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Las cataratas de Reichenbach

Las cataratas de Reichenbach

Tal y como Moriarty había anunciado, Holmes recibió tres peligrosos avisos para que modificara su actitud respecto a su persona, pero como el detective no quiso ceder ante ningún sucio chantaje recibió una carta en la que lo citaba en cierto lugar del continente para mantener un duelo que acabaría con uno de los dos. Todos sabemos lo que ocurrió, y no merece la pena volver a escribir sobre el tema, pero tenemos conocimiento de que en su día la policía suiza realizó una serie de interesantes indagaciones sobre el terreno, con la mayor pulcritud, como es normal en todo lo que hacen los suizos, y parece oportuno que hagamos algún comentario al respecto.

"Cuando Watson llegó a la posada se enteró de que el mensaje era una trampa y regresó de nuevo a las cataratas, encontrándose con el bastón de caminante de Holmes"

Para empezar, los eruditos en el tema no se ponen de acuerdo sobre la existencia del tren que Holmes denomina «Continental Express». Christopher Morley afirma que tomándolo en Canterbury con dirección a Newhaven el «viaje se hace tedioso», pero Holmes y Watson hicieron lo previamente planeado.

También hay que añadir que no tenían demasiada prisa, puesto que había tiempo de sobra para acudir a la cita con Moriarty y querían tomárselo con calma. El día 3 de mayo llegaron a la idílica aldea  de Meiringen y se alojaron en el «Englischer Hof». Por consejo del posadero, Peter Steiler, salieron el día 4 por la tarde con intención de disfrutar del paisaje y pasar la noche en Rosenlaui. Pero antes quisieron desviarse un poco, siguiendo la sugerencia de Steiler, y ver las famosas cataratas de Reichenbach. A medio camino, Watson recibió una nota del dueño de la posada en la que le indicaba que había una dama inglesa muy enferma en su establecimiento y le rogaba que regresase para auxiliarla. De común acuerdo ambos amigos decidieron que volviera Watson y que Holmes continuase solo. Daba la impresión de que todo estaba planeado para que los dos enemigos se enfrentaran en la más absoluta soledad y en un grandioso escenario, sin molestos testigos que luego pudieran narrar la verdad a medias o tergiversarla a su antojo. Cuando Watson llegó a la posada se enteró de que el mensaje era una trampa y regresó de nuevo a las cataratas, encontrándose con el bastón de caminante de Holmes y el brillo de una pitillera de plata que sujetaba la triste nota de una despedida final.

"Los cuerpos se hundieron pero no emergieron nunca"

Las Cataratas de Reichenbach conforman una torrentera escalonada de aproximadamente 250 metros de largo, siendo la caída final de unos 120 metros. Las aguas se precipitan con una fuerza inusitada y al chocar contra el fondo se convierten en una nube de vapor que desdibuja el paisaje. Pero el pozo profundo que con el tiempo han ido horadando las aguas crea un lecho que es capaz de amortiguar cualquier caída. Al final, el sobrante termina engrosando el caudal del río Aar y una corriente más tranquila hubiera podido llevar los cuerpos hasta el lago Brienz.

Los expertos suizos que, con su espíritu práctico, buscaban encontrar una respuesta a la misteriosa desaparición de los cuerpos de los dos extranjeros, decidieron utilizar unas cordadas para deslizarse con el equipo adecuado por las paredes de la torrentera. Inspeccionaron minuciosamente, palmo a palmo, las abruptas rocas en busca de algún rastro, bien fuera de tela o de cualquier otro elemento que les pudiera dar una respuesta, por pequeña que fuese. Todo resultó inútil, y por fin decidieron confeccionar dos muñecos de madera y tela que semejaran las efigies de Holmes y de Moriarty. Obtuvieron datos relativos a su peso y estatura por todos los medios disponibles, incluyendo el de aquellas personas que los habían conocido en vida. Sobra decir que los miembros de los muñecos estaban articulados bajo estricta dirección médica y mecánica. Hasta intervino el maestro mayor de relojeros suizos para que nada se dejara a la imaginación.

Una vez terminados y perfectamente equilibrados, y también vestidos, los enzarzaron hábilmente en una especie de pelea imaginaria, arrimándolos a una de las barandillas de protección de la catarata. Entonces, quien dirigía las operaciones se alejó con unos prismáticos y dio con una señal de su mano la conformidad para que los dos muñecos fueran arrojados por encima de la tabla de protección, simulando que perdían el equilibrio. Los cuerpos se hundieron pero no emergieron nunca. A partir de aquí cada lector es muy libre de pensar lo que quiera.