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El Cid, un señor de la guerra

El Cid, un señor de la guerra

“Detrás del origen de la biografía del Cid es muy probable que estuviese una mujer”

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, es una de las figuras históricas más enraizadas en el imaginario colectivo de los españoles, desde el Cantar de Mio Cid hasta la película de Anthony Mann protagonizada por Charlton Heston y Sophia Loren. Pero, ¿fue el Cid un héroe, un símbolo de la cristiandad cruzada, tal y como a menudo se le ha querido pintar? David Porrinas González es el autor de El Cid: Historia y mito de un señor de la guerra. El libro, publicado por Desperta Ferro, sitúa pues al personaje en su tiempo, su mentalidad y sus circunstancias: el escenario para la epopeya del Campeador es una península Ibérica donde los reinos cristianos comienzan a expandirse a costa de las débiles taifas andalusíes.

—¿Por qué hemos conocido al Cid en la asignatura de Lengua y no en la de Historia?

"En 1929 se publica La España del Cid, de Menéndez Pidal, pero tendremos que esperar nada menos que sesenta años para ver publicado un estudio histórico del Cid"

—Porque, tradicionalmente, ha sido un personaje bastante más estudiado en el campo de la filología que en el de la historia. Ten en cuenta que en 1929 se publica La España del Cid, de Menéndez Pidal, pero tendremos que esperar nada menos que sesenta años para ver publicado un estudio histórico del Cid. En ese largo periodo de tiempo, los filólogos e hispanistas, sobre todo extranjeros, se volcaron en la figura literaria del héroe del Cantar, y eso creó referencias, y escuela.

—¿Qué ofrece el Cid literario que no tenga el personaje histórico?

—El Cid del Cantar encarna una imagen construida que busca llegar a un público muy amplio capaz de sentirse identificado con un personaje que hoy podríamos clasificar como un self made man. Era inevitable que su historia, cargada de esfuerzo, victorias, amargura, sentimientos, aventuras, valentía, amor, calara de una manera profundísima en el imaginario popular, que escuchaba el poema admirado, conmovido y también esperanzado. A fin de cuentas, esta historia de un hombre hecho a sí mismo otorgaba esperanzas entre las clases más desfavorecidas del rígido estamento medieval.

—¿Qué aporta el estudio histórico del personaje a ese Cid del Cantar?

"El personaje histórico es crudo, el literario romántico, y eso siempre vende más"

—La historia nos muestra a un hombre descarnado, que tortura enemigos para conseguir sus fines; que negocia y pelea con dureza; que es frío, obstinado, cruel. El personaje histórico es crudo, el literario romántico, y eso siempre vende más. Date cuenta de que el Cantar está construido como un relato de aventuras con elementos  que llegan a la fibra sensible, como el rapto y abuso de las hijas, la recuperación del honor o la propia épica de las batallas, que en el Cantar están construidas como una película de acción, con escenas de duelos de campeones en plena batalla campal, que siempre es más visual, narrativamente hablando, frente a, por ejemplo, los asedios, de los que apenas se hace mención en el poema, porque claro, son aburridos, monótonos y prolongados en el tiempo.

—En ocasiones, en tu estudio histórico del personaje, te refieres al Cid como “un hombre de su tiempo”.

—Claro, y es que al mismo tiempo que se desarrolla el Cid en la península Ibérica, se están desarrollando otros personajes que son de origen normando en otros escenarios mediterráneos, como el sur de Italia y Sicilia. De hecho, hay algún historiador que compara la reconquista siciliana con la ibérica, pues ambas son “reconquistas señoriales”.

—Protagonizadas por señores de la guerra.

—Exacto. Unos protagonistas que este momento no son reyes, sino señores de la guerra. Son ellos los que lideran durante casi una centuria las victorias sobre los musulmanes. El siglo del Cid es fascinante, un momento muy complejo y muy cambiante, un tiempo de fragmentación del poder que da lugar a la aparición de unos personajes que poseen destreza militar e influencia suficiente como para llegar a liderar por igual a hombres y territorios.

