Hablar de Rafael Cansinos Assens es aceptar un regusto amargo, un poso de derrota lúcida que huele a gloria mal repartida. Cansinos fue sevillano de origen y madrileño de destino, que es casi como decir que nació con la nostalgia a cuestas. Llegó al mundo en Sevilla, pero su sevillanía no tuvo nunca el brillo del tópico ni la sonrisa fácil del folclore: fue una sevillanía rara, seria, áspera, intelectual, como la de Manuel Chaves Nogales, Luis Cernuda o Antonio Machado. Sevillanos descentrados, fuera del compás, que entendieron que el alma humana duele más de lo que baila.
Amó los libros con una fidelidad que rozaba la enfermedad. Le interesaron el erotismo y la religión con la misma mirada erudita y sin concesiones: como territorios donde el hombre se desnuda, miente, cree y se pierde. Sus amores fueron intensos y a menudo desdichados, como si no supiera —o no quisiera— vivir de otra manera. Todo en él parecía condenado a la sombra: la pobreza, el reconocimiento tardío, la invisibilidad pública. Y sin embargo, desde esa sombra escribió páginas memorables con una mezcla de admiración, ironía y cansancio moral.
Sevilla, por su parte, le ha concedido una calle. Está en un lugar por el que nadie pasa, lo cual es casi una metáfora perfecta. También tuvo Sevilla la oportunidad de algo más serio: custodiar su memoria. La sede inicial de la Fundación dedicada a su obra se instaló en el antiguo Convento de Santa Clara, restaurado e inaugurado en 2010 como centro cultural. Era provisional: un pequeño despacho en el patio central. En una segunda fase estaba previsto rehabilitar un edificio a la entrada del compás para albergar definitivamente la Fundación y el archivo del escritor. Incluso hubo un proyecto de museo donde se mostrarían los principales documentos del Archivo de la Edad de Plata de Cansinos Assens.

Rafael Cansinos Assens en la Cuesta Moyano de Madrid en los años 30 del siglo pasado. Efe / Fundación Archivo Rafael Cansinos Assens
Pero llegó 2011, las elecciones municipales, el cambio de gobierno, y el proyecto se canceló sine die. En 2013, con Juan Ignacio Zoido como alcalde y María del Mar Sánchez Estrella al frente de Deportes y Cultura, se dieron los pasos necesarios para que la Fundación saliera de Sevilla. La sede del Convento de Santa Clara se cerró definitivamente. Trece años pasaron con sus correspondientes alcaldes que nada hicieron por remediar el desastre. La Fundación entonces, como el propio Cansinos, se trasladó a Madrid, concretamente a Alcobendas, a un espacio cedido por la familia del escritor. Sevilla, tan suya, tan mucha Sevilla, se quedó sin él. Y ole y ole mi Sevilla, lo más bonito der mundo.
Lejos de rendirse, la Fundación Rafael Cansinos Assens ha emprendido una de las tareas más importantes —y más silenciosas— de la recuperación de su legado: la publicación de los Diarios de la posguerra, un corpus excepcional para comprender no solo a Rafael Cansinos Assens, sino la devastación moral, intelectual y material de la España vencida.
Estos diarios, escritos en los años más duros del primer franquismo, muestran a Cansinos en estado puro: pobre, olvidado, enfermo a ratos, pero intelectualmente intacto. Son páginas atravesadas por el hambre, la humillación cotidiana, la soledad y el desdén oficial, pero también por una lucidez implacable. Cansinos observa la posguerra como quien mira un paisaje arrasado desde una biblioteca interior que se niega a arder.
En estos cuadernos no hay épica ni consuelo. Hay resentimiento sin estridencias, ironía amarga, memoria cultural y una dignidad casi obstinada. Aparece el Madrid gris y represivo, los viejos cafés vacíos de ideas, la miseria material contrastando con una riqueza mental que nadie parecía querer. Cansinos escribe como quien deja constancia para un futuro incierto, pero necesario; como quien sabe que alguien, algún día, deberá leer esto para entender de verdad el precio de la derrota.
La publicación de estos textos por parte de la Fundación —ya asentada fuera de Sevilla— no es solo un acto editorial: es un acto de justicia literaria. Devuelve a la Edad de Plata una de sus conciencias más complejas y rescata una voz que supo contar la derrota sin victimismo y la cultura sin solemnidad.
Y hay un gesto casi milagroso en todo esto, profundamente cansiniano: los libros están vivos y se pueden conseguir.
Para comprar los Diarios de la posguerra y otros títulos del autor, basta con consultar la web de la Fundación y llamar al + 34 605 887 931. Conviene conservar ese número con un nombre preciso y simbólico: el teléfono de la esperanza. Porque al otro lado no hay una centralita, sino la persistencia de una obra que se negó a desaparecer.
Cansinos Assens murió como había vivido: rodeado de libros, cargado de saber, relativamente solo. Fue un sevillano sin sevillanismo, un español europeo antes de tiempo, un erudito en un país que desconfiaba de la erudición. Su castigo fue la sombra; su venganza, la literatura. Y en esas páginas maravillosas que escribió —desde la humanidad, con Sevilla al fondo como una herida discreta— sigue esperando a que alguien, por fin, pase por su calle.





Excelente artículo sobre uno de los escritores más lúcidos que ha tenido España en el siglo XX. Su “Novela de un literato” es una obra maestra. Algunos se han reído de los grandes elogios que Borges hizo de Cansinos Assens, pero son los tontos de siempre, a los que tanto les gusta juzgar lo que desconocen.
Gracias a M.J. Solano por haber escrito un artículo tan necesario.
ARCA EDICIONES
La editorial de la Fundación Cansinos Assens
https://cansinos.com/arca-ediciones
El sitio de la Fundación Archivo Rafael Cansinos Assens
https://cansinos.org/
Amigo Ricarrob: hace días que no leo ninguno de sus comentarios en Zenda y me preocupa no encontrarle. No nos conocemos personalmente, pero esto está un poco frío sin sus mensajes. Espero que se encuentre bien y haya empezado bien el año.