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El armario de las horas felices

El armario de las horas felices

Mi rutina sevillana, los días en que estoy tranquilo, es simple: del hotel Colón a desayunar en Las Piletas, y luego un paseo por las pocas librerías de viejo que van quedando en la ciudad. Acabo siempre en Los Claveles, ante una manzanilla y una tapa de carrillada en salsa, revisando el botín mientras charlo a ratos con Santi, el dueño, con su madre y con mi compadre Jordi, vecino del barrio –lo de Jordi es sólo un apodo, porque trabajó un tiempo en Cataluña–, cuando aparece por allí.

Esta vez el botín incluye un libro que, con un estremecimiento de emoción, he descubierto en la librería de al lado: Volcán, de Cecil Roberts, con tapa dura y sobrecubierta intacta, en la edición de Caralt de 1946. Sentado en la taberna leo durante media hora y lo cierro al fin con una sonrisa melancólica, tras confirmar que es una novela aún mucho peor de lo que recordaba. Cecil Roberts fue un autor inglés, hoy olvidado –como lo seremos casi todos–, que estuvo de moda en los años 40-50 a partir de una exitosa historia titulada Estación Victoria a las 4:30Y esa novela, y la que acabo de recuperar por 5 euros –todavía tiene impreso el precio original, 32 pesetas–, las leí por primera vez a los quince años, en casa de mi abuela materna. Tras encontrarla en el armario de las horas felices.

Es asombroso cómo un objeto, la portada de un viejo libro, incluso el olor de sus páginas, puede desencadenar tantos recuerdos y sentimientos. Con Volcán en las manos siento una nostalgia que no es nueva, pues me asalta cada vez que en una librería encuentro una edición de las que conocí entonces, o en mi biblioteca toco algún libro de los que heredé de mis padres o mis abuelos. De algunos recuerdo hasta el momento y lugar exacto en que los leí. Y en eso de leer fui un muchacho sin duda afortunado, pues crecí en dos bibliotecas –tres, si contamos la de mis padres–, la de mi abuelo paterno y la de mi abuela materna.

Esta última, que se llamaba María Cristina, viuda desde poco después de la Guerra Civil, era una mujer tan avanzada para su tiempo que habría dejado con la boca abierta a las más conspicuas feministas de hoy: en esa época tenía un trabajo muy influyente, una inteligencia extrema y una curiosidad intelectual que se manifestaba en voracidad lectora. Vivía con su hermana soltera –solterona, como se decía entonces–: mi tía Pura, funcionaria del ayuntamiento, y los ratos de ocio los pasaban las dos entre libros y música. Y mientras la biblioteca de su consuegro, mi abuelo Arturo, era más bien canónica, con los grandes autores de la literatura universal, la de mi abuela y mi tía era actual, viva, atenta a las novedades, a lo entonces moderno. Les gustaban mucho Hemingway, Fitzgerald, Camus, Kafka y Dos Passos, pero también los bestsellers de calidad de Slaughter, Yerby y Margaret Mitchell, y eran fanáticas de la novela policial, desde los clásicos de enigma como Conan Doyle, Agatha Christie y Ellery Queen a los duros detectives de Hammett y Chandler. Y fue en su casa donde los leí a todos ellos y a muchos más.

En aquella enorme biblioteca había un lugar mágico, que me permitían saquear a gusto para llevarme cuanto quería: el armario de las horas felices. «Llévate lo que quieras, siempre que después lo leas», decía mi tolerante abuela. Era un gran espacio empotrado en la pared, trastero lleno hasta arriba de libros, ediciones baratas y de bolsillo que las dos hermanas no consideraban preferentes para las ordenadas paredes del salón, ocupadas por lomos de piel con letras doradas de las ediciones nobles de Blasco Ibáñez, Galdós, Maurois, Ludwig, Zweig, Mann y muchos otros. El armario era todo lo contrario: miles de libros amontonados sin orden ninguno; y en él ejercité los primeros ademanes del cazador que sabe buscar y, con un golpe de vista, seleccionar lo que le interesa. Quienes de ustedes son lectores imaginarán la felicidad de aquel jovencito, la codicia con que aspiraba el olor a papel impreso mientras me apoderaba de montones de libros –Somerset Maugham, Phillips Oppenheim, Graham Greene, Vicki Baum, Leslie Charteris–, que leía allí mismo, sentado en el suelo, o me llevaba a casa para colocarlos junto a Los tres mosqueteros, La isla de Coral, las aventuras de Guillermo Brown, los álbumes de Tintín, Cinco semanas en globo, El talismán y todos aquellos títulos de las colecciones Historias y Cadete Infantil o Juvenil que tan decisivos fueron en los primeros años de mi vida.

Y sí, en efecto. Eso pienso hoy en la taberna sevillana, llevándome a los labios la copa de manzanilla mientras huelo otra vez las viejas páginas del mediocre Volcán que el azar ha devuelto a mi memoria: hasta una mala novela puede contener aroma a felicidad.

____________

Publicado el 10 de noviembre de 2023 en XL Semanal.

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Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace

Todos tenemos o deberíamos tener un armario de horas felices. Porque horas y no días ni semanas es lo que nos podemos permitir de disfrutar de un retazo de felicidad. Felicidad efímera, de niños y de adultos y también en la nostálgica senectud, en la que se agolpa toda la memoria de lo acontecido, bueno y malo.

