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Los cuervos

Este texto debiera ser un resumen del curso de verano de la Complutense Novela histórica: el descubrimiento de España, celebrado en San Lorenzo de El Escorial del 27 al 31 de julio, dirigido por el periodista Antonio Pérez Henares, y en el que han participado, entre otros, Augusto Ferrer-Dalmau, Eva Díaz Pérez, Juan Luis Arsuaga o Emilio Lara —secretario de la cosa—. Sin embargo, antes de redactar la crónica de estas jornadas, bien por salud mental, bien por simple desahogo, voy a contarles un imposible que me ocurrió durante la madrugada del jueves, o eso creo, y que, desde entonces, golpea mi cordura de un modo cansino, implacable y acelerante, pum, pum, pum, como aquel romano capullo que, con dos mazas, marcaba el ritmo de las bogas en la galera de Ben Hur, buscando la extenuación de los galeotes.

La acción transcurrió en la habitación 306 del Hotel Miranda Suizo —sito muy cerca del Real Monasterio que mandó construir Felipe II—, donde me alojaba, y, como ya he dicho, durante la madrugada del jueves. El reloj daba la una y pico; el termómetro, obsceno, exhibía los veintimuchos grados. De haber resucitado el santo que da nombre al municipio, hubiera sido martirizado de nuevo en una parrilla, eso sí, ahora meteorológica. En estos días, intentar dormir ha sido una hazaña digna de los trabajos de Hércules. La hidra de Lerna reapareció metamorfoseada en un insomnio abrasador, y decidí decapitar al monstruo recurriendo a uno de mis enemigos más terribles: el aire acondicionado.

"Me hallaba tan a gusto en mi casa okupa onírica cuando fui desalojado por una ruidosa sucesión de extrañas y estridentes carcajadas"

Así pues, cerré las ventanas, puse el aire a 26 grados —para evitar los catarros inherentes a estos aparatos— y me quedé sopa. A la media hora, me desperté tiritando. Quité el aire, abrí las ventanas, me dormí otra vez y, al poco, me desperté envuelto en una túnica de sudor. Puse el aire a 28 grados, me sobé, me desveló un estrangulamiento etéreo, seco, artificial y asesino provocado por el aire, lo apagué, etcétera. La solución la encontré a eso de las tres, renunciando definitivamente al diabólico invento de Willis Haviland Carrier y acudiendo al Spotify. Me puse a escuchar, con el volumen muy bajito, una lista de reproducción que tenía/tiene por nombre “Sueño profundo”. Cuando sonaba la cuarta canción, ya compartía piso patera con Morfeo.

Me hallaba tan a gusto en mi casa okupa onírica cuando fui desalojado por una ruidosa sucesión de extrañas y estridentes carcajadas. Me negué a abrir los ojos, con la esperanza de que el bullicio se interrumpiera. Todo lo contrario: la algarabía iba a más y, conforme pasaban los minutos, fui consciente de que lo que en realidad escuchaba no eran risas, sino graznidos. Abrí los ojos. Giré la cabeza a la derecha, cogí el móvil. Eran las 5:35. Bufé. Miré al centro de la habitación: la ventana, abierta de par en par, me ofrecía una postal en la que un cuarteto de cuervos, del tamaño de mastines, graznaba con la intensidad de un tertuliano purasangre, si bien de un modo más melodioso. Me incorporé, me asomé y empecé a chistar a los córvidos. Estos me respondieron altivos, con un craj-craj-craj que, traducido al español, venía a significar: “Ahora te vamos a joder el doble. Y con refuerzos”. Al instante, se les unió un mochuelo ululando y un coro chirriante, cuasi infantil, de gorriones, golondrinas y vencejos. Me llevé las manos a las sienes, inspiré, expiré y, justo cuando me disponía a chillar un “¡¡¡¡callaos de una puta vez!!!!”, una voz serena, grave y profunda, me dijo: “Tranquilo, chaval. Cierra la ventana y enciende el ordenador. Tenemos trabajo”. Miré a la izquierda de la habitación y sí, no sé cómo, pero ahí estaba sentado, ante un majestuoso y reluciente piano Fazioli, vestido con un traje negro de Chris Kerr, mi músico vivo favorito: el mismísimo Nick Cave.

—¿Eres quien creo que eres? —le pregunté.

—Yo soy el que soy.

—¿Y qué haces aquí?

—Sé lo del muro.

Rebañé las últimas horas del día de santa Marta paseando con la Reina de las Espadas por la Lonja del Monasterio. Cuando llegamos al final de la explanada, me acerqué a una pared —me dicen que correspondiente a la Casa para destilar aguas, aunque no estoy del todo seguro— y la toqué con el espíritu de los niños que, jugando al escondite, proclaman que se han salvado gritando “casa”. La Reina me brindó una sonrisa atómica, como originaria del primer día de la Creación. Le pregunté el porqué de ese resplandor y me contestó que es habitual tocar esa pared, cerrar los ojos y pedir un deseo. Con una instantánea fe del converso, eso hice. De mi parida mental sobre el escondite no dije ni mú.