—Pero el tiempo de los señores de la guerra es efímero…

"Si Rodrigo Díaz hubiese nacido en el siglo XIII, aun con las mismas cualidades de valentía y liderazgo, su personaje habría sido imposible"

—Absolutamente. Fíjate que si Rodrigo Díaz hubiese nacido en el siglo XIII, aun con las mismas cualidades de valentía y liderazgo, su personaje habría sido imposible. La monarquía ya se había fortalecido y las conquistas de los territorios musulmanes eran una empresa regia, surgiendo para ello las órdenes militares, que no existían en época del Cid y que, de alguna manera, vienen a cumplir las funciones de esos señores de la guerra, pero ya como brazo armado de los reyes. Esta estructura asfixia la posibilidad de un nuevo Cid Campeador. Aunque, para ser justos, deberíamos decir que sí hubo un héroe posterior. Era conocido como Geraldo Sem Pavor, un caballero de origen portugués con muchas similitudes con Rodrigo Díaz, pues, como aquel, fue capaz de crear un señorío propio en mitad de un territorio fragmentado en el Occidente peninsular, entre el Tajo y el Guadiana. De ese Geraldo hemos llegado a conocer algunas hazañas gracias a las crónicas de un autor almohade contemporáneo al personaje. La gran diferencia entre ambos señores de la guerra es que el Cid Campeador sí llegó a conquistar Valencia, mientras que Geraldo Sin Miedo nunca pudo conquistar Badajoz. Pero esa es otra historia.

—¿Hemos llegado a tener otro personaje en nuestra historia que se pueda medir con el Cid Campeador?

—Si. Hernán Cortés o Francisco Pizarro. Tal vez más el primero, pues la fuerza militar de ambos tiene el mismo origen. El Cid parte de Castilla con un ejército muy escaso, con no más de 70 u 80 caballeros, al que se les iban uniendo buscadores de fortunas, buscavidas… Pero donde él engrandecerá su ejército será en la taifa de Zaragoza, engrosado con contingentes musulmanes, y posteriormente en Valencia, con la población civil. Igual que hizo Hernán Cortés, quien conformó un músculo militar con la ayuda de tlaxcaltecas y totonacas, o sea, con guerreros autóctonos. Ambos hombres tenían, entras muchas cosas, un gran talento militar, mucha capacidad de adaptación no solo al terreno, sino a las personas, y una clara implicación personal en el combate, actuando como uno más entre sus hombres, lo que reforzaba la cohesión de los suyos, respetando, en la medida de los posible, las costumbres y religiones de sus aliados (almorávides o tlaxcaltecas o los que fueran). Eran verdaderos “señores de la guerra”.

—¿Qué tenía el Cid para convertirse en leyenda?

"Los cimientos del Cantar de Mio Cid es muy posible que se deban a la voz de una mujer: la esposa del Cid, Jimena"

—Un Cantar de Mio Cid, cuyos cimientos es muy posible que se deban a la voz de una mujer: la esposa del Cid, Jimena. A ella y al obispo Jerónimo, pues los dos habían perdido mucho tras la muerte de Rodrigo, al verse obligados a abandonar Valencia. Jimena sabía que sus hijas, a las que había casado muy bien, podían tener la oportunidad de recuperar el señorío conquistado por su padre. Con esa intención tal vez comenzara a construir un relato mítico-épico para recordar a todos que un hombre valiente, Rodrigo Díaz, Cid Campeador, había conquistado aquel territorio.

—Es muy interesante cómo reconstruyes en tu libro el personaje histórico de Jimena.