Pocos libros habìa en mi casa de niño. Pocos y devorados una y otra vez hasta la saciedad. Y los pocos propios, recibidos como regalo como tesoros inconmensurables. En las familias burguesas de la posguerra no había mucha cultura literaria, en general. Y en el colegio, tampoco se transmitía un verdadero amor por ello. La obsesión era la gramática y la sintaxis y los clásicos, pero poco. Agradecer tengo el haber disfrutado del Quijote como libro de texto de lecturas. También de la novela picaresca de la que guardo buenos recuerdos.

Mi armario de horas felices no estaba en mi casa. Y poco acceso tenía a él. Una vetusta librería de madera antigua, con tallas artísticas y barnizada secularmente en ese indefinible color oscuro de madera vieja y estilo austero, con un cortinaje rojo intenso que contrastaba en el mueble en unas puertas de bolillos que tapaban los libros.

Para mi era un gran arcón de tesoros. Lleno de libros heredados de un antepasado que no conocí y propiedad de un familiar de mi madre.

Cuando me dejaban curiosear y se abrían sus puertas, era como viajar a otro espacio, otro lugar, otro tiempo. Lecturas a las que no tenìa acceso normalnente, leí con avidez, muy temprano, a Gregorio Marañón, Blasco Ibáñez e incluso a Freud. E incluso libros de arquitectura y de aprendizaje de francés. Con esas lecturas se habrió ante mi un mundo nuevo, una visión diferente de la realidad de fuera del armario. Precisamente, Gregorio Marañón, con el que crecí, me llevó de la mano por la historia, no la del colegio, sino la del análisis real, me llevó de la mano por la crìtica y por la endocrinología y el determinismo que nuesta configuración física impone a nuestro carácter. Junto con Freud, fueron mis formadores conceptuales en todo el mundo de la sexualidad teórica, sin rapujos, ni restricciones. De estos temas, en aquellos tiempos, nada tenía que ver lo leído con lo que te contaban fuera. La verdad contra el disimulo.

Siempre la misma historia, el mundo de fuera, el mundo de dentro.

Y los recuerdos, ahora… nostalgia de todo ello. Armarios construidos de nostalgia en nuestra memoria. Armarios que quizás cuando se cerraron por última vez, cerraron parte de nuestra vida y quizás, nuestros últimos momentos felices de verdad.

Armarios de la nostalgia,
vidas de la memoria,
encuentros con otros mundos,
encerrados en las hojas
amarillentas y cuarteadas,
que una vez se abrieron
por otras manos que nos precedieron.
Alguien ha dejado para mi
este armario y estas letras escritas
pensando que otros viajarán
por esos mundos imaginarios,
cual bajel vetusto,
pero experto en todas las singladuras.

Caraloco
Caraloco
7 meses hace

Qué bien describe y cultiva Arturo la nostalgia, mecanismo de la memoria que nos conecta con lo que cada uno fue.

Ana V
Ana V
7 meses hace

Abuelos y nostalgia van normalmente unidos.
Ellos suelen tener el tiempo del que no disponen nuestros padres.
La relación es mas horizontal que la vertical paterna y materna.
Tener abuelos es una fortuna que cuando se van deja capital perdurable.
Gracias por este relato nostálgico de un pedacito de su vida.

Pedro Avilés
Pedro Avilés
7 meses hace

¿Y no puede ser, Arturo, que las traducciones de aquellos libros sean malas de narices?

Manu Vazquez
Manu Vazquez
7 meses hace

Hola Don Arturo, compartimos el placer de la lectura aunque carezco de su erudición, también poseo una biblioteca grande, no creo que gran biblioteca sea apropiado en mi caso. Pues bien, no recuerdo haber leído ninguna referencia suya a Stephen King, probablemente falló mío, y siendo ambos de mis autores favoritos hasta el extremo de que atesoro casi todas sus publicaciones, siento curiosidad por la opinión que a usted le merece.

Julia
Julia
7 meses hace

Buen día Sr Pérez Reverte.
Coincido con usted en la pasión lectora que también he sentido toda mi vida, era un ratón de biblioteca.
Durante los primeros años, los cuentos troquelados como La ardillita hacendosa, los hermanos Grimm y Perrault.
Un poco más tarde los tebeos (hoy comics) de cuentos de hadas y aventuras, como El Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín. Tintín y Lucky Luck, los leí de mayor.

En la adolescencia, apareció la poesía con Bécquer y Antonio Machado, también las fábulas y el Tenorio, un totum revolutum.
Estaba especialmente interesada en los libros del Índice que las monjas no nos dejaban leer, como la Fuerza de la Sangre y La Gitanilla.
Cuando más tarde pude leerlos vi que los hijos bastardos eran un tema tabú, cosa absurda en Galicia donde antiguamente había casi más críos sin padre reconocido, que nacidos de un matrimonio.
Siempre he preferido leer a jugar al balón prisionero, con gran enfado de mis compañeras que me necesitaban para completar el equipo.

En una ocasión, que no tenía nada que leer, eché mano de un tratado de medicina. Entusiasmada con los términos, enfermedades y tratamientos, decidí ser médico.
Fue una de las pocas cosas que no pude conseguir, en mi vida siempre se han planteado disyuntivas y he tenido que elegir.

Ya de adulta mayor de edad, en mi época era a los 21, junto con mi magnífico asesor, compré libros y leí a los grandes nacionales Galdós, Unamuno, etc … y foráneos principalmente americanos y británicos, también las obras de teatro españolas y extranjeras. Mi hogar siempre estuvo lleno de libros, que fui abandonando por mis frecuentes cambios de residencia. A veces pienso que con lo que he leído, debería haber sido más lista en algunas ocasiones.

