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Díptico sobre un cambio generacional (1)

Rubén Martín Girález

Parece claro que se está produciendo un amplio movimiento de renovación generacional en la sociedad española. A sus dirigentes veteranos los sustituye una oleada de gente de una y hasta dos promociones biológicas más jóvenes. Lo vemos en el mundo económico, en los grupos financieros o comerciales (en la corporación bancaria Santander o en El Corte Inglés, aunque propiciado el relevo por una contingencia fortuita en ambos casos) y en la gran industria (en Repsol o Telefónica). Quizás en este ámbito ha llamado menos la atención que en el político, donde dirigentes jóvenes encabezan los nuevos partidos que buscan en el centro o en la izquierda la regeneración o el cambio radical en los usos enmohecidos de la vieja política. Tal vez la crisis económica que asola la sociedad occidental y en especial la española en los últimos años ha propiciado el cambio, pero este tiene una raíz menos circunstancial. Acaso no se habría dado con la intensidad que conocemos, pero se habría producido igualmente. Porque responde a la sensación, al menos en España, de que el pasado reciente no funciona, de que a él se deben muchos de los dolores presentes, de que cierta alegría colectiva encerraba una falsedad, de que esa ingenua vivencia era la pantalla de un fracaso. Y el fracaso —se siente— tiene como responsable a la generación que no supo encauzar los asuntos públicos de otra manera y que a estas alturas está agotada y amortizada.

"La promoción que asume en nuestros días el deliberado papel renovador, y se presenta como una alternativa a lo anterior, se compone de autores adentrados en la cuarentena."

Las letras y el arte no replican automáticamente la realidad social, pero sí la reflejan. Por eso no podía la literatura seguir sostenida en la generación de los veteranos, rehenes de un modo de ver la vida cuestionado y de unas maneras artísticas convencionales. Por ello, y coincidiendo con el periodo de explosión y desarrollo de la crisis económica y social, también se ha producido un reajuste generacional encabezado por unos nombres nuevos que han traído (sería mucho decir que han aportado) preocupaciones distintas de las habituales hasta el momento. En otros periodos del pasado todavía próximo la renovación vino de la mano de una juventud disconforme con el mundo en que vivían. Ocurrió con los mozos protestatarios y anarquizantes de otra gran crisis, la de fines del XIX, la «gente nueva» que más tarde se autoenglobaron en las filas de la generación del 98. También con la muchachada artísticamente revolucionaria y antiburguesa que apellidamos generación del 27. Y sucedió asimismo con los hijos de los vencedores en la guerra civil, los veinteañeros antifranquistas a quienes se encasilla en la generación del cincuenta o del medio siglo.

La promoción que asume en nuestros días ese deliberado papel renovador y se presenta como una alternativa a lo anterior se compone, sin embargo, de escritores menos jóvenes que los de las señaladas. En realidad, ya se han adentrado en la cuarentena y hasta la han sobrepasado: Juan Francisco Ferré (1962), Willy Uribe (1965) Agustín Fernández Mallo (1967), Marta Sanz (1967), Doménico Chiappe (1970) Kirmen Uribe (1970) Kiko Amat (1971), Jesús Carrasco (1972), Pablo Rivero (1972), Isaac Rosa (1974), Milo J. Krmpotic (1974), Alberto Olmos (1975) o Andrés Barba (1975). Solo algunos andan en la treintena, y eso ya avanzada en casi todos ellos: Jorge Carrión (1976), Sara Mesa (1976), Elvira Navarro (1978), Pablo Gutiérrez (1978), Rubén Martín Giráldez (1979), Miguel Ángel Ortiz (1982) o Jenn Díaz (1988).

"Rubén Martín Giráldez intenta consumar el conocido asesinato del padre"

La promoción literaria del cambio trae preocupaciones diferenciadoras de orden vario. Algunos narradores han reaccionado contra la novela que cuenta una historia interesante y proponen un artefacto cultural complejo, de corte ensayístico (Ferré, sobre todo). Otros buscan una forma más moderna, enemiga del costumbrismo (Olmos). Es curioso que los pujos rupturistas de estos narradores (alguno, como Olmos, se ha hecho un nombre a base de un articulismo contestatario en la red con aires de enfant terrible) no se correspondan con sus mayores cualidades narrativas: Ferré y Olmos alcanzan sus mejores momentos cuando narran con maneras avecindadas en registros tradicionales. Algunos encabezan una reactualización de la novela social sobre planteamientos izquierdistas de denuncia (Isaac Rosa, Marta Sanz, Pablo Gutiérrez, Miguel Ángel Ortiz) o anclan la protesta en el sinsentido vital (Pablo Rivero). Otros añaden signos literarios que señalan caminos de la postmodernidad (Fernández Mallo, Chiappe, Krmpotic).

Estos nombres, y otros más que podrían recordarse, coinciden, pese a sus diferencias estilísticas y temáticas, en asumir el cambio que modernice y ponga al día nuestra prosa. Debieran, por tanto, situarse en una posición emplazada en los márgenes del sistema literario, desde los cuales acometer el asedio a la fortaleza o introducir en ella sus caballos de Troya. Sin embargo, está ocurriendo lo contrario. Tan nuevos y recientes, y con tan contada obra casi todos ellos, se han integrado a toda velocidad en ese sistema: publican en las editoriales más poderosas, ganan premios destacados, ocupan columnas en la prensa en papel o digital más difundida, hacen bolos por doquier y hasta imparten talleres. En cuatro días se han convertido en autores casi institucionales. Tal vez el paralelismo sea excesivo, pero alguna semejanza se da entre la rápida transformación de los políticos que denunciaban a la casta y los escritores que queriendo innovar el sistema participan de todas sus ventajas, y asumen sus exigencias.

La renovación generacional de esta hora en las letras españolas no supone un enfrentamiento abrupto con los autores mayores en activo. Más bien implica, salvo algunos pocos reconocimientos y admiraciones, un desentendimiento, un ignorarlos como si formaran parte de la literatura caduca e inoperante de un tiempo superado. Pero también se encuentra algún intento de ir más lejos, de consumar el conocido asesinato del padre. Con estas pretensiones se ha dado a conocer Rubén Martín Giráldez. Se propone no solo enterrarlo sino renegar de la lengua. Sustituir un idioma que ya no sirve, el nuestro, por otro. Así lo postula en Magistral. Merece la pena prestar atención a este narrador incisivo y bien facultado que anda tras un objetivo tan quimérico como sugerente. Pero ya me he extendido mucho y dejo el comentario de la novela para una segunda parte de este díptico sobre el cambio generacional en nuestra narrativa.

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Autor: Rubén Martín Giráldez. Título: Magistral. Editorial: Jekyll & Jill. Edición: Papel

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