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Dos cabalgan juntos (V)

Zenda continúa esta sección en la que dos escritores exponen su punto de vista sobre un mismo tema. García Ortega y Pérez Zúñiga, como Stewart y Widmark en el filme de John Ford, cabalgan juntos cada primer miércoles en pos de un único destino: la literatura.

Un caso infinito. Ernesto Pérez Zúñiga

La primera vez que supe que no tenía idea de lo que era el amor me sabía totalmente enamorado. Tenía 23 años. Había escrito un apasionado libro de poemas y uno de sus primeros lectores me advirtió:

—Quizá algún día lo experimentes pero por ahora no te has enterado de nada.

"Idealización, proyección de ti mismo en otra persona, ganas de poseerla o de quedártela, pero no lo llames amor"

Aquel libro estaba dedicado a una mujer a la que yo creía amar completamente y que de la misma manera me correspondía. De hecho, vivíamos juntos desde hacía un año y aquellas palabras de aquel casi desconocido me cuestionaban por completo.

—Llámalo apego, idealización, deseo enajenado, pero no lo llames amor.

Además, en lo que yo sentía y me había hecho escribir aquellos poemas, no había nada diferente, sino incluso algo más intenso que lo que había sentido por otras mujeres desde la adolescencia. Incluso desde la infancia.

—Idealización, proyección de ti mismo en otra persona, ganas de poseerla o de quedártela —me decía aquel sabio vestido de macarra que me había devuelto mi libro con cierta lástima—, pero no lo llames amor.

Así que me marché avergonzado de aquella casa y seguí buscando.

"Este libro está un poco mejor que el anterior, pero todavía no te has enterado de nada"

Pasaron siete años y, para entonces, ya había encontrado a otra pareja. Esta vez ella era muy joven y pensé que amarla consistía en entregarle todo lo que tenía, todo lo que pensaba y lo mejor que podía crear.

Para ella escribí nuevos poemas, pensando que por fin había escrito un libro de amor.

El amor es entrega” —decía convencido en mis entrevistas.

Hasta que recibí un correo electrónico de aquel profesor de mi primera juventud, en el que decía, muy escueto:

“Este libro está un poco mejor que el anterior, pero todavía no te has enterado de nada”.

Me puse triste, me quejé de que el mundo no me comprendía. Mi mujer se entristeció. Poco a poco, me di cuenta de que ella se alegraba con otras cosas diferentes de las mías. Hasta que un día se enamoró de otra persona. La sentí más feliz que nunca y me dije entonces:

“Me marcharé para que pueda hacer su propia vida. El supremo amor es el de la renuncia. No puede haber entrega mayor que esta”.

Así que cambié de ciudad y escribí otro libro de poemas, y lo titulé Renuncia.

Estaba muy contento porque un crítico había escrito en el Babelia:

No se ha escrito en España un libro de amor como éste”.

"Has mejorado algo tu escritura, pero los críticos de España tampoco saben lo que es el amor"

Sin embargo, lo que más deseaba era recibir un mail del viejo profesor en el que reconociera mi triunfo.

Al cabo de unos días, por fin se iluminó mi bandeja de correo electrónico:

“Has mejorado algo tu escritura” —me dijo el profesor— “pero los críticos de España tampoco saben lo que es el amor”.

Entonces me juré no volver a escribir.

Abandoné mi país. Lo vendí todo.

Vine a vivir a una isla con poca gente.

Leía a filósofos antiguos y fantaseaba con el método de Orígenes, quien se extirpó las gónadas para dedicarse a la sabiduría.

Por supuesto, era incapaz de hacerlo, pero durante varios meses busqué la soledad y permanecí la mayor parte del tiempo en silencio.

"En mi meditación, éramos dos solitarios fundidos entre nosotros y fundidos con el mar"

Todas las tardes me sentaba en un banco del paseo, frente al mar. Meditaba y trataba de unirme mentalmente con aquella inmensidad. Sentía paz al hacerlo.

Con el tiempo, me di cuenta de que había una mujer, quizá de mi edad y desde luego tan solitaria, que se sentaba en otro banco a unos metros de mí, y, al igual que yo, cerraba los ojos.

Me propuse ampliar aquel ejercicio que hacía de unirme con el mar para tratar de hacerlo también con aquella desconocida, sin que ella supiera nada.

Así lo hice durante algunos días. En mi meditación, éramos dos solitarios fundidos entre nosotros y fundidos con el mar.

Quizá por eso, una tarde en la que nos cruzamos, cada uno en dirección a su casa, hablamos por primera vez. Y en lugar de continuar cada uno nuestro camino, nos fuimos a tomar un café, donde me ella me contó, riendo, que hacía el mismo ejercicio con su imaginación.

—Éramos fragmentos. Ahora nos hemos reunido.

Aquella misma noche, abrí el ordenador después de muchos meses, y le escribí un mail al viejo profesor:

Nos complementamos con otra persona para ser mejor nosotros mismos”.

No recibí respuesta.