Mi primera novela de Agatha Christie, que guardo con especial cariño, fue El hombre del traje color castaño. No pude dormir hasta haberla terminado y comprobar como aparecían conjuntamente la felicidad y la tristeza.

La gente se ríe cuando digo que con mi edad, no de anciana, sí de vieja, carezco de tiempo para hacer todo lo que desearía y entre otras cosas poder leer. Sin embargo, me apena ver que algún libro ha envejecido mal, o quizás se deba a que yo he cambiado.

Basurillas
Basurillas
7 meses hace

Cuando la magia aflora, cuando la serendipia aparece, cuando el supuesto azar saca los dados correctos o cuando la Divina Providencia nos guarece entre sus alas, suele haber libros cerca. Libros con mensajes que parecen adaptados y aplicables a ese momento concreto. Libros cuyo tacto, peso, color y contenido nos transporta a través del tiempo, a otra existencia ya pasada, llena de recuerdos y cariños a otras personas y a momentos concretos de nuestra vida. Como un perfume que nos hace pararnos en el lugar que nuestro olfato lo capta y nos obliga a cerrar los ojos y rememorar una porción de felicidad. No se como pero así funciona.
Hay armarios de horas felices, otros los llaman alacenas de vivencias, e incluso alguno, poco poeta, les bautizó como catalizadores secretos de recuerdos. Hoy también los llamarían nuestros discos duros de memorias sensoriales. Y puede, no sería raro, que esas estructuras se confundieran por cercanía con un Aleph.
Yo hace tiempo descubrí un lugar cercano a un restaurante, junto a unos parterres que, en un momento concreto del día, con un libro de Julio Verne en la mano -La isla misteriosa- me transporta con un aroma a un momento concreto de mi vida. Yo lo conozco y supongo que él también me conoce. Hoy, tras leer a don Arturo, le añoro.

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  Basurillas

Hay libros que rememoran el momento especial en el que el libro se fijó en mí. Porque los libros nos eligen, si se sabe estar alerta a sus esotéricos efluvios. Ese libro que, entre otros muchos, nos despierta, sin saber por qué, una irreflexiva atracción magnética. Y, nos elige, seguro.

Otros, nos recuerdan el momento y el lugar de nuestra primera lectura. Ese momento especial que elegimos para detenernos, parar el tiempo y sumergirnos en otras vidas.

Otros nos hacen vívidos, momentos y lugares en los que nos acompañaron en viajes, consultas médicas, salas de espera o sentados en un banco viendo y escuchando crecer la hierba o mirando sin ningún sentido el horizonte o el mar.

Desde el momento que estamos leyendo un libro, este ya ha cambiado, ya no le pertenece ni a la editorial, ni tan siquiera al autor. Hemos imbricado nuestra vida entre sus hojas, entre sus letras, a las que damos un nuevo sentido, y su historia forma parte de nosotros. Y, el autor, ha perdido su relato, ya no le pertenece.

Saludos.

basurillas
basurillas
7 meses hace
Responder a  Ricarrob

Es exactamente como usted dice, señor Ricarrob, así pienso yo también , en esa magia de los libros. Pues aprovechando su comentario me voy a permitir ( si la técnica informática me ayuda) añadir, al final de los comentarios actuales, un relato de mi invención respecto a esa magia. Un cordial saludo.

María Antonia
María Antonia
7 meses hace

Me ha gustado mucho el artículo, me ha llevado a las callecitas sevillanas donde te sientas en una taberna y te relajas, viendo el pequeño tesoro que tienes entre las manos.

Ulises
Ulises
7 meses hace

Gracias por evocar aquellas lecturas de la infancia y la adolescencia. Luego llegaron otras, pero recordar esos viejos momentos es gozoso.
Saludos desde la barra del Bar de Zenda.

Pilar
Pilar
7 meses hace

Ciertamente. Yo tuve que eliminar mi biblioteca y me pareció un pecado imperdonable, pero no puedo llevarla a donde voy. Lo que más me dolió fueron dos libros, regalos de mis abuelos, uno de los paternos y otro de los maternos. Nunca más los oleré.

Francisco Brun
7 meses hace

Bibliotecas, instrucción, experiencia, conocimiento.
¿De qué modo nos formamos como personas para poder vivir en sociedad?.
Yo pienso que el contexto en el que crecemos nos forma. Hoy, los sutiles medios publicitarios de información, de espectáculos, “la conectividad”, e incluso los premios por logros específicos; construyen nuestro conocimiento del universo de cosas que nos rodean. Nuestros gustos por determinadas cosas, viajes, ropa, comidas, amistades, personas, política, trabajo.
Nos incorporamos a nuestro entorno, el cual no es muy simple modificarlo, de hecho es imposible. Pero lo único que sí podemos cambiar es nuestra actitud frente a él, por momentos inamovible, otras veces dinámico, y otras veces inestable. La incertidumbre nos acompaña desde que despertamos hasta que nos acostamos.
Enfrentamos a la vida, con lo que tenemos, y a los empujones, cada día es una batalla campal, en donde nos hieren y herimos. Muchos, ni siquiera logran regresar a su hogar, y poder curar las heridas.
Hemos convertido al mundo en un gallinero, en donde para que no te caguen en la cabeza, es necesario alcanzar los palos más altos.

Cordial saludo

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  Francisco Brun

¡Genial metáfora! La de las gallinas, digo.
Los libros nos hacen olvidar nuesto disfrutado, aceptado o resignado palo de gallinero.
¡Ay! ¡Me acaba de caer una en la cabeza!

