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Dos horas después

Todos los entrevistadores o, al menos, los románticos que, como dijo García Márquez, consideramos que el de periodista, pese a la que está cayendo —y a la que va a caer—, es “el mejor oficio del mundo”, deseamos entrevistar a esos personajes que nos han inspirado, enseñado y/o sublimado a lo largo de nuestras vidas. Los que vivimos de hacer preguntas y de extraer respuestas tenemos un trampolín maravilloso para llegar hasta nuestros ídolos. He conocido a muchos de ellos, bastantes no me han defraudado y a algunos, incluso, los puedo catalogar como amigos sin caer en la exageración.

Sin embargo, siempre hay, como me contaba el maestro Vicent sobre Ava Gardner, alguna “corza mitológica, fugitiva, asequible e imposible” que se escapa, que se escurre, que no aparece después de haberte citado a una hora y en un lugar. Hasta no ha mucho, yo tenía dos ciervas de Cerinea: la primera, Jesús Quintero, a quien, después de tres años de persecución —legal, se entiende—, a Dios y a Raúl del Pozo gracias, conseguí entrevistar el pasado verano; a la segunda, que responde al nombre de Joaquín Sabina, no la he atrapado aún, no creo que la vaya a atrapar alguna vez, y no saben cómo me toca los cojones el asunto.

"Pasaron los años, terminé la uni, me metí en un piso, me convertí en un profesional mileurista de la información —no exactamente en este orden—, y Sabina siguió escabulléndoseme"

Todo empezó —¡¡¡BATALLITA!!!— hace trece años, cuando cursaba primero de Periodismo. Para un reportaje que se me ocurrió sobre el éxito, entrevisté a mi amada Concha García Campoy, al Gran Wyoming, y a dos o tres personas más de las que, discúlpenme, ahora mismo no me acuerdo. El jienense —si es que, encima, el tío es de Úbeda, copón— firmaba no sé si un libro, no sé si discos en la Fnac de Callao, y allí que me planté para pedirle una interviú. Me la concedió. No se llegó a hacer nunca. Tres o cuatro años después, coincidimos en el funeral laico de la edición de papel del diario Público, celebrado en el Ateneo de Madrid. Hice un pequeño discurso que rematé parafraseando a Lope: “Público es periodismo: quien lo probó lo sabe”. Al finalizar el acto, Sabina y García Montero me felicitaron por mi intervención. A ambos les solicité una entrevista. Los dos me dieron su “sí”. Al segundo se la hice, para un trabajo de clase, en el Café Comercial; al primero, cricrí.

Pasaron los años, terminé la uni, me metí en un piso, me convertí en un profesional mileurista de la información —no exactamente en este orden—, y Sabina siguió escabulléndoseme. Por ello, después de haber escrito no sé cuántas reseñas de sus discos, así como otras tantas crónicas de sus conciertos, me juré no dedicar una palabra más a este caballero… salvo que fuera en formato entrevista. Además, la indignación y la rabia me llevaban a pensar que yo, un giornalista precario y millennial, pondría condiciones a una superestrella de la canción de autor en español: la interviú tendría que ser presencial, durar un mínimo de tres cuartos de hora y, cómo no, el compay Jeosm se encargaría de las fotos.

"“Dos horas después” se convirtió en mi Ohrwurm, vocablo que utilizan los alemanes para referirse a esas canciones que okupan la cabeza de uno durante un periodo excesivo"

Este artículo, por tanto, es un perjurio. Lo que pasa es que unos versos no aptos para diabéticos que resultaron ser de Sabina me han tenido obsesionado durante toda la semana, y me apetecía escribir sobre la cosa. Hace unos días, le mandé a la Reina de las Espadas lo siguiente: “Tu espalda es el ocaso de septiembre, / un mapa sin revés ni marcha atrás”. El texto le gustó, claro, pero no supe decirle su procedencia. De primeras, pensé que pertenecía a Ángel González. Lo recordé a la salida del curro, cuando se me vino a la cabeza la melodía de “Dos horas después”, canción incluida en el disco Alivio de luto, que comienza así: “La tarde consumió su luego fatuo / sin carne, sin pecado, sin quizás, / la noche se agavilla como un ave / a punto de emigrar”. La letra la firmaban/firman el propio cantante y el poeta José Manuel Caballero Bonald.

“Dos horas después” se convirtió en mi Ohrwurm, vocablo que utilizan los alemanes para referirse a esas canciones que okupan la cabeza de uno durante un periodo excesivo y que no son desalojadas ni por MacGyver. La escuché quince o veinte veces y, durante horas, leí, releí y estudié su letra. Y, ya puesto, me puse a investigar sobre ella. En una información de El Cultural, me topé con unas declaraciones del poeta jerezano: “A Joaquín le escribí un bolero que se llamaba “Bolero de la botella vacía”. Él me dijo que lo iba a retocar un poco y al final se convirtió en “Dos horas después”, una canción muy fiel al original, pues conservó la preposición de”. Sabina, en un vídeo del canal de YouTube de Casa de América, señalaba al respecto: “Fueron unos versos que me mandó Pepe, que luego yo seguí para transformarlos en una canción. Pero no sé si queda mucho de lo que hizo Pepe. Lo que hizo Pepe, leído, es mucho mejor que mi canción cantada”. Carcomido por la curiosidad, pregunté al zendiano Miguel Munárriz, amigo del autor del Premio Cervantes 2012, si tenía acceso a ese original. Me remitió al poema “La botella vacía se parece a mi alma”. Prrr, error: hablábamos de cosas distintas.

Una nota al pie de la tesis doctoral Literatura y música en José Manuel Caballero Bonald, de Ismael Chataigné, me mostró el camino: el “Bolero de la botella vacía” había sido publicado en el número 242 de la revista Litoral, junto a su siamés sabinero, el “Bolero de la última resaca”. Éste último es, literalmente, “Dos horas después” desde el arranque de la pieza hasta la estrofa que termina con “y la espuela en la tasca de la esquina / y el vicio de olvidar”; el poema del autor de Descrédito del héroe es el siguiente —pongo en negrita los versos empleados en la canción—:

BOLERO DE LA BOTELLA VACÍA 

La noche ha consumido sus botellas
y nadie sabe ya la hora que es.
Han pasado los días como hojas
de libros sin leer. 

Tiene la vida algo de argumento*
que no se acaba nunca de entender,
la vida es una copa de ese vino
que no quita la sed. 

Tu cuerpo es como un verso encandilado
escrito con carmín en la pared,
sabe a licor y a luna retenida**
en la copa de ayer. 

Siempre acaba la noche cuando empiezan
las vacilantes ganas de beber.
La botella vacía es esa historia
que no termina bien.

Al sumergirme tanto en “Dos horas después”, me impregné de ella y, tomando su molde, escribí mis propios versos: “Tu boca es el lucero de la aurora, / un viaje sin retorno a Shangri-La, / una nube de azúcar que edulcora / un hongo nuclear”. Y, quizás por esto, confieso una especie de robo literario, cometo perjurio y, maldita sea, vuelvo a escribir sobre Sabina. Para darle las gracias. Sin saber, en realidad, del todo por qué.

Y sí, siguen faltándome huevos para ser Edipo.

*En la canción, “un lánguido argumento”.

**En la canción, “luna despeinada”.

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