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El castrismo, en la diana

El título de la cubierta del libro que tengo en la mano —Fermín Gabor, La lengua suelta, edición de Antonio José Ponte— no resulta muy esclarecedor. La portadilla, curiosamente algo distinta, añade misterio: “Fermín Gabor, La lengua suelta, seguido del Diccionario de la lengua suelta, por Antonio José Ponte”. Convendrá por tanto comenzar con unas aclaraciones.

El “desaparecido” Fermín Gabor es autor de una serie de textos que circularon como correos electrónicos y aparecieron más tarde en la revista digital La Habana Elegante bajo la rúbrica La lengua suelta. El escritor cubano refugiado en España Antonio José Ponte rescata medio centenar de esos blogs, los cuales complementa con un “diccionario” en el que aparecen en orden alfabético los personajes mencionados en ese sitio de Internet. Ocurre que el desconocido Gabor es un autor imaginario, pseudónimo, o mejor heterónimo, de Ponte. El grueso libro establece un diálogo entre el autor real y su doble (su “máscara”), un sugestivo juego de identidades con una exclusiva meta, repasar la vida literaria cubana durante la década inicial de nuestro siglo, periodo al que se ciñe el blog, y remontarse a sus raíces, el triunfo de la revolución castrista. El blog, dicho con términos taurinos, torea el morlaco de la cultura institucional cubana y el diccionario le da la puntilla. Jugando con el doble sentido de los términos, Ponte continúa las “lápidas” de Gabor y su trabajo de “lapidario”.

"Recordaré las acusaciones de complicidad y oportunismo dirigidas a los famosos cantantes de la Nova Trova, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y el juicio sobre la capacidad de denuncia de la refrescante película de Gutiérrez Alea y Taibo"

El juego autorial Ponte/Gabor supone una perspectiva humorística que conecta la obra con un tipo de comentario de máximo prestigio en el siglo XIX y hoy en desuso, la crítica satírica. Muy bien dotado Ponte para este trabajo, nos recuerda la labor “higiénica y policíaca” de Clarín por la perspicacia de sus observaciones, por su amplia cultura, por su arrojo y por su ánimo reformista. Como el maestro asturiano, no le pone coto al comentario burlesco, a la sátira y al insulto. Véase un mínimo muestrario de descalificaciones hirientes. Dice de Miguel Barnet: “Poeta de tirar su obra completa por un barranco, lo que ha publicado como ensayo no vale la pena”. De Zoé Valdés, la “vedette hambrienta de fama” que “aspira a ser papisa del exilio” y “no tiene quien la escuche”, afirma: “famosa novelista pésima”, “su único tema obsesivo es la mala escritura”. Las novelas policiales de Padura “son mortalmente burocráticas”; y a propósito de El hombre que amaba a los perros, ficción sobre Ramón Mercader, el asesino de Trotski de origen cubano, lo compara con Isaak Bábel, inventor de un género nuevo, “el silencio”, solo que en Padura es disimulo lo que en el ruso fue consecuencia de la represión soviética que le costó la vida. El tándem Zoé/Padura lo amplía con el Bukowski isleño, Pedro Juan Gutiérrez, de quien reproduce unas palabras de una entrevista en el periódico madrileño El Mundo: “Lo que hizo Obama respecto a Cuba ayudó. Ahora Trump se empeña en castigar y aplastar con una brutalidad y una agresividad increíble. No obstante, creo que seguimos, a pesar de todo”. Glosa de Ponte: “¿Referencias a los gobernantes de Cuba? Ni por asomo. Todo el problema es de Washington, todo el problema es Washington. El embargo estadounidense gobierna Cuba. Esta hipótesis hará que el resto de los libros de Pedro Juan Gutiérrez alcancen edición habanera”.

La lista podría alargarse, pero añadiré solo la sentencia sobre otra escritora, Ena Lucía Portela, por su rotundidad: “Ha escrito algunas de las páginas más bobas de la reciente literatura cubana”. Y como Ponte no habla solo de escritores, recordaré las acusaciones de complicidad y oportunismo dirigidas a los famosos cantantes de la Nova Trova, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y el juicio sobre la capacidad de denuncia de la refrescante película de Gutiérrez Alea y Taibo: “Fresa y chocolate, si es una obra crítica, Mujercitas también lo es”.