Carlos
Carlos
7 meses hace

Maravilloso Arturo, me has provocado recuerdos que llenan mi presente de aromas, fantasías y amor de mis abuelos, gracias desde esta incomprensible, complicada y hermosa Buenos Aires.

Paula
Paula
7 meses hace

Niños, Libros y Lecturas, de Alejandro Dolina.
(En: Alejandro Dolina, Crónicas del Ángel Gris, Buenos Aires, Colihue, 1996)
Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.

Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.

Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el Imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.

Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.

A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.

Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle , creaciones todas que poco tienen de infantiles.

Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con más placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste , que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas.

Así, menos en forma de teoría que de sospecha, postulo que un libro que entretiene a un chico debe ser capaz de hacerlo con un adulto. Desde luego, la admiración no sirve en el orden inverso: toda obra necesita una información previa por parte del lector para ser comprendida. El cuento El inmortal, de Jorge Luis Borges, resultaría incomprensible -o insulso- para quien desconociera la existencia de Homero.

La medición de un hexámetro exige saber latín. Presiento, sin embargo, que miles de cuentos y novelas pueden ser leídos sin penuria por los chicos y sin aburrimiento por los mayores. Los ejemplos son tan contundentes que me avergüenzan: La Isla del Tesoro , los cuentos de Oscar Wilde, Las Mil y una Noches, las maravillas y horrores de la mitología clásica.

Frente a estas obras, los coloridos volúmenes de las colecciones infantiles resultan bastante insípidos.

A veces me palpito que muchos de estos textos son estropeados por la intención edificante. Alguien me dijo una vez que en verdad ocurre lo contrario: la torpeza literaria desacredita la moraleja.

Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores, sentía horror por las novelas protagonizadas por niños. Sostenía que sus comportamientos eran poco racionales, o lo que es peor, poco artísticos. Recomendaba insuflar a los pequeños personajes la mayor gravedad, pues entendía que los chicos son generalmente serios y aborrecían la socarronería.

Mandeb creía que el amor a los niños era una virtud literaria capaz de redimir cualquier defecto.
– El cariñoso esfuerzo conmueve a los pibes aunque no lo confiesen -decía.

Me parece que el hombre de Flores adivinó una gran verdad.

Cuando era chico yo sentía una emoción deliciosamente triste ante las calesitas, los circos y los caleidoscopios. No me gustaban, no me divertían. Pero me hacían sentir una inmensa piedad por aquellas gentes, más inocentes que yo, que trataban de agradarme con ingenio modesto. De entre mis juguetes infantiles recuerdo una cimitarra de madera que me trajo mi padre. Mis juegos no incluían las gestas sarracenas, de modo que no pude sacarle mayor provecho. Pero allí estaba el amor del hombre aquel que tal vez no me comprendía.

Por eso creo en el criterio de Mandeb. El amor de un poeta puede ser más eficaz que un buen argumento.

Más tarde he reconocido aquellos sentimientos de la niñez al recibir algún regalo demasiado humilde. – (Alejandro Dolina – «Crónicas del Angel gris»).

Francisco Brun
7 meses hace
Responder a  Paula

De chicos, de adultos y de lecturas.
Lamentablemente el mundo que nosotros los adultos le dejamos a nuestros chicos, no se remedia con cuentos; se remedia con hechos concretos y positivos. Lejos estamos los adultos de hacerlo, y menos aún con dirigentes totalitarios y populistas; que aquí en Argentina tenemos como para hacer dulce.
Cordial saludo

Encarnita
Encarnita
7 meses hace

Un placer leerle D. Arturo.
En casa ,de mis padres no había biblioteca. Si , libros amontonados en mesillas de noche, mesitas de cuarto de estar e incluso alguna silla o banqueta.
Pero yo también tenía mi ricon . Una escalera de mármol, bastante empinada , por donde se entraba a casa y se salía a la calle . Era mi escalera de las horas felices , sobretodo en verano , ya que en ningún sitio se estaba más fresco que allí.

Isabel
Isabel
7 meses hace

Nunca pude con «La isla de Coral» 🙁 Lo intenté varias veces a lo largo de mi vida, y no he podido, ni siquiera siendo adulta 🙁

