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Las señoras agraces

Zenda publicó a finales de octubre en esta misma sección la primera entrevista a Ana Iris Simón por su novela de debut Feria (Círculo de Tiza). Desde entonces, he seguido la evolución del libro en los medios especializados y en las secciones de cultura. Hacia diciembre, parecía un hecho que la prensa conservadora había encontrado en Ana Iris Simón su musa, una autora joven que reclamar, apoyar y bendecir. Esto me pareció curioso.

Pensaba escribir sobre ello, hace unas semanas, y preguntarme por qué una mujer joven de origen humilde que habla de pobreterías y puestos de quincalla en las ferias de pueblo, y que tiene un abuelo comunista, no sólo es adorada por la prensa de derechas, sino completamente ignorada por la de izquierdas, que sólo hacia el final ha reaccionado, supongo que un poco por pudor y otro poco por cubrir el expediente. Se me ocurrió esta frase: Babelia no hace caso a Ana Iris Simón porque es mujer y pobre”. Ya suponen qué artículo me habría salido, tirando por ahí.

El caso es que lo fui dejando y al final Juan Soto Ivars, en El Confidencial, abordó el asunto. Con el expresivo y muy lúcido título “La escritora roja que enamora a la gente de derechas”, Soto Ivars ponderaba las cualidades de Feria, al tiempo que recorría, como les digo, el desconcertante itinerario de un libro sobre lo popular y lo mísero, sobre la provincia y la exclusión social, que había entusiasmado a ABC, Libertad Digital o la revista Centinela, mientras Público, Contexto o el Babelia se ocupaban de autoras que vivían en París.

"Dos días después de aparecer el artículo, la escritora Cristina Fallarás insinuaba en Twitter que Soto Ivars había hecho algo horrible"

El artículo de Juan Soto Ivars incluía esta afirmación: “La tonelada de basura autorreferencial repleta de imperiosas glorificaciones de lo pueblerino y lo auténtico, con loas a las mujeres agropecuarias de la propia familia, hedionda de jactancia y moralina de hípster arrepentido, termina con Feria”. Nadie podía imaginar el juego que iban a dar estas palabras.

Dos días después de aparecer el artículo, la escritora Cristina Fallarás insinuaba en Twitter que Soto Ivars había hecho algo horrible. Como nadie puede leer la mente de Cristina Fallarás ni aunque se retuitee a sí misma, hubo que preguntarle a qué se refería. En diversos tuits cruzados entre ella y Soto Ivars, y el jefe de Cultura de El Confidencial, Daniel Arjona, los espectadores de la trifulca en marcha fuimos entendiendo que “el horror” que condolía a Fallarás tenía que ver con la reseña de Soto Ivars sobre Feria. Y más precisamente —colegimos al fin— con el extracto de su artículo que hemos transcrito más arriba.

Diversas aportaciones subsiguientes nos hicieron entender el fondo de la indignación de Cristina Fallarás: Soto Ivars estaba despreciando en ese pasaje el libro Tierra de mujeres (Seix Barral), de María Sánchez.

La literatura forense, como ven, existe. Algunos, antes de saber que Soto Ivars estaba hablando —sin saberlo él mismo, de hecho— de Tierra de mujeres, especularon con que el libro condenado en secreto fuera Un amor, de Sara Mesa. Era, en fin, realmente horrible que se hablara mal del libro de una mujer aunque nadie supiera ni qué libro ni qué mujer tenía en mente Soto Ivars al abominar de cierta literatura “castiza” de reciente publicación.

"Así se concluyó que ese párrafo era “VIOLENCIA” (sic, las mayúsculas), y Juan Soto Ivars, “un maltratador”"

En un desbordamiento de épica hueca muy propio de nuestro tiempo, amigas y colegas de Fallarás fueron inflamando su denuncia primera, pues la militancia hoy no la prueba señalar una injusticia o desmán, sino enrabietarse cara al público de la forma más epiléptica posible. Así se concluyó que ese párrafo era “VIOLENCIA” (sic, las mayúsculas), y Juan Soto Ivars, “un maltratador”.

El tuit clave de esta menuda polémica lo escribió la periodista Silvia Nanclares: “Violencia de manual: comparar dos libros solo porque los escriben dos mujeres. Insultar a una de ellas para ensalzar a la otra. Denigrar su trabajo, anular su reconocimiento. Ellos deciden para quién hay sitio porque su autoridad la dan por hecha. VALE YA.”  (sic, las mayúsculas)

Anotemos antes de seguir que Tierra de mujeres, de María Sánchez, fue un libro importante en el 2019. Aquí la entrevistamos, yo mismo señalé su obra entre lo mejor del año en El Confidencial —así como en una encuesta que me enviaron desde El Mundo— y, así a bulto, creo que recibió únicamente reseñas positivas, y fue atendido por todos los medios, y la autora salió incluso en la tele (El intermedio), cosa rara en esto de escribir, que te llamen de la tele. Quiere decirse que del libro de María Sánchez puedes decir lo que te parezca, que no lo vas a mover de su posición ganadora.

