Hete aquí una larga carta con dos destinatarios: a la propia narradora y al fantasma de su padre. La autora afronta distintas muertes físicas y figuradas: las de la conciencia de su progenitor, las de su propia salud y las que a lo largo de su vida le provocaron los dolores y las angustias de una mente que pareciera configurada para el sufrimiento.
En este making of Alejandra Soria cuenta cómo escribió Resistencia (ADEL).
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Resistencia afloró de entre mis entrañas la noche que vi la carne de mi padre atravesada por tubos y sondas. Me parecía imposible que los confines de su existencia acabaran ahí, delimitados por una plancha fría y dura de hospital. Sin voz y probablemente sin conciencia. Conforme fueron pasando los días, los recuerdos de mi vida a su lado anegaron mi cerebro, pesados y calientes, como el torrente de sangre que inundaba el de él. Se volvieron intrusivos, persistentes. Aullidos que se resistieron al silencio hasta ser escritos.
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He escuchado, en voz de varios escritores publicados y otros consagrados, de la importancia de la disciplina para escribir. La rutina que se tiene que cumplir a rajatabla, como obsesión o, incluso, superstición, para invocar a las Musas. Durante los primeros años de escritura de Resistencia no tuve el privilegio de contar con un espacio dedicado exclusivamente al trabajo creativo. Dos meses antes del aneurisma de mi padre, me diagnosticaron cáncer de mama y el tratamiento fue apagando mi cuerpo y mi mente. El efecto de las quimioterapias era tan devastador que apenas si podía garabatear algunas palabras de manera esporádica. Había imágenes, momentos que había pasado al lado de mi padre, que me rondaban durante la vigilia o en el sopor del sueño medicado; con algunas me entretenía, otras me acunaban. Como no quería que se perdieran, olvidarlas, olvidarlo, las anotaba aquí y allá, sin rigor ni objetivo más que el de guardarlas en el trazo de las palabras.
Aunque, a decir verdad, tampoco existió ese espacio creativo delimitante, ritualístico, rutinario, porque en un inicio no existía la idea de escribir un texto redondo y, mucho menos, que fuera publicable. Anotaba ideas, sensaciones, emociones como si fueran fotografías para un álbum. Los meses fueron pasando y, mientras mi cuerpo iba sanando, el de mi padre seguía sin despertar. Lo que antes nos había unido, la palabra, su voz, se había muerto. Me había quedado a solas con su silencio. Ante este vacío, las anotaciones que había estado haciendo se me presentaron como una posibilidad, la de un diálogo imposible con mi padre. Ahora la palabra tendría que unirnos desde el recuerdo y la escritura.
¿Cómo darle forma a una vida y justificar su escritura? No quería contar su vida ni la mía, sino la nuestra. La de la relación entre un padre atípico, con más sombras que certezas, y su única hija, que a lo largo de su existencia se ha debatido entre transformar a su progenitor en Frankenstein, bajar al infierno con él, negarlo o sublimarlo. Cada decisión la enfrenta con el padre y ese camino pedregoso, que se bifurca, se reencuentra, es la historia de su propia existencia. La historia comenzó a tomar forma en mi cabeza y lo que seguía era encontrar el hilo narrativo que uniera todas las instantáneas que había escrito durante muchos meses. Aún así, no tenía, en ese momento, otra justificación más que la de buscar una nueva manera de relacionarme con mi padre silente. De rescatarlo de la oscuridad donde se encontraba a fuerza de palabras.
Como yo no soy escritora y la página en blanco me paraliza, opté por escribir en la aplicación de notas del celular. Un espacio diminuto, sin pretensiones, disponible en cualquier momento y en todo lugar. No era intimidante y le restaba la formalidad de “estar escribiendo”. La ceremonia se volvía parte de mi cotidianidad y podía hacerlo a la par que volvía a ser madre de mi hijo tras el tratamiento. Redacté capítulos enteros mientras esperaba en la fila de la escuela para recogerlo, al acompañarlo a los entrenamientos de fútbol, en alguna reunión escolar poco interesante o donde me asaltara la idea.