—En el Cantar se hace referencia a su papel como madre y esposa, pero no podemos olvidar que Jimena fue también mujer de estado, desempeñando el papel de Señora de Valencia durante tres años, algo singular, pues estamos hablando de una época en la que el poder femenino se ejercía de una manera más oculta. Las mujeres eran fundamentales para transmitir sangre y para preservar la memoria. Sin embargo, existe un hecho similar. En estos mismos años se produce la conquista normanda de Inglaterra. La mujer de Guillermo, Matilde, y su hermanastro, el obispo godo de Bayeux, son los que ordenan la elaboración del famoso tapiz de Bayeux, que viene a ser lo mismo que el Cantar de Mio Cid, pero en un lienzo bordado. La idea era idéntica: preservar la memoria de la conquista de Inglaterra y legitimarla, para que todo el mundo la recordara.

—¿Jimena podría estar detrás de la Historia Roderici?

"La mujer es la encargada de preservar, además de las dinastías, la memoria; esa era la fuerza oculta y poderosa de su poder"

—Esa biografía del Cid empieza a escribirse, si no en vida del Cid, poco después de haber muerto. Detrás de esa crónica biográfica cuyo autor desconocemos, estoy convencido de que pudo estar el obispo Jerónimo, pero, sobre todo, ella. Jimena. La mujer es la encargada de preservar, además de las dinastías, la memoria; esa era la fuerza oculta y poderosa de su poder.

—Otro personaje del que te haces eco en tu libro es el hijo varón del Cid.

—Sí. Rodrigo Díaz y Jimena tuvieron un único hijo varón, que llegó a la edad adulta siendo un guerrero, como su padre. Murió a manos de los almorávides. Y a la muerte de este hijo se produce un hecho singular: el Cid cambia de orientación política, deja de actuar como un taifa islámico y empieza a comportarse como un señor cristiano. La prueba manifiesta de esto es la conversión de la mezquita de Valencia en iglesia catedral, situando al mando de esa diócesis a un obispo que no nombra el arzobispo de Toledo, sino que está nombrado directamente por el papa Urbano de Roma.

—Debían de odiar a Rodrigo Díaz con bastante saña.

"Rodrigo estaba desarrollando una nueva política de alianzas similar a las de los nuevos señores normandos del sur de Italia, Sicilia y el propio rey de Aragón"

—Imagínate: la máxima autoridad religiosa de la Península, por causa de esta maniobra del Cid, se ve obligado a ser vasallo del obispo de Valencia. De alguna manera, también con este gesto, el Cid se está desmarcando de la política del rey Alfonso VI, vinculándose a la política papal en el momento de las primeras cruzadas, lo cual era el no va más. Rodrigo estaba desarrollando una nueva política de alianzas similar a las de los nuevos señores normandos del sur de Italia, Sicilia y el propio rey de Aragón, del cual era muy amigo. Por desgracia, la muerte le impidió desarrollarla, y aunque Jimena sí planteó su política en este sentido, como era previsible se fue quedando sola, hasta que tuvo que huir.

—Por las alusiones incluidas en tu libro, ¿qué te ha parecido Sidi, la novela de Arturo Pérez-Reverte?

—El último capítulo del libro lo dedico al mito mutante del Cid. En él hago un rastreo desde las crónicas alfonsíes, pasando por la generación del 27, la política y el cine, hasta el videojuego Age of Empires II. En este contexto era obligatorio citar a Pérez-Reverte y su novela Sidi, aunque no me la he terminado de leer todavía, así que prefiero no opinar. Pero sí puedo decirte que, independientemente de que me vaya a gustar más o menos el contenido, me parece que siempre es una buena noticia que se publique una novela histórica. Es muy importante para los historiadores el trabajo de los novelistas históricos, pues son capaces de llegar a un número de gente al que nosotros no podemos, generando un interés y una curiosidad fundamentales para el conocimiento de la historia.

—Sin embargo, hay colegas tuyos que no simpatizan con este tipo de novelas.

—Sí, pero no es mi caso. Yo creo que el novelista histórico da sentido al trabajo del historiador, siempre y cuando se haga con el rigor necesario, como en cualquier profesión.

—¿Crees entonces que Sidi es rigurosa?

—Ya te digo que no la he leído. Pero si quieres, cuando la lea, hacemos otra entrevista.

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