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Gaviotas en Doñana. Fuente: discoveringdonana.com

He soñado con el silencio. Con un airecillo que besaba la arena. Había algo de hierba aquí y allá, como caída del cielo.
Era un día luminoso, quizá ya con esa luz detenida que se prolonga en su cénit y que inicia un descenso imperceptible.

Caminaba por la arena, no muy lejos de una marisma, como a cámara lenta, fuera del tiempo. Ascendía por unos montículos de formas caprichosas a merced del viento.

Un azul majestuoso de desierto me acompañaba, quizá me guiaba. Todo estaba envuelto en una calma de siglos, inabarcable.

Miraba sin miedo unas huellas que aparecían y se desvanecían, quizá de alguna ave perdida. O era un mensaje que no entendía, tal vez una señal.

"Un azul majestuoso de desierto me acompañaba, quizá me guiaba. Todo estaba envuelto en una calma de siglos, inabarcable"

Y regresaban estos versos, «Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre», el punto cero, el alfa y el omega de José Ángel Valente.

Una gaviota. Una gaviota sola mirando un horizonte. Cara al viento. El plumaje bamboleándose. Quieta, ingrávida. Qué estará pensando, qué sentirá.

No sé si caminaba hacia un océano. No lo veía, quizá lo intuyese. No avanzaba, sólo andaba. Andaba y andaba en ese día blanco y abierto.

Y poco a poco… No, no andaba, ya no andaba. Me deslizaba entre la arena y el cielo. Volaba. Estaba volando. No, tampoco. Nadaba. Nadaba entre el aire.

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