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Dos cabalgan juntos (y XXVI)

Con esta entrega Adolfo García Ortega y Ernesto Pérez Zúñiga, los dos escritores que han cabalgado juntos durante los anteriores XXV artículos, se despiden de la afición en general, que dijo Gil de Biedma. Pero no se van del todo. Regresarán en octubre con una nueva sección y una sorpresa. Ha sido un placer cabalgar con ellos.

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El budo de la amistad, Ernesto Pérez Zúñiga

Los japoneses llamaron budo al camino vital del samurái y, por extensión, al de cualquier persona que quiere progresar en la vida a través de un arte (marcial o espiritual). Para mí la amistad también es un budo, un camino que define una determinada manera de experimentar la existencia, un camino imprescindible sin el cual no podemos ser plenamente y que se inicia desde la infancia.

La amistad es la primera puerta hacia el inabarcable universo del otro, hacia la realidad, podría decirse, más allá del pequeño núcleo familiar en el que venimos a este planeta. Propongo narrar la historia de cada individuo a través de las incontables relaciones de amistad que vamos estableciendo desde la infancia a la vejez, amistades de diferentes grados pero todas ellas valiosas para empatizar, intercambiar, aprender y crear conjuntamente el tiempo que nos corresponde, ya sea en nuestra cultura y en nuestro país, o con cualquiera de las culturas y países con los que nos vamos encontrando a lo largo de los años.

"El camino de la amistad nos enseña desde la adolescencia a la adultez a experimentar esas energías indestructibles que llamamos valores"

La amistad sirve desde la niñez a la adolescencia para conocer puntos de vista o, mejor, dicho, puntos de vida impensables, para salir del cascarón de la casa e ir conquistando la calle, en conversación con el frutero; el colegio, con los compañeros de curso; el mundo de los adultos, gracias a la solidaridad que se despierta, por ejemplo, con ese tío lejano que vino del exilio.

El camino de la amistad nos enseña desde la adolescencia a la adultez a experimentar esas energías indestructibles que llamamos valores, la lealtad, la generosidad, el diálogo, el intercambio de ideas, la acción conjunta a través del trabajo, la creación o el juego; la amistad nos impulsa a conocernos a nosotros mismos, a conocer a los demás y a ponernos, literalmente, en el lugar del otro.

La amistad es ser otro en uno mismo. Y nuestro potencial de hacer amigos estriba, sobre todo, en nuestro capacidad de situarnos en la mente y en el corazón de otra persona. Cuanto mayor sea esa capacidad, el budo de la amistad será más provechoso y se multiplicará en hombres y mujeres de cualquier lugar y condición.

"El budo de la amistad supera el número de nombres propios que podemos recordar pero lleva tallado en el cuerpo la historia de un número pequeño de personas"

Decía que hay grados en este camino. Hay amistades ocasionales, que surgen en un punto del espacio-tiempo al que no se vuelve a tener acceso, amistades de época, amistades de lugar, amistades de equipo y de circunstancia, hay amistades breves, amistades débiles, amistades interesadas, amistades accidentales, amistades traicionadas y traicioneras, amistades fulgurantes llenas de enamoramiento y de decepción, amistades templadas, tórridas, distantes; amistades con maestría en una y otra dirección, amistades políticas, amistades eróticas, amistades fraternales e incluso amistades familiares, amistades maritales, amistades de una sola parte del camino, la amistad de los libros, la amistad de la música, la amistad silenciosa de la luna que dijo Borges que dijo Virgilio; y luego están los contados amigos íntimos, compañeros y compañeras de camino, con los que intercambiamos nuestra experiencia vital con constancia, transparencia, lealtad y el sacrificio que haga falta.

El budo de la amistad supera el número de nombres propios que podemos recordar pero lleva tallado en el cuerpo la historia de un número pequeño de personas, que nos responden y a las que respondemos, que nos corresponden y que son nuestra correspondencia cotidiana.

"La amistad es un camino que parece terminar con la muerte. Pero, para aquellos que recuerdan al amigo muerto, ni siquiera acaba en esa frontera"

Como en un diálogo de Platón, la amistad va creciendo en ese intercambio diario de comunicaciones que, apoyándose unas a otras, van sedimentando nuestra personalidad, nuestra biografía y aquello que aportamos al mundo. Poco aportaríamos sin la ayuda de nuestras amistades, sin el acceso que nos dan a esa intimidad multiplicada donde se concentra el secreto fragmentado de la existencia, y que solo se puede ir desvelando conjuntamente, amigo con amigo y paso a paso.

La amistad es un camino que parece terminar con la muerte. Pero, para aquellos que recuerdan al amigo muerto, ni siquiera acaba en esa frontera. El diálogo interno continúa en los que viven, en la huella amorosa que ha dejado cada amistad en nosotros. Canción de amigo se llamaba en la Edad Media a un pequeño poema en la que se expresaba la alegría por haber encontrado una persona a la que amar y y por la que ser amado.

La amistad es el mejor vehículo de la conciencia. Ese es el sentido al que se dirige este budo, el mejor de ellos. La amistad es un camino de vida, y la mejor manera de aprehender el mundo. 

