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María Martínez Bautista o el elogio de la lentitud

María Martínez Bautista o el elogio de la lentitud

Una mano izquierda. Una octogenaria mano izquierda. “No se puede hacer más lento”. Sobre el tapete los naipes alternados en colores (rojo, negro, rojo, negro, rojo, negro) se separan como acaso lo hacen el agua y el aceite. Tras ello el mago, el anciano mago manco, contempla el milagro en los ojos de su público. Y lo dice: “No hay nada más obnubilante que la verdad”.

Verdad en tempo lento. Una voz pianissimo que fluye como lo hacían las cartas entre los dedos del argentino René Lavand, para obrar lo imposible, para narrar lo inenarrable. La vida, de pronto, en las 52 cartulinas de una baraja. O en los 74 poemas que llenan las páginas de un par de libros. Qué más da.

“Me cuesta mucho escribir. Siempre rondan por mi cabeza imágenes y sensaciones que no logro plasmar con palabras (…) No sé “sentarme a escribir”, no considero esto un trabajo, sino algo que me ocurre, que se va gestando lentamente mientras yo sigo con mi vida normal, hasta que un día no puedo evitar dejarlo escrito”. Entonces, el prodigio: el poema fluye —así brotan las manos del prestidigitador, también— y se conforma, y toma peso y es real. Y uno lo lee o lo contempla y vive, y vive más fuerte, un poco más todavía.

"Le cuesta escribir, no actúa por costumbre ni halla normas que la obliguen a ejercer el oficio, las palabras vienen despacio y la magia las ata a las imágenes que se le atoran a la altura del pecho"

Son dos los libros que María Martínez Bautista ha entregado a imprenta hasta el momento. Primera noche en las ciudades nuevas (Monosabio) apareció hace ya 7 años, cuando la poeta hija de poetas cumplía veintidós. Alumbró un poemario para una colección de prosa, un conjunto de críticas pictóricas con vocación lírica: poemas impresionistas destilados por el azar luminoso de lo que otros llaman musas. Ya lo dice la escritora en el prefacio del volumen —y ya lo has leído tú en este texto—: le cuesta escribir, no actúa por costumbre ni halla normas que la obliguen a ejercer el oficio, las palabras vienen despacio y la magia las ata a las imágenes que se le atoran a la altura del pecho. No se puede hacer más lento.

No hay impostura en sus acciones. Los lectores de María Martínez Bautista tienen dos libros con su firma porque la autora no ha escrito más —apenas nada más—: “No me tomo la escritura como algo que alguien esté esperando, la poesía no la espera casi nadie, por lo que no hay prisa por producir nada que tenga contentos a los lectores”, reconoce la madrileña al micrófono del teléfono.

Tal vez por eso, y porque no encuentra necesidad de compartir cada texto con inmediatez para lamer el néctar de una crítica halagadora, “qué más da tardar diez años en cerrar un libro”. Eso le lleva a dedicarle —y es habitual— cada ciclo de 365 días a un par de poemas. Así las estaciones van cayendo como caen las hojas del calendario mientras Martínez Bautista precisa una vez más los versos para escribir esas imágenes que la vida le impone. Para que salgan cosas como esta. Que alguien se atreva a quitar un verso:

MI SOMBRA Y YO ALARGADAS

bajo el disco solar que se desploma;
oscuras, invisibles
si se cierra la noche;
nuevas, mi luz y yo
cuando comienza el día.

Mis pasos me conducen hacia mis propios pasos,
mis gestos son espejo de mis gestos,
lo que digo lo he dicho ya mañana.
Los altísimos ojos de párpados inmóviles
de las casas conocen mis horarios.
Los que me observan siempre son los mismos.

Hay algo ritual en la rutina:
el drama de la muerte cada noche,
el renacer en las acciones mínimas,
el regreso al lugar del que venimos.
Y el nudo del deseo
que es nuevo cada vez
y es invariable.

Mi vida es imitación de vida
y recreación de muerte
y volver a tus brazos.
Allí el tiempo y el mundo flotan lejos:
islas soñadas en la duermevela. 

LA ELEGANCIA ES EL GESTO

“Lo que escribo es la huella de una sombra o el rastro ya borrado del vuelo cegador de los cometas. No es ni siquiera el sol de los eclipses. Ni lo que queda cuando tú te marchas”.

Ese texto, impreso en la octava o novena página de Primera noche en las ciudades nuevas, podría no ser un poema, aunque lo es. El libro es el resultado de la recopilación de unas reflexiones cazadas al vuelo por la escritora, que durante un tiempo las publicó en un blog en el que pretendía hablar de arte, “pero no se puede escribir sobre Arte sin escribir sobre la vida”. Esas prosas poéticas, algunas más viscerales y otras con mayor cuerpo “y hasta medidas”, cierran un primer libro que costaría imaginar lejos del concepto de obra estructurada, cerrada.