—No pedí —le dije a Cave— nada que tuviera que ver contigo.

—Sé perfectamente lo que pediste —respondió.

Se puso a tocar “Idiot Prayer”. Cuando llegó al verso de “el amor, querida, es estrictamente para los pájaros”, todas las aves enmudecieron.

"Desde hace semanas, padecía/padezco una necesidad voraz e irracional de escribir algo por/para/sobre la Reina de las Espadas"

Por pudor y, lo reconozco, por no violentar la absurda ley de la superstición, no les diré cuál fue mi deseo, aunque sí que les enseñaré, digamos, uno de sus tobillos. El que me señaló Cave, de hecho. Me explico: estaba seguro de que para llegar a puerto debía, entre otras cosas, reactivar mi escritura. Llevaba sin publicar un texto en condiciones desde primeros de julio. Sucede que las altas temperaturas siempre han acogotado mi inspiración literaria. Si a eso suman la tensa sensación de estar siendo acechado por el maldito coronavirus, el asunto se complica: las palabras no brotan y, las que lo hacen, son carne de sumidero.

—Escribe sobre esos cuervos —me ordenó el líder de los Bad Seeds—. Mira en tu bolsa de viaje. Igual puede servirte de algo ese material, aunque no debiera serte necesario.

Del macuto saqué un ejemplar de los Cuadernos de campo de Félix Rodríguez de la Fuente dedicado a los córvidos, el tomo decimoctavo de la Enciclopedia Salvat de la Fauna y una Biblia. Cuando empecé a ojear/hojear el material, Cave interpretó “Mermaids”, una de mis canciones favoritas del maravilloso álbum Push the Sky Away. Y entendí, por fin, cuál era la misión que el australiano tenía para conmigo.

Rebobino un momento: hace cuatro años, en mi poemario Aterrizaje forzoso, publiqué un soneto llamado “El creyente” en el que decía que creía en idioteces, charlatanes y dogmas ridículos debido a que me había topado con una chica tan bella que no podía existir en el mundo real. Esa mujer nunca existió. En realidad, esos versos no tuvieron más inspiración que “Mermaids”, pieza en la que Cave emplea la misma fórmula (“Creo en Dios, / creo en las sirenas también, / creo en 72 vírgenes encadenadas (¿por qué no, por qué no?), / creo en el Rapto / desde que vi tu rostro”) que yo luego le birlé descaradamente (“Creo en la última dieta milagrosa, / en el vicio oculto de la novicia, (…) Creo en todo eso… desde que te he visto”).

"Decidí, pues, sumergirme en el cancionero de Cave en busca de algún hallazgo lírico que me sirviera como punto de partida, que me descubriera una vía por la que transitar"

Volvamos al presente. Desde hace semanas, padecía/padezco una necesidad voraz e irracional de escribir algo por/para/sobre la Reina de las Espadas. Expuesto así, la idea suena de lo más pueril pero, ¿qué quieren? Hay quienes ligan petándose en un gimnasio y quienes lo hacemos tirando de pluma y papel. La infalibilidad no está garantizada, pero el método ha dado algún que otro fruto interesante. Escribí, decía, “El creyente” sin más musa que la canción de Cave; ahora, la musa era orgánica, cenaba conmigo, se embadurnaba las manos con gel hidroalcohólico y desmontaba, entre risas, mis tretas más cursis. Había un objeto —en el sentido de “Fin o intento a que se dirige o encamina una acción u operación”; ahórrense las acusaciones de cosificación de la mujer y derivados— sobre el que escribir. Y qué objeto. Problema: con cuarenta grados de temperatura y la covid-19 patrullando, mi originalidad, mi instinto y mi nervio estaban enchironados en el castillo de If.

Decidí, pues, sumergirme en el cancionero de Cave en busca de algún hallazgo lírico que me sirviera como punto de partida, que me descubriera una vía por la que transitar. Exprimí canciones como “And No More Shall We Part”, “Bright Horses”, “Shoot Me Down” –la que más me estremecía de todas– y, sobre todo, “Palaces of Montezuma”, de la etapa Grinderman. Esta pieza se la dedicó el australiano a su esposa, la diseñadora Susie Bick. En ella, canta que le conseguirá cualquier cosa que le pida —la médula espinal de Kennedy, los Jardines de la Tumba de Akbar, enanos esclavos…— a cambio del “precioso amor” que le mantiene en pie. Terminé haciendo una versión de su letra que, en principio, me pareció libérrima; a la tercera revisión, me pareció un plagio flagrante, la mandé a la Papelera de reciclaje y, al segundo, la vacié.

