Esto leemos en la sinopsis del presente libro: “Siguiendo nuestros impulsos menos decorosos nos hemos acercado a Foucault por detrás para dejarlo embarazado, haciendo de la lectura una especie de sodomía o de inmaculada concepción, pero en formato orgía, porque somos muchas”. Ahí es nada.
En Zenda reproducimos el arranque de la Introducción de El bestiario de Foucault (Akal), edición a cargo de Rodrigo Castro y Pablo Lópiz, y con ilustraciones de Claudio Romo.
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¿Era necesario –te preguntarás–, un bestiario de Michel Foucault? ¿Para qué diablos sirve un libro así? ¿Qué va a ser lo siguiente, el cuaderno de reglas para el juego de rol? ¿No supone la imperdonable banalización de una obra teórica y, sobre todo, políticamente significativa, importante: la frivolización de un difícil trabajo conceptual y analítico que debiera ser acogido con seriedad y respeto? Además, ilustrado. ¿Qué se pretende? ¿Otro de esos libros-objeto buenos solo para regalar en Navidad o para decorar, como una litografía pop o un flexo vintage, la casa de gente que gusta aparentar sesudos intereses intelectuales, coleccionistas solo de signos de distinción?
Se ha convertido en lugar común citar el prólogo de Deleuze y Guattari a su ¿Qué es la filosofía? para presentar la interrogación acerca de la naturaleza enigmática de esto que hacemos. No nos interesa tanto su respuesta –ya sabes, esa que dice que la filosofía es el arte de fabricar conceptos– como allí donde dicen que tal vez no se pueda plantear la pregunta «hasta tarde, cuando llega la vejez». ¡Ay, parece que al final de su vida Deleuze se hubiera pasado al bando de los aristotélicos, que dicen eso de que la filosofía no es para jóvenes! Nosotros, en el bando de los epicúreos, creemos que nunca es demasiado pronto para filosofar: tampoco para abordar con concreción la pregunta clave sobre la naturaleza de la propia actividad. En este libro, en El bestiario de Michel Foucault, arriesgamos, en la práctica, una respuesta: la filosofía es, entre otras cosas, un género literario –primo hermano de la novela de aventuras, vecino de la poesía, compañero de viaje del tratado científico–.
Un libro de terror
Al menos una cosa concederás: el objeto que tienes entre las manos –aceptemos llamarlo libro (pero no cualquier libro, ni siquiera este título, sino el ejemplar concreto que en este momento sostienes)– es sumamente frágil, más que un jarrón chino o una figura de Lladró. Imagina una gota de lluvia a punto de tocar la superficie ondulada del mar y podrás calcular lo próximo que se encuentra a romperse para siempre en la insignificancia. Déjalo a un lado y todo lo que es habrá desaparecido. Si luego lo vuelves a abrir ya será, al igual que tú, otro distinto. La lectura, como todo el mundo sabe, es un acto taumatúrgico. Hace surgir casi de la nada, de una colección de dibujos –pues ¿qué son las letras sino trazos de tinta, arabescos sobre papel?– esa cosa extrañísima que llamamos sentido. Pues esa cosa tan rara es precisamente lo que soportas ahora en tu regazo. De ti depende si la acoges o, al contrario –juez terrible–, la destinas al olvido. Mientras te decides, déjanos aprovechar este instante aún juntos en este prólogo para advertirte, caso de que sigas acompañándonos, de algunos peligros que corres si continúas leyendo El bestiario de Michel Foucault.
En primer lugar, este no es un libro para niños, al menos no en el sentido de pertenecer a lo que habitualmente se considera literatura infantil y juvenil, ese subgénero que tantas veces funciona como mecanismo pedagógico y, por lo tanto, disciplinario a través del cual imponer unos estrictos valores morales y una complacida visión del mundo. Sí –justo al contrario– es un libro para niños si tenemos en cuenta que quizá solo ellos, los niños –el adolescente sería, para esto, demasiado viejo–, son capaces de percibir en toda su profundidad los espantos de la existencia. No esperes en él una historia con final feliz o un cuento con moraleja. Si se emparentara con algún género narrativo, sería con el de las novelas de terror. Verás pasar a través de él sangre, deseo, muerte y torturas, algunas de ellas tan pequeñas y sistemáticas –tan normales– que resultan imperceptibles, todo un entramado de crueldades sordas que, precisamente por su invisibilidad, resulta aún más asfixiante. Contemplarás vidas oscuras, pero esa oscuridad no será lo más tenebroso. Más inquietante es la luz que en muchos casos las ilumina, una luz como amarilla y enfermiza que saca a esas figuras de la oscuridad en la que podrían haber soñado permanecer escondidas. Contemplarás vidas pequeñas demolidas, aplastadas, intentos grotescos de resistencia, alternativas hermosas e inútiles, proyectos atrevidos y fracasados.