Del amor y sus variantes. Adolfo García Ortega

Para hablar de amor, nada como la poesía. Pero, atención, huyamos de la cursi, que haberla hayla. Porque en eso que se puede definir como “imitaciones de la poesía en general”, que es la inmensa mayoría de la poesía que se publica, hay mucho amor cursi, mucho desahogo, desfogue, frustración y tontería. No, yo me refiero al amor de verdad en poemas de verdad. Y el primero que me viene a la cabeza, sin ninguna dificultad, es “Pandémica y celeste”, de Jaime Gil de Biedma, un maravilloso poema donde se dice, a las claras, que “para saber de amor, para aprenderle, / haber estado solo es necesario. / Y es necesario en cuatrocientas noches / —con cuatrocientos cuerpos diferentes— / haber hecho el amor.” Un poema donde añade, hacia la mitad: “Porque en amor también / es importante el tiempo”.

Esto es muy cierto: el amor solo se mide en unidades de tiempo. Las que sean: horas, meses, años. Una pasión erótica irreprimible entre dos cuerpos que se gustan y consienten amarse es amor, por breve que sea el encuentro. Una larga vida juntos, en la que la pasión se transforma y evoluciona en tantos matices (ternura, amistad, complicidad, intimidad, sexo incluido), también es amor.

"Este no verse nunca me recuerda a la mirada más amorosa, la de Yuri Zhivago en los ojos de Omar Sharif, que refleja el espíritu de la vida por encima de los totalitarismos despiadados"

A este respecto, recuerdo otro de los grandes poemas de amor que más me han emocionado, tal vez por todo lo que insinúa. Es de Wisława Szymborska (inagotable poeta) y se titula “Un gato en un piso vacío”, poema en el que se cuenta el dolor por la ausencia tras la muerte del ser amado, pero con la dulce ironía que esta poeta polaca sabe introducir en la ternura, como una pantalla protectora. “Morir, eso no se le hace a un gato. / Porque, qué puede hacer un gato / en un piso vacío. (…) / Algo aquí no empieza / a su hora de siempre. / Algo no ocurre como debería. / Alguien estaba aquí y estaba, / y después se fue de pronto / e insistentemente no está”.

Y traigo aquí otro famoso poema de la gran poeta uruguaya Idea Vilariño, el poema que dedicó a su amado/amante Juan Carlos Onetti cuando la abandonó para irse a España con su mujer, dejándola en Montevideo con todas las promesas del amor colgadas como un ahorcado se cuelga del techo. El poema se titula “Ya no” y forma parte de su serie de Poemas de amor, cuyo conjunto es, quizá con Poemas para un cuerpo, de Luis Cernuda, de los mejores muestrarios de la elegía amorosa “de carne y hueso”, vital y triste hasta emocionar. El poema de Vilariño dice así: “Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros. (…) / No me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. / No volveré a tocarte. / No te veré morir”.

"Sin embargo, buscando el contexto oportuno, noblemente oscurecido, decir te amo, y escucharlo, da un escalofrío, anuda una promesa, prolonga inesperadamente unos puntos suspensivos"

Este no verse nunca me recuerda a la mirada más amorosa, la de Yuri Zhivago en los ojos —impagables— de Omar Sharif, que refleja el espíritu de la vida por encima de los totalitarismos despiadados. Una historia de amor que tiene su revés, pero no menos intenso, en la asombrosa novela de Graham Greene El fin del romance (malamente traducida hasta ahora como El fin de la aventura, lo que le daba un cariz frívolamente casquivano a una historia de bello adulterio), toda ella un monumento al amor verdadero por encima de todo obstáculo, incluidas la religión y la sociedad circundante. Y a su vez, dándole otra vuelta de tuerca, hallamos una historia de amor similar, electrizante y narrada con una honesta pulcritud, en la hermosa novela de Julian Barnes La única historia.

En este breve repaso impulsivo de expresiones literarias del amor, sé que dejo fuera infinidad de poemas, novelas, aforismos y cuentos de esta temática (¡por cierto, cómo no traer a colación el contra-amor de uno de los cuentos más crueles sobre una pasión amorosa que es el “El infierno tan temido”, de Juan Carlos Onetti —quizá un relato que le da la vuelta al calcetín del poema de amor de su amante herida, Idea Vilariño, quién sabe!—). Pero no quiero acabar sin citar la guía del amor “como texto que se lee en un cuerpo”, que es el fecundo ensayo de Roland Barthes Fragmentos de un discurso amoroso, un libro de una sutileza implacable.

A veces decir “te amo” suena raro, impostado, ridículo. Decirlo puede equivaler a no decir nada, en realidad, nos podemos ahorrar la frase, la sustituiremos por un gesto, siempre más eficaz. Sin embargo, buscando el contexto oportuno, noblemente oscurecido, decir “te amo”, y escucharlo, da un escalofrío, anuda una promesa, prolonga inesperadamente unos puntos suspensivos. Alejado de la sinceridad —el amor sincero huele a moho, dejémonos de inmadureces—, un “te amo” puede ser lo más próximo a la verdad que cabe imaginar, sobre todo si lo leemos en todas sus variantes, incluida la que nos hace sentirnos enamorados…, cuando nos pasa. Y pese al tiempo.

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