—Escribe sobre esos cuervos —me dijo Cave.

—“Volverán los oscuros cuervos / a sacarte los ojos por la noche…”. ¿Tú quieres que me mande a la mierda, verdad?

—Deja de quejarte y escribe sobre esos putos cuatro cuervos.

Se marcó una interpretación prodigiosa de “Straight to You”.

Según rezaba el cuaderno de Rodríguez de la Fuente, el cuervo (Corvus corax) tiene una altura de 51-63 centímetros, una envergadura alar de 117-136 centímetros y pesa entre 1.000 y 1.400 gramos. Me mosqueó que, justo al lado, el naturalista describía a la corneja negra (Corvus corone corone), que tiene una altura de 45-46 centímetros, un peso de 450-550 gramos y una envergadura alar de 92-100 centímetros.

Me surgió una duda: ¿y si los pajarracos que me despertaron no eran cuervos, sino cornejas?

"El cuervo es posiblemente el ave que tiene una inteligencia más desarrollada, y así ha conquistado casi todos los biotopos imaginables"

Huí hacia adelante y hojeé unas páginas del tomo 18 de la Enciclopedia de la Fauna, en las que se decía que los córvidos “son en el mundo de las aves lo que los primates en el mundo de los mamíferos, pudiendo compararse el cuervo con el propio Homo sapiens en lo que se refiere a la capacidad de adaptación a los más diversos medios y al utilitarismo en la explotación de todos los recursos para obtener los más variados alimentos. (…) El cuervo es posiblemente el ave que tiene una inteligencia más desarrollada, y así ha conquistado casi todos los biotopos imaginables. Se le puede encontrar tanto en los helados paredones del gran norte como en los bosques de las llanuras e incluso en los cantiles del desierto. Su gran inteligencia le permite sobrevivir en los medios más adversos”.

De la lectura de la Biblia, anoté el episodio del cuervo que soltó Noé cuando finalizó el Diluvio Universal. Me llamó la atención que el Levítico declarara a la especie abominable y que, según el capítulo 17 del Primer Libro de los Reyes, estos pájaros fueran elegidos por Dios para alimentar al profeta Elías.

¿Dónde carajo iba yo con esto?

"Entonces, Cave comenzó a interpretar “Jubilee Street” y yo, sin apartar la mirada del ¿milagro?, escribí del tirón un texto nuevo"

Guardé los libros, me asomé a la ventana y, donde hacía escasos minutos incordiaban los cuervos, vi a la Reina de las Espadas, como una cariátide de fuego. En sus ojos vivísimos estaban el Big Bang y el Renacimiento, el vellocino de oro y la piedra filosofal, el caldo primigenio y Eva, la Atlántida sumergida en un mar de Campari y el Dorado rodeado por una muralla salvaje de esmeraldas, Hipatia custodiando la Biblioteca Vaticana y Juana de Arco combatiendo contra el Estado Islámico en Palmira, la zarza que no se consumía en el Sinaí y Afrodita, el Espíritu Santo y el bosón de Higgs, las nueve musas y la Teoría del Duende, la Venus de Willendorf y el Éxtasis de Santa TeresaBetsabé y Ginebra, Beatrice Portinari y La Maga. Entonces, Cave comenzó a interpretar “Jubilee Street” y yo, sin apartar la mirada del ¿milagro?, escribí del tirón un texto nuevo. El australiano se motivó en exceso cuando cantaba “¡Me estoy transformando, estoy vibrando, mírame ahora!” y el vecino de al lado dio unos golpes en la pared. En cuanto Cave ejecutó el último acorde, la Reina se largó en un caballo de un blanco fosforescente que volaba pese a no tener alas. Cuando ocurrió esto, el cantante bajó la tapa del piano y dio por concluida su sesión. Le echó un vistazo a mis versos, hizo una mueca de asentimiento y se despidió con un lacónico “hasta pronto” y una media sonrisa. En cuanto se piró, me metí en la cama y dormí un rato. Desperté y el piano ya no seguía allí.

A las 8:30, coincidí en la cafetería del hotel con mi amigo Emilio Lara y su mujer, María José. Les conté que había pasado una noche horrorosa por culpa del caloramen y de los malditos cuervos con complejo de Pavarotti. De mi sueño con Nick Cave no solté prenda, aunque mi admirado compadre zendiano me quebró las rodillas de la razón al preguntar: “Oye, ¿y no has oído al tío que se ha tirado hora y pico tocando el piano? Menudo zumbao”.

Regresé a mi habitación, encendí el portátil y, en el centro del escritorio, había un archivo de Word que se llamaba “La sal de la Tierra”. Lo abrí, lo leí —o lo releí, yo ya no sé— y pensé: era esto.

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