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El año en que Franco (no) escapó de Arrabal

El año en que Franco (no) escapó de Arrabal

1967. Las suecas en bikini llegaban en masa a Benidorm, donde las esperaba, lúbrico e hirsuto, el gran Alfredo Landa. Años antes, el alcalde de la futura Manhattan del Mediterráneo había ido a El Pardo a ver al caudillo para justificar la indecorosa invasión en aras del progreso. Esa era la España a la que vino de visita Arrabal desde París. Un chico llamado Antonio, hijo de franquista acérrimo, le solicitó una dedicatoria indecente y él, con un par, escribió en la página de cortesía del libro: “Me cago en Dios y en la patria”. Y no crean que después de eso voló a París presa del pánico. ¡No! Porque el auténtico pánico no retrocede ni se rinde. Con un par —otra vez—, se fue a la Manga del Mar Menor, recién edificada. Y allí lo detuvieron, claro. Sin saber muy bien lo que hacían. Porque Arrabal en Europa era más importante de lo que había calibrado el régimen, que cuidaba mucho su imagen exterior para ganarse reputación de liberal. Objetivo, por cierto, al que contribuiría en no escasa medida el lustroso bombín con el que Fraga se pasearía por Londres unos años más tarde, como embajador, tras su gloriosa etapa de ministro de información y turismo.

En 2004 guie a Arrabal hasta el calabozo en el que había pasado una noche de pálida angustia, de sudor amargo, acompañado por una rancia luna de cuproníquel, como un duro que alguien hubiera echado a rodar por la acera para que le llevase un poco de luz, a través de una mezquina claraboya a ras de suelo en el arco de Santo Domingo. Cuando estuvimos allí Arrabal y yo, en ese 2004 que digo, aquella antigua comisaría se había transformado en… ¡un Burger King, nada menos! Ya lo saben ustedes: Dios se llama Godot. Y a veces Dadá. E incluso Dalí, cuando se vuelve más loco. Y por supuesto que juega a los dados. Sus dados somos nosotros.

"Desde su dorado exilio parisino, Arrabal escribió cuatro años más tarde su famosa Carta al general Franco"

En esa época yo dirigía la revista El Kraken, última publicación vanguardista en papel, de carácter unipersonal, que se ha editado en España. Admitirán, supongo, que hay cierta lógica anfractuosa en el hecho de que aquel superviviente del surrealismo histórico anduviese por Murcia en compañía de un editor extravagante y extemporáneo, viajando a través del pasado hacia el futuro inmediato del aula de cultura de una caja de ahorros provincial, donde nos esperaba Houellebecq. Ya ven que todo termina por ENCAJAR.

Conocía muy poco entonces de la valiosa y universal obra del cofundador del grupo pánico; pero sabía que él era el puente hacia todo lo que me deslumbraba y obsesionaba. ¿No había salido John Lennon de un pase matinal en Cannes de Viva la muerte silbando la melodía de la película? Y Beckett expresó sin ambages su admiración por Arrabal. También Dalí, Buñuel, Picasso, Warhol, Ionesco… todos formaban parte de su constelación. Incluso Arthur Miller o el propio Breton. Pero como bien ha explicado Félix de Azúa, esto equivale hoy a la Atlántida. Es un mundo perdido para siempre; el viejo mundo en el que el arte, la poesía y la literatura importaban.

Pero basta de preámbulos y vamos al asunto que anuncia el título. Franco se zafó de Arrabal con cierta facilidad en 1967, cuando Cela y otros intelectuales homologados por su régimen le informaron de que se trataba de un dramaturgo de fama universal y que no convenía convertirlo en otro mártir, como Lorca o Miguel Hernández, o en un enemigo tonante como lo había sido durante los últimos días de su vida Miguel de Unamuno. Así que lo liberaron, sin más. Pero si no sabían del todo lo que hacían cuando lo apresaron, tampoco debían de tener muy claras las consecuencias de liberarlo sin otro castigo que una multa y un bofetón. Porque desde su dorado exilio parisino, Arrabal escribió cuatro años más tarde su famosa Carta al general Franco. ¿Alcanzó alguna vez aquella misiva al caudillo? Es muy dudoso, ya que el marqués de Villaverde y el almirante Carrero Blanco mantenían ante sus ancianos ojos de antiguo africanista un piadoso cendal que filtraba la cruda luz del exterior, muy poco favorecedora para su imagen de salvador de la patria. Sin embargo, considero más que probable que al dictador alguien de su entorno le reportase que aquel joven escritor exiliado al que habían dejado escapar unos años atrás, cuando lo tenían a su merced primero en Murcia y luego en Madrid, ahora agradecía la magnanimidad de su excelencia lanzándole desde París una invectiva deletérea que se difundía como el fuego en la yesca por todo el globo. No podemos saber de ningún modo qué mella haría o no haría todo esto en el autócrata, ya casi octogenario y afectado por la enfermedad de párkinson, pero apostaría algo a que ni poniéndose marchas militares para desfilar a paso rápido por los corredores de El Pardo (cosa que hacía a menudo) lograría quitarse el berrinche de encima, si llegó a saber algo. Todo esto resulta conjetural y muy hipotético, como verá el lector, pero si estoy en lo cierto, cabe imaginar que Franco no pudo escapar del todo de Arrabal en 1971, a diferencia de lo que ocurrió en 1967.

