El club de la nada

Imagen de El club de la lucha.

«Hay otras vidas, pero están en ti», dicen que dijo el poeta Paul Éluard. En mí está, entre otras vidas, la de Leo Pérez, el Joputa, que pasa por Zenda, con otros convivientes, los miércoles.

Salgo a la calle. Dos abuelos matan el tiempo mirando a tres ñapas metidos en una zanja. ¿Y si les toco los huevos para que salten? No sé, podría cagarme en sus muertos o llamarles hijos de puta, tampoco estrujarme la cabeza, los muertos y la madre siempre hacen saltar a cualquiera. Uno es tocho, un armario viejo con un chaquetón marrón donde caben dos tipos como yo, y el otro en vez de acodarse en la barandilla de la obra se apoya en un bastón. A poco que los vacile entre los abuelos y los albañiles me inflan a hostias. Me bastaría con pegarle una coz al bastón. O pegar un tirón en la goma de la mascarilla del tocho, lleva una de esas que rodean todo el cogote. Estoy jodido, sí. Me imagino en el suelo, el viejales tocho me pega patadas, el otro me desloma a bastonazos y ya puestos un albañil más grillado que yo pilla una baldosa y me la revienta en toda la tocha y yo pido más, dame más, como el prota de El club de la lucha, pegad más fuerte, cabrones, reventadme de una puñetera vez y hasta nunca, jaque mate.

Estoy muy jodido. Estoy perdiendo la cabeza y no aguanto más, no aguanto más, reviento. Lo mejor que puedo hacer es romperme la crisma contra una pared y ya está, adiós, hasta nunca, al club de la nada. Jaque mate.

Pero, cuando me acerco a la zanja, un ñapa me reconoce.

—¿Leo?… ¡Joputa!, ¿cómo te va?

—Ya ves. Helado, ¿y tú?

El Pinzas, un colega de mi hermano. Un triste.

—Puteado. Baja y verás qué rápido entras en calor. ¿Qué? ¿Vienes de ver a tu viejo? ¿Cómo lo lleva?

Le digo que ando con prisa y me largo. Si me quedo, acabará hablando de mi hermano.

No voy a hablar de mi hermano con el Pinzas ni con nadie. Puto bicho, no lo entiendo, tío más sano que mi hermano, ninguno. Y sí que era fuerte, aguantó lo que no está escrito más de un mes, eso nos dijeron. Y mi viejo ahora está en una residencia, más jodido que yo, huérfano de hijo, no me lo ha dicho pero no hace falta, el bueno la palmó por el puto virus y yo, la oveja negra, aquí estoy, en su casa, solo, jodido también, pero no tengo nada que decirle ni al Pinzas ni a nadie. Para qué.

Voy donde los chinos. Pillo unas birras y un espray para aniquilar a las cucarachas y tiro para el estanco. Hay cola, hay que joderse. Luego doy un voltio para no pasar por la zanja y cruzo el parque y, bueno, no soy una monja ni un policía, pero me paro al fijarme en que un chaval, un mierda pequeño, de tres o cuatro años, está tirado entre un tobogán y un columpio. Joder, y no hay nadie cerca. Me acerco y, bueno, el crío se mueve, menos mal.

—¡Tú! ¿Te has perdido?

Tampoco lo puedo dejar ahí, ¿no? Tan mal no estoy. Es muy pequeñajo para estar solo ahí tirado.

Me acerco un poco más. Piso, aunque me da repelús, el suelo ese tan extraño de la zona infantil, una plasta rojiza y sucia, acolchada.

El crío me mira.

—¿Y tus padres? ¿Te has perdido? —repito.

De la nada, detrás de un árbol, sale una tiparraca con un pitillo en la mano, pegando voces.

—¡Eh! ¡Ni si te ocurra acercarte!

Me echo para atrás.

—Tranquila, creía que se había perdido.

—¡Y una mierda! Aquí estoy, cuidándolo.

La loca tira el cigarro y lo pisotea antes de entrar en el suelo ese raro y coge al chaval en brazos.

Y yo me largo, qué voy a hacer. A este paso me llama pederasta o qué sé yo. Tiro para el piso.