"Las palabras se ordenan y conforman un conjuro que hacen tangible la piel de la poeta, pequeña mujer de piel blanquísima, con ojos escapados en constante búsqueda"

Galgos (La Bella Varsovia, 2018) sí es un título que la propia autora considera como enteramente poético. Y aunque no se trata de un poemario conceptual, sino de “una colección de todo lo escrito desde los 17 hasta los 27 años”, sí hay un todo común, una vertebración, la armonía del rojo, negro, rojo, negro, rojo, negro. Allí está, sobre el mantel blanco de la página, breve y silencioso, de sutil cadencia.

La ciudad y la calle, el amor y la muerte son Arte que abraza al Arte en los poemas. Los padres, de pronto, duermen una siesta que interrumpe el mugido de unas vacas huidizas, temerosas del correr estético del galgo; un geógrafo escucha la voz de David Bowie frente a una ventana en la que observa cómo dos ancianos conocen lo que hay cuando no hay nada; las manzanas de Teresa son lección de vida y Nástenka abraza a Dante en un Milán que es la primera piedra de este libro de vorágine discreta.

Barajas cada naipe —las cartas tienen ahora nombres de poemas— y muestras la que queda más al lomo. Antes era VACAS, pero ahora tal vez sea PARA ELISA quien revolotea entre las manos:

Nunca supe escribir sobre la muerte.
Pero el mundo ha llorado
dentro de ti y fuera de tu casa
desde que el sol se puso a medio día.
Supongo que es la música callada,
la que canta en las tumbas,
la que canta en las ruinas, la que rige
el baile blanco de los hospitales,
la misma que te está rajando el alma.

Ahí, en ese libro leve está todo. Las palabras se ordenan y conforman un conjuro que hacen tangible la piel de la poeta, pequeña mujer de piel blanquísima, con ojos escapados en constante búsqueda. Tiene, María, una voz segura cuando aborda los porqués que patentizan su poesía: “Para mí es algo muy inevitable, no me siento a escribir, no busco ponerme a escribir, sino que el poema llega”. Unos segundos de silencio. “Vas andando y empiezas a enlazar versos de manera casi inevitable”.

Los versos también dialogan con el arte, que es el lugar en el que María Martínez Bautista ha decidido levantar los cimientos de su hogar: “Lo que más me humaniza de alguna manera es mirar”. Uno se imagina a la poeta perdiendo/ganando el tiempo ante sus telas predilectas, muchas de ellas del Renacimiento y firmadas por Rafael, Paolo Uccello, Carlo Crivelli.

La mujer que es María contempla el cuadro, se pierde en esa historia de pigmentos y trazos. Vuelve a casa —¿es ya de noche?— y de camino le asalta una imagen a la que ha de poner palabras. Espera. Pasa el tiempo y ella espera con la sombra espontánea rondándole los sueños. Hasta que llega el texto, susurrado tal vez en su oído por Georges de la Tour, en esta ocasión:

El recién nacido

Muy pocos pintores han conseguido representar un bebé tan real y el temblor de una madre al sostenerlo quizá por vez primera. Con los ojos le dice: “Duerme. No importa si la vela se consume, que yo te velaré toda la noche. Tu luz es suficiente en la hora negra”.

"En sus poemas, María Martínez Bautista muestra sin miedo el esqueleto de su alma, al que ella ya se ha enfrentado antes en la soledad, con ojos ciegos"

Esta es su voz: “Puedo pasar horas metida en un cuadro, dándole vueltas a los gestos, a las pinceladas, eso es lo que me lleva a la reflexión, hay una especie de identificación con ese material que luego plasmo a través de la palabra”. Porque —y ahora son algunas líneas que ha dejado escritas— “el poema es la prolongación de lo real. No porque sea verídico, ni objetivo, ni siquiera realista. Lo es porque nace de un impulso cierto. De la nube de imágenes de una mente real. No existe el artificio. No existen las metáforas. Por eso si yo digo que las gotas de lluvia son agujas, se clavarán sobre el que esté debajo. Se quedarán vibrando en los paraguas”. Ya lo ven, es otra clase de magia.

En sus poemas, María Martínez Bautista muestra sin miedo el esqueleto de su alma, al que ella ya se ha enfrentado antes en la soledad, con ojos ciegos por una tristeza vulgar e inmensa, con la triste sonrisa de los galgos, “que perdonan humildes, superiores, / el lazo de la orca / y las púas del hambre”. Lo hace porque es inevitable, porque la poesía se ha impuesto a todo y se ha convertido, de algún modo, en un lenguaje místico y misterioso, pero tan obnubilante como la verdad.