Con todo, Nanclares, en su tuit, daba muestras de una psicosis espectacular. Primero hablaba de un manual, suponemos que “para acabar con la escritura de las mujeres”, como decía Joanna Russ en su ensayo homónimo. Yo, la verdad, no conozco ese manual, ni tampoco la práctica que en él parece deletrearse: comparar dos libros de mujeres para hacer de menos a una. No recuerdo ni un solo artículo en ninguna parte donde se hable de dos escritoras y se diga que una es muy mala y otra muy buena, ni que esto sea común en el periodismo cultural. De hecho, tampoco tendría nada de malo que alguien comparara dos libros y se decantara por uno de ellos. La comparatística no es violencia, sino una metodología.

"Nanclares propone un campo literario donde una mujer nunca lea nada negativo sobre su obra"

“Denigrar su trabajo, anular su reconocimiento”, dice luego Nanclares, ebria de denuncia y con esa cómoda ferocidad que se deriva de pelear contra fantasmas imaginarios. La autora concede un poder enorme a un tipo que escribe un artículo, cuando ella misma —según reza su biografía— también escribe artículos, en El Diario o Contexto, amén de participar en un programa de radio, Carnecruda. Fallarás escribe en Público (contestará a este artículo con otro, como es obvio), sale por la tele. Soto Ivars también sale por la tele. En fin, cada uno tiene sus foros y sus fobias, dice cosas, apoya o desaconseja, lo que viene siendo el sano juego cultural y político de una democracia.

Que alguien diga del libro de una mujer, pongamos que con título y apellidos, que es muy malo es algo que debería hacerse más, de hecho. Nanclares propone un campo literario donde una mujer nunca lea nada negativo sobre su obra, lo que viene a significar que para ella las autoras son menores de edad que acaban de entregarnos su primera redacción escolar, y hay que ser piadosos. No creo que ninguna autora adulta, seria y orgullosa (todos los autores somos orgullosos) se sienta feliz sabiendo que, escriba lo que escriba, nadie le va a decir que no le ha gustado. Imaginen ser novelista, mujer, digo, y que salga tu libro y, automáticamente, todo sean elogios, claramente rutinarios y hechos sólo por no molestarte y por miedo del crítico a que Fallarás/Nanclares le acusen de maltratador, caso de no perpetrar estas alabanzas. Es un escenario de extorsión intelectual y amenaza laboral muy poco atractivo, desde luego.

Otro asunto es cómo cae sobre la conciencia de estas personas el ir llamando maltratador al buen tuntún a gente inocente y, por lo general, menos turbia y violenta que ellas. Esto nunca lo sabremos.

"Curiosamente, para quien no hay sitio nunca en el articulismo y militancia de Fallarás, Nanclares y sus colegas es para mujeres que no sean amigas suyas"

“Ellos deciden para quién hay sitio, etc.”, delira ya Nanclares. Obviamente, yo, en mi pequeñez, decido qué libros me gustan, cuáles saco y recomiendo, como hacen todos los críticos, periodistas, tuiteros, lectores en Amazon con sus estrellitas y lectores en Goodreads con las suyas. Y todos ellos, por lo que parece, decidieron un día que Tierra de mujeres tenía sitio y han decidido estos meses que Feria también tiene sitio. O Panza de burro o Un amor, todos ellos libros escritos por mujeres. Curiosamente, para quien no hay sitio nunca en el articulismo y militancia de Fallarás, Nanclares y sus colegas es para mujeres que no sean amigas suyas o no orbiten alrededor de los medios donde escriben, amén de para todas aquellas que se muestren reacias a suscribir su alucinado discurso de víctima vitalicia.

En rigor, la militancia de estas autoras no atiende ya al feminismo o a la igualdad, sino a una capilla literaria de nuevo cuño. Aquí, debo decirlo cuanto antes, las absuelvo. Ciertamente, si muchos escritores se coaligaron durante décadas, y siguen haciéndolo, en cabildos literarios de bombo mutuo y sabotaje de los demás, con estrategias definidas para tomar suplementos literarios y sacar beneficio recíproco de esas posiciones y, en fin, darse por ganadores de la carrera literaria, ellas, claramente, pueden hacer lo mismo; pueden hacer el mal. La faena tóxica, al cabo, no es privativa de los hombres: las mujeres también pueden darse a las toxicidades en comandita, jugar sus cartas y ver qué pasa. Mucha suerte.

Lo que resulta sonrojante para cualquier persona cultivada es asistir a linchamientos públicos, con el nada prudente apelativo de “maltratador”, sólo por decir (y ni siquiera era el caso de Soto Ivars: noten por favor el disparate) que un libro de una mujer no te gusta, sea con las palabras que sean y el argumentario que toque. Ha sido así toda la vida, Nabokov contra Faulkner, Marías contra Cela, Umbral contra Pérez-Reverte, y lo seguirá siendo si aún creemos en la libre expresión y en la propia literatura, que, de momento, va de que gente adulta diga cosas, y no de que señoras agraces nos impidan decirlas.

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