basurillas
basurillas
7 meses hace

S. A. C.
El mundo está lleno de libros que nadie lee (Umberto Eco)
UNO: HACE UNOS AÑOS…
Vivía cerca de Notre Dame. Tenía alquilado un pequeño y carísimo apartamento en la plaza de Saint Michel, desde el que hacía incursiones en ese Paris interesante, bohemio y artista que sabe enamorar a los que pueden dedicar un par de meses, al menos, a vagabundear sin prisas por sus calles, garitos, puestos y mercadillos callejeros, bulevares y tiendas bizarras inimaginables.
De vez en cuando se podía aspirar la humedad por la cercanía del Sena; la misma humedad que ya disfrutaban o padecían, hay opiniones para todos los gustos, los habitantes de la antigua Lutecia.
Sobre todo le encantaban las recónditas y escondidas librerías donde podías encontrar desde un volumen de hace cinco siglos a una moderna guía de viajes, juntos, en el mismo estante. Cuando encontraba una nueva librería paseaba lentamente leyendo lomo a lomo hasta que, casi por intuición, como siguiendo una llamada del libro en su mente, encontraba el volumen que le acompañaría en los próximos días. Era como encontrar a un nuevo amigo pero del que sabes que estaba esperándote. Cuando elegía uno así, intentaba reconstruir la historia del ejemplar, hablando con el librero, consultando si le dejaban y aún conservaban los archivos de existencias o las fichas de adquisición; incluso hablando con antiguos propietarios si podía encontrarlos. También, a veces, acudía al local de un amigo bibliófilo que disponía de una tiendecita, la clásica librería de viejo, en Montmartre, que le aportaba datos o pistas de antiguas ediciones y posibles orígenes de los ejemplares sobre los que le consultaba. Como currículum ese amigo indicaba que había participado, al menos, a lo largo de su vida, en el desmantelamiento de miles de bibliotecas con motivo de defunciones,herencias complicadas o fortunas venidas a menos. Cuando le decía esto una pena inmensa le recordaba la futilidad de la vida y la permanencia de esos testigos de nuestras emociones y compañeros de nuestro tiempo que son los libros. En definitiva, nuestra protagonista pensaba que desempeñaba una suerte de oficio, mucho más que una afición, a la que denominaba «revitalizadora de libros».
Mucha gente le había hablado de aquella increible librería, con tanta historia y tantos visitantes ilustres de la misma, con su hermosa fachada verde y que se encontraba en el número 37 de la Rue de la Bûcherie. Había tenido infinidad de veces tentaciones de visitarla, pero siempre había encontrado alguna nueva librería o algún pretexto para demorar la experiencia, como una cita ineludible pero a la que no encontramos el momento oportuno para realizarla. Era como su bala en la recámara. Pero cuando oyó, entre dos desconocidos, una conversación en la que hablaban de la relación de Kerouac con esa librería, pensó que ya había llegado el momento de dejar de postergar la excursión a la S.A.C. Porque si algo tenía claro sobre todas las cosas es que amaba a Kerouac y a los escritores malditos de la denominada generación beat.
Cuando traspasó la entrada comprendió la fama del local. Miles, decenas de miles de ejemplares de libros se amontonaban por estantes, esquinas, mostradores o mobiliario, y saturaban cualquier resquicio que pudiera existir. Rodeaban como un abrazo los catres, la mecedora, los silloncitos y las múltiples mesas que poblaban el lugar. El libro se había enseñoreado completamente del espacio disponible.

Pero a pesar del hacinamiento se sintió como si hubiera vuelto a la comodidad y protección del seno materno, como a un hogar. No podía explicarse de otra manera. Y entonces, dirigiendo su mirada, su entrenado «ver» al más puro estilo de Carlos Castaneda a aquellarepisa semiescondida, descubrió el ejemplar.
Amarilleaba, con páginas desgastadas por el uso, con muchas esquinas dobladas a modo de señales, con un aroma a moho y grasa de innumerables manipulaciones anteriores. Sólo su título era ya una promesa de sabiduría compartida y conocimientos arcanos. Tenía entre sus manos un ejemplar denominado «Los secretos de la vida y de la muerte», de un tal Hipólito de Siracusa. Y sus manos, tan acostumbradas a manejar libros, inexplicablemente se pusieron a temblar.
Preguntó a una anciana señora, que parecía dirigir la tienda, cual era el precio del libro. La señora mayor miró el ejemplar, miró a nuestra protagonista a los ojos y respondió con una voz quebrada, débil y apenas audible:
– Lo siento señorita, pero el ejemplar no está a la venta. Sólamente se admite el préstamo y lectura dentro del local.
– ¿ Y sabría usted referirme, si lo conoce, la historia de este libro y como llegó a la librería? Disculpe pero me interesa muchísimo, no sé muy bien por qué, el origen del ejemplar y sus anteriores propietarios.
– Mire señorita, lo único que sé, es que ese libro lleva poco en el local y que lo subió desde el sótano, Don Juan, nuestro experto en literatura maldita y magia. Mañana vendrá por aquí y, si lo desea, podrá hablar con él. A primera hora de la mañana. De todas formas lo que si puede hacer ahora es acomodarse dentro o fuera, donde lo prefiera, y comenzar su lectura.
Nuestra amiga dió las gracias a la señora mayor, cogió el libro, salió del local y se dispuso a leerlo en una cómoda butaca del exterior…
(Continuará)

