No seré yo quien descubra, a estas alturas, a un escritor de la valía de Martín Caparrós —perteneciente a la gloriosa cosecha del 57—, que lleva sobre sus espaldas, en su repleta mochila, casi un centenar de títulos que han sido traducidos a lenguas de medio mundo, amén de prestigiosos premios plasmados en su brillante y dilatado currículo.
Bue es la novela en donde la ciudad se erige en protagonista, como ha sucedido, a lo largo de la historia de la literatura, en tantas otras obras, como en La colmena, en donde el Madrid calamitoso de la inmediata posguerra se erige en dueño y señor de la acción —o inacción—, relegando a los tres centenares de personajes a un segundo plano, conformándose con ser una mínima parte de la nada.
Los párrafos —a veces de unas pocas líneas, en otras ocasiones se extienden a lo largo de una página— dedicados a la Ciudad, a Bue, vienen a ser, si se me permite la comparación, algo así como el estribillo de una diabólica canción, como una especie de danza macabra, a cuyo ritmo se mueven unos personajes que, como en La colmena, pululan como sombras chinescas por la escena. Hay varias frases en estas páginas que lo definen mucho mejor que el comentario de cualquier crítico. En una de ellas se dice que “el mundo es un cúmulo de operaciones complejas que la pereza trata de no ver”. Y en otra se apunta a esas distintas formas “de no hablar de lo que importa”.
Para sus sabrosos comentarios sobre la ciudad, que, de alguna manera, marca el devenir y la idiosincrasia de quienes la habitan, se remonta a mediados del siglo XVI, cuando Bue era un páramo; pero, a continuación, se centra en una ciudad mucho más moderna repleta de pasos y de mierda —“un remedo malo del infierno”—; una ciudad de quince millones de fantasmas en donde reina el más absoluto desorden.
Personajes como Rodolfo, Julio, el Gurka, Silvana, Bodoni, los Giusti o Mabel Laguardia se disuelven en la niebla de ese caos al que ellos, cada uno desde su lado, intentan poner su propio orden, quebrantando así las leyes elementales de la ética del ser humano. Rodolfo, Julio y el Gurka, por ejemplo, que son tres verdaderos desgraciados de la vida, preparan, con más improvisación que meticulosidad, un secuestro exprés que queda, finalmente, en agua de borrajas, como si no sirvieran ni siquiera para ser los malos de la película. En tanto que Bodoni representa la otra parte más brillante y triunfadora de los seres humanos, aunque para ello necesite vender su alma al diablo, llevar al límite, desde su puesto en una emisora de televisión, a sus propios invitados a cambio de ganar audiencia. Todo por la pasta. Caparrós abre así un debate, bien fundamentado y configurado literariamente, que está en la calle, en boca de todos: el “todo vale”, hasta el punto de poner frente la cámara “a tipitos ante la muerte”, haciéndoles creer que se van a morir de verdad, con la perversa intención de ganar telespectadores. Vodoni, que es el resultado de esta malévola filosofía descubre, por fin, que la tele es el paraíso del que hablaba el cura.
La política, tratándose, además, de un autor argentino, también tiene su correspondiente ración en esta densa y sólida novela. A veces, el asunto se aborda desde una perspectiva irónica y humorística: el humor tampoco podía faltar aquí como eje vertebrador de la trama. Mabel Laguardia, con sus curvas y su pelo negro exagerado, con esa rotundidad que le otorga el llevar tacos finos, camisas blancas ajustadas y abiertas sobre un pecho potente, y el pelo en cataratas sobre los hombros y la espalda, representa, mejor que nadie, a esa nueva clase política que devora cuanto encuentra a su paso.
Martín Caparros, sin demasiada saña ni dolor, con mucho tiento, con no poca elegancia y finura, se adentra en lo más delicado de su discurso: el análisis del carácter de los habitantes de Bue, esa ciudad de quince millones de habitantes en donde, sin embargo, los cuerpos transitan sin tocarse. Va directo al núcleo de la cuestión: esa conocida incontinencia verbal de los argentinos, que, en sus conversaciones ciertamente anodinas que aquí se reproducen, “hablan y hablan, pero con hablar no conseguimos nada”. Y destaca esa locura colectiva que, no obstante, como por arte de magia, conduce a la creación, sacando a relucir ese hábito de sentirse perdedores, lo que da lugar a que “cada vez que ganás un poquito, que ves un cordón de la vereda todo limpio, te da ese orgullo que le digo”.
La novela parece estar compuesta de materiales de aluvión: auténticos microrrelatos incrustados en estas páginas, poemas casi surrealistas que, en más de una ocasión, nos recuerdan a los juegos de palabras y a las canciones exhibidas por Cabrera Infante en su célebre Tres tristes tigres, un relato intercalado —pero en nada ajeno a la trama principal de la obra— sobre el transcurrir histórico del casón señorial de los Giusti, desde principios del siglo XX hasta 1996. Caparrós se siente capacitado para encajar, con pericia, todas las piezas y ofrecer al lector un producto bien acabado, de una incuestionable brillantez.
Ni qué decir tiene que la alargada e inevitable sombra de Cortázar sobrevuela por los cielos, no tan azules, de esta novela. Sin citar al autor de Rayuela, Caparrós, en no pocas ocasiones, logra estar a su altura con frases, expresiones y pensamientos magistrales, que llevan el sello de la casa: “Si no te das el gusto de conocerme, mamita, no te vas a dar el lujo de olvidarme”. Está presente, pues, el Cortázar de Rayuela sobre todo, cuando escribía aquello de “no puede ser que estés aquí para no estar”, pero, también, el de sus célebres instrucciones en Historias de Cronopios y de Famas, como sucede cuando Caparrós escribe sobre corbatas para “giles”, y, sobre todo, de la falta de un botón en una camisa, contando desde arriba: mientras que el primero se puede disimular con la corbata y los dos últimos se pueden esconder dentro del pantalón, con la ausencia de los otros se corre el riesgo de que asomen los pelos del pecho encanecido.
Bue tiene toda la pinta de un “libro de autor”, de obra seria con la que, sin embargo, ha gozado y se ha divertido su autor, sabiéndonos transmitir esas sensaciones. En la “Advertencia” con la que se inicia la obra, con ese tono tan suyo, Caparrós dejaba bien claras sus intenciones: “Los personajes de esta novela son lo bastante ficticios como para no estar en la guía, pero no mucho más. (Y últimamente, para colmo, ya no hay guías.)”
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Autor: Martín Caparrós. Título: Bue. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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