"Los últimos libros de Arrabal apenas han sido reseñados y su circulación comercial ha resultado insignificante"

A estas alturas no importa demasiado nada de esto. Hay una generación de españoles que de Arrabal sólo conoce su actuación milenarista en el programa de Sánchez Dragó, ya que se difundió hace años en las redes y todavía sigue circulando. Me refiero a la generación de Broncano, para la que el dramaturgo es poco más que un teleñeco. Dijo una vez Arrabal que “la fama es un trozo de nada que el artista agarra al vuelo sin saber por qué”. No sé en qué medida explica esto la supervivencia del personaje tras la prematura y casi completa extinción del autor. Los últimos libros de Arrabal apenas han sido reseñados y su circulación comercial ha resultado insignificante. Sin embargo, aún sale alguna vez en televisión; lo que me lleva a recordar, con melancólica y amarga sonrisa, la última frase de Calígula en el soberbio drama de Camus. Por otra parte, creo firmemente —y esto es en realidad lo que importa— que la obra de Arrabal ha ganado para siempre un lugar indiscutible en el canon occidental. Albergo la convicción profunda de que, al menos en tanto en cuanto no se cumpla el vaticinio de Houellebecq sobre nuestra inminente extinción, el teatro y la poesía de Arrabal serán recordados siempre, como mínimo, por esa minoría de lectores resistentes y tenaces que Bradbury imaginó en su famosa distopía. Y lo creo porque esas obras, vinculadas a movimientos artísticos innovadores y decisivos, forman parte ya del acervo cultural del futuro.

En 2005 asistí con mi mujer en Madrid a una representación de Fando y Lis, en una pequeña sala de la glorieta de Embajadores. Debo decir que fue para mí una experiencia trascendental. En el momento de su estreno la parte más mezquina e insidiosa de la crítica europea quiso ver una copia arrabalesca de la estructura básica de Esperando a Godot de Beckett. El propio irlandés tuvo que salir en defensa del autor español y de su genuina e indiscutible originalidad, la cual volvería a reivindicar en 1967, con motivo del arresto y posterior acusación de los que ya hemos hablado. Las últimas palabras de la carta de Beckett al tribunal me parecen, por cierto, particularmente memorables: “No añadan ustedes más dolor al que le es propio”.

"La obra de Arrabal no ataca al cerebro, sino al cuerpo y al corazón. Transforma un inocente manotazo infantil en un zarpazo"

Esa originalidad a la que me refiero fue retratada insuperablemente —cómo no— por Umbral, que la glosó como “la incardinación del enano velazqueño en el mendigo metafísico de Beckett”. Si alguien me tentase a practicar el vano juego de una comparación inútil, y aunque la obra maestra de Beckett me entusiasma, creo que yo me quedaría con la de nuestro autor. Esperando a Godot es sin duda una cima de la modernidad literaria (el Modernism del que habla la crítica anglosajona), pero su ámbito es más intelectual que moral o físico, por eso la encuentro algo menos carnal y no tan desesperadamente humana. Porque la obra de Arrabal no ataca al cerebro, sino al cuerpo y al corazón. Transforma un inocente manotazo infantil en un zarpazo que desnuda nuestra naturaleza ambigua; anudando así la modernidad contemporánea con su raíz tragicómica fundacional: Shakespeare, Cervantes. Fando no es el buen salvaje de Rousseau  ni el lobo humano de Hobbes; no se trata de una antítesis, sino de una síntesis aterradora. Fando es lo que somos, de un modo tan esencial como don Quijote, Hamlet, príncipe de Dinamarca, o ese otro terrible “príncipe Harry” de Dostoievski. Fando no es hipócrita, no finge amar a Lis, la ama realmente a su manera, pero no puede evitar torturarla y matarla. Se trata de la quintaesencia de nuestro horror más íntimo, el drama de esa ambivalencia que implica la certeza de la caída y la nulidad de la gracia, para expresarlo en los términos en que hubiera podido entenderlo un Jansenista.

En fin… hace tiempo que no voy al teatro, lo confieso con vergüenza. No ignoro que Juan Mayorga y otros autores y autoras actuales están haciendo un gran trabajo, pero, qué quieren que les diga, yo soy un nostálgico de esa época en que el artista rendía cuentas a su daimon personal en mayor medida y con más urgencia que a sus espectadores o lectores. Y creo que es hora de confesar que las demás cosas de las que he hablado son en realidad bagatelas, alguna infamia tardofranquista y pura anécdota de añoranzas vanguardistas. No es anécdota en cambio que esta revista en la que firmo, el portal más visitado de literatura en español, rindiera un homenaje merecido a Arrabal (quien, por cierto, acaba de cumplir en agosto 94 primorosos años) para celebrar su obra, que es lo que de verdad debería importarnos.

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