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  basurillas

Me ha enganchado. Que continúe, por favor…

basurillas
basurillas
7 meses hace

S.A.C
«Los libros tienen su orgullo: cuando se prestan, no regresan nunca (Theodor Fontane)
DOS: HACE UNOS AÑOS, MENOS UN DÍA…
Eran las diez de la mañana en punto. Era bastante estricta en lo que a puntualidad se refiere. Según abrían la librería ella ya estaba en la puerta, para hablar con Don Juan, el encargado de literatura mágica que le había referido la anciana dependienta de Shakespeare and Company el día anterior. Le extrañó un poco que se abriera la librería desde dentro, pues había llegado casi tres cuartos de hora antes y no había observado entrar a alguien, ni por la entrada principal ni por la puerta colindante, tambien verde, del establecimiento.
La tienda estaba vacía y sólamente encontró a la señora con la que habló, que le dirigió una sonrisa:
-Viene temprano Querida. Juan acude pronto pero nunca antes de las once, se me olvidó precisárselo.
-No se preocupe usted, ya me he reservado toda la mañana para conocer mejor la librería y seguir leyendo el libro de ayer, así que cuando venga el señor hablaré con él.
-¿Y qué, le va gustando el contenido de Los Secretos…?
-Pues es un libro muy extraño-contestó-y a pesar del título, casi parece más un recetario de pócimas y filtros de amor que un libro de magia o de contenido extrasensorial, como parecía sugerir el título. No sé, tengo la impresión de que se me escapa algo de su contenido…
-Querida, no se deje llevar por las apariencias. Puede encontrarse con sorpresas de todo tipo. Es una sugerencia no un aviso…
En ese momento entró otro cliente y la señora se retiró a preguntar lo que deseaba.
Ella vió el ejemplar que estaba leyendo en la balda donde lo localizó el día anterior y se dispuso a continuar su exámen. Lo abrió por la página 57, la siguiente a la última leída:
No concibas apariencias:
en el amor y en el saber
juegan muy malas pasadas.
Desconfía de tus sentidos,
practica con tus emociones,
y esa sensacion umbilical
que se produce de repente.
Cierra ya tus bellos ojos
compendio de insutilezas.
Abre tu corazón con valentía.
pues hay universos paralelos.
Encuéntralos ya sin buscar…
y toma posesión del mañana.
(Primer secreto de la vida)
La joven releyó unas cuantas veces el texto sin comprenderlo del todo. Miró su reloj e, inexplicablemente,
comprobó que ya había transcurrido una hora desde que llegó al local. Tenía la sensación de haber pasado como máximo cinco minutos, pensó sorprendida.
Se dirigió a la salida y no encontró a la señora mayor, pero en ese momento penetró en la tienda un hombre muy viejo, bastante desarrapado, con un sombrero ajado y apoyándose en una extraña vara de madera, a modo de bastón. Nada más penetrar por la puerta fijó su mirada en nuestra protagonista y, de forma resuelta, caminó hacia ella y con expresión seriala interpeló:
-Buenos días Señorita, creo que estaba usted esperándome para que le informara de un libro
-¿Es usted Don Juan, el encargado de la sección de libros de magia del almacén?
-Ese es mi nombre, para servirla Señorita. Me anticipó la propietaria que estaba interesada en «Secretos de la Vida y de la Muerte», respecto a su historia, origen y modo de adquisición por la tienda ¿verdad?
-Efectivamente Señor ¿Podría aclararme algo al respecto?
-Algo le podré decir, pero mejor hablamos en nuestro almacén, allí entenderá más claramente algunas de las cuestiones que le voy aexplicar. Además así conoce esa parte de nuestras instalaciones, que no solemos mostrar a cualquiera; pero en cuanto la he visto en la puerta he comprendido que usted sabría apreciarlo.
-Pues muchísimas gracias, le sigo a Usted.
El viejecillo se dirigió a la pared donde se encontraba la librería, de la que ella había sacado el libro y, en el suelo, movió tres o cuatro cajas de madera que descubrieron una trampilla con un cáncamo para tirar de ella. Con una agilidad y fuerza inusitada para su edad -no representaba menos de 80 años, como poco- el anciano se inclinó, cogió la argolla y tiró con fuerza de ella; dejando al descubierto una porción de una oscura, estrecha y empinada escalera. Pulsó un interruptor que se encontraba junto a los primeros escalones, se encendió una luz mortecina y la conminó a seguirle:
-Vamos Señorita, verá que sorpresa, le va a encantar, les pasa a todos los que la conocen por primera vez.
La escalerilla bajaba bastante altura en las profundidades, en dos tramos idénticos uno en cada sentido y con un breve descansillo intermedio. Ella pensó que, como poco, habrían descendido unos quince o veinte metros desde el nivel de la calle. Cuando el anciano terminó de bajar, encendió otro interruptor y se apartó a un lado, como invitándola a seguir adelante primero, y ella traspasó el hueco de la bajada.

No podía creer lo que contemplaban sus ojos. Se trataba de una sala inmmensa, de contornos imprecisos y cuyas paredes se prolongaban, parecía, indefinidamente. Pero lo más sorprendente era que, hasta donde alcanzaba la vista, las paredes estaban forradas de librerías de no menos de cuatro metros de altura, hasta el mismo techo. En todos los estantes se apiñaban en aparente desorden cientos de miles de pergaminos, de libros de todo tipo, de incunables y de legajos archivados en forros de piel. Una pared completa era una librería de roble también indefinida, que contenía la mayor cantidad de libros que hubiera visto jamás. No atinaba a transmitir sus sensaciones al maravilloso anciano, no podía cerrar la boca de la impresión, era un paraíso para una amante de los libros como ella…
-El libro que usted eligió, Señorita, es una copia actualizada de unos cientos de pliegos de pergamino, salvados en su día, como muchos otros de esta sala, de la famosa biblioteca de Alejandría y que la humanidad ha dado por desaparecidos hace miles de años. Mi trabajo es sacar a la luz, temporalmente y bajo mi criterio, algunos de esos libros. Para que alguien tenga la oportunidad de estudiar los secretos que encierran. Usted ha tenido la suerte, o casi mejor el destino, de elegir el libro adecuado en el lugar y momento adecuado, pues ese ejemplar deberá volver al sótano, nunca más de tres días en la zona de arriba, en el día de hoy. Esas son las reglas de la biblioteca desde el principio de los tiempos. Pero ahora debe irse y devolverme el libro.
Ella miró el ejemplar, se lo entregó al anciano, y éste procedió a desplazarse a un estante algo alejado de la librería para colocarlo en su lugar, si es que el libro tenía un lugar establecido, cosa que al parecer sólo ese hombre sabía.
En ese momento, sin pedir su permiso y sin que el anciano se diera cuenta cuando éste volvía, ella le hizo una foto con su teléfono móvil, que intentó abarcar además una porción de la librería subterránea. La invitó gentilmente a regresar por la escalera a la parte de arriba y se despidió indicándo que él se quedaría allí. Ella le estrechó la mano que le ofrecía y le agradeció la deferencia que había tenido con ella, no sin antes prometerle, tal y como el hombre requirió, que nunca revelaría a nadie la existencia de ese sotano. Subió las escaleras pausadamente…