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De la amistad, Adolfo García Ortega

Pocos privilegios hay como la amistad. Porque un privilegio es tener amigos y amigas y hacerles ver la importancia que sus personas han cobrado para ti y cómo esa importancia se mantiene en la reciprocidad, dejando que crezca el sentimiento real de que ese amigo o esa amiga son únicos. En esa suerte que te da la vida, la amistad se caracteriza por un derroche de generosidad. A los amigos se les da, no se les pide. Pero también, en ocasiones, se les puede pedir, y entonces uno se ve colmado por la generosidad del amigo.

La amistad se parece a un bosque en el que es difícil perderse. Todo en él es conocido y aceptado. Como llevados por una querencia de afinidades, vamos a él para permanecer en su frondosidad, su umbría, su acogimiento. Vamos al bosque de la amistad porque sabemos sus caminos, sus atajos, su claros y sus sonidos. La naturaleza de la amistad solo se entiende en la confianza mutua.

"Siempre se ha dicho, y con razón, que solo los amigos y amigas son elegidos por ti, la familia te viene impuesta"

Entre los amigos, uno proyecto su identidad en el otro desde una libertad que va abriendo barreras con el tiempo. Es el tiempo el que convierte a la amistad en un sentimiento profundo, donde al amor, el cariño y la complicidad crean unos nudos mucho más poderosos y firmes que cualquier otra vinculación sentimental, incluido el parentesco. Siempre se ha dicho, y con razón, que solo los amigos y amigas son elegidos por ti, la familia te viene impuesta. Cicerón, en De amicitia, escribe al respecto: “La amistad aventaja al parentesco por esto, porque del parentesco la benevolencia puede quitarse, de la amistad no puede; pues, quitada la benevolencia, se quita el nombre de la amistad, y permanece el del parentesco”.

Esa “benevolencia” a la que se refiere Cicerón —quien, por cierto, no era precisamente un dechado de benevolencia—es el rasgo de la elección, del querer bien a quien se ha elegido por afinidad.

En 1988 publiqué un cuento titulado “Dos amigos”, en el que refiero la amistad entre Michel de Montaigne y Étienne de La Boétie. Ambos se querían bien y se entregaban al placer de la compañía, aunque esa compañía, a veces, no fuese más que un largo, seguro y plácido silencio. Dice Montaigne que “el fuego de la amistad es un calor general y universal, que permanece templado e igual, un calor constante y asentado, que es todo dulzura y delicadeza, que no es ávido ni punzante en absoluto”. Y alude a esa sensación gratificante de la amistad que es el simple “estar juntos” que reconforta. La Boétie tenía veintiocho años cuando se conocieron y Montaigne veinticinco. Mantenían conversaciones “a propósito de todo y de nada”. Y me digo: ¿no son precisamente eso los Ensayos, un ir y venir por el diálogo con las ideas? De hecho, Montaigne reconoce en La Boétie —fino poeta y pensador sin temores— una fuente de introspección para concebir su obra magna por la que hoy es conocido, esos “ensayos” o “intentos” de explicación personal. La Boétie murió joven; fue en una noche de agosto de 1563 y Montaigne, que tenía la mano de su amigo entre las suyas cuando su amigo expiró, lamentó su muerte con desesperación y enorme tristeza. De aquel momento dejó este gran elogio de la amistad: “Si me obligan a decir por qué le quería, siento que solo puedo expresarlo contestando: porque era él; porque era yo”.

"En la vida, al final, puedes verte regalado por el don de tener muchos amigos. La amistad se cultiva, se cuida, se alimenta"

Vuelvo a Cicerón para ilustrar esta idea de Montaigne que se refiere a  la amistad como el espacio donde el yo alcanza su máximo nivel de expresión libre y, por tanto, de absoluta franqueza. “¿Qué más dulce -se pregunta Cicerón- que tener con quien te atrevas a hablar todas las cosas así como contigo? ¿Qué fruto tan grande habría en las cosas prósperas, si no tuvieras quien se alegrara con ellas igual que tú mismo? Pues quien contempla a un verdadero amigo, contempla como un retrato de sí mismo”.

En la vida, al final, puedes verte regalado por el don de tener muchos amigos. La amistad se cultiva, se cuida, se alimenta. La calidad y generosidad de tus amigos dicen mucho de ti: eres mejor persona si tienes amigos que son mejores personas. La bondad de los otros forja la tuya, en definitiva. Pero también es cierto que amigos íntimos suelen contarse con los dedos de una mano. Por lo general, son uno o dos tan solo. Y bien está que así sea, porque la amistad es una especie de “vida marital paralela”, reproduce y replica los hechos y experiencias de una vida amorosa al uso, y en este sentido, también en la amistad se suele ser monógamo (o polígamo con moderación, y perdóneseme el chiste), y también en la amistad existen los divorcios. Por eso, cuando un amigo querido desaparece, muere o se va de nuestras vidas, el vacío es enorme, porque es sin duda alguna una especie de amputación. Surgen entonces los recuerdos. Y en los recuerdos, en la memoria de todo lo vivido con el amigo o con la amiga, se acuna ese placer que da el paso del tiempo, que es el placer de la nostalgia. Cuando los viejos amigos se encuentran, celebran el gozo de estar juntos ojalá que para siempre, y a renglón seguido celebran los recuerdos que les unen. Esos recuerdos permiten mantener vivo, en un presente continuo, el paroxismo de la amistad, que es algo indefinible y que solo se entiende como la fijación sin fin de un sentimiento de querencia absoluta. Quizá porque, como decía Simone de Beauvoir sin perder esa sutil ironía que siempre tuvo, la vida sea “un momento pasajero de amistad eterna”.

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