Ríete cuanto quieras –nosotros lo hacemos a carcajadas, pues el terror no está enemistado con la risa–, pero recuerda que los horrores que se insinúan, los sufrimientos que se barruntan, la profunda insensatez de la razón que gobierna a los personajes de este libro o la vulnerabilidad de quienes son tratados como extraños no difieren sustancialmente de los que caracterizan nuestro mundo.
Como en toda buena obra literaria nos parece que en Foucault el animal verdaderamente terrorífico no es ninguno de los personajes que, a primera vista, pudieran presentarse como tal. Desde La caída de la Casa Usher, de Edgar Allan Poe –ese cuento protagonizado por el personaje del doble–, el horror proviene, no de la perversidad de los personajes que atraviesan la narración, sino de un cierto ambiente de pesadilla, de una presencia difusa, a la vez exterior e interior, que rodea a los personajes y tiende a engullirlo todo. Tampoco en Foucault el horror proviene de ninguno de los personajes que habitan la escena. Unos y otros se agitan, toman decisiones, yerran o pugnan por escapar al fantasma que los asedia. Este no es un gran monstruo que, como un Cthulhu o como el dominio de la burguesía vendría a cernerse sobre las pobres almas perdidas, sino algo mucho más silencioso, un poder microfísico que los rodea y penetra, que los confunde y los arrastra. Al parricida en su gesto brutal, pero más aún al pastor o al psiquiatra con sus buenas intenciones –su colaboración necesaria– y su fe en sí mismos, con su irredimible ceguera. ¿Quién eres tú, a quién te pareces en el teatro del absurdo de la literatura filosófica contemporánea?
Un libro antifascista
No lo vamos a ocultar. Este libro tiene un enemigo principal que se encuentra mucho más cerca de lo que parece. Cuando Foucault escribió en 1977 el prefacio a la edición en inglés del Anti-Edipo identificó al adversario estratégico con el fascismo. En dicho momento las manifestaciones históricas del totalitarismo de la primera mitad del siglo XX eran lo suficientemente recientes como para que fuese necesario advertir que también existía otra forma del fascismo mucho más sinuosa, solapada y cotidiana. Una que no emanaba del delirio de las masas, sino que se reproducía en una multiplicidad de gestos de la vida diaria. De ahí que Foucault calificase a la obra de Deleuze y Guattari como «una Introducción a la vida no fascista», el primer libro de ética que se escribía en Francia después de años, cuyo objetivo era desplegar un arte de vivir para «no enamorarnos del poder». Había una profunda belleza en esta sentencia y una emoción intensa en este prefacio que aun creía en la existencia de un horizonte para la acción política.
Casi cincuenta años después el enemigo que nosotros enfrentamos se ha hecho mundo. Por eso hoy no podemos pedirte que no te enamores del poder, ya que lo respiras a cada instante, lo contemplas en la televisión, lo consumes en el desayuno, lo disfrutas en tu móvil, lo padeces en el trabajo, lo sudas mientras sueñas. La paranoia unitaria y totalizante se ha convertido en el sentido común de la vida y lo ha hecho trastocando toda lógica. No se trata ya de que deseemos lo que nos subyuga o nos explota. El problema ahora consiste en vivir convencidos de que la opresión representa la única libertad posible. El fascismo actual ya no es un fenómeno de masas, aunque salga a la calle y vocifere su odio. Su rostro principal reside en la tiranía del individuo, en esa regla que ha hecho del interés personal la única norma universal. Antes y después de mí nada que no sea yo, antes y después de mí el diluvio. Si tienes dudas sobre esto observa, por ejemplo, al fascista cuando viaja. Verás que no le interesa en absoluto estar en algún lugar ni la gente de los sitios que visita, sino solo las fotografías que le permiten relatar en sus redes que estuvo allí. El fascista contemporáneo es un experto en la edición de vídeos sobre sí mismo, un artista en el uso de filtros y otros efectos informáticos para contenidos que siempre dan noticia de su propia personalidad. No aspira al reconocimiento en un sentido valorativo porque su objetivo es la visibilidad de su yo como fin absoluto. Para él o para ella existir se ha convertido en estar viéndose dentro de una pantalla mientras la sociedad se derrumba. No sabe salir de ese reino narcisista en que los otros exclusivamente existen como likes. Aniquila todo erotismo, toda acción gratuita o generosa porque no hay experiencia que le conduzca más allá de su egoísmo competitivo y de su obsesión por su subsistencia individual.
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Autores: Rodrigo Castro y Pablo Lópiz (ed.) Título: El bestiario de Michel Foucault. Editorial: Akal. Venta: Todos tus libros.


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