Dominicana, Perú, Costa Rica, Guatemala, Uruguay, Argentina, Portugal, Brasil, Italia y Alemania, y cuando queda todavía esa larga y curiosa ruta que incluye Estados Unidos, Francia, Holanda, Noruega, Grecia, Turquía, Rumanía o Rusia, la novela se presenta ante mí con la distancia de las cosas que tienen punto final. Ella tira de mí con una fuerza aún superior a la que la forjó. En ese tránsito de aviones y trenes que acarrea la promoción de un libro, recibo corrientazos de algo  que viaja escondido en mi interior. Así aterrizo en Brasil: jalonada por una explosión.

Se llega a Paraty como se vuelve a Región o se busca Comala. Es algo casi natural, muy anterior a mi memoria. Reencontrarse con las curvas de vértigo de las carreteras que conducen a los pueblos de mar. Ver listones de colores que cuelgan de los árboles como sogas amistosas, cintas que rinden honor a Santa Rita e invitan a la niñez (algo que, aun rozando a la muerte, la conjura). Experimentar la fascinación por los tupidos bosques húmedos, las cruces clavadas al borde de la vía en la que alguien se estrelló y los chiringuitos donde venden zumos de caña de azúcar y racimos de titiaro, ese plátano enano que a veces sopla en mis recuerdos con su olor dulce y extinto.

"Paraty. Más que el nombre de una ciudad suena a parabién, a regalo y agasajo"

Cuando bajé del microbús que me condujo hasta esta pequeña localidad de playa a doscientos kilómetros de Río de Janeiro, no lo dudé: estaba de vuelta en algo parecido a mi casa. En Paraty me moví con la familiaridad que conceden los lugares de mar, volví a sorber el agua de coco de los pueblos de la costa aragüeña y reconstruí guijarro a guijarro la línea de sombra que dibuja la arena en todas las playas de la infancia. Arranqué de la tierra los escarabajos que brillan como esmeraldas bajo el sol de mediodía y adiviné el canto de los pájaros que alguna vez escuché en los jardines de mi mente. Cuando Humboldt navegó el Casiquiare, aseguró que la naturaleza le habla al hombre con una voz familiar. ¿Cuál otra sino ésta?, pienso yo ahora.

 

Paraty es una ciudad cuyo nombre suena a parabién, regalo y tuteo. A este lugar lo recorre una marea que al anochecer inunda las calles empedradas hasta convertirlas en charcos a los que la luna saca brillo. Es un sitio con olor a aguardiente, sal y mango maduro y en el que resuena un acento sabroso que acaricia las palabras. Es aquí, en esa cuadrícula colonial del siglo XVIII, donde se celebra desde el año 2003 el FLIP, el festival literario más grande de Brasil.

Cuatro días, veintiún mesas literarias y 31 autores. Carpas repletas, recitales y lecturas a bordo de botes pintados de colores, una hecatombe literaria que rompe de a poco como una fiesta… y en el que la pobreza se esconde debajo de cada piedra, latiendo con su rumor de paila. No puedo verla, pero la huelo. Me topo con ella en una lejana escuela de hijos de pescadores a la que he llegado de la mano de Nena, una demógrafa que pisó los Balcanes y ahora, al tiempo que alfabetiza y alimenta, sueña con traer a Tara Westover para volver a inventar el hielo. He llegado hasta aquí para hablar de una primera novela. Un libro que habla de un país en trance de morir y que de pronto resucita embellecido por los ecos suyos que este lugar me devuelve.

"He venido a Paraty a hablar de un libro y acabé por comenzar otro. Ha de ser el aroma de las cosas recuperadas"

Los editores de Intrínseca han decidido publicar la novela en Brasil como Noite em Caracas, un título que se ha impuesto en 24 de las 26 lenguas a las que ha sido traducida La hija de la española y que ahora pronuncio sin saber muy bien si se trata de un presagio o de una constatación. Sacudida por un paisaje calcado de mis recuerdos sobre el papel de seda de esta realidad, experimento una fuerte pulsión: escribir, ya mismo, en este  ordenador color plata que se calienta bajo el sol.

Abro un documento y comienzo a teclear con la rapidez de los que mueren de sed. Consigo al fin el disparador de una historia que me traigo entre manos. Construyo un campamento en la zona más oscura de mi mente. Doy orden a las piedras de un cementerio lejano mientras las palabras explotan en forma de novela al contacto con el viento. Es la tierra caliente y el enjambre de moscas que sobrevuelan las conservas de papelón y coco, es la belleza de todo aquello que por dulce y carnoso cría gusanos más rápido. He venido a Paraty a hablar de un libro y acabé por comenzar otro. Ha de ser el aroma de las cosas recuperadas. Llegué hasta aquí como se vuelve a Región y se busca Comala. Algo me trajo, para volarlo todo en pedazos y desmayarme después. Algo me trajo, para picar la piedra de mí misma y volver a comenzar.

4.8/5 (13 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)