No puedo negar que este sistema de escritura mínima a la larga se volvió insostenible y fue el origen de un problema estructural que por poco me hace abandonar el proyecto. Pero eso vendría después, porque lo que llegó a continuación fueron las cajas con todos los escritos de mi padre. Porque mi padre sí era escritor y, sobre todo, poeta. Escribió textos de carácter político, musical, poético y ensayístico; casi todos ellos tan vitriólicos que, por una u otra razón, lo habían convertido en un indeseable para muchas personas. Tan reconocible que prefirió pasar sus últimos años acorazado en una casa sin timbre ni teléfono. Me dediqué a leerlos para encontrarlo, porque cada vez, al intentar explicarme muchas de sus actitudes, se me volvía aún más inasible. Se escapaba entre las palabras. Huidizo como siempre lo fue.
Volví a escuchar su voz en sus textos. Sus frases me hablaban y pude tener esa conversación que pensé perdida para siempre. Como le empecé a tomar gusto a esto de la autoficción, quise jugar con los intertextos. Las voces cruzadas. Solo probar, experimentar, porque yo no estaba escribiendo nada en serio; eso lo hacen los escritores, como mi papá, y yo no soy escritora. En uno de los capítulos mezclé las voces de tres personajes junto con las citas de un texto de carácter político que publicó mi padre en el periódico y el ruido de fondo del noticiero radiofónico de la tarde. Como el caos es mi expertise, me aventuré. Me divertí jugando con los diálogos como si fuera una de las actividades que preparaba para mi hijo. El resultado me pareció aceptable y opté por utilizar el recurso en ciertos momentos del libro. Además, este enjambre de registros logra ejemplificar nuestra dinámica familiar.
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Al terminar la primera versión, alrededor de cuatro años después de haber empezado con aquellas primeras anotaciones, me di cuenta de dos cosas. Una. Tenía un texto terminado. La idea de ir un paso más allá no parecía una quimera. Dos. Si realmente quería tener un texto decente, ya fuera para publicación o auto publicación, necesitaba forzosamente un editor. Estaba consciente de por dónde hacía agua mi texto: sobre todo la maraña estructural que había acarreado desde su origen disperso y producto más de las entrañas y del duelo que de una intención literaria. Ahora bien, ¿cómo una mujer de cuarenta años, sin publicaciones previas y sin relaciones en el mundo editorial podría encontrar un editor? Tuve suerte. Una conocida de la carrera de literatura, ahora afincada en Barcelona, y su colega me ayudaron a imprimirle disciplina al oficio. El tener correcciones mensuales que entregar me obligó a buscar ese espacio destinado únicamente al trabajo creativo. Dediqué mis mañanas a escribir mientras mi hijo estaba en la escuela y mi marido en el trabajo. Los tres estuvimos trabajando dos años en el texto. Agregando, recortando, puliendo. Reacomodando los capítulos una y otra vez. Llegamos a un punto donde el texto no se sentía terminado, pero tampoco lográbamos pensar en nuevas propuestas. Tácitamente reconocimos que el escollo al que nos enfrentaba la estructura era insuperable y decidimos partir nuestros caminos. Dejé reposar el texto.
Mas no dejé de pensar en él. Rumiarlo. Encontrar la fórmula que me permitiera ordenarlo. Necesitaba ojos nuevos. Un lector diferente. Entonces hice, ingenua de mí, lo que cualquiera en mi situación haría: buscar en internet agencias literarias y enviarles correos electrónicos pidiendo los servicios de un editor. Está de más decir que la respuesta fue prácticamente nula. Muchos de los correos ni siquiera se abrieron. Pero no desistí. Al poco tiempo di con una agencia que aceptaba trabajar con uno siempre y cuando se pagara un informe de lectura y este fuera medianamente favorable. Se abría una puerta. O no. Tras esperar algunas semanas, el informe de lectura llegó. Devastador. El informe en sí, no tanto lo que concluía sobre mi texto. Tras pagar varios cientos de euros llegó un análisis mediocre y mal escrito. Me comuniqué con la agencia, les dije que yo había sido profesora de literatura y que lo que me habían entregado era inaceptable incluso para un alumno de preparatoria. No me dieron la razón pero me contactaron con una de sus mejores editoras. Entonces el verdadero trabajo comenzó.
