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Días rutinarios

Vamos al Matadero porque he leído un artículo sobre las actuaciones de esa tarde, relacionadas con los mundos creados por Ursula K. Leguin. Nos encontramos con tres actuaciones de una hora cada una; música electrónica y vídeos. No me interesa mucho lo que oigo ni lo que veo, pero eso es anecdótico. Sí me molesta que la relación de todo aquello con Ursula K. Leguin es casi inexistente o tan banal que no merece la pena nombrarla. Es frecuente adornar la propia obra con referencias a autores reconocidos, como si su inteligencia pudiese teñir nuestra obra por el hecho de convertirlos en sus santos patronos.

Náuseas durante las últimas semanas. ¿Ataque de hipocondría? El hipocondríaco que soy así lo espera.

Lo bueno de la hipocondría es que te da la esperanza de que aquello que te aqueja no te está aquejando de verdad. La enfermedad como alucinación, la enfermedad como ficción. La hipocondría es comparable a la buena literatura: transforma lo real para crear una ficción que desestabiliza nuestra vida.

"La rutina tiene una mala prensa injustificada. A veces las fases más creativas coinciden con períodos sin imprevistos ni grandes emociones, cuyo placer surge de la repetición."

Escribiendo bastante concentrado. Avanzo tanto que desconfío. De pronto me entra la sospecha de estar tirando de oficio. En general, me aburren los libros escritos con oficio. Suelen ofrecer resultados dignos, pero ¿quién quiere pasarse dos años escribiendo una novela para obtener un resultado digno? Libros que olvidas en cuanto los has terminado.

Estos días los pasamos trabajando en casa. Dormimos en la terraza por el calor, más bien, intentamos dormir (la maldición de las fiestas del barrio, que en esta parte de Madrid duran dos semanas). Madrugamos. Escribimos. A veces nos enseñamos lo que hemos escrito; cada uno lee, antes de publicarlos, los artículos del otro. Salimos poco. Días rutinarios.

La rutina tiene una mala prensa injustificada. A veces las fases más creativas coinciden con períodos sin imprevistos ni grandes emociones, cuyo placer surge de la repetición. (Pero no quisiera una vida que constase sólo de estos períodos).

"Los personajes actúan ante los imprevistos y las amenazas sin aspavientos, defendiéndose como pueden de las calamidades, igual que uno enfrenta los problemas de la vida."

Días también de muchas lecturas. La tranquilidad de agosto, la escasez de correos a los que responder, la casi inexistencia de encargos de trabajo me permiten leer libros que hacía tiempo tenía en mi lista. Leo Los últimos, de Juan Carlos Márquez, novela apocalíptica muy interesante. Me hace pensar en que la diferencia entre una novela de aventuras y una que no lo es no tiene que ver con los hechos narrados, sino en cómo se narran. Aquí sucede todo lo que podría meterse en una película de Hollywood: catástrofe, lucha por la supervivencia, zombis —o parecido—, huida, viaje a Marte, nueva lucha por la supervivencia…, y sin embargo en ningún momento tenía la impresión de estar leyendo una novela de aventuras, quizá porque los acontecimientos extraordinarios se enmarcaban en un tono narrativo de normalidad. Los personajes actúan ante los imprevistos y las amenazas sin aspavientos, defendiéndose como pueden de las calamidades, igual que uno enfrenta los problemas de la vida. El narrador cuenta lo que sucede como podría narrar el cáncer de un familiar o una inundación en su vivienda. La vida sucede sin subrayados y en ese sentido esta novela fantástica transcurre como la vida.

Quizá por eso escribo un diario. Para subrayar aquello que es importante y que incluso a mí mismo me pasaría desapercibido.

También leo Nefando, de Mónica Ojeda y Terroristas modernos, de Cristina Morales. Releo La composición de la sal, de Magela Baudoin, que presentaré en septiembre en Barcelona.

Un escritor no debe medirse con los autores de su generación, de los que tiene una visión borrosa e interesada. Un escritor debe medirse con los clásicos y con los más jóvenes. Son ellos los que te dicen quién eres.

"Tengo la impresión de aprender más de los jóvenes que de los clásicos. Quizá porque también tengo la impresión, probablemente errónea, de que de los clásicos ya he aprendido lo que podía aprender."

Mantengo, desde hace años, la costumbre de llevarme libros de autores jóvenes de los países que visito. Entro en una librería, pido al librero que me recomiende libros de escritores jóvenes de ese país. Los autores jóvenes pueden ser tan conservadores como los más asentados, como los que han alcanzado el canon y deciden seguir escribiendo desde ese sillón sin atreverse a ponerlo en duda. Pero también te encuentras de repente con una frescura, con una desfachatez que echas de menos en autores de más edad. Pueden gustarte más o menos sus obras, pero te ayudan a ensanchar eso que piensas que debe ser una buena novela, un buen libro de poemas o de cuentos. Por ejemplo, el descaro de Terroristas modernos, ese atrevimiento de mezclar estructuras narrativas muy contemporáneas con algo cercano al costumbrismo galdosiano, pero un realismo puesto en duda al intercalar la descripción realista con imágenes inesperadas para narrar los actos más cotidianos.

Tengo la impresión de aprender más de los jóvenes que de los clásicos. Quizá porque también tengo la impresión, probablemente errónea, de que de los clásicos ya he aprendido lo que podía aprender, mientras que lo nuevo, lo distinto, es una fuente continua de descubrimientos.

Qué pensamiento más banal. Quizá debería releer a algunos clásicos. Por ejemplo, hace tiempo que tengo ganas de volver a Dostoievski. Decidido: Los hermanos Karamazov.

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