Sin saber como, pareció recobrar el sentido en uno de los silloncitos de la librería, mientras un dependiente le daba palmaditas en el rostro.
-Oiga menudo susto nos ha dado, ya ibamos a llamar a una ambulancia pues no recobraba la consciencia ¿se encuentra bien? ¿recuerda qué le ha pasado?
Ella miraba al joven dependiente con los sentidos embotados y sólo acertó a decir entre balbuceos:
-Yo… la biblioteca de abajo en el sótano inmenso..las escaleras…y ya no recuerdo más…
-¿Qué sótano, qué biblioteca? le respondió el joven. Yo no conozco ninguna biblioteca en la planta baja…
Ella se levantó y se dirigió a la zona donde había encontrado el libro misterioso. Separó de la pared las cajas de libros apiladas en el suelo, pero allí no encontró ninguna trampilla, ninguna argolla y el suelo no tenía señal alguna de acceso ni nada que hiciera suponer la existencia de un hueco.
-¿Oiga pero si me la ha enseñado hace un rato Don Juan, el señor viejecito?
-Aquí no trabaja ningún señor viejecito. Ha debido usted soñarlo
-Pues oiga quiero hablar con la vendedora mayor, la del pelo blanco, ella me dijo que hablara con él. Ella le conocerá…
-Perdone Señorita, pero aquí tampoco trabaja ninguna señora mayor con el pelo blanco, y si ya se encuentra mejor me va a permitir que la deje, pues me esperan unos cuantos clientes para atender..
Ella pensó que había tenido, tal vez un sueño o una alucinación pasajera y se dispuso a salir de la librería. Antes de atravesar la puerta del establecimiento, en un pequéño saloncito, vio una foto antigua en blanco y negro de una persona. Corrió hasta donde estaba atendiendo el joven dependiente y, agarrándole por el brazo, le arrastró hasta el saloncito…
-Mire esa foto, no lo he soñado, esa señora mayor que se encuentra en el centro es la persona de la librería que me atendíó esta mañana y de la que le hable antes.
El dependiente la miró sorprendido y luego esbozó una ligera sonrisa…
-¿Oiga se esta burlando de mi? ¿es algo para la televisión de esas cosas de cámara oculta? Me esta haciendo perder el tiempo. Le ruego que se marche…
-Se lo digo completamente en serio, continuó ella ¿Quién es la mujer de la foto y por qué esta ahí?
El dependiente, ya con gesto de enfado, le dijo:
-Señorita, esa persona de la foto es Sylvia Beach. Muchos dicen que fue la propietaria de una librería como ésta en otro local, hace mucho tiempo; con una tradición de acogida similar a la nuestra respecto a escritores malditos, denostados o controvertidos en su momento.
-Pues ella fue la que me atendió ¿dónde puedo encontrarla?
-Señorita…eso va a ser imposible…Sylvia Beach murió al principio de los años sesenta. Y ahora perdóneme…
Ella quedó conmocionada, pensó que se estaba volviendo loca. No podía haber soñado todo eso. Era tan perfectamente real…
Entonces, cuando la realidad se disfrazaba y se difuminaba ante sus ojos, recordó algo. Abrió su bolso, sacó su teléfono movil y entró en la sección de Galería del mismo. Sí, alli estaba, la imagen del viejecillo que aparecía ante una de las paredes de la librería del sótano misterioso. No lo había soñado. Pero inmediatamente la imagen iba borrándose poco a poco de la pantalla, disolviéndose en el tiempo y en el espacio…
«Abre tu corazón con valentía, pues hay universos paralelos.»

Francisco Brun
7 meses hace
Responder a  basurillas

Excelente relato Basurillas, excelente.
Me pregunto ¿cuántos libros existirán en la historia del ser humano?, ¿cuántos escritores, seguramente olvidados?.
Nadie puede leer todo, no le alcanzaría la vida, ni la primera, ni la segunda, si es que existe.
Pero para mí, lo más importante es rescatar la actitud del lector, y la labor del escritor.
Si lo meditamos un poco, son los verdaderos y únicos protagonistas de la historia…esperemos, sin fin.
Cordial saludo

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  Francisco Brun

Bueno, la humanidad es un pozo sin fin lleno de pérdidas, de ideas, de relatos, de sueños. Perdidos, la mayorìa.

Piense en cuantas historias y vivencias, imaginadas, exageradas o reales, contadas alrededor de una hoguera, en noches cálidas o frìas, después de compartir los restos de un buen bisonte asado, y bebido ese extracto de uvas fermentadas, con una luna llena iluminando el cielo azul y las últimas nubes, con un horizonte sin obstáculos, escuchando los últimos aullidos del lobo y el sonido del viento al agitar las hojas, cuantas de esas historias o todas, se han perdido para siempre. A no ser que seamos capaces de imaginarnoslas de nuevo, de rememorar, desde nuestro inconsciente colectivo, desde nuestra memoria atávica, esas vivencias que todos alguna vez pasamos, en otras vidas. Por algo estamos aquí y ahora.

Pérdidas, o no. Todo el camino de la humanidad son pérdidas…

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  basurillas

Efectivamente, los libros, no todos, por supuesto, son conexiones, puertas que comunican con otras dimensiones. Pero solo para aquellos que tienen la sensibilidad y la receptividad suficientes. Excelente relato sr. B.