“¿Qué quieres lograr con el texto?”, fue lo primero que me preguntó la editora. Francamente no tenía idea, pero sí sabía que quería que fuera un texto bien escrito y fiel a mi estilo, cualquiera que esté fuera, sin importar si tuviera uno o ningún lector. Nos abocamos a resolver el problema de la estructura porque de no lograrlo nunca tendríamos un texto inteligible. La editora me propuso una solución tan clara y obvia que no comprendí cómo no la había visto antes: al haber diferentes tiempos conviviendo entre sí, lo más razonable era optar por ordenar el pasado en orden cronológico. Regresé a aquellas instantáneas de hacía seis años e hice una línea de tiempo. A partir de este nuevo orden volví a pulir el texto y aproveché para hacer un cambio en cuanto a la voz narrativa.
El texto surgió como un diálogo imposible con mi padre ausente, por lo que me pareció natural hacer uso de la segunda persona para la voz narrativa. A lo largo del camino se me sugirió que cambiara a la voz tradicional de la tercera persona, para que fuera un texto más accesible. Sin embargo, cada vez que regresaba a él y hacía correcciones, me parecía que la segunda persona era fundamental para el tono de la historia. Así que le propuse a la editora cambiar la voz y ver cómo funcionaba. No era algo definitivo, sino un ejercicio. Y nos gustó la intimidad que le imprime al texto. Ahora lo que había que resolver era el formato de los diálogos y el de los varios intertextos.
En este punto fue esencial la lectura de Daniel y María, de Adel Editores. A la par que estaba buscando agencias literarias también comencé a enviar correos electrónicos a las distintas editoriales, tanto de Latinoamérica como de España, que decían aceptar manuscritos no solicitados. No hubo respuesta alguna. Y no pudo haber habido una porque, si la extensión del Mail Tracker para Gmail funciona, los correos, en más de un noventa por ciento, no fueron abiertos. Pero no desistí, porque tiempo era lo que había ganado al sobrevivir el tratamiento contra el cáncer. Quienes sí respondieron fueron Daniel y María. No fue la réplica automatizada de muchas editoriales que advierten que tardarán meses en contestar en caso de que les interese el manuscrito, y que si no hay respuesta en determinado tiempo es porque no aceptaron la propuesta. Todo lo contrario, agradecieron la confianza que depositaba en ellos al enviarles mi trabajo y, la delicadeza máxima, me iban a contactar aceptaran o no el manuscrito. Tras meses de correos intercambiados llegamos al punto en el que formalizamos nuestra relación e hicimos juntos los últimos cambios.
Ante la duda de si dejar los diálogos dentro del texto y las citas intercaladas en él u optar por el formato más tradicional, María y Daniel apostaron por mi estilo porque refleja de forma material cómo la vida y la literatura están imbricadas en la historia. Yo tuve suerte de haberme encontrado con una editorial que respetara el tempo lento de la escritura, las múltiples reescrituras, los errores de mi parte y, sobre todo, el carácter propio del texto. Me hubiera podido quedar con aquella primera versión, pero las lecturas de los editores que tuvo el manuscrito a lo largo de los años me ayudaron a encontrar mi propia voz, puliendo aquellas anotaciones iniciales que exudaban bilis, tripas y rabia en una obra diga de ser publicada por Adel Editores. Su nuevo hogar.
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Autora: Alejandra Soria. Título: Resistencia. Editorial: Adel. Venta: Todos tus libros.


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