"Como no llevo papel ni nada estiro la manga de la sudadera y la uso como un guante para llevarme la mascarilla, a pesar del ascazo que me da"

Y no lo había pensado, de verdad. Cabreado, pego una patada a una botella de plástico, y no me sale mal el tiro, y cuando voy a pegar otra patada, es de agua, por cierto, hay que estar muy mal para gastarse la pasta en botellas de agua cuando la del grifo es potable, decía que cuando voy a pegar otra patada casi piso una mascarilla. Y no lo había pensado, en serio, ni se me había pasado por la cabeza colar otra mascarilla en el buzón de la vecina del segundo. Pero entonces se me ocurre otra vez y como no llevo papel ni nada estiro la manga de la sudadera y la uso como un guante para llevarme la mascarilla, a pesar del ascazo que me da.

Y el resto ya lo sabéis. Se la cuelo otra vez a la vecina. A ver si esta vez dice algo, a ver si pega en la puerta del ascensor un aviso de esos suyos, a ver qué hace ahora. Y nada, dejo las cervezas en el frigo, todas menos dos, y pongo la tele y abro la birra y nada más.

Y
nada
más.

Hasta que suena el timbre, el de arriba. ¿Quién coño llama? Me despego del sofá malamente y tiro para el pasillo y cuando pego el ojo en la mirilla alucino. ¡El careto de la puñetera vecina!

¿Pero cómo se ha podido enterar? Alucino. ¡Si no me ha visto nadie!

Sigo pegado a la puerta cuando pulsa otra vez el timbre. ¿Pero esta atontada de qué va? ¿Quiere guerra? ¡Pues la va a tener!

Abro la puerta y entonces, joder, mi ardor guerrero se esfuma. La vecina viene con una niña. Una gafotas mucho más grande que el crío del parque, con una cara de pasmada que una mascarilla de tela gris, con anclas rosas, no consigue ocultar.

No entiendo nada.

—Leo, perdona que te moleste, pero en mi planta no hay nadie y en el primero tampoco, ¿me puedes ayudar? —dice la vecina, bastante atacada.

¿Ayudar? ¿Yo?

No digo nada. Sólo abro la boca. No entiendo nada.

—Es por mi madre. Parece que se ha roto la cadera. En el baño. Tengo que ir a Móstoles ya, pero a Blanca —dice poniendo una mano sobre el pelajo de la chavala— no me la puedo llevar, a su padre le toca tenerla este fin de semana y vendrá pronto, no va a tardar nada, ¿te puedes hacer cargo? —me pregunta.

¿Cargo? ¿Cargo de qué?

—No… no entiendo.

Borracho todavía no estoy. Sólo llevo dos birras.

—No sé… —repito.

—Es sólo un momento. Se queda contigo, aquí lo tiene todo —dice señalando una bolsa de deportes que tiene entre las piernas—, su padre está al caer, viene en nada, ¿puedes?

"La niña parece que tiene rayos X, me taladra, y no sé qué hacer ni qué decir pero acabo moviendo la cabeza."

Detrás de las gafotas, la niña parece que tiene rayos X, me taladra, y no sé qué hacer ni qué decir pero acabo moviendo la cabeza. Hacia abajo. Y la vecina se lo toma como un sí y me da las gracias, no sabes cómo te lo agradezco, Leo, me dice, y besa a la cría en la frente y le pide que se porte como siempre y se larga, baja corriendo por las escaleras y la cría y yo, como dos espantapájaros, la vemos bajar y cuando la perdemos de vista seguimos igual, las escaleras son viejas, de madera, pendientes del ruido de sus pasos, y cuando llega abajo del todo y suena el portazo reacciono.

—Anda, ven —digo.

Abro del todo la puerta, pero la niña no entra.

—¿Te pasa algo? —pregunto.

—¿No te vas a poner una mascarilla?

Herodes, ¿dónde cojones estabas?

—Pero tú estás tonta, ¿o qué?

—Es que no somos convivientes —suelta.

—Pues tú no te la quites, pero yo estoy en mi puñetera casa —digo—. ¡No me la pienso poner!

Pues va a ser que sí. Hasta que no me pongo la mascarilla, no se mete dentro.

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