Saludos.

basurillas
basurillas
7 meses hace
Responder a  Ricarrob

Muchas gracias señor Brun y señor Ricarrob. Saludos cordiales.

Francisco Brun
7 meses hace

Recorriendo los comentarios, salta a la vista la calidad y calidez de las señoras y señores que aquí participan.
Debo pedir disculpas por una palabra que utilicé en mi comentario, que no era necesaria; podría haber dicho, “es mejor estar, en lo alto del gallinero que en lo bajo, porque la fuerza de la gravedad es inclemente”, pero no, tuve que decir una grosería.
El señor Pérez Reverte, hace mención a el refugio personal, que todos necesitamos; a ese lugar en donde estamos seguros, y libres de agresiones; a esa playa de aguas calmas en donde el sol brilla sin quemarnos.
Para mi ese refugio es mi hogar, mi familia.
Pero no puedo dejar de pensar en los que viven bajo un techo, pero a la intemperie. No sé porqué me tengo que enredar con esta gente, pero así soy yo.
Para dar un ejemplo diré este:
En una oportunidad presencié la salida de un grupo de operarios de una fábrica automotriz. Cinco minutos antes se agolpan en la salida frente a unos molinillos, en donde deben fichar su tarjeta. Y entonces, a una hora exacta y determinada, suena una sirena, y se abren las compuertas…terminaron su jornada. Me pareció como si la fábrica les dijera:
—Te devuelvo tu vida por un rato, hasta mañana, a la misma hora.
En cambio en otro sector de la fábrica pude observar como un grupo de jóvenes, mujeres y hombres, hacían su trabajo pero les permitían escuchar música; yendo a mis fantasías podrían también escuchar un audiolibro con auriculares, y disfrutar de su vida trabajando, hoy eso es posible.
Por esto, lejos de debatir si se le retribuye bien o mal el trabajo que realiza un obrero, para eso están los sindicalistas. Pongo la lupa en el trato hacia un obrero, que cuanto menos calificado, más abajo está en el gallinero. Yo pienso, que no sería muy difícil ni complejo conseguir que el último orejón del tarro, se sienta que es parte del grupo; en el que todos estamos. Insistió, y seguiré insistiendo que solo utilizando un razonamiento lógico y constructivo, hay mucho por hacer en este mundo…pongan ustedes la palabra adecuada, yo no quiero ser grosero.

Cordial saludo

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  Francisco Brun

No se disculpe, sr, Brun. La expresión fue perfecta. ¡Dejémonos ya de eufemismos, por favor! Siempre procurando no caer en lo soez. Para eso ya tenemos a los políticos. Parece imposible pero lo consiguen: su discurso está lleno de eufemismos pero, al mismo tiempo, son soeces.

Respecto al gallinero, seguimos como en la Edad Media, o peor. Lo de los obreros manuales a cambiado mucho, desde que la mayoría de puestos de trabajo son de servicios y escasean, cada vez más, los de fábrica. Ahora se trata de la misna indecorosa forma, o peor, a cualquiera. He visto, en mi otra vida, convocar reuniones de última hora, por costumbre, los viernes tarde a la hora de salir, después de una saturada semana de otras 50 horas y más. El capitalismo salvaje es insaciable.

Respecto a la labor de los sindicalistas, lo que yo he visto es que no están por la labor. No están para defender mejores condiciones de trabajo. Están para defender amnistías, defender protestas perroflautas y antisistema, defender a determinados partidos polìticos, defender grupúsculos micro-sociales y defender cualquier causa espúrea que no represente para ellos ningún trabajo extra. Como decía un crítico: ¡a las mariscadas, a las mariscadas! Es el lema sindicalista hoy. La barricada ya no existe para un sindicalista.

Saludos.

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  Ricarrob

Perdón por el incalificable «a cambiado». No he sido yo, ha sido el infame teclado de la tablet. Bueno, pues eso, donde dije a, no dije a, dije «ha».

Ricarrob
Ricarrob
7 meses hace
Responder a  Ricarrob

Algunos, pocos, escriben
y se hacen eternos.
El tiempo no pasa para ellos,
Ni para sus letras.
Otros leemos
y no pasa el tiempo,
tocamos la eternidad
con los dedos,
con los ojos,
con la inaginación.
Eternidad al alcance,
abrir un libro,
pasar las hojas,
no pasa el tiempo…

Rachel Scoffield
Rachel Scoffield
7 meses hace

Qué felicidad ! Yo crecí en una casa llena de libros, y hoy ,ya un poco más vieja, estoy rodeada de mis tesoros, libros en inglés, mi lengua materna, en español, en francés y en portugués,lengua del país donde nací.

El placer de poder elegir un libro de una biblioteca en casa es fantástico, libros que eran de los abuelos, de los padres, libros recibidos en cumpleaños y Navidades, libros comprados desde chica y libros comprados hace una semana. Solíamos decir con mi fallecido marido, que si nos fundíamos ,sería por todo lo gastado en libros!

Librerías de libros «usados», para pasar horas es una invitación a ponerse cómoda y explorar pilas y estantes casi siempre medio desordenados , pero llenos de tesoros.
Podría seguir escribiendo, con seguridad si alguien lee estas palabras, sentirán la misma felicidad que tengo al poder ir hasta una de mis bibliotecas y elegir un libro que me transporta a otros mundos.

Con cariño, y ahora voy a ir a terminar El Problema Final!!

Rachel, del fin del mundo.
Tierra del Fuego.