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Construir un árbol y dejar crecer un edificio

Construir un árbol y dejar crecer un edificio

Al principio había una imagen. Tenía en la mente la imagen de un hombre que poco a poco se va convirtiendo en árbol y de su mujer, que lo planta en una maceta del balcón y lo riega, mientras las ramas del árbol siguen creciendo y cubren la fachada. Me puse a escribir para llegar a la historia detrás de esta imagen, y mientras escribía surgía una imagen nueva, la de una niña que se dedica a cavar hoyos hasta desaparecer en uno. Para mí la historia del hombre-árbol y la de la niña estaban conectadas. No solo por la relación de ambos con la tierra, sino porque eran vecinos, vivían dentro de un mismo edificio.

Una imagen siguió a la otra, y así fui poblando aquel edificio del número 29 con más y más personajes e historias que se entrelazaban entre sí en los lugares comunes y con los ruidos que atravesaban los tabiques. A esa primera fase del proceso de escritura la llamo la “fase árbol”, la del crecimiento orgánico. A ella le siguió una fase de “construcción”. Después de todo se trataba de componer la estructura de una novela-edificio: examinar el material acumulado hasta entonces, añadir y recortar tramas, unir vínculos sueltos y tapar agujeros, pero también: amueblarlo con espejos convexos y armarios de doble fondo, dejar algunos huecos, contar con espacios para la imaginación y la incertidumbre.

"El edificio del número 29 cuenta con varios espacios en blanco que cada lector y cada lectora terminará rellenando a su modo"

No me atrae escribir una historia que ya conozco de antemano. Me gusta dejarme sorprender por dónde me lleva esta imagen o aquella trama, encontrar conexiones inesperadas, experimentar cambiando premisas. Y con el tiempo ver cómo el texto-edificio va tomando forma, aunque eso no signifique obtener respuestas para todo (es más: por lo general la literatura se presta mejor para plantear preguntas que para dar una respuesta).

El edificio del número 29 cuenta con varios espacios en blanco que cada lector y cada lectora terminará rellenando a su modo. Los narradores ofrecen puntos de vista diferentes sobre las diversas tramas y a lo largo de la novela se encuentran pistas que se inclinan por una lectura y otras que indican el camino contrario. Lo más probable es que al final queden algunas piezas sueltas, pero me interesa más la tensión que la solución, aquella tensión que proviene de la incertidumbre y de la coexistencia de varias posibilidades abiertas. Además, de obtener todas las respuestas, la novela se terminaría al cerrar el libro.

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Autora: Juliana Kálnay. Título: Breve crónica de una paulatina desaparición. Editorial: Acantilado. Venta: Todostuslibros y Amazon

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