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El Abominable Hombre de las Nieves

El Abominable Hombre de las Nieves

Sabemos que Holmes visitó el Tíbet comisionado por el gobierno británico utilizando el nombre de Sigerson, de nacionalidad noruega, pero esto nos sigue dejando una pregunta sin responder ¿Por qué el regente, «el gran lama», fue contra todas las tradiciones e invitó a Holmes a Lhasa? Esta pregunta se la formula Baring-Gould y la respuesta la obtiene de la holmesóloga  Winifred M. Christie, quien asegura que el regente conocía la verdadera identidad de Holmes y lo invitó para que descubriera la verdad sobre una criatura a la que los nativos conocían bajo el nombre de «metohkangmi», que se ha traducido como «Abominable Hombre de las Nieves».

"Al detective se le facilitó un salvoconducto para visitar los tres monasterios más importantes del Tíbet (Ganden, Sera y Drepung) y también pusieron a su disposición los más acreditados guías"

El viaje fue accidentado, ya había comenzado la estación de los monzones, y todos los días les acompañaba una fuerte lluvia. Este clima húmedo favorecía la aparición de sanguijuelas de todos los tamaños. Las había del grosor de un alfiler hasta algunas terriblemente gruesas que sorbían enormes cantidades de sangre de las caballerías. Aquí, en estos lugares, es donde debió acontecer el caso de la sanguijuela roja.

Respecto al hombre de las nieves, esta criatura no fue conocida hasta 1921, cuando los miembros de la primera expedición al Everest vieron sus huellas a 6.700 metros de altura. En aquellos tiempos nadie lo había visto, ni de cerca ni de lejos. Eran solo sus extrañas huellas y las leyendas que suscitaban las que producían inquietud a los expedicionarios, y Holmes era el mayor experto en huellas. Con estos datos la invitación estaba plenamente justificada.

Al detective se le facilitó un salvoconducto para visitar los tres monasterios más importantes del Tíbet (Ganden, Sera y Drepung), y también pusieron a su disposición los más acreditados guías. Dos de ellos con inmejorables estudios universitarios cursados en Oxford y Cambridge.

"El detective demostró bastante interés por el tema y le rogó al guía que lo llevara a la entrada de esa cueva. Una vez en ella escucharon los graznidos parecidos a los de las gaviotas"

En las agendas de campo que había dejado Francis Richard Burton en La Meca y que a la vuelta serían rescatadas por Holmes había interesantes dibujos de un “animal” desnudo y erguido que tenía toda la apariencia de un ser humano, de cráneo puntiagudo, y del que se especificaba que emitía gritos semejantes a los de las gaviotas. Sabemos que Burton dejó también un pequeño paquete que posiblemente aclare algunas cosas más, pero el detective tenía instrucciones de no abrirlo porque estaba dirigido a la Real Sociedad Geográfica Británica. Según las agendas había seres de dos clases: los que habitaban en el Tibet y en Sikkim y los que vivían en Nepal. El alpinista español Cesar Pérez de Tudela aseguró haber visto uno en el Himalaya y otro al descender del ¿Annapurna…? Según uno de los guías —un famoso matemático tibetano— esos seres procedían de otro planeta y su nave se había estrellado en la cumbre del Everest.

Una noche junto a un fuego de campamento le comentó a Holmes que eran muy inteligentes, pero que no había encontrado el modo de establecer contacto con ellos para demostrar su teoría. También le comentó que muy cerca de donde se encontraban existía una cueva que albergaba a cinco ejemplares bajo las órdenes de un gran maestro.

El detective demostró bastante interés por el tema y le rogó al guía que lo llevara a la entrada de esa cueva. Una vez en ella escucharon los graznidos parecidos a los de las gaviotas y Holmes le dijo al guía que sólo había una forma de saber si eran inteligentes. Arrodillándose en el suelo, trazó en la nieve con su dedo el esquema clásico del teorema de Pitágoras. La demostración que hizo el detective se basaba en la utilización de proporciones, y una proporción es un número racional.  El detective rogó a la providencia que no nevara esa noche, y parece ser que la providencia lo escuchó.

A la mañana siguiente regresaron a la puerta de la cueva y se encontraron con unos extraños signos a la entrada. Junto a los trazados por el detective, se había dibujado con gran maestría la demostración de Euclides. Holmes tomó nota de todo en su cuaderno de campo para entregársela a Mycroft. De estos hechos no se comentó nunca nada, igual que ocurre con el misterioso paquete que Burton dejó en La Meca y que también descansa en la Real Sociedad Geográfica Británica.

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