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El gran hiato

«El gran hiato» es la frase sherlockiana que da nombre al período de tiempo durante el cual Sherlock Holmes desapareció de Londres. Es decir, desde la primavera de 1891 hasta la de 1894. En esos tres años se le dio por muerto y sus incondicionales seguidores se lamentaron amargamente de su pérdida. Había sido un icono del Imperio.

Hay quienes aseguraron que Holmes no murió en las cataratas de Reichenbach, y pensaban de una manera consoladora y bien intencionada que todo era un montaje del Gobierno Británico, que el detective tenía que cumplir una misión en beneficio de su país y necesitaba tiempo para llevarla a buen término. Otros afirmaban que estaba cansado y necesitaba un cambio de aires. Y la más llamativa de las teorías era la que afianzaba la hipótesis de que él y su enemigo habían convenido una tregua y decidieron aplazar para más adelante sus diferencias. La opinión generalizada fue que en un marco escénico de verdadera magnitud los dos contendientes cayeron al vacío y según los suizos no existían pruebas de que ninguno de los dos hubiera muerto en la caída.

"De momento se podían dejar las cosas como estaban y darle tiempo a Holmes para que realizara las gestiones que tenía encomendadas"

Nunca sabremos lo que pasó en realidad, pues existen muchas teorías al respecto, tan extravagantes que ni siquiera merecería la pena comentarlas aquí, porque hubieran sembrado en nuestro espíritu una estimulante inquietud. Pongamos un ejemplo: Ronald Arbuthnott Knox, estudiante muy distinguido de Eton (hasta el punto de que todos sus estudios los realizó con becas) y a quien se puede considerar el primer analista que examinó y analizó en profundidad todos los relatos de Sherlock Holmes, opinaba que Mycroft era un agente doble que intercambiaba información con Moriarty y con Holmes, y lo acusó de ser un «topo». Hasta cierto punto no parece descabellada esta opinión, pues Knox era un verdadero genio en lo que respecta a las historias del detective. En su día recibió una carta firmada por Watson y su agente literario Conan Doyle. No sabemos el contenido de la misma, pero es evidente que no se hubieran molestado en escribirla si no tuvieran serios motivos para darle la razón o quitársela, no existía término medio. Se puede decir de Mycroft, que era parte muy importante del gobierno británico, por no decir que era propiamente quien lo dirigía, no podía ignorar la enorme influencia de Moriarty en el hampa londinense. Es de suponer que contaría con cientos de personas a sus órdenes, mientras que Holmes solo tenía al bueno de Watson, sus «irregulares» y la recientemente conseguida colaboración de la «Sociedad de Mendigos». Esta anomalía la compensaba Mycroft equilibrando la balanza con todas las fuerzas e influencias de las que disponía, pero lo mismo que dirigía el gobierno también lo hacía en el más absoluto secreto con las disputas de su hermano con Moriarty. De momento se podían dejar las cosas como estaban y darle tiempo a Holmes para que realizara las gestiones que tenía encomendadas. Entre ellas había una muy importante que consistía en recoger de La Meca un pequeño paquete y varias agendas de campo, con dibujos, que había dejado abandonadas el famoso explorador Richard Francis Burton en 1853. Habían pasado treinta y ocho años de aquello.

"En el supuesto de que Holmes estuviera vivo sabía perfectamente dónde tenía que dirigirse"

Ya conocemos el carácter tenaz de los ingleses y su interés en mantenerse en la cima, a toda costa, de las claves del conocimiento humano. Sabían que Burton dominaba más de 29 lenguas y algunos extraños dialectos, y que mantenía bajo su tutela un grupo de monos domesticados con el único objeto de aprender su lenguaje. También sabían que en uno de sus misteriosos viajes, en el que se tuvo que circuncidar por propia seguridad, había conseguido hacerse con las agendas y un paquete que no pudo sacar de La Meca por los peligros que entrañaba el intentarlo, y  tuvo que dejarlo todo bien oculto en casa de un descendiente lejano del espía español Domingo Badía, conocido por Alí Bey el Abbasi. En el supuesto de que Holmes estuviera vivo sabía perfectamente dónde tenía que dirigirse para recoger ambas cosas, las cuales podían desvelar algunas claves para comprender ese lenguaje de los monos. El objetivo final era  contactar con un animal con forma humana y abundante pelaje blanco que sólo habitaba en las altas cumbres del Himalaya.