"Inevitablemente aparece el García Márquez adicto al poder. De Cortázar señala su abandono de Cabrera Infante cuando tuvo que exilarse y de Vargas Llosa cita la carta a Carlos Fuentes quejándose de las indecentes frivolidades contra la Revolución de nuestro amigo Guillermo"

Como puede suponerse, los detentadores del poder reciben su merecido. Entre ellos figuran la poderosa Haydée Santamaría, directora de la máxima institución cultural, Casa de las Américas, o la obsequiosa bailarina Alicia Alonso, “con su voz de vieja grulla”. Con más detalle se refiere a uno de los mandarines culturales, a Pablo Armando Fernández, de quien recuerda un episodio esperpéntico: el “vasallo” llegó al éxtasis cuando Fidel se presentó inopinadamente en la celebración de su cumpleaños. A otro personaje de la nomenklatura, Roberto Fernández Retamar, lo señala como el único escritor que puso su firma en una sentencia de muerte a tres jóvenes negros que secuestraron una embarcación para marcharse del país. Y yendo a la cúpula revolucionaria, ridiculiza a Fidel y describe al Che Guevara como poderoso inventor: “Otros inventaron el refrigerador y el aire acondicionado, él inventó la fría máquina de matar. Invenciones o reinvenciones suyas fueron el hombre nuevo, el trabajo voluntario y el tantito-así como unidad de medida”.

No solo la gente del interior figura en La lengua suelta o en el Diccionario. Inevitablemente aparece el García Márquez adicto al poder. De Cortázar señala su abandono de Cabrera Infante cuando tuvo que exilarse y de Vargas Llosa cita la carta a Carlos Fuentes quejándose de “las indecentes frivolidades contra la Revolución de nuestro amigo Guillermo”. También menciona a figuras no hispánicas. Aparece como un arribista Saramago, sobre cuya obra tiene una opinión abultada, pero no del todo falsa: “Difícilmente puede hallarse en la actualidad un escritor de renombre con tanta debilidad por lo pedagógico como Pepito Saramago. Su prosa se desvive por adoctrinar, y él plantea concluir su carrera de novelista como fabricante de fábulas morales”. Y en el lingüista Chomsky encarna el sectarismo ideológico: “Criminales de diversas regiones del mundo han sostenido sus liderazgos políticos —de Castro o de Chávez— para recibir el apoyo del eminente profesor Noam Chomsky. Siempre que sean de izquierda esos criminales. Siempre que sean antimperialistas. Antimperialistas del imperio yanqui”.

"Unos celebrarán sus vitriólicos comentarios. Otros renegarán de una acometida que situarán en el ámbito de las campañas de la nueva guerra fría contra la izquierda. Pero todo el mundo, supongo, apreciará el ingenio, el desenfado corrosivo, la flexibilidad de la prosa y la inventiva verbal del autor"

Tampoco faltan nombres del mundo cultural español. En las crónicas de Mauricio Vicent en El País advierte su afición a señalar cualquier novedad isleña como una señal de apertura, siempre engañosa. A Isaac Rosa lo trae a colación a propósito de haber ganado el venezolano Premio Rómulo Gallegos con un jurado de “un solo bloque político” que representaba “la garantía de una adhesión sin reservas a la ideología revolucionaria”. Lo contrapone a un anterior galardonado, el vitriólico colombiano Fernando Vallejo, quien en el acto de entrega ridiculizó a Fidel y donó el cuantioso premio a la Sociedad Protectora de Animales. Invitado el escritor sevillano a La Habana y Caracas, “ha preferido no quedarse en ninguna de esas dos capitales hasta tanto lo del paraíso no sea noticia firme. Entre la destrucción del capitalismo y la construcción del socialismo, Isaac Rosa elige las incomodidades y sufrimientos de la primera”.

A otra de nuestras últimas narradoras comprometidas, Belén Gopegui, le recuerda un artículo en el que le pedía al ministro cubano de cultura “que le dictara temas sobre los cuales se necesitara escritura, porque ella arrimaría el hombro, el brazo, el antebrazo, así como la mano de escribir”. Por lo cual el ministro “la llamó «musa de la Revolución» o piropo parecido”. Todo ello viene a propósito de la novela procastrista El lado frío de la almohada, y si no le saca jugo a la única pieza teatral de la madrileña, “Coloquio”, es, seguro, porque no conoce el libro Cuba 2005, preparado por Alfonso Sastre, donde la publicó. Esta obra colectiva, de cerrada apología de la revolución de los barbudos, habría sido un festín para la pluma sarcástica de Ponte.

La lengua suelta se inscribe franca, gozosamente en el género del libelo. Pone en la diana el castrismo cultural y dispara múltiples y certeros dardos. Prebendas, intelectuales genuflexos ante el partido, censura, denuncias, miedo, represión… La cucaña de las letras aparece en todo su impudor en una dictadura sin miramientos. Antonio José Ponte busca no dejar indiferente al lector. Trata de mostrarle esa realidad sombría y ganarle para su causa. Unos celebrarán sus vitriólicos comentarios. Otros renegarán de una acometida que situarán en el ámbito de las campañas de la nueva guerra fría contra la izquierda. Pero todo el mundo, supongo, apreciará el ingenio, el desenfado corrosivo, la flexibilidad de la prosa y la inventiva verbal del autor. Todos le reprocharán también, creo, que resulte reiterativo por la dimensión desconsiderada del libro.

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Autor: Fermín Gabor. Título